Actualidad
Cenando con Mugabe (fragmento), por Heidi Holland
A continuación publicamos fragmento del libro de Heidi Holland, Cenando con Mugabe, publicado en español por Ediciones Punto Cero.
La identidad de mi invitado a cenar tenía que mantenerse en secreto hasta que nos conociéramos. Un amigo –experto constitucionalista y colega activista– me había preguntado si podía tener una reunión secreta en mi casa. Mi papel consistía solamente en proporcionar un lugar seguro y privado y en preparar la cena. Así que le di el día libre a la niñera que me ayudaba a cuidar a mi hijo y me metí en la cocina a preparar un pollo al horno.
Al atardecer un taxi se detuvo frente a mi casa. Escuché la voz de mi amigo al bajarse del taxi con otro hombre, que usaba un sombrero que le cubría la frente. Solo lo reconocí cuando estuvo bajo la luz del corredor y alzó la vista para saludarme. Era Robert Mugabe.
Su postura era de una arrogancia extraña, como sigue siendo aún hoy. Sus hombros estaban ligeramente encorvados pero lucía delgado y ágil, como si estuviera listo para salir corriendo. Era 1975, un año crucial para Mugabe. En ese momento yo no lo sabía, pero estaba a punto de escaparse al vecino Mozambique después de ser liberado luego de once años de cárcel como prisionero político, porque sabía que podía ser encarcelado otra vez en cualquier momento. Al otro lado de la frontera comenzaría a construir la base de su movimiento guerrillero apenas unas semanas después de cenar en mi casa.
Esa noche yo estaba más preocupada por cocinar que por hablar de política. No hice preguntas, porque sabía que era preferible no conocer demasiados detalles que pudieran interesarle a la policía de seguridad. Mugabe había llegado más tarde de lo esperado y anunció que lo vendrían a buscar pronto para que pudiera tomar el tren de las nueve en la estación Salisbury’s Park. Corrí a la cocina para apurar la cena. La puerta que comunicaba la cocina con el comedor se mantuvo abierta mientras los dos hombres se sentaban a conversar frente a los dos vasos de agua que me habían pedido. No tuve tiempo de escuchar lo que hablaban.
Mugabe comenzó por hacerle preguntas a mi amigo, el experto constitucionalista Dr. Ahrn Palley, en un tono bajo pero apremiante. Podía escuchar que preguntaba más sobre economía que sobre asuntos legales. También pude sentir, en el tono deferente de las respuestas de mi amigo, la fuerza de la personalidad de Mugabe, que me pareció al mismo tiempo introvertido y audaz. Ahrn mostraba una particular admiración por Mugabe, algo que no era habitual en un hombre que había sido consultado en uno u otro momento por todos los líderes nacionalistas del país. Igual que yo, mi amigo desestimaba abiertamente al primer ministro de Rodesia, Ian Smith, y en privado se lamentaba de los arribistas que pretendían llegar a algún tipo de arreglo moderado con los blancos.
Conocía a Ahrn Palley desde 1965, cuando lo entrevisté para escribir un reportaje sobre la noche en la que mantuvo al Parlamento discutiendo hasta el amanecer, mientras los representantes debatían la declaración unilateral de independencia de Gran Bretaña que había anunciado Ian Smith. Palley era admirado en Rodesia por haber abandonado el Parlamento aquel día, después de un debate que duró un tiempo récord, llevando en la mano una bandera de Gran Bretaña en rechazo a la independencia. Era contemporáneo de Mugabe, mientras yo era unos veinte años más joven que ambos. La razón por la que nos hicimos amigos fue porque ninguna de las otras personas o grupos de blancos políticamente activos en Salisbury –como se llamaba la capital que luego fue denominada Harare– creía, como yo, que el gobierno de las mayorías significara literalmente eso y no un equilibrio precario entre las aspiraciones de los blancos y los negros.
Ahrn se había reunido con otros políticos nacionalistas en mi casa, aunque solo en las raras ocasiones en las que le podía ofrecer un refugio, cuando mi esposo, de tendencia conservadora, estaba fuera en algún viaje de negocios. Sin embargo, nunca había tenido a un hombre negro como invitado a cenar.
Al contrario de la mayoría de los blancos en Rodesia, yo sabía bien cómo lucía Mugabe antes de que viniera a mi casa, porque tenía guardada una foto suya, bien escondida en una gaveta del escritorio, en la oficina de la revista que editaba. Me había llegado de manera inesperada en un paquete de perfiles de políticos que me había enviado una agencia de noticias de Londres. Aunque era imposible publicar legalmente la foto de Mugabe en Rodesia en esos días de represión política, con frecuencia la miraba en la mesa de luz para contemplar aquella cara de rasgos definidos. Uno de mis colegas conservadores me sugirió de manera sarcástica que debía buscar ayuda psicológica debido a mi obsesivo interés por un monstruo.
