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La mente sobre el mercado, por Michael Spence

Por Prodavinci | 21 de Enero, 2012

En los 66 años transcurridos desde la Segunda Guerra Mundial, prácticamente todas las economías de planificación central han desaparecido, en gran parte como resultado de la ineficiencia y el bajo crecimiento. Hoy en día, los mercados, las señales de precios, la descentralización, los incentivos y el rendimiento impulsado por la inversión caracterizan la asignación de recursos en casi todas partes.

Esto no es así porque los mercados sean moralmente superiores, a pesar de que requieren libertad de elección para funcionar eficazmente. Los mercados son herramientas que, en relación con las alternativas, ofrecen grandes ventajas con respecto a los incentivos, la eficiencia y la innovación. Pero no son perfectos; muestran un desempeño insuficiente ante ciertas externalidades (las consecuencias sin precio de las acciones individuales; por ejemplo, la contaminación del aire), las lagunas y asimetrías de información, y problemas de coordinación cuando hay equilibrios múltiples, algunos superiores a los demás.

Pero los mercados tienen debilidades más fundamentales. O, más bien, la mayoría de las sociedades tienen importantes objetivos económicos y sociales que los mercados y la competencia no están diseñados para alcanzar. En el mundo actual en acelerada globalización, los más importantes de estos objetivos -que se expresan en diversas formas a través del proceso político y de toma de decisiones en una amplia gama de países- son la estabilidad, la equidad distributiva y la sostenibilidad

Consideremos la estabilidad. Vivimos en un mundo de redes ampliamente descentralizadas y complejidad creciente: las redes electrónicas, las redes de cadenas de suministro y comercio, las redes financieras que vinculan los balances de entidades diferentes. Los incentivos del mercado hacen que los agentes operen o modifiquen partes de la red de maneras que maximicen la eficiencia a nivel local. Pero el supuesto -a menudo un artículo de fe- de que el conjunto se mantiene estable y resistente no tiene sustento teórico o empírico. De hecho, parece inexacto.

Por ejemplo, se ha sabido por algún tiempo que las redes que son eficientes a menudo no son resistentes, porque las redes resistentes tienen redundancias ineficientes. La resistencia es un bien público, creado por el tipo correcto de redundancia.

En una estructura descentralizada, la redundancia tiende a ser insuficiente en el proceso de optimización local. Es por eso que el tsunami que afectó a Japón el año pasado interrumpió muchas cadenas de suministro globales: eran (y siguen siendo) demasiado eficientes desde el punto de vista de poder soportar desastres.

En los mercados financieros, la optimización local parece conducir a un excesivo apalancamiento y otras formas de toma de riesgos que atentan contra la estabilidad del sistema. Se necesita mucha investigación para entender cuáles son las intervenciones o restricciones a la elección individual que se necesitan para estabilizar ciertos tipos de equilibrios del mercado. Pero, claramente, los mercados no lo hacen bien por sí mismos.

A continuación, consideremos cómo el cambio tecnológico que genera ahorros de mano de obra y la integración de varios cientos de millones de nuevos trabajadores en los mercados globales ha afectado la distribución del ingreso, la rentabilidad de la educación y las oportunidades de empleo en casi todo el mundo. En particular, la proporción del ingreso nacional que se destina al capital y el capital humano (personas con alto nivel de educación) está aumentando en un amplio frente, impulsando una creciente concentración de la riqueza.

Aún así, la distribución del ingreso varía ampliamente entre los países desarrollados. Por ejemplo, en EE.UU. el 20% gana, en promedio, 8,4 veces más que el 20% inferior. En el Reino Unido, la misma relación es de 7,2, y sólo 4,3 en Alemania (en comparación con la friolera de 12,2 en China). Estos resultados diferenciales reflejan combinaciones características de las fuerzas del mercado y los contratos sociales.

