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Julia Kristeva habla sobre la adolescencia

Por Prodavinci | 25 de Enero, 2012

Artículo publicado en La Nación (Argentina), escrito por Luisa Corradini. A continuación un extracto:

Roland Barthes rindió homenaje a su inteligencia en un famoso artículo titulado La extranjera.

“Es la intrusa por excelencia, aquella que desplaza las cosas, que no cesa de destruir la presuposición de moda que tranquiliza o llena de orgullo (…). En una palabra, es aquella capaz de revelar la singularidad de un texto”, afirmaba Barthes, uno de los padres del estructuralismo, refiriéndose a Julia Kristeva.

El futuro demostraría, en efecto, la curiosidad intelectual inagotable de esa mujer ejemplar, que llegó a Francia desde su Bulgaria natal con apenas 24 años decidida a hacer su tesis doctoral sobre el nouveau roman, y terminó convirtiéndose en una de las intelectuales más respetadas del mundo.

“Acababa de llegar de su país con una valija y cinco dólares. La gente la trataba de comunista, de espía. Vino a entrevistarme y nunca más me separé de ella. Era extremadamente bella e inteligente”, confiesa su marido, el célebre escritor Philippe Sollers.

“Hay que decir que en aquella época [1965] no había muchos extranjeros en Francia y tampoco muchas mujeres que se movieran en el universo intelectual. Gracias a eso tuve un cálido recibimiento. No sólo de Barthes, sino también de la vanguardia literaria de Saint Germain des Prés”, relató a LNR, en vísperas de iniciar un viaje a Buenos Aires.

Junto con Sollers, Kristeva formó parte del grupo que animaba la revista de vanguardia Tel Quel que también integraban Barthes, Michel Foucault, Jacques Derrida, Jean-Louis Baudry, Denis Roche y Umberto Eco. Alentada por ese excepcional caldo de cultura, en 1967 inventó las nociones de intertextualidad y dialoguismo.

En 1979, después de participar en los seminarios de Jacques Lacan, se convirtió en psicoanalista y teórica del lenguaje y terminó estableciendo una relación entre Semiología y Análisis psicológico.

Humanista y feminista, ensayista, psicoanalista, lingüista, semióloga, escritora, docente. En 45 años de investigación y vida profesional, la musa que las fotos de entonces muestran en minifalda y pelo largo, atravesó en primera línea los sobresaltos de la historia contemporánea hasta transformarse en una dama respetada y elegante, con más de 40 libros publicados y una decena de títulos universitarios.

“Soy una ciudadana europea, de origen búlgaro, de nacionalidad francesa, que se considera una intelectual cosmopolita”, suele afirmar. Quizá, junto con ecléctica y nómada, esa sea la mejor definición.

Porque antes que nada, Julia Kristeva es aquella que dejó su tierra natal. Ese sentimiento permanente de exilio es el motor de una incesante indagación. Toda su vida -afirma- ha oscilado entre la búsqueda de sus orígenes y el orgullo de haber escogido el destino de los migrantes. Aunque todo tiene su precio.

Pero fue el psicoanálisis el instrumento que le permitió comprender que el regreso a los orígenes es una peligrosa quimera: “Finalmente, el viaje hacia los orígenes es más importante que los orígenes mismos”, afirma.

De adolescente, Julia soñaba con ser física nuclear. Pero sus padres eran cristianos ortodoxos, practicantes, francófilos y anticomunistas, razón suficiente para que las autoridades búlgaras le prohibieran estudiar lo que deseaba. Así llegó a la literatura y poco después obtuvo una beca otorgada por el general Charles de Gaulle cuyo objetivo era establecer una Europa del Atlántico a los Urales.

Su tesis trataría finalmente de los orígenes de la novela francesa, más precisamente de Antoine de la Sale. En él, Kristeva halló la perfecta ilustración de lo que afirmaba el posformalismo ruso, que había estudiado en Bulgaria: “La novela es un género dialógico, como lo escribió Mijail Bajtine. En otras palabras, establece un diálogo con los géneros anteriores, como los escritos de los trovadores o la cultura del carnaval”, explica.

Esa experiencia -y más tarde la escritura literaria- le permitieron aplicar el método a su caso personal. En 1990 publicó Los Samurais. Un guiño a Los Mandarines, de Simone de Beauvoir.

En ese manifiesto de toda una generación, Julia Kristeva habla de aquellos que, a través de Tel Quel, el estructuralismo y el psicoanálisis, abrieron nuevos caminos de reflexión.

Su interés por todo lo que concierne a la mujer se manifiesta poco después en un tríptico erudito, Le génie féminin (El genio femenino), en el que analiza la intimidad femenina a través de tres mujeres que marcaron el siglo XX: Hannah Arendt, Colette y Melanie Klein.

Kristeva se define como una mujer que defiende los derechos de la mujer, sin ser feminista. “Un movimiento -afirma- que no está terminado y que tiene sus limitaciones.”