Me impresionaba la apariencia de hierro de Mugabe; una imagen demasiado hostil para un hombre que quería ganar votos e influencia en la gente. Lo que me resultaba más interesante era el color de sus ojos, que parecían transparentes y que, desafiando la genética, podrían ser azules en vez de marrones. Todo en él daba la impresión de desafío y representaba el estado de ánimo de aquella época en plena Guerra Fría. Desde el cuello Mao de su camisa hasta el destello frío de certidumbre que había en su mirada, la presencia de Mugabe hacía erizar la piel a mucha gente. Ahrn lo describió una vez como el Robespierre negro, un hombre inflexible y ensimismado, sin ningún carisma evidente.
Me fascinaba tener su foto en mi gaveta, no solo porque era una posesión riesgosa y porque yo era joven y radical, sino porque había decidido publicarla en la primera oportunidad que tuviera. Intrigada por la figura de Robert Mugabe, imaginé en su mirada desprendida una visión del futuro del país que nadie más podía ver. Sentí que lo comprendía de una manera que muy pocos podían entender fuera de la comunidad negra, aunque nunca lo hubiera visto en persona. Cinco años después, de nuevo junto a Ahrn Palley, lo vi pasar a cincuenta pasos delante de mí. Éramos los dos únicos blancos, junto con un sacerdote británico, en medio de la inmensa multitud que se había reunido en Silveira House, la academia de entrenamiento de líderes dirigida por católicos, para darle la bienvenida a Mugabe, que regresaba luego de la guerra civil, poco después de que las elecciones trajeran la independencia.
Fue en Silveira House donde conocí y entablé amistad con Sabina, la hermana de Mugabe. Enseñaba corte y costura a aspirantes a empresarios en los pueblos de los alrededores de Salisbury. Me enseñó una foto de la boda de Robert y Sally Mugabe y me permitió hacerle una copia. Mugabe usaba un traje oscuro y guantes blancos, mientras Sally llevaba un vestido bordado al estilo vaporoso de la clase media cristiana de los años cincuenta. Él lucía un gesto dulce en la mirada, apropiado para la ocasión. La foto ofrecía un contraste cómico con su imagen revolucionaria. Le di la foto a la agencia londinense que me había enviado la otra, pensando que podía ayudar a mostrar a un Mugabe con rostro humano, en lugar del demonio que veían muchos occidentales y prácticamente todos los africanos blancos.
Tiempo después publiqué la foto de la cara de Mugabe en la portada de la revista Illustrated Life Rhodesia, provocando la furia de mi jefe. Aparte de que casi me despiden, la publicación sirvió para que prohibieran la revista. La orden llegó de manos de un oficial de policía uniformado que entró en mi oficina una mañana después de que la edición considerada ofensiva hubiera estado en la calle durante uno o dos días. Me explicó amablemente que la publicación de imágenes de Mugabe infringía las leyes de censura vigentes y me exigió que la revista fuera retirada de circulación de inmediato. Sin embargo, cuando los distribuidores fueron a recogerla quedaban muy pocos ejemplares sin vender en los quioscos. Fue la edición que más rápido se vendió en toda la historia de la revista.
La cena casi acababa de servirse, cuando Mugabe, sin haber probado bocado, miró por tercera vez el reloj que estaba sobre la mesa. La persona que venía a buscarlo no había llegado. Eran casi las nueve y como Ahrn no manejaba me di cuenta de que si no lo llevaba yo misma a la estación, inmediatamente Mugabe perdería su tren. Mi hijo estaba dormido en su cuna y no había tiempo de levantarlo y meterlo en el automóvil, así que lo dejé en casa y manejé los veinte minutos hasta la estación lo más rápido que pude. Mugabe iba sentado a mi lado, en mi destartalado Renault 4 beige, agarrándose del tablero mientras continuaba la conversación con Ahrn, quien iba en el asiento de atrás. Les expliqué que iba corriendo tanto porque había dejado a mi hijo solo en la casa.
En la tarde del día siguiente, para mi sorpresa, me llamó a la casa un hombre desde un teléfono público para agradecerme por la cena y para preguntar cómo estaba mi hijo. Era Robert Mugabe.
