A paso lento va entrando el 2012, cifra extraña, año bisiesto que por tradición no trae nada de bueno y que viene con su espada de Damocles por las predicciones mayas. Pero qué dicha el fin del mundo, pienso, y dejándome llevar por esa idea me pregunto, ¿dónde quisiera que me sorprendiera?, ¿haciendo qué? Podría ser sublime verlo desde un avión, una bola de fuego consumiendo la tierra, por ejemplo, y luego, algunas horas después, cuando al aparato se le acabe la gasolina y nada lo sostenga en el aire, fundirse en esa forma ígnea. No quisiera estar dormido, eso seguro. Por nada del mundo me lo perdería. Tampoco estar ebrio, pues, como diría el poeta Roca, uno corre el riesgo, al día siguiente, de no acordarse de nada. Qué orfandad tan intensa sentirán los astronautas que, de misión en los confines del espacio, regresen y vean que ya no hay nada. Pensarán que todos se fueron y tal vez sentirán culpa, o tristeza. Como si estuvieran al fondo del mar, según García Márquez: “Allá donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia”. ¿Qué será y cómo será todo esto cuando no haya nada? ¿Se hundirán los continentes en el mar y el agua se convertirá en fuego? Es un desafío a la imaginación, como el de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas: “Y traté de imaginar cómo se vería la luz de una vela cuando está apagada”.
También podría pensarse que el fin del mundo será un modo de llevar a la humanidad a un nuevo destino, a otro lugar del universo o de la realidad. Como en La estrategia del caracol, será un trasteo clandestino y cada uno podrá llevarse unos pocos enseres y algo de recuerdo de este mundo, ¿qué llevaría yo?, ¿cómo será el nuevo planeta? He vivido en cinco países y no tendré dificultades para adaptarme, siempre y cuando disponga de una ventana a la calle. ¿Será un lugar muy estricto? Supongo que estará prohibido entrar con armas y que no dejarán fumar. Me parece aceptable. Puede que ahí, en ese lejano planeta, nos estén esperando los que ya se fueron antes. Vivirán en las mejores casas, tendrán la mejor vista, claro, pero será muy aleccionador conocer a Voltaire o a Rufino José Cuervo o al poeta persa Farid ud-Din Attar, e incluso a Nerón, que se casó en dos ocasiones con hombres mucho antes del matrimonio gay. También me dará gusto volver a encontrar a algunos amigos. Por las tardes me sentaré en una terraza a contarle a mi hijo cómo era el mundo del que todos nos fuimos.
Luego pienso que, llegado el momento, será muy difícil saber si en verdad se trata del fin del mundo. Ningún canal internacional alcanzará a dar la noticia y por lo tanto no podremos estar seguros de que, al mismo tiempo, los habitantes de las antípodas, los japoneses o los filipinos, por decir algo, estarán embarcados en la misma aventura. Técnicamente el fin del mundo es bastante complicado y por eso es el argumento preferido de la ciencia ficción. Ya lo hemos visto en el cine y en algunas novelas, pero es que ahí se cuenta con una perspectiva panorámica que nunca podremos tener en la realidad, que es lo que pasa en torno a nosotros. Porque en el fondo, el fin del mundo es el fin de nuestro mundo, que tampoco es tan grande, por mucho que intentemos ensancharlo con viajes y lecturas e ideas peregrinas.
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Actualidad 

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20 de Enero, 2012
Poética visión de un fin del mundo que retrata la realidad existencial cotidiana; nos deja y nos obliga a refleccionar sobre el hoy o el mañana… sin tanto profundizar, sino más bien sobre el día a día y lo “superficial” del hombre. No puede escapar de aliñarla con un poco realismo mágico… al fin y al cabo, no dejamos nunca de ser quienes somos, ni escapamos de donde venimos.
23 de Enero, 2012
Siempre un placer leerte Santiago. La última oración me dejó un sabor amargo, gracias de todas formas.