Artes

Leda en las colinas de Vinci, por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 13 de diciembre, 2011

Sólo llegan a Vinci los negociantes del aceite de oliva que se produce en sus suaves colinas. Y los turistas con devoción sufi­ciente para trasladarse hasta el pueblo natal de Leonardo. Por Vinci no pasa ninguna carretera de importancia. Ni fue considerado de relevancia suficiente como para justificar una estación del tren que une a Pisa con las demás ciudades toscanas. Para llegar a esta población hay que abandonar la “autostrada” Florencia-Lu­cca e internarse en el interior de la provincia. Sólo va a Vinci el que va a Vinci.  No obstante, el verano pasado el número de visitan­tes aumentó significativamente. La razón fue la muestra organizada por el Museo Leonardiano: Leonardo e il  mito di Leda. Modelli, memorie e metamorfosi di un’ invenzione. Una ocasión que reveló al espectador las oscuras relaciones que se establecieron entre ese mitoma en particular y el maestro de la “Ultima cena.”

El de Leda fue uno de los mitos más popularizados por intelec­tuales y artistas del Renacimiento. Y tenía que ser así. Se trata de una historia que abunda en erotismo y plasticidad, dos de los signos del arte renacimental.  El mito habla de la seducción de una bella mujer por parte de Zeus. Que para llevar a cabo su propósito se transforma en el que fuera considerado el más hermoso de los ani­males de pluma. Esto es, en cisne. El animalismo no es infrecuente en la mitología griega. El mismo Zeus manifestó una notoria inclinación hacia esta práctica. En un dibujo tardío Miguel Angel lo des­cribe cuando, en pleno vuelo, convertido en águila, hace el amor al provocativo Ganímedes. El de Leda no es  una construcción re­ciente. Odiseo lo menciona en su relación de  la visita al Hades: “Vi también a Leda, la esposa de Tíndaro, que le parió dos hijos de áni­mo esforzado: Cástor, domador de caballos, y Pólux, excelente púgil. A estos mantiene vivos la alma tierra, y son honrados por Zeus debajo de ella.” Por una vez, Homero es prudente y no dice la historia completa. La deferencia de Zeus se explica porque se trata de sus hijos. Eu­rípides, menos discreto, abunda en detalles sobre el episodio. En su Helena, la protagonista menciona a Leda en varias oportunidades. En su primer parlamento: “Según dice la fama, Zeus, transforma­do en alado cisne, voló al seno de mi madre, y fue su esposo clandestino.” Más adelante, la misma Helena alude a las extrañas señas de su nacimiento: “Porque ninguna mujer, ni griega ni bárbara, puso un huevo, como comentan de Leda, al darme la vida de su unión con Zeus.”

