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La casera de Gran Vía, por Arturo Almandoz Marte

Por Arturo Almandoz Marte | 24 de Septiembre, 2011

1. Doña Flora regentaba una de las innúmeras pensiones de la Gran Vía a finales de los años ochenta. La pequeña placa metálica, presumiendo también de hostal, se perdía entre la miríada de marquesinas y anuncios de neón que atiborran las fachadas y cúpulas del corredor comercial. Entre estilizados y rocambolescos, muchos de los anuncios se confunden con la recargada arquitectura de mampostería y estuco tan característica de comienzos de la era franquista, cuando toda forma de modernismo era repelida en aquella España que salía de la Guerra Civil y se adentraba en el ostracismo político y cultural. Al frente de la masa arquitectónica, en el vértice que divide la Gran Vía de la calle de Alcalá, resalta la cúpula del edificio Metrópolis coronada por el fénix que se ha tornado icónico de la ciudad, secundado por el auriga que cabalga sobre el banco de Bilbao, diseñado en los años de Primo de Rivera por Sáenz de Oiza.

Las dialogantes cúpulas de esos dos edificios, resaltando sobre la barroca amalgama de la Gran Vía, fue la primera visión que tuve del centro madrileño y de España toda, cuando por vez primera llegué a Europa en diciembre de 1987, para estudiar y trabajar por los dos años siguientes. Por no ser la puerta de entrada que buscaba para mi primera experiencia de vida en el exterior, sólo permanecí en la pensión de doña Flora un par de semanas; sin embargo, por ser también mi alojamiento inicial en aquel Viejo Mundo ensoñado, se me fijó mucho del local que era reducto de una sociedad en trance de desaparición, en medio del frenesí modernizador que siguiera a la muerte de Franco en el 75, reforzado por la entrada española, una década más tarde, en la entonces Comunidad Europea.

2. Incrustada en el corazón de la urbe cosmopolita que ya había vivido mucho del destape y la movida epitomados por los filmes de Almodóvar, la pensión de doña Flora, cargada de cortinajes y gobelinos, de pesados muebles y viejos retratos, se me antojaba escenario anacrónico para  una novela de Azorín o Pío Baroja, entre los autores que había leído de la Generación del 98. Como si viviese todavía en aquel Madrid de marras, resentido por la humillante derrota en la corta guerra contra los gringos, donde Darío y sus coterráneos abanderaban el modernismo literario y el arielismo político, sólo aceptaba doña Flora tener pensionistas hispanoamericanos; aunque fuera con diferentes acentos, éstos hablaban el mismo idioma que les permitía disfrutar del trato diario y de largas sobremesas en las cenas, que era la única comida que ella, en tanto casera del gran piso, ofrecía preparar a los huéspedes que lo desearan, por unas pesetas más en la mensualidad. Dispuestas en la mesa desde la noche anterior junto a inmensos termos de café, la bollería y pastelería del desayuno estaban incluidas para todos, mientras que el almuerzo lo hacía cada inquilino por su cuenta.

Aunque Flora no había nunca visitado Latinoamérica – y sospecho que no había salido de la provinciana España franquista – sentía especial afección por esos países católicos percibidos por ella como más pujantes, los cuales habían dado, por un lado, apoyo a la nación deprimida y hambrienta en la que ella creciera, y cuya recreación después leyera en Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. Mostrando una ambivalencia que no me permitió precisar su posición frente al Generalísimo, recordaba con agradecimiento en las cenas, por un lado, las provisiones de carne que enviaba el general Perón desde Argentina para ayudar al régimen; por otro lado, no olvidaba el acogimiento que la misma Argentina y México habían dado a artistas que ella recordaba de niña, como Luis Buñuel y Amparo Rivelles; me pedía excusas por no mencionar a Venezuela, al estar ella menos familiarizada con los profesionales que llegaron desde tiempos de López Contreras. Por contraste, se quejaba Flora de la corta memoria que, llevados por el frenesí europeísta que los invadía a la sazón, mostraban los españoles para con aquellos gestos históricos y los países latinoamericanos, algo por lo que siempre recordaría yo a la casera en los años que para mí comenzaban en esa reinventada sociedad de corta memoria y modernidad exagerada.

