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Culiacán, por Mirtha Rivero

Por Mirtha Rivero | 26 de Septiembre, 2011

Llego a Sinaloa con el susto en el cuerpo. No por la cifra de 1.400 muertes violentas en lo que va de año (total, en Caracas hubo 500 en agosto) sino porque sé que es la cuna de los carteles –de aquí han salido casi todos, y Culiacán es la capital del estado- y porque, además, dos semanas antes asesinaron de un tiro en la nuca al periodista Humberto Millán. Y… pues sí, ni modo que qué, como diría un personaje del escritor Élmer Mendoza.

Me recibe el calor húmedo y el verde brillante de la vegetación bañada por ríos. Más adelante, una calle bordeada de talleres mecánicos da paso a la avenida Pedro Infante, llena de carros pero también de verde –en las aceras y en el camellón central hay espesos árboles- y de imponentes  mujeres que caminan desafiando el sudor. Entiendo por qué durante años las sinaloenses ganaban los concursos de belleza. Son morras (muchachas) altas, grandes, de cabello lacio y negro que, a veces, recogen en una cola. Son mujeres “frondosas”, diría Javier Valdez.

En la tarde, converso con un vecino: en febrero llegó un frente frío y quemó las siembras de tomates (pienso qué habrá pasado con los plantíos de marihuana y amapola en la sierra, pero no le pregunto). Cuenta que tiene dos hijos en Monterrey que visita con frecuencia. Viaja en avión; en carro se echa dieciocho horas si toma por Durango, y más si es por Jalisco. ¿Qué ruta es más segura? Ahora, ningún lado es seguro.

Al día siguiente recorro colonias “ricas”, miro sin demostrar que estoy mirando las mansiones de los narcos. Algunas elegantes; otras, recargadas, y más de una abandonada, pero todas amuralladas y con cámaras de seguridad. También veo en más de una esquina panteones con flores que recuerdan a los que cayeron en el sitio.

En tres días en suelo culichi doy cuenta del acento suave –casi dulce- de los lugareños, muy distinto a la voz golpeada que se oye en el norte mexicano. De que un taxi nada más se consigue si antes se llama por teléfono. Y que solo encontré un hombre usando las famosas botas con piel de avestruz (otro me confesó que las suyas se las ha puesto dos veces, para no gastarlas). No vi camisas de seda ni oro adornando cuellos ni blackberrys. Tampoco indigentes o basura en las calles. Vi, sí, en un centro comercial a dos niñas hermosas con vestidos estampados como los Oscar de la Renta que en una revista Hola usan las gemelas de Roger Federer. Las niñas iban de la mano de su mamá, que  vestía muy normalita: unos jeans como los míos y una blusa ceñida al cuerpo que parecía de bajo costo. Nada más que al subir las escaleras mecánicas le noté las inconfundibles suelas rojas de las sandalias de Louboutin.

***

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Foto: Mirtha Rivero

 

Mirtha Rivero 

Comentarios (1)

Alfredo Ascanio
26 de Septiembre, 2011

El 36 por ciento de los 1400…es que en Venezuela la inseguridad es aterradora.

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