Durante varios días los usuarios de redes sociales no han cesado de burlarse del traspié: tras presentar su libro México, la gran esperanza en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Enrique Peña Nieto fue incapaz de responder cuáles eran los tres libros que habían marcado su vida. No sólo trastabilló como un alumno que no ha hecho la tarea, sino que confundió a Carlos Fuentes con —of all people— Enrique Krauze. De inmediato una avalancha de críticas se precipitó sobre él y LibreríaPeñaNieto se convirtió en tema central de Twitter. A continuación, en un episodio de vodevil, Ernesto Cordero quiso prolongar la mofa y él mismo convirtió a Laura Restrepo en Isabel Restrepo al mencionar los tres libros que —dijo con orgullo— ha leído este año.
No es la primera vez que un político incurre en un desliz semejante: Vicente Fox se vanagloriaba de su incultura e incluso Josefina Vázquez Mota, entonces secretaria de Educación Pública, también confundió a Carlos Fuentes… con Octavio Paz. No se trata, tampoco, de un fenómeno mexicano: en España se regocijan con la anécdota según la cual Esperanza Aguirre, cuando era ministra de Cultura, se congratuló por el Premio Nobel concedido a la gran escritora portuguesa Sara Mago.
Sin duda, cualquiera puede tener un olvido, pero una cosa es no recordar un autor o un título y otra ser incapaz de mencionar los tres libros que le han cambiado la vida a uno. Quizás porque a ninguno de estos políticos los libros les han cambiado la vida. Lo he dicho en otro momento: leer no nos hace por fuerza mejores. Stalin era un lector empedernido, lo cual no le impidió asesinar a millones de personas (y a numerosos escritores). Pero un gobernante necesita conocer de cerca el universo de sus gobernados y para ello la lectura —incluida la lectura de ficción— resulta una herramienta indispensable.
Este penoso espectáculo demuestra más bien otra cosa: el espacio mínimo que la lectura ocupa en nuestro tiempo. Si nuestros políticos no leen, o leen mal, es porque no sienten que ensayos, poemas o novelas sean relevantes para su desempeño. Porque consideran que los libros —y en general la cultura— son formas de entretenimiento tan inútiles como elitistas. Porque no se dan cuenta de que la lectura, y en especial la literatura, podrían ayudarlos a convertirse en mejores políticos.
En otro sentido, Peña, Cordero o Fox son productos típicos de nuestro sistema educativo, tanto público como privado (y no sólo el mexicano, aunque éste sea el peor de la OCDE). De un sistema que, en vez de incitar la lectura, nos enseña a odiarla. Todos hemos visto cómo los niños aman los cuentos infantiles y cómo, una vez en la primaria, pierden todo interés en los libros. La razón es simple: mientras los relatos de magos y dragones son un placer, en la escuela la lectura se torna una obligación.
Como escribió el novelista Daniel Pennac: el verbo leer, como el verbo amar, jamás debería conjugarse en imperativo. En otras palabras: la lectura, en la primaria, nunca debería ser obligatoria. A lo más, padres y profesores deberían compartir con los niños su gusto por la lectura y demostrarles que, detrás de esas letras hostiles, se encuentran miles de historias y personajes con los que pueden identificarse. Otro error: considerar que la lectura es superior a otras formas narrativas, como la TV, el cine o los videojuegos, y condenarla a un estatuto tan alto como indeseable.
Mi modesta propuesta es muy simple: cambiar, de una vez por todas, un modelo educativo propio del siglo XIX, que no ha tomado en cuenta la aparición del mundo audiovisual. Dejemos de enseñar literatura y pasemos a impartir una materia que propongo denominar Clase de Ficción.
Estoy convencido de que la ficción es la mejor puerta a la lectura. La ficción que está en los cuentos infantiles y en las pantallas que hoy rodean a los niños. Lo que éstos necesitan es un guía que los ayude a circular de las miniseries y las películas de animación a los videojuegos y de allí, con naturalidad, a las novelas y relatos. Entonces los maestros podrían enseñarles algunos parámetros que les permitan distinguir la buena de la mala ficción: unas caricaturas profunda de una superficial, una telenovela ambiciosa de una inverosímil, un videojuego estimulante de uno predecible, una gran obra literaria de un best-seller inane.
Todo ello representa trastocar radicalmente nuestra anacrónica idea de cultura. Formar maestros que posean conocimientos de todas las formas de la ficción. Proveer a las escuelas con los instrumentos tecnológicos necesarios para cada disciplina. ¿Es mucho pedir? Quizás. Pero no hacerlo representa permanecer en el pasado. Hoy, miles de ficciones rodean a nuestros niños y nosotros no les enseñamos cómo enfrentarse a ellas. Los tenemos abandonados. Y, al hacerlo, los impulsamos a renegar de la lectura. Sí: es mucho pedir, pero sólo así conseguiremos que en el futuro nuestros políticos —y nuestros niños— no se sientan intimidados por los libros.
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20 de Diciembre, 2011
Me encanta la propuesta!
20 de Diciembre, 2011
Cuando alguien comete un erro o un horror, siempre se le achaca la culpa al sistema educativo (Siempre a la educación primaria) pero, cuando es alguien que se destaca, jamás se dice que es gracias al sistema educativo.Por qué será? Reconozco las fallas del sistema educativo paro…..Y reconozco que debe dar pasos de para actualizarse….. Bueno por qué será…
5 de Enero, 2012
No se si he leído más o menos que Volpi. Lo hago desde la infancia y crecí en medio de la inmensa biblioteca de mi padre. Pero si alguien me pregunta cuáles son los tres libros que me han cambiado la vida, no podría responderlo. Es más, me he preguntado a mi mismo por ello, y no encuentro la respuesta. Puedo citar entre los que más me han impresionado, Don Casmurro, de Machado D´Asis. La trilogía del Vagabundo de Knut Hamsum. Viejo Simón a la deriva, Leida hace tantísimos años que ya no recuerdo si es o no de Hans Fallada. Crímen y Castigo me dejó perplejo varios meses. Igual me pasó con Allá Lejos y Al revés de Huysmans o El Maestro de Sillampaa. Puedo citar centenares de libros y no solo creativos o “literatura” por decirlo de alguna manera. Ahí hay filósofos, economistas, políticos y científicos. No soy nadie que valga mucho la pena, a decir verdad… Mi vida es una vida simple, tranquila y a ratos feliz. No tengo ni grandes apuros económicos, ni yates ni casas de recreo. Pero ningún libro en particular me ha cambiado la vida. Millones de alemanes habrían respondido que Mi Lucha les cambió la vida. Millones de católicos, dirán que La Imitación de cristo, de Kempis, o Camino de Escrivá de Balaguer, fueron sus grandes iluminaciones.
Pero en resumen quiero decir que esa pregunta no es menos tonta que una respuesta precisa, inmediata y políticamente correcta. Probablemente el error de Peña Nieto, fue querer dar una respuesta satisfactoria ante esa pregunta necia… No creo que Peña sea menos que quien le preguntó. No me interesa el candidato del PRI, ni votaría por él… Pero tampoco me suscribo como partidario de quienes creen que ese tipo de preguntas debe tener una respuesta acorde con los intereses del interrogador.