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Gigantes de Acero (o “una generación no basta”), por Willy Mckey

Por Willy McKey | 29 de Diciembre, 2011
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You know the road is to tomorrow
Will you ride along with me again?
Give my life for yours
if you only say the word.
From the past to the new,
giving more than you receive.

“In this country” [tema del intro de Over the top (1987)]

 

0. Real Steel, en resumen [sin ánimos de spoiler] Hagamos un pacto ficcional: imaginemos que no todo depende del 2012. Que no hubo apocalipsis maya y hay algo más allá de las fechas que parecen signar el destino de pueblos enteros. Es 2020 y las cosas han cambiado lo suficiente como para que los seres humanos hayan decidido arriesgarse de otra manera y dejar el espectáculo de la violencia a cargo de las máquinas. Pero ni siquiera en el futuro desaparece la nostalgia: una generación aún recuerda la vieja escuela, los combates hombre a hombre y no la actual soledad del débil frente a una maquinaria programada para vencer a como dé lugar.

Charlie —el personaje de Hugh Jackman— pertenece a esos que guardan en la memoria el sabor de las glorias pasadas y, con eso como excusa, lo ha dilapidado todo. Abusando de su talento —e incluso de su vocación—, bordea la bancarrota y hasta la excede. Todo su capital sensible está en riesgo. Los lugares donde creció y aprendió lo que sabe están amenazados por su desidia y su soberbia. Sus pocos afectos empiezan a retirarse de su lado con sigilo. Sin embargo, Max, un chico que abandonó once años atrás irrumpe en esta biografía en declive, entre robots boxeadores y un festival de chatarra violenta. Ambos van a recordarse quiénes son y cuánto vale la pena hacer memoria.

1. En el nombre del padre… Las películas que tratan el tópico paterno-filial me despiertan un particular interés. En la cultura de masas, pocas veces el cine sensible y familiar se acerca a las regiones de lo masculino con el tino suficiente como para conmover y, a la vez, construir el arquetipo del héroe y su aventura particular. Sin precisar del romance como axis de la trama, las películas que construyen representaciones de la relación padre-hijo han sido uno de los más eficaces instrumentos de formación sentimental de nosotros, los varones. Edipo nunca vio Over the top ni Rocky V, dos historias que logran traducir la casi imposible parábola del padre pródigo.

En nuestras películas del domingo, Over the top se llamó Yo, El Halcón. El padre es un camionero que va por las largas rutas estadounidenses llevando como principal carga su talento para ganar competencias de pulso. En Rocky V, en cambio, “El Semental Italiano” deja de atender a su único hijo por un joven púgil que le recuerda demasiado a sí mismo. Si Gigantes de Acero debe inscribirse en una tradición fílmica, indudablemente estas dos películas de Sylvester Stallone son eslabones muy cercanos.

Hago la mención de algunos antecedentes porque mi interés por tan particular territorio de lo sensible también tiene una razón etimológica: esa cercanía de la palabra patria con el latín pater (familia, clan) y patris (tierra paterna). La relación del hijo con el padre puede resultar un vehículo eficaz para entender, desde nuestra occidentalidad, las posibilidades expansivas de los vínculos entre pasado y presente para construir un espacio común cuya habitabilidad —edificada, precisamente, a partir de lo intergeneracional— permita la existencia de lo múltiple. El tema musical que inicia Over the top, justamente, se llama “In this country”. Pero, al mismo tiempo, en este tipo de historias el padre cuestionado es su propio obstáculo. La única victoria posible es la toma de conciencia de sí: entenderse en una justa medida. Por cierto, el tema de Elton Jhon con que cierra Rocky V se llama “The measure of a Man”.

2. Atom: esa nueva alegoría mecánica. Hay quien afirma que, en la ficción, las historias efectivas son aquellas que logran representar en el accionar de un personaje los problemas de la humanidad. Si esto es así, en cada narración que nos afecta existe una resonancia del mundo individual, que no es sino nuestra traducción personal del mundo compartido.

Será difícil explicarme sin arruinarle la película a quienes aún no la han visto, pero haré el intento. Dentro del universo de Gigantes de Acero, las peleas de robots se han convertido en una prolongación del oscuro ambiente de las peleas y sus peligrosos límites con lo underground. Así, mientras en las principales arenas del mundo se exhiben maquinarias de última tecnología que movilizan enormes sumas de dinero, el contraste está en los garitos clandestinos y esos territorios anárquicos donde los riesgos son más altos y las reglas menos rígidas. Es justo en estas regiones informales donde Charlie y Max se descubren uno al otro con la vocación común.