3. Doña Flora vivía en Gran Vía desde comienzos de la década de 1960, en el mismo piso que había adquirido al vender las propiedades que le dejó el esposo al morir en Toledo. Recién mudada al corazón de Madrid en aquellos años en que el régimen franquista, con el apoyo de la Iglesia católica y las dictaduras latinoamericanas, se reinsertaba en algunos organismos internacionales y se recuperaba económicamente, Flora disfrutaba de cierta solvencia de la clase media engrosada por el dictador, aunque se dio cuenta de que necesitaba completar los ingresos con alquileres de inquilinos, cuya compañía aprendió a disfrutar por lo demás. Ser casera era una ocupación que no interfería con su vida algo solazada, entretenida por hábitos entre provincianos y capitalinos que disfrutaba con otras señoras del edificio y del barrio. Recién llegada a la villa y corte y deslumbrada aún con sus monumentos, las más de las veces prefería bajar por Gran Vía, pasando por Cibeles, para buscar el paseo del Prado y regodearse en el distrito borbónico. No gustaba demasiado del neoclásico museo de Villanueva que le parecía algo frío y chato, pero por muchos de sus primeros fines de semana madrileños se adentró en sus salas, contemplando los Rubens y los Rembrandt, los Ribera y los Zurbarán que por años entreviera sólo en textos escolares y álbumes de postales. Como buena toledana presumía de haber crecido con lo mejor de El Greco, pero reconocía la grandeza sobrecogedora de los Velásquez, especialmente de la sala dedicada a Las Meninas, en la que se respiraba un silencio y recogimiento que los visitantes asumían espontáneamente, como si estuvieran en una capilla.

Del brazo de las amigas que fue haciendo por la zona, después vinieron los paseos vespertinos para tomar café y mazapanes en las mantequerías Leonesas  y otras pastelerías, seguidos de alguna caña o vino con bocadillos en dirección hacia Callao o Plaza España, donde la Gran Vía se torna más trepidante y farandulera.  Las compras de enseres, víveres y lencería para la pensión las hacía la casera en las calles al norte de Gran Vía, principalmente entre Hortaleza, Fuencarral y Valverde, las cuales conservaban mucho del ambiente comercial y bohemio que Max Aub recreara en su novela, antes de que se convirtieran todas, junto a Pelayo, en corredores de la movida gay alrededor de Chueca. Los domingos preferían Flora y las amigas almorzar en alguna de las callejuelas alrededor de plaza Mayor, tan pintorescas y toledanas como en tiempos de los austria; bajo los balcones de hierro forjado adornados con macetas, tropezándose en las aceras estrechas con majos en trajes domingueros y mujeres de mantilla o pañoleta, recordaba la casera los cuadros matritenses y las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, obsequio de uno de los primeros pensionistas españoles que albergara.

4. Para mediados de los años ochenta, después de que España se uniera a Europa y cambiara de piel, como se reportaba en los telediarios que disfrutaba en casa o en los bares, notó Flora que, además de las consabidos artistas de zarzuela y vodevil en los teatros de siempre, Gran Vía era más visitada por celebridades extranjeras que venían al lanzamiento de películas en el Capitol y otros cines de Callao, remodelados con ostentación hollywoodense. También intelectuales más estrafalarios y sofisticados, que no los humildes estudiantes de marras, se reunían en el más exclusivo museo Chicote, así como en el Círculo de Bellas Artes, alrededor de Francisco Umbral y otros escritores de la movida. Las tradicionales calles al norte de Gran Vía comenzaron asimismo a renovarse con comercios de vanguardia y bares de todo diseño y género, incluyendo los de hombres solos, que habían estado prohibidos durante el franquismo.

Observó Flora en su pensión que los “sudacas”, como comenzaban a llamar a los latinoamericanos, no tenían la misma solvencia económica de antes, dependiendo con frecuencia de las becas del gobierno español o de algún empleo informal para poder proseguir con sus estudios, cuando no enfrentaban dificultades con los visados. En cambio, los visitantes provenientes del resto de Europa, quienes podían permanecer indefinidamente en el país con su pasaporte, traían pesetas  a granel y eran buena paga; si bien doña Flora trató de ser más permisiva para captar algunos de éstos, a pesar de su resabio con los idiomas foráneos y las religiones no católicas, franceses y alemanes, ingleses e italianos no parecían gustar de su piso en Gran Vía, que encontraban anticuado y algo cutre. No era ya su pensión vestíbulo para la España que los europeos venían buscando, como tampoco lo fue para mí a finales de 1987, aunque quedé fascinado, durante mis semanas primerizas en Europa,  con el escenario doméstico de aquel viejo orden en extinción.

 

 

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (8)

Alexandre Daniel Buvat
24 de Septiembre, 2011

Casi parece una historia de la transformación ( modernización, degradación, nuevos esquemas de aprovechamiento de la vieja arquitectura exterior e interior, envejecimiento, y posible destrucción y reemplazo de obras, espacios, usos y funciones y comportamientos humanos) de las zonas centrales de Caracas, luego del auge3 modernizador y urbanizador y del empobrecimiento de las parroquias centrales y su poblamiento por marginales de paises vecinos, o por euopeos de baja calificación inmigrantes dispuestos a la aventura y al sacrificio de “hacer América” ¿será ese guión el básico descriptor de los cambios en la mayoría de las ciudades tanto españolas como de nuestro lado?.. Su artículo al igual que los anteriores posee la virtud de generar curiosidad por la historia, y por los cambios y remembranzas de ciudades y susw monumentos y personajes Gracias, amigo

Alfredo Ascanio
24 de Septiembre, 2011

Ya en el año de 1844,según El Manual Histórico- Topográfico de Madrid, escrito por Don Ramón de Mesonero Romanos, existían en esa ciudad las Fondas o Casas de Comida, Las Casas de Huéspedes,, Las Casas de Alquiler y las llamadas Posadas o Paradores. Es que para aquellos años Madrid no tenía Hoteles como si lo tenían: Paris, Londres y Bruselas, entonces las Fondas que cobraban 30 reales diarios servían como lugares para alojar a los forasteros como la llamada la Fonda de los Dos Amigos en la calle de Alcalá. Las Casas de Huéspedes que alquilaban una parte de la habitación ya amueblada y el pago de la comida, era otro modo para alojar a visitantes. Las Casas de Alquiler para pernoctar un largo tiempo y sin muebles. Y finalmente las Posadas con precios más bajos como San Bruno en la Calle de Alcalá o la Posada de La Reina en la Calle San Miguel era la versión de los antiguos mesones españoles. Después de la Guerra Civil, para esos años de de 1944 y siguientes, hubo una renovación del espacio urbano madrileño, según los aspectos históricos de esa agradable ciudad y ya empezaban la construcción de pequeños hoteles todavía no tan cómodos como en otras capitales europeas.

Arturo Almandoz
25 de Septiembre, 2011

Gracias, Alfredo, por encuadrar la pensión de Gran Vía en la genealogía madrileña, incluyendo Mesonero Romanos; muy enriquecedor comentario, como siempre.

Arturo Almandoz
25 de Septiembre, 2011

Amigo Alexandre: no había pensado en la analogía de este caso con el centro caraqueño, pero me resulta sugerente; gracias por su usual puesta en perspectiva, tan estimulante por lo demás.

Generación Perdida
25 de Septiembre, 2011

Lo leí como si fuera un cuento. Me gustó tanto que me puse a buscar información sobre LA GRAN VIA. Aquí se habla ampliamente de esa larga avenida: http://caminandopormadrid.blogspot.com/search/label/La%20Gran%20Via

Arturo Almandoz
26 de Septiembre, 2011

Me complace que le haya gustado lo narrativo, Generación Perdida, y gracias por el vínculo para ampliar información.

REINALDO DIAZ
26 de Septiembre, 2011

Exelente retrato, realizado por un extranjero, de esta zona emblemática de Madrid y de un tiempo, entre el pasado reciente y el presente, vivido en la transformación experimentada por la España de hoy.

Arturo Almandoz
26 de Septiembre, 2011

Efectivamente, Reinaldo: la Gran Vía es como un trasunto de la transformación española; gracias por el comentario.

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