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Asesino con redacción y estilo, por Norberto José Olivar

Por Norberto José Olivar | 7 de Septiembre, 2011
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En la colonia de Guerrero, en Ciudad de México, en un viejo edificio de apartamentos situado en el cruce de Poniente Guerrero con Norte Mosqueta, los vecinos habían detectado un olor nauseabundo que se les hizo insoportable al cabo de cierto tiempo, y, al no dar con el propietario, decidieron llamar a la policía para acabar con aquella pudrición desquiciante tan rápido como fuera posible.

Los polis abrieron el apartamento a patadas para tropezarse con algo que parecía un fotograma de una película de George Romero: Dentro de un clóset encontraron a una mujer descuartizada, cabeza, tronco y extremidades estaban desperdigadas en los entrepaños; sin contar los pedazos de otra chica que consiguieron en el refrigerador. Y ni hablar de los trozos, bien rebanados, de una pierna y un brazo que vieron servidos, debidamente aderezados y adornados, en varios platos sobre la mesa del comedor.

Toda esta gastronomía siniestra era autoría del escritor José Luis Calva Zepeda, quien se encontraba obnubilado en la sesuda redacción de una novela que había titulado, según el manuscrito incautado —y que este revisaba mientras comía tan a gusto—, Instintos caníbales o doce días, que trataba, precisamente, sobre antropofagia, sexo y sadomasoquismo.

Al parecer, Calva Zepeda intentaba transcribir con la mayor fidelidad posible los sentimientos y la experiencia que desarrollaba en su relato, así que para quienes ejercemos este peligroso oficio de escribidores, no podemos más que observar con respeto tan minuciosa metodología de trabajo, a pesar de las diferencias que podamos decir que tenemos con él para así protegernos de las condenas legales y escatológicas a que diera lugar un «hecho» tan «sobresaliente» como éste.

Otro caso, en el mismo estilo, es el del escritor polaco Krystian Bala, quien asesinó al empresario Darius J. y lo narró, con enfermiza precisión en su obra Amok, que fue un verdadero best sellers, en su momento, que pondría verde de envidia al propio King. Por supuesto, al descubrirse que la supuesta ficción no era, en ningún modo, ficticia, Bala se vio enrejado sin contemplaciones ni miramientos.

 

El escritor colombiano R. H. Moreno Durán, nos da una buena idea de lo que puede significar el asesinato como experiencia extrema, en la vida de un autor: «A propósito, vale la pena mencionar aquí a Thomas Griffiths, ese artista de la estricnina, ese literato asesino de quien el Times dijo: su fatal influencia sobre la prosa periodística moderna no era el peor de sus crímenes. Ante los ataques de la sociedad bien pensante, Oscar Wilde salió en defensa de su colega: Sus crímenes —dijo—, tuvieron una gran influencia sobre su arte. Prestaron una vigorosa personalidad a su estilo, que faltaba realmente en sus primeras obras. Y la verdad es que si un autor es capaz de asesinar a la más bella y tierna e indefensa de las heroínas a la que le ha dado la vida, ¿por qué extrañarnos de que se haga uso del veneno, el estilete o la artera bala contra sus acreedores, sus adversarios políticos, o media humanidad?».

Esto nos lleva al famoso ensayo de Thomas De Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes, donde se plantea la posibilidad de ver el homicidio como manifestación estética. Para esta alternativa, De Quincey descarta aquellos asesinatos movidos por la venganza, los celos, el robo, y todos esos móviles, de baja calaña, tan comunes de la naturaleza humana.

El hecho de arrebatarle la vida a otro, expone, puede ser una manifestación artística siempre y cuando cumpla ciertas exigencias. También vale decir que De Quincey afirmaba que los grandes pensadores fueron siempre cortejados por la muerte, bien a mano propia o por encargo: Descartes, Spinoza, Hobbes, Malenbrache, Kant, son un ejemplo de esto, y añade que: «la finalidad última del asesinato, considerado como una de las bellas artes, es precisamente la misma que Aristóteles asigna a la tragedia, es decir, purificar el corazón mediante la compasión y el temor».

El asesinato visto como expresión artística, manifiesta o cumple estos requisitos mínimos: 1) la trasgresión de las normas, 2) el autor decide como un dios y 3) el asesinato vale por sí mismo —como el arte—, no es producto de bajezas humanas . Afirma Fernando Báez que: «De Quincey, hoy podemos no compartirlo, discutirlo, atