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Nunca nada es eso o nunca nada es o nunca nada o nunca, por Martín Caparrós

Por Martín Caparrós | 11 de Enero, 2012

Acá nunca nada es lo que parece

Me dijo la doctora Inés y yo le pregunté si alguna vez en algún lugar las cosas son lo que parecen. La doctora Inés es médica y psicoanalista y en general nunca nada le parece lo que parece: trabaja de que las cosas no le parezcan lo que parecen, pero aún así:

–No, quiero decir que nunca.

–Claro, ya lo dijimos: nunca.

–Bueno, lo que quiero decir es que incluso las cosas que siempre son lo que parecen acá no.

Dijo, por no decir el cáncer. Hay mucha gente, todavía, que prefiere no decir el cáncer; hay, también, alguna –y eso es nuevo– que lo dice de más. O eso parece, en un país donde las cosas nunca son lo que parecen.

–Porque acá todo es otra cosa.

Estamos –más o menos– acostumbrados: hace años que el gobierno dice que casi no hay inflación mientras sangran los bolsillos, dice que redistribuye mientras diez millones de argentinos siguen siendo tan pobres, dice que está contra las corporaciones cuando las grandes corporaciones mineras cerealeras petroleras se la llevan con pala. Pero hay eventos más inmediatos, más fáciles de ver, y es cierto que llevamos unos días zafados: hace quince, un subsecretario de gobierno apareció colgado en su cuarto de hotel; dijeron que era suicidio, y era un juego sexual. Hace ocho, un gobernador murió de bala; dijeron que era un accidente doméstico, y era la esposa celosa que lo mató con un 38 smith & wesson del especial. Pero todo eso cedió frente a la conmoción de que la presidenta anunciara por cadena nacional que tenía cáncer –al mismo tiempo que promulgaba una de las leyes más duras de su gobierno y aparecía la noticia de que se había comprado un par de apartamentos millonarios. Los diarios, por supuesto, hablaron del cáncer. Todos hablábamos del cáncer.

–Siempre otra cosa: no es fácil vivir así.

Cáncer, dijeron cáncer, su vocero dijo que tenía “un carcinoma papilar en el lóbulo derecho de su glándula tiroides”, la señora dijo voy a pelear contra este cáncer aunque “con una persona sola no alcanza por más que trabaje 24 horas y ponga en riesgo su salud”, dijeron cáncer y fue un estrépito corrido. El cáncer presidencial desató la esperable corriente de simpatía y compasión y apoyos múltiples: sucede en todas partes y, en un país donde los muertos son moneda simbólica tan fuerte, seguramente un poco más: el cáncer es, a primera vista, lo más cercano a la muerte que se puede conseguir estando vivo. Así que millones de personas se apenaron, millones pusieron cara de circunstancias y se dijeron bueno no digamos nada o digámoslo bajito, millones se preocuparon por sus próximos años, miles escribieron y hablaron y peroraron sobre el curso del gobierno la concentración del poder el hijo de la presidenta, algunos notaron que haber sentado al señor Boudou en la vicepresidencia era una maniobra brillante para que todos todos quisiéramos que Cristina Fernández se mantuviera contra viento y marea en su sillón, presidentes reyes cardenales enviaron sus mejores augurios y el presidente Chávez dijo que había una conspiración de la CIA para encancerar líderes latinoamericanos.

–Así, vivir preguntándose qué será esto que nos dicen que es esto.

Y la presidenta fue operada un miércoles en el hospital del Opus Dei y se paró el país y nos contaron que había estado todo bien y todos dijeron qué suerte y muchos lo pensaron y el viernes a la tarde una página web que suele dar primicias dijo que el tumor no era un tumor, pero nadie le hizo mucho caso. Los periodistas desconfiaron. Era raro que se filtrara una noticia así: o alguien importante quería filtrarla o el gobierno o el hospital están muy infiltrados. Pero el sábado a la mañana, con la misma cara balbuciente con que había dicho carcinoma, el vocero presidencial salió a decir que el cáncer no era cáncer sino unos nódulos y que qué bien qué bien qué bueno.

–Lo que te dije: nunca nada.

Hubo, primero, estupor, después algún alivio, y enseguida un temblor general: si los médicos que trataron a la señora presidenta con la mejor preparación, los mejores equipos, toda la plata, toda la atención y la tensión se equivocaban así, qué nos quedaba al resto de los mortales de pronto mucho más mortales. Era fuerte que la pifiaran tan feúcho. La cumbre de la ciencia médica argentina se transformó en la punta de un iceberg: terrorcito, desprestigio subido. ¿O sería que alguien, a propósito, había mentido? No tenía sentido: ¿quién, para qué, cómo tan bruto?

-Vamos a terminar por entenderlo.

Y los medios empezaron a hablar del falso positivo y yo, primero, tonto de mí, supuse que hacían ironía gruesa: en Colombia, durante el paragobierno de Uribe, los “falsos positivos” fue el nombre de un escándalo desatado cuando periodistas militantes descubrieron que el ejército mataba campesinos para simular que eran guerrilleros caídos en enfrentamientos –los “positivos” que resultaban ser falsos. Pero no: parece que los médicos llaman así a las contadas veces en que un tumor resulta no serlo. Sucede raramente; más raro todavía que suceda en un caso al que sus médicos dedicaron una atención extrema. Dos por ciento, dijeron algunos: que eso sucedía en el dos por ciento de los casos. Otros dijeron que entre el cuatro y el ocho. Y esta mañana el director del centro donde hicieron el estudio dijo que nunca les había pasado, en veinte años de hacer esos estudios.

Pero nadie dijo por qué el gobierno decidió anunciar un tumor que podía no ser un tumor, un cáncer que podía no ser un cáncer. Y al que preguntó por qué, si no estaban seguros, no dijeron que “la señora presidenta va a sufrir una intervención quirúrgica para explorar y diagnosticar unos nódulos en su tiroides” en lugar de anunciar con bombos y platillos su cáncer, le dijeron que era un hijo de puta que en lugar de alegrarse porque una persona –un ser humano, en este caso: en estos casos las personas se vuelven ser humano– estaba sana, los seguía criticando.

(Ahí hay una falacia interesante, que no termino de desentrañar. Pero me parece que no es cierto que el problema de salud de un gobernante sea, para los millones que no lo conocemos, un asunto personal, “humano”. Para que así fuera, tendríamos que preocuparnos parecido por los millones de personas que, en este momento, tienen cánceres o párkinsons o sabañones o deudas impagables o adicción a los juegos de internet o zoofilia con grandes roedores. Y más tendríamos que preocuparnos por las 25.000 personas que se mueren cada día de hambre o enfermedades causadas por el hambre –y no lo hacemos. O sea que si nos preocupamos por la enfermedad de un gobernante no es porque es un “ser humano” sino porque es nuestro gobernante, o sea: por una cuestión política, no personal. Eso no significa que nadie quiera que esté enfermo; nadie diría eso porque en general nadie quiere que nadie esté enfermo, pero es hipócrita pretender que a uno le importa y le duele porque es un ser humano, cuando hay millones de seres humanos enfermos que ni te importan ni te duelen. ¿O no? Y, además, los gobernantes suelen hacer un uso muy político de sus sufrimientos humanos –con lo cual invalidan el argumento humanitario.)

–¿Ya terminaste con esa tontería? ¿No te dije que acá nada es lo que parece? ¿Que no se puede creer en nada?

Ya lo van consiguiendo. A veces pienso –¿o creo?– que lo hacen por la Patria. Que están convencidos de que no hay nada más dañino que una nación crédula, que nada es más engañador que la creencia, y se han lanzado a un largo curso práctico de educación cívica crítica: nunca le crean a nadie con poder. Que ellos saben que puede ser duro, puede sumir a muchos en el desconcierto, puede incluso hacerles perder cierta presencia, pero lo hacen igual, se sacrifican por la Idea. Hace muchos años hacíamos, con un amigo muy querido, un programa de radio que tenía, entre sus mottos repetidos, el que más me gustaba repetir: Nunca creas lo que te dicen por radio –decíamos por radio. El gobierno argentino y peronista hace algo así –reemplazando radio por poder–: un claro gesto libertario. Algún día sabremos agradecérselo como corresponde.

Créase o no.

 

Martín Caparrós 

Comentarios (4)

Tete
11 de Enero, 2012

Bien Martín, me gustó tu nota, te felicito.
Nunca creas en los comentarios de internet… (es chiste)

Rosanna Marozzi
11 de Enero, 2012

Nunca nada es lo que parece…y a propósito del falso positivo, creo que Cristinita aprendió bien la lección de su maestro Huguito. Felicidades a ambos, como dice el autor de este artículo..tal vez algún día les agradeceremos nosostros también el cursito

andy
11 de Enero, 2012

excelente!!ejercitar el pensamiento es lo que necesitamos en Argentina.

raul lilloy
12 de Enero, 2012

Mentiras que matan, basado en la novela American Hero

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