Después de la noche en que vino a cenar, no tuve ningún otro contacto personal con el hombre tenso cuyas ideas audaces se convertirían en sinónimo de Zimbabue. Durante los siguientes cinco años Robert Mugabe impulsaría una cruenta guerra entre los negros que buscaban su liberación y los rodesios blancos que creían que estaban combatiendo el terrorismo.
La paz llegó de una manera inesperada. Con la más absoluta resistencia por parte de los blancos, los rodesios le otorgaron el poder a Zimbabue en 1980, considerándolo un acto de generosidad y con la esperanza de que el gobierno de los negros sería moderado y respetaría los intereses de los blancos. Ian Smith había estado advirtiendo, durante años, que perderían todo en manos de un Estado marxista si los terroristas tomaban el poder. Por eso algunos blancos cruzaron la frontera con Sudáfrica el martes 4 de marzo de 1980, al escuchar que Robert Mugabe había ganado con mayoría absoluta las elecciones que habían sido supervisadas por Gran Bretaña. Algunos hablaban de manera irresponsable de represalias y sabotajes. Otros merodeaban aturdidos por sus suburbios inmaculados, atribuyendo los resultados de las elecciones a la intimidación que se había ejercido contra los votantes en las urnas y culpando a la traidora Gran Bretaña por el futuro incierto que les esperaba.
Esa mañana me fui a la oficina más temprano de lo acostumbrado. Las calles estaban llenas de africanos cantando, bailando, ululando y enarbolando ramas o, en algunos casos, levantando los puños. Las expectativas eran exageradamente altas. Al llegar a mi oficina sorprendí al mensajero sentado en el escritorio de la secretaria, practicando la firma del jefe. Le dije que me imaginaba que su plan era apropiarse de la compañía en poco tiempo. Me rogó que no le dijera a nadie y salió apurado a prepararme un café.
En la tarde, el camarada Robert Mugabe apareció en la televisión, entrando en todas las casas de los blancos del país. Les prometió reconciliación en lugar de venganza. Les dijo que respetaría los acuerdos logrados con la mediación británica de Lancaster House, incluyendo la garantía de pensiones para los blancos y sus derechos de propiedad. Reveló también que había invitado al actual comandante de las fuerzas de seguridad para que se pusiera a la cabeza del nuevo ejército integrado. El monstruo de la mañana se había transformado en un líder responsable a mediados de la tercera cerveza de la noche.
Todo el mundo quería creer en Robert Mugabe. Los rodesios blancos querían mantener el cómodo nivel de vida al que aspiraban los zimbabuenses. Gran Bretaña veía la democracia en Zimbabue como un logro de su propia diplomacia. Estas esperanzas contradictorias sobrevivieron por quince años después de la independencia, a pesar de que la milicia leal a Mugabe mató a miles de personas que apoyaban al líder de la oposición, Joshua Nkomo*, a principios de los años ochenta. Prácticamente todos los que hubieran podido desenmascarar a Mugabe durante ese tiempo miraron para otro lado. Los blancos, porque estaban agradecidos de mantenerse fuera de las luchas intestinas; el gobierno británico, porque tenía que sostener al hombre que había puesto al mando de Zimbabue mientras trataba de resolver el problema del apartheid en Sudáfrica, y los medios internacionales, porque habían respaldado a Mugabe incondicionalmente y no podían aceptar que se habían equivocado.
En ese tiempo yo era periodista independiente y acepté la actitud general, incluso cuando la policía de seguridad de Mugabe obligó a mi familia a abandonar el país. Mi esposo, que era médico, había molestado al nuevo gobierno en 1982 al obtener evidencia médica, dentro de las prisiones, de las torturas a las que habían sometido a los aviadores blancos a los que Mugabe había acusado de intentar volar los aviones de la fuerza aérea de Zimbabue, una ofensa que se consideraba capital. Nadie sabía con certeza si los aviadores habían conspirado contra el Estado, lo que era una posibilidad cierta en esos días. Así que a Mugabe se le dio el beneficio de la duda, a pesar de que los aviadores habían jurado ser inocentes.
En retrospectiva pienso que gente bien intencionada, entre la cual me incluyo, pudo haber ayudado a Robert Mugabe a convertirse en el hombre que es hoy. Si hubiéramos reaccionado de una manera diferente a los signos tempranos de su paranoia, ¿podría haberse salvado Zimbabue del abismo en el que hoy se encuentra? Si los blancos del país hubieran sido más realistas y hubieran aceptado lo imposible que era un cambio gradual entre el Estado policial que ellos habían creado y la democracia con la que soñaban para su propio beneficio, ¿habrían sido más respetuosos, menos provocadores? ¿O es Robert Mugabe, simplemente, un ejemplo de cómo el poder corrompe?
Las preguntas son infinitas. ¿Qué hubiera podido hacer el poder del antiguo imperio y la comunidad internacional para reducir el impacto de la pésima administración económica del régimen de Mugabe antes de que sus efectos llevaran al país al desastre? ¿Podemos de manera legítima atribuirle a Mugabe toda la culpa del colapso de Zimbabue o hay que reconocer que tenía algunos cómplices bastante respetables? ¿Estábamos equivocados desde el principio todos los que apoyamos a Mugabe?
En mi caso la pregunta recurrente tenía un tono más personal: ¿qué había pasado con aquel hombre lo suficientemente amable como para llamar a una joven madre y preguntarle por su hijo, después de una cena más bien breve, en 1975? ¿Cómo pudo haberse convertido treinta años después en el cruel dictador que gobierna Zimbabue por decreto y a través de un clientelismo corrupto?
Son preguntas que tal vez nunca puedan ser respondidas de manera adecuada, aunque la gente que ha conocido a Mugabe personalmente y ha participado en su vida puede ser capaz de proporcionar ciertos indicios acerca de sus actitudes y motivos. Muchos testigos cruciales, incluso, el propio Robert Mugabe, están llegando al final de sus vidas. Es importante hablar con ellos porque es posible que detrás de la imagen demonizada del «loco» Mugabe, como un hombre de una sola dimensión, se escondan secretos importantes y lecciones históricas.
Encontrar el carácter multidimensional de ese monstruo, volverlo humano en lugar de mantener la imagen caricaturesca de villano, implica un proceso de comprensión en lugar de una absolución. Según sostiene el actor británico Sir Ian McKellen, quien a lo largo de una carrera de cuarenta años ha encarnado monstruos de distintas épocas, desde Yago hasta Rasputín: «una de las pocas lecciones que se pueden aprender al estudiar el comportamiento de la gente que hace cosas terribles es que son demasiado humanos. Y que todos somos capaces de hacer casi cualquier cosa». Descubrir que Robert Mugabe es una persona real que ha tomado decisiones horribles no significa liberarlo de culpa sino analizar cómo y por qué se desvió del camino. Puede servirnos para estar atentos a las tendencias igualmente peligrosas de otros líderes.
¿Qué pasó con el hombre estudioso que utilizó todo el tiempo que tenía mientras estaba en la cárcel para adquirir una lista impresionante de títulos académicos y cuya única frivolidad era su pasión por Elvis Presley? ¿Es una tragedia la historia de Rober Mugabe –una grandeza que se disuelve– o se trata de la tragedia de todo un país?
¿Cómo puede Mugabe ser comparado con otros déspotas? Ciertamente no es un bufón como Idi Amín, el dictador de Uganda. Y es un hombre que dista demasiado de tener sangre en las manos, como Jean-Claude Duvalier, de Haití, o Mobutu Sese Seko, del antiguo Zaire. Tampoco está entre sus motivos la acumulación de una gran fortuna, como fue el caso de Fernando e Imelda Marcos en las Filipinas.
La historia de Robert Mugabe es una muestra en pequeño de los problemas que aquejan a las nacientes democracias y a las débiles economías africanas en los inicios del siglo XXI. Es el caso clásico de un héroe genuino –el ídolo guerrillero que derrotó al régimen de supremacía blanca y a su líder– convertido en un autócrata irascible, cuya única respuesta a aquellos que le han sugerido que entregue el poder es mandarlos a la porra. Es también la historia de un grupo de activistas que tratan de construir una nueva sociedad pero llevan a cuestas las marcas imborrables del viejo régimen. La educación política de Mugabe proviene del autócrata Ian Smith, quien a su vez aprendió las lecciones fundamentales de los colonizadores británicos.
Por encima de todo, se trata de la historia de un hombre que perdió la brújula moral con consecuencias desastrosas para muchos. Robert Mugabe tenía el mundo a sus pies en 1980. A partir de ese momento, de manera lenta pero segura, despilfarró el trabajo de toda su vida, traicionando a la gente que confió en él. ¿Por qué?, ¿qué impulsó esta autodestrucción?
Le hice esas y muchas otras preguntas a docenas de personas. Algunos son británicos, otros son refugiados zimbabuenses que ahora viven en Gran Bretaña o en Sudáfrica. A otros no les ha quedado más remedio que quedarse en el país tenso y quebrado que es hoy Zimbabue, esperando por días mejores. Todos son personajes relevantes en términos históricos –todos conocieron a Mugabe personalmente y tuvieron una influencia significativa en él– y nos dan una idea de cómo el poder corrompe. A través de observaciones de primera mano del modo como Mugabe descendió hacia la tiranía, estos testigos iluminan algunas de las inmensas limitaciones que tiene el progreso en un continente marcado por el caos. Sus opiniones colectivas configuran la biografía matizada y compleja de un hombre cuya decadencia y caída ha sido observada por el mundo entero.