Existen dos maneras clásicas para que un hijo secunde la vocación del padre. La primera es la inoculación que se logra a través del contacto con un oficio. La segunda depende de las inexplicables razones de la herencia. A Hollywood le funciona esta última por una razón simple: durante todo el tiempo en que el padre ha negado la posibilidad del tiempo compartido con su hijo, éste se le va pareciendo más y más. Y eso vende. El corolario es que tal parecido se pone en evidencia en la intangible región de las empatías, los gestos y el talento.

La pasión por los robots del cuadrilátero encuentra a dos generaciones en un proyecto que, para el resto del mundo, puede parecer absurdamente imposible… utópico: Atom, un sparring mecánico construido para soportar golpes y no para darlos. Ese robot de segunda mano, ese autómata que a medida que avanza la historia va sensibilizándonos —sin humanizarse, uno de los grandes méritos del guión—, se convierte en la única región de acuerdo posible. Charlie es un peleador experimentado, el candidato ideal para convertirse en el cómplice de la esquina gracias a todo lo que sus puños han aprendido. Max, en cambio, es el nativo digital que maneja los plus tecnológicos y tiene el cándido entusiasmo del ganador. Esta brecha generacional, que vista en palabras parece una ventaja, es la causa de los desencuentros entre dos personajes afectados tremendamente por la tensión del padre que ha abandonado al hijo.

3. Metáfora primaria. En Gigantes de Acero, en esa esquina desde donde se le da órdenes a un robot de combate, se pone en evidencia que ni la vieja escuela ni la vanguardia extrema bastan para conseguir romper un paradigma establecido. Atom era chatarra hasta convertirse en un proyecto común. Bastó incorporar la experiencia de la madurez y complementarla con el entusiasmo de la juventud para que una máquina que muchos creían sólo capaz de aguantar golpes sorprendería hasta el entusiasmo a una masa de espectadores acostumbrada a una exhibición grandilocuente donde una única máquina —aparentemente invencible— era la constante en todas las pantallas.

Atom es un proyecto común que precisa de ambas generaciones pues ninguna logra articularse sin el complemento de la otra. Falta destacar dos particularidades de este ajado artefacto antropomórfico: sabe recordar e imita con fidelidad cuanto le es enseñado. No es un robot limitado a las múltiples combinaciones —múltiples, no infinitas— de un software preparado para reaccionar a un oponente igual de mecánico, sino una prolongación de lo más valioso de un campeón del ring (y de un padre; y de un hijo): una voluntad que permite reponer y administrar fuerzas; la terquedad de quien sabe que aguantar también es un método lícito; eso que algunos comentaristas llaman garra y otros corazón.

4. Coda breve (u “Otra metáfora primaria”). La experiencia adquirida en un largo recorrido lleno de fracasos puede conseguir en los nuevos formatos una manera de replantearse y así extenderse hacia las potencias posibles. Sólo una fusión posibilita mudarse desde esa utopía —utopos significa no-lugar— hacia un espacio común donde se encuentren la memoria de la generación más vieja con la evolución que significa en las nuevas generaciones el simple hecho de incorporar con honestidad todo lo heredado a su experiencia del mundo.

Charlie —el pater— viene de creer en su violencia convertida en talento. Es su lugar de origen. El cuadrilátero, entonces, es el patris de Max. A ambos la soledad los convierte en vulnerables. Quizás el éxito de los proyectos comunes —familiares, colectivos, políticos— consiste en replantear la noción memoria. Movilizar la tradición hasta las regiones de lo actual para revivirla. Corregir los errores y no conformarse con evitarlos. Heredar sin dilapidar. Representarse para sí. Lo humano reivindicándose en una victoria ajena al espectáculo y cercana a lo común. Hacer patria: ser clan, manada, comunidad.

Willy McKey  Poeta, escritor y editor. Puedes leer más textos de Willy McKey en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @willymckey y visitar su web personal.

Comentarios (3)

Geraldine
29 de Diciembre, 2011

Brillante como siempre, Willy.

Melina
11 de Enero, 2012

Amé la película. Amé a Jackman como padre y Amé tu poética interpretación de ella.

Marta
15 de Julio, 2013

Vi la película movida por tus comentarios en tuiter. La disfruté mucho y guardé el artículo para leerlo después de verla. Me sorprende todo lo que pudiste exprimir de la relación de esos dos personajes. Excelente artículo. Ahora, pregunto, no te parece que en todo esto falta (o es muy secundario) el personaje femenino? El chamo no le reclama al papá por la ausencia de la mamá sino por no haber peleado por él. A mí eso me llamó la atención.

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