Las más importantes -a su juicio- son el desconocimiento de la experiencia maternal y la omisión de la creatividad de la persona-mujer, su singularidad.

“Como Simone de Beauvoir, pienso que la libertad se conjuga en singular, y tengo la sensación de que la mayoría de los movimientos feministas tienden a agrupar a todas las mujeres sin distinción, en vez de apostar por la singularidad de cada una de ellas”, explica.

Amor, estructuralismo, maternidad, escritura. Ningún tema escapa a su curiosidad insaciable. En Buenos Aires, uno de los temas de sus conferencias, será cómo tratar las profundas dificultades de los adolescentes contemporáneos.

-¿Cuándo comenzó su interés por la adolescencia?

-A través de la literatura. Porque en los momentos cruciales de la historia europea el adolescente se transformó en la figura del rebelde, del innovador. En la Edad Media el adolescente es un caballero o un amante; no es un niño, pero tampoco un adulto; está en un momento de transición, sus estructuras están abiertas. Se trata de una estructura de curiosidad, de incertidumbre, siempre insatisfecho y que cambia de normas todo el tiempo. Después lo descubrí a nivel clínico, en donde con frecuencia suele ser alguien que se opone al marco familiar, que todavía no está insertado en la sociedad.

-Usted define esa situación del adolescente moderno como una enfermedad de idealidad.

-El joven moderno necesita ideales y, en una sociedad en crisis, no sólo europea, sino mundial, nadie se los propone. Porque los ideales han desaparecido. No es como en nuestra generación, cuando teníamos la suerte o la desgracia de creer en el Che Guevara o en un futuro mejor. Los jóvenes actuales no tienen ese simulacro de religión que eran las ideologías. Ante esa ausencia, se encuentran tironeados entre carnadas tóxicas como la droga o el vandalismo, enfermedades psicosomáticas o la tentación religiosa, que provoca el espejismos de una solución.

-¿Y cuál es la solución?

-Creo para comenzar, que la educación institucional, la escuela, no pueden responder a esta cuestión fundamental. Por el contrario, el psicoanálisis tiene la posibilidad no de proponer ideales, sino de enfrentar la crisis y suscitar, en lugar de la crisis, lo que llamo una curiosidad psíquica. Es decir, creo en vos, confiarás en mí y vamos a tratar de analizar tus sufrimientos y de no hallar soluciones falsas, sino que la única solución posible es la interrogación.

-Suscitar una interrogación permanente en el adolescente...

-Así es. Estoy aterrada por el hecho de que los jóvenes, cuando no optan por las drogas o la religión, se vuelven automáticamente hacia el mundo de la imagen, las estrellas o los traders, para ganar muchísimo dinero. La atracción por el conocimiento disminuye de año en año. Es verdad que nuestras sociedades cada vez dan menos valor al saber.

-¿Y el psicoanálisis podría revertir esa situación?

-La experiencia psicoanalítica puede ocupar el sitio que está vacío en nuestra civilización contemporánea, en relación al pasado: el rito de iniciación. ¿Por qué otras sociedades han podido abordar la crisis de la adolescencia? Porque había ritos de iniciación. No se trata de restaurarlos. Pero el psicoanálisis podría ser una solución porque se dirige al sufrimiento. Buscándolo, reconociéndolo, es posible hallar un sentido a la vida.

-¿Pero no cree que es una solución elitista?

-Es verdad que esa práctica estará limitada a un cierto grupo. No obstante, se puede utilizar en terapias de apoyo y adaptarla a los programas educativos. Necesitamos transformar la enseñanza, introduciendo, por ejemplo, el acompañamiento personalizado del estudiante, el tutorado. Esto quiere decir, no sólo llenarle la cabeza con conocimientos, sino guiarlo hacia su maduración psíquica. Todo ese acompañamiento psicocientífico de la persona desde el jardín de infantes a la universidad, pasa por cierto conocimiento de la vida psíquica, que supone que el educador tenga un cierto conocimiento en ese terreno.

Por su parte, Julia Kristeva comenzó su propio psicoanálisis justamente después de la muerte de una ilusión, de un hecho histórico que marcaría a fuego a toda una generación.

“Después del Mayo del 68 fui a China con los miembros de Tel Quel y en ese viaje perdí las ilusiones sobre la última de las religiones: la política”, confiesa.

Desde entonces, Kristeva abandonó definitivamente los ideales políticos, pero su combatividad sigue intacta: el derecho de las mujeres, de los minusválidos, de los oprimidos, son sus combates cotidianos.

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Lea aquí el artículo completo.

Prodavinci 

Comentarios (2)

Alba Rocío Pedreáñez
26 de Enero, 2012

Muy interesante y de interés actual!!!

omar rojas
30 de Enero, 2012

Como siempre divina y fabulosa La Kristeva,que maravilla de mujer-intelectual¡¡¡

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