Mi intención es contar la historia de los ochenta y cuatro años de vida de Robert Mugabe con el fin de comprender cómo un hombre inclinado a la simplicidad se convirtió en un avaro potentado, con una esposa que tiene la mitad de su edad y con una manifiesta debilidad por el lujo. Si hoy en día Mugabe es demasiado cínico para aceptar que sus compatriotas se mueren de hambre debido a sus faltas y excesos, ¿dónde se originó ese cinismo?; ¿se trata de alguien que siempre fue despiadado o se fue convirtiendo poco a poco en un loco debido al poder?
Casi toda la investigación hecha para este libro es original y ahora ha sido preservada para la posteridad. Pero lo que es realmente único en esta obra es el análisis que se hace del estado mental de Robert Mugabe. Para explorar la personalidad de Mugabe acudí a la ayuda de Shayleen Peeke, psicóloga con quince años de experiencia clínica, familiarizada con las perspectivas políticas del sur de África que moldearon al Presidente de Zimbabue. Shayleen ha trabajado durante años con una cantidad de iniciativas civiles de derechos humanos en la región. Escuchó las entrevistas que le hice a gente que ha tratado personalmente a Mugabe. Luego discutió conmigo lo que esas personas dijeron, tomando en cuenta que muchas de ellas tuvieron una especial influencia sobre él antes y durante su presidencia. Hablamos largamente acerca de los puntos de vista de Mugabe y de las personas que lo conocen, considerándolo como un ser humano y no como un monstruo.
Ben Manyika, un psicólogo que vive en Londres pero que es zimbabuense de origen, leyó y comentó el manuscrito. Eva Hurley, terapista de inteligencia emocional de origen irlandés, que trabaja para clientes corporativos internacionales y está radicada en Dubai, revisó todos los capítulos. El resultado es la psicobiografía de uno de los más inquietantes y destructivos líderes del mundo.
Al tratar de comprender una trayectoria como la de Mugabe intentamos no restarle importancia al hecho de que estábamos analizando el comportamiento de un asesino. Al considerar como sociales algunas de las causas de su tiranía nos preocupa que se pueda entender que la violencia es algo implícitamente aceptable. Aunque algunas de nuestras explicaciones sugieren cierta empatía con el tirano, en parte porque sabemos que alguien como Mugabe es un ser humano igual que nosotros, estamos conscientes de que los esfuerzos recientes por comprender personalidades como la de Hitler, por ejemplo, han sido considerados «la obscenidad de la comprensión» por gente como el filósofo y cineasta francés Claude Lanzmann. Pero este argumento puede ser rebatido si nos hacemos la siguiente pregunta: ¿cómo vamos a aprender de los capítulos más crueles de la historia si no se nos permite intentar comprender a los tiranos?
***
Cenando con Mugabe
Heidi Holland
Ediciones Punto Cero (2011)
*Joshua Nkomo (1917-1999). Dirigente sindical y fundador del partido Zapu, considerado el padre de Zimbabue. Estuvo preso en las cárceles de Rodesia junto a Robert Mugabe y otros líderes nacionalistas. Durante la lucha por la independencia dirigió el brazo armado del Zapu, que llegó a convertirse en una considerable fuerza militar. Después de la independencia, la rivalidad entre Nkomo y Mugabe se hizo cada vez más evidente y desembocó en acusaciones de rebelión contra él y sus partidarios, que dieron como resultado la matanza de Matabeleland en 1987. En esta matanza, conocida como Operación Gukurahundi, fueron asesinados más de tres mil civiles de la etnia Nbedele. A raíz de estos hechos Nkomo escapó al exilio, pero finalmente firmó un pacto a partir del cual su organización se unió al partido de gobierno para formar el Zanu-FP. A partir de la reconciliación forzada con Mugabe, Nkomo fue nombrado Vicepresidente. Al morir, fue declarado héroe nacional y enterrado en el cementerio Heroes Acre. (N. de la T.).
Artículos más recientes del autor
- El origen nazi de la llama olímpica
- ¿Cómo mantener un cerebro joven?
- Samuel Beckett, “un pájaro negro y solitario”
- Lang Lang, prodigio del piano
- ¿Cómo superar el miedo escénico?



guardar en pdf