La tradición no se puso de acuerdo en lo que se refiere a los frutos de aquella unión. Según Eurípides, de un solo huevo habrían nacido los hijos de Leda. Otros autores sostienen que cuatro fue­ron las criaturas y dos los huevos. Helena y Pólux, hijos de Zeus , se habrían presentado en primer lugar. Del segundo hue­vo habrían surgido Clitemnestra y Cástor, consecuencia de una se­gunda cópula consoladora que Leda habría ofrecido a Tíndaro. Pero, como se sabe, no es lo mismo procrear de un dios que de un ser humano. A Helena y Pólux se les otorgó la inmortalidad. A Clitemnes­tra, no hay que recordarlo, le correspondió la más infortunada de las muertes: ser asesinada por su propio hijo. Cástor, por su parte, seria muerto en un torvo episodio de faldas. Pero los poetas y artistas del Renacimiento no tuvieron acceso a estas tradiciones escritas. No es mucho lo que Ovidio se detiene en el mito de Leda. Y menos Virgilio. Una vez más sería Boccaccio la fuente utilizada para conocer en detalles esta fascinante historia. La de una agraciada mujer que se acostó con un cisne y, poco después, con un hombre, su esposo, para dar a luz a cuatro hijos  que se presentaron al mundo en el estuche de un par de huevos. En su Genealogia deorum, el Boccaccio: “Como a Júpiter le agradase Leda, la esposa del rey Tindáreo, él mismo convertido en cisne comenzó a cantar, canto con el que atrajo a aquella no sólo para que lo oyera sino para que lo tomara. Después de ser tomado por ella él mismo la agarró y la sedujo y dicen que de esta unión nacieron Cástor y Pólux y Helena. Pero otros sostienen que sólo Pólux y He­lena y que Cástor fue mortal e hijo de Tíndaro. Algunos, entre los cuales está Paulo, dicen que de aquella unión nacieron dos huevos, de uno de los cuales nacieron Cástor y Pólux, del otro Helena y Clitemnestra.” De Leda nos dejaron sus versiones grandes maestros como Rafael (basada en Leonardo), Bandinelli, Du­rero, Rosso, del Sarto, Correggio, Miguel Angel. La de Rafael es puro clasicismo. Leda, de pie, acaricia el cue­llo del cisne como alguien que pasara la mano sobre su mascota. Que se trataba de una relación más íntima lo sugiere apenas un recién nacido a la diestra de la protagonista. La de Miguel Angel, un lien­zo destruido por la hipocresía cortesana francesa durante el seiscientos no deja dudas sobre la naturaleza de las relaciones entre Leda y el ave. Buonarroti es elocuente. Leda aparece acostada y desnuda, por supuesto. Con las piernas abiertas recibe, de buen grado, la lujuria de Zeus, recompensada con un apasionado beso en su boca, ya transformada en pico. Con la de Leonardo esta fue la versión más influyente de su tiempo. Su grandeza la podemos imaginar gracias a la magnífica tela de Rosso Fiorentino (National Gallery) y al expre­sivo mármol de Bartolomeo Ammannati (Bargello).

Una sola pintura de tema mitológico conocemos de Leonardo. Y la conoce­mos de oídas. Por lo que nos dice el inefable Cassiano del Pozzo después de haberla admirado en Fontainebleau hacia 1625: “Una Leda de pie, casi toda desnuda, con el cisne y dos huevos, de cuyas cáscaras se ve salir a cuatro niños: Cástor y Pólux, Helena y Clitemnestra.” No parece haber sido, el mito de Leda, del especial agrado de los fran­ceses del siglo diecisiete. En otra muestra de iconoclasia implacable dieron cuenta de la pintura, que había sido adquirida por el buen ojo de Francisco I. Nuestro tiempo ha debido conformarse con algunas copias realizadas en días de Leonardo. Como las que se exhiben en las galerías Borghese y Ufizzi. Que se corresponden con el origi­nal tal como fue descrito en otras fuentes. Se trata de una Leda púdica, con la mirada hacia el suelo mientras abraza el cuello del plumífero amante. Tiene el rostro complacido de una madre satisfe­cha después de haber superado las dificultades del alumbramiento. Sin embargo, de aquí la ambigüedad de la imagen, no disimula sus nutridos pechos ni sus abundosas y blandas carnes. La asociación con la “Venus de Urbino” no parece un extravío.  Pero se trata sólo de una copia. No sabemos las cualidades del desnudo original. Aunque por los dibujos del mismo Leonardo sospechamos que no eran muy distintas. Alguna fijación extraña sintió el maestro de Vinci por la histo­ria de Leda. Fue el motivo de su única pintura mitológica y de va­rios diseños memorables. Kenneth Clark, al que treinta años después de su publicación debemos el mejor estudio sobre el artista, quiere ver en la figura de Leda un símbolo de fertilidad, “el aspecto fe­menino de la creación.” Por su parte, Martin Kemp observa que, “la fructífera relación de Leda con el cisne simboliza la unión entre el hombre y la naturaleza.” Todo esto es cierto. Pero está lejos de ser todo. Nada es sencillo en la producción de este genio retorcido, que escribía de derecha a izquierda y que, tal vez, escondió sus propios rasgos bajo la apariencia de la “Gioconda”. Los organizadores de la muestra del Museo Leonardino de Vinci, de manera inesperada, en­contraron una inquietante relación entre la figura de Leda y otra imagen femenina nada obvia. En efecto, la desbordada sensualidad de Leda es relacionada con su propia negación. Me refiero a la Virgen María.

Las analogías no faltan. El rostro decoroso de Leda es el mismo de “La Virgen de las rocas” en el Louvre.  Mientras que su posición sentada se corresponde con el estudio de “Leda arrodillada” (Chat­worth). Por su parte, los dos niños en la misma pintura, Jesús y san Juan, derivan de las descripciones de los hijos de Leda en las copias que existen del original destruido. Pero el compuesto es la esencia de la poética leonardiana. El tocado de Leda no lo encontramos en “La Virgen de las rocas”. El elaborado peinado de la amante de Zeus será repetido en la Santa Ana, la madre de la Vir­gen, del Louvre, o acaso en la rara “Madonna dei fussi”. La “Virgen de las rocas”, que es Leda, que es Santa Ana, que es la “Madonna dei fussi”, que es, al final, Catalina, la madre del artista. La exposición vinciana revela esta serie de coincidencias. Y uno siente, como es habitual, que Leonardo se expresa en alegorías. Habla de una cosa cuando, en realidad, habla de otra. Leda y la Virgen son la misma persona. Amabas resultaron embarazadas por in­tervención divina. Y, a pesar de sus alumbramientos, no perdieron su condición virginal. María por virtud del dogma. Y Leda gracias a la apariencia que le otorgó el artista. Como intuía Kenneth Clark, Leda es un símbolo de fertilidad. Como la Virgen María. Lo que ilus­tra Leonardo con sus analogías es una de las aspiraciones más queridas del Renacimiento. La misma que estimuló Ficino en sus lecciones florentinas. Una de las formas que adoptó la utopía del Quattrocento. Hablo de la aspiración improbable a salvar las diferencias entre las tradiciones paganas de la Antigüedad y la leyenda cristiana. Un intento en el que sucumbieron algunos de sus contemporáneos más ilus­tres. Un poco antes que él, Boticelli. Y, un poco después, Miguel Angel. A sus siete años, cuando abandonó para siempre las colinas suaves de su Vinci natal, es probable que Leonardo, no sin razón, relacionara la imagen de Catalina, su joven madre, con la de la Virgen, como descubrió Freud. Sólo más tarde en su vida se daría cuenta de que Catalina era también Leda. Y el cisne, aquel Ser Piero, su padre, que la sedujera y la abandonara en la soledad alejada del paisaje toscano.

 

 

Alejandro Oliveros 

Comentarios (6)

Vitelio Nitto
13 de diciembre, 2011

Claro que hay una estación de tren en Vinci, allí exhiben las fotos del bombardero británico que la destruyó al final de la segunda guerra mundial.

S.F. Sotillo
13 de diciembre, 2011

Excelente, como siempre. Y habría que añadir a su detallado recuento el impacto de este mito en nuestro modernismo, particularmente aquel famoso soneto de Darío, y antes de él en sus predecesores, los parnasianos y simbolistas franceses (desde Banville, Prudhommen, Mallarme, hasta Baudelaire). Claro, tampoco podemos olvidar a Wagner y su Lohengrin, que se nutre de todos y con todos. Gracias por compartir.

Sebastian
14 de diciembre, 2011

Vitelio Nitto, en la actualidad no puedes llegar en tren a Vinci. Sólo bus o auto. Que hata un estación convertida en museo, es otra cosa.

Alejandro Oliveros
14 de diciembre, 2011

Amigo Sotillo, porqué no se anima a escribir un comentario amplio sobre las versiones de Leda en la moderna poesía occidental?

Ignacio Arias Vincentelli
14 de diciembre, 2011

Si se anima, amigo Sotillo, como se lo sugiere Alejandro, creo que lo vamos a disfrutar mucho… y claro, se lo agradeceríamos.

Ana María Del Re
21 de marzo, 2013

Muy interesante tu artículo sobre Leda, querido Alejandro. Sí, yo también he estado en Vinci tres veces, en busca de Leonardo. La belleza de esas colinas y olivares siempre me conmueve. He tenido el privilegio de tener una familia paterna oriunda de Toscana y que vive en esa zona. Un abrazo de Ana María.

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