La distribución de los ingresos se ve influida por los impuestos y la política fiscal, que por lo general tienen efectos redistributivos, directamente y a través de la prestación de servicios sociales y seguros. Pero estas distribuciones también se ven afectadas por políticas e inversiones que se centran en la oferta, y eso produce educación y habilidades que coinciden (o no) con una estructura global de la demanda laboral en rápida evolución.

Parte del desafío es que la demanda de mano de obra pasa a la oferta, y no al revés, porque la movilidad laboral en la economía global es limitada. Suponer un nivel y composición constantes de la demanda de trabajo sería tan equivocado como tomar la demanda de pasajeros actual como un punto de referencia fijo en la planificación de los sistemas de transporte público. En este y otros casos, la oferta influencia la demanda con el tiempo (por ejemplo, Steve Jobs entendió esto mejor que la mayoría).

Por ello es fundamental pensar en la demanda potencial al abordar este tipo de problema de correspondencia. Al igual que con la estabilidad, no se puede confiar en los mercados para enfrentar eficazmente este problema por su cuenta. Las políticas públicas y la inversión en el sector público también importan.

La atención se está centrando cada vez más -y, en mi opinión, con razón- en el papel del Estado, y en particular las cuentas generales del mismo. La experiencia en países en desarrollo y avanzados sugiere que las cuentas generales sustanciales y saludables están mejor posicionadas para hacer frente a los retos de estabilidad, distribución y sostenibilidad de hoy en día. Las ventajas son varias, como la capacidad de resistir crisis y adoptar respuestas contracíclicas, así como una capacidad de reciclaje de los ingresos hacia los hogares durante periodos como el actual, cuando aumenta la proporción del ingreso que se destina al capital (con consecuencias perjudiciales para la distribución).

Además, periódicamente los países deben ser capaces de adoptar y mantener inversión pública en tecnología, o participar en iniciativas de riesgo compartido, con el fin de adaptarse a las cambiantes condiciones de competencia o responder a crisis. La participación pública minoritaria puede proporcionar recursos públicos, al tiempo que mantiene los beneficios de la competencia, y asegurar que algunos de los beneficios lleguen al público general a través de los ingresos del gobierno.

Parte de esto va en contra de la ortodoxia vigente y puede provocar un debate saludable. Un enfoque relativamente centrado en la eficiencia y el crecimiento, al menos en muchos países avanzados, puede haber funcionado en las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los patrones de distribución eran benignos y la inestabilidad poco común. Hoy en día eso no es suficiente. Los retos de estabilidad, equidad y sostenibilidad han adquirido vital importancia, y como resultado puede ser necesario volver a pensar en el papel del Estado en relación con los mercados.

Reorientar los marcos de políticas hacia horizontes de tiempo más largos, con un enfoque más equilibrado y orientados al futuro en términos de estabilidad y equidad (sin perder de vista la eficiencia y la innovación) parece esencial para satisfacer las necesidades, esperanzas y expectativas de las personas en todo el mundo. De hecho, es clave para abordar la sostenibilidad, sobre la que me referiré el mes próximo.

***

Michael Spence, premio Nobel de economía, es profesor de Economía en la Escuela Stern de Administración de Empresas de la Universidad de Nueva York, miembro visitante distinguido del Consejo de Relaciones Exteriores e investigador superior de la Institución Hoover de la Universidad de Stanford. Su último libro es The Next Convergence – The Future of Economic Growth in a Multispeed World (www.thenextconvergence.com) (“La próxima convergencia. El futuro del crecimiento económico en un mundo de múltiples velocidades”).

 

Prodavinci 

Comentarios (1)

José R Pirela
30 de Enero, 2012

Si asociamos el avance tecnológico de la comunicación y la información con la civilización del conocimiento y lo comparamos con una serie de tornados que los Gobiernos tratan de enfrentar con políticas públicas, sugiere muchas preguntas. Entre ellas, se me ocurren: ¿Serán efectivas para la estabilidad, se podrán sostener, podrán redistribuir el ingreso? ¿Estarán a tiempo? ¿Los podrán reducir o se desviarán hacia otro lado, arrasando otras economías?

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