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Memorias de un moderador de debates, por Boris Muñoz

Por Boris Muñoz | 4 de Diciembre, 2011

Los debates políticos son tan viejos como la civilización. Los romanos debatían constantemente en el senado. De ahí que la tradición del debate sea la piedra angular de los regímenes parlamentarios y de las culturas políticas sofisticadas como la inglesa y la francesa.  Incluso en discusiones como las protagonizadas por Abraham Lincoln y Stephen Douglas en 1858, en torno a la esclavitud, hoy tenidas como el arquetipo del debate presidencial moderno, la tradición de debatir tenía unos cuantos milenios siguiendo el viejo aforismo bíblico: en el principio fue el verbo. Pero llegó la televisión y lo cambió todo. Fue el salto cuántico de la oratoria a la imagen.

El primer debate presidencial televisado de la historia ocurrió en Chicago, el 26 de septiembre de 1960, entre el vicepresidente Richard Nixon y el senador John F. Kennedy. Nixon había salido del hospital y tenía el rostro desencajado, el cuerpo sin reflejos y una palidez cadavérica. Kennedy lucía como un atleta universitario de piel bronceada como si estuviera recién llegado de un balneario de Florida, y tenía los cachetes rellenos como un querubín. En realidad, esa apariencia era un efecto secundario de los esteroides que consumía para sus dolencias de espalda. 70 millones de espectadores siguieron aquel evento. Lo importante, sin embargo, es que, al fin y al cabo, Kennedy sacó una ventaja decisiva gracias  su apariencia de galán de cine, y no solo a las palabras y los argumentos que empleó con su adversario. Kennedy salió de la cita convencido de que ganaría las presidenciales dos meses y medio más tare.  Y así fue.

Los debates son ocasiones para exponer puntos de vistas, confrontar agendas, medir personalidades, analizar acciones y proponer soluciones de acuerdo con líneas políticas que son tan ideológicas y partidistas como personales.  Pero también para exhibirse delante de millones de personas. Si un precandidato gana un debate –o al menos causa buena impresión– es muy probable que eso lo coloque más cerca de la candidatura de su partido y, finalmente, de la Casa Blanca.

En Estados Unidos, los debates son los sismógrafos de la carrera por la presidencia. Tal vez nadie los conozca mejor desde adentro que Jim Lehrer, el veterano periodista y ancla de la Public Broadcasting System (PBS). Lehrer puede ser descrito con toda justicia el decano de los debates televisados en Estados Unidos, moderando hasta ahora 11 debates presidenciales desde Jimmy Carter Vs. Ronald Reagan, hasta John McCain Vs. Barack Obama -y otros cuantos debates vicepresidenciales.

En su reciente libro Tension City (Random House 2011), Lehrer vuelve sobre sus propios pasos como moderador para revelar muchos de los intríngulis jamás contados de la historia política estadounidense de los últimos 30 años. Testigo de excepción, Lehrer entrevista a casi todos los participantes de esos eventos haciéndolos reflexionar sobre cuál fue el impacto y el peso específico Para Lehrer el resultado, es un juego de espejos y versiones contradictorias –al que califica como Rashomon final– en el cual cada participante recuerda su actuación en el debate a través del presima, emocional y político,  de su propio lugar en el podio –la mesa, la silla, la cámara o el micrófono.

Lehrer se quejaba con su esposa, Kate, de los nervios terribles que solían sentir en las vísperas del debate. “Si es malo para ti, piensa en como debe ser para aquellos dos candidatos –uno solo movimiento en falso y pierden la presidencia de los Estados Unidos”.

En efecto, es tanto lo que está en juego que poco o nada es dejado al azar. Los debates presidenciales suelen estar precedidos por semanas de arreglos y  componendas entre los equipos de cada candidato, durante las cuales se afinan los detalles del espectáculo. ¿Debatirán los candidatos en podios o sentados en una mesa redonda? ¿Podrán moverse por la salas? ¿Habrá posibilidad de diálogo? ¿Tendrá el moderador la posibilidad de hacer preguntas propias o solo será un fiscal de tránsito? En definitiva, ¿será un verdadero debate o un civilizado conversatorio entre mejores enemigos? Todas estas incógnitas y muchas otras son despejadas mucho antes de la noche del encuentro.

Sin embargo, lo que queda fuera del cálculo es lo más substancial: la preparación de los candidatos para un combate que implica un peligro mortal y lo que cada personalidad aporta a la contienda. El ajedrez implica por su puesto una exhaustiva preparación personal.

La contienda de 1980 entre el presidente demócrata Jimmy Carter y el aspirante republicano Ronald Reagan, será recordada por la entrada al ruedo de aquel carismático cowboy que llegó, en efecto, a ser el hombre más poderoso del mundo. Carter sabía que Reagan, como actor y hombre de medios que era, tenía la ventaja frente a las cámaras. Por eso pidió que se hicieran muchos debates esperando que a la larga la sustancia prevaleciera sobre las formas

Pero Reagan derrotó a Carter con una simple y desdeñosa frase: “Ahí vienes otra vez con eso”, como respuesta a la interpelación de Carter sobre su posición acerca del programa Medicare de beneficios médicos para los humildes que el neoliberal Reagan rechazaba por considerarlo medicina socializada.

Esa línea aparentemente sin significado e importancia hizo ver a Reagan como un candidato relajado, con humor y seguro de sí mismo. Éste dijo que no tenía esa frase preparada sino fue una salida espontánea ante lo que para el era una tediosa repetición del adversario. El denigrado Carter, en cambio, estaba seguro que la estocada había sido fríamente calculada. La lección es simple: la abierta descalificación es peligrosa, pero un leve menosprecio puede dar buenos dividendos.

Cualquiera que desee entender lo que pasa en un debate electoral, debe tomar conciencia de que obedecen a un cuidadoso arte. El principio general por el que hay que empezar es el siguiente: “Conoce a tu enemigo mejor que a ti mismo”. En función de ese objetivo levantan hasta las piedras para saberlo todo de sus antagonistas: trayectoria pública y política, gustos, ambiciones y delirios, vida privada y vida secreta.

A modo de receta el autor recuerda que “los debates son empresas colectivas semejantes a los combates y los equipos atléticos. Nadie combate, compite –o debate- solo”. En efecto, para estar con la guardia en el punto preciso y contrarrestar los desatinos, metidas de pata que cualquier puede cometer, los contrincantes se preparan durante semanas en debates simulados. Se trata de socavar la credibilidad del otro atacándolo por sus puntos débiles. Saben que cada anotación a favor es un voto menos para el rival, pero sin embargo suelen estar inseguros.

Evidentemente puede haber zonas francas y temas tabú. Por ejemplo, al debatir con el presidente Bill Clinton para las elecciones de 1996, el republicano Bob Dole, decidió no tocar temas álgidos de la vida privada de Clinton, como las historias de sus amoríos derrapados, que podrían haber puesto en serios aprietos –como después ocurrió– su reelección.

Pero no se trataba de una muestra de cortesía El propio Dole tenía en el clóset historias pasadas y prefería que no las usaran en su contra.

Sin embargo, estos pactos tácitos no son la regla. En el debate para la vicepresidencia de 2004, John Edwards le enrostró a Dick Cheney que su hija era lesbiana logrando sacar al mismo genio del mal de sus casillas.

La asertividad es desde luego la mejor herramienta para avanzar casillas en la carrera hacia el pináculo del poder. Bill Clinton y Barack Obama son los dos oradores más hábiles e inspirados que se han visto en los debates en décadas recientes. Ellos han sobresalido por su capacidad de mantener el control y el nivel de conexión con el público frente a las situaciones más desafiantes.

Para Lehrer no medir bien el impacto de una respuesta o un gesto puede echar al traste una victoria que de otro modo parecía cantada. Y a menudo eso es lo que sucede. Los tres ejemplos más elocuentes de esto son los casos de Michael Dukakis, George H. Bush y Al Gore. En 1988, el moderador Bernard Shaw de CNN, abrió el debate entre Dukakis y el presidente Bush (I), con lo que se conoce como “la pregunta del asesino”: “Gobernador, ¿si Kitty Dukakis fuera violada y asesinada, favorecería usted una pena de muerte irrevocable para el asesino?”.

Dukakis respondió racional y calmadamente que habiendo estado toda su vida opuesto a la pena de muerte, no creía que la muerte de su esposa fuese suficiente razón para disuadirlo a favorecerla…. Shaw lo había puesto contra una esquina donde las convicciones profundas se enfrentan con la irracionalidad. Tal vez si su argumento perfectamente lógico hubiese estado acompañado de un tono indignado o apasionado habría tenido algún eco positivo. Pero su tono desapegado y flemático lo hizo ver como un ser destemplado hiriendo de muerte sus posibilidades presidenciales.

George H. Bush es famoso por detestar los debates, a los que califica de desagradables. En su debate por la reelección frente a Clinton en 1992 se le ocurrió mirar al reloj 10 minutos antes de finalizar el encuentro y esa sola distracción lo hizo ver como alguien impaciente que tenía la cabeza en otra parte, lo que favoreció enormemente a su seductor y astuto competidor.

Otra metida de pata del mismo género le costó a Al Gore votos decisivos en las elecciones del 2000. En un debate en la Universidad de Massachusetts en Boston, Gore se dedicó a torcerle los ojos a Bush, poniéndole una mirada de pocos amigos que fue interpretada como una actitud poco digna de alguien que al fin y al cabo era el vicepresidente en ejercicio.

Lehrer concluye que pese a los arreglos y las componendas los debates son tan impredecibles que aquellos que defienden un título o quienes van ganando en las encuestas no tienen nada que buscar en ellos y corren un riesgo que no se compadece con las posibles ganancias.

Respecto a su propio trabajo reflexiona que los moderadores necesitan una preparación quizás superior a la de los debatientes y una concentración blindada para llevar adelante esos 90 minutos que suelen competir en sintonía con los mayores eventos deportivos, pero cuyos efectos son mucho más decisivos en la vida nacional.

Él mismo, como decano del oficio, se recuerda a cada instante cuál es el papel que debe desempeñar en el espectáculo: un eficiente fiscal de tránsito que se encarga de que todo fluya. “Si el moderador no entiende que la estrella son los otros y no él debe abstenerse de aceptar la moderación”.  Y cuando se tiene la atención de un país entero es difícil mantener el ego en su casilla. Para eso aconseja intentar adoptar una posición de invisibilidad y  hacer preguntas muy simples, reprochándose que a menudo las suyas son muy largas y embrolladas. También está consciente de que quizá ya no tenga sentido moderar otro debate. Pero eso se verá el año que viene cuando Barack Obama deba medirse con el candidato republicano y la Comisión para el de Debate Presidencial decida si Jim Lehrer merece el honor de moderar su debate presidencial número 12.

 

 

 

 

 

Boris Muñoz 

Comentarios (1)

Larissa García
8 de Diciembre, 2011

Excelente reseña de Boris Muñoz. Le aporta al interesado información sobre la realidad de los debates, que no es fácil dilucidar. Con el tono de humor de Boris y su pluna periodística, hace que la lectura del tema se convierta en un gran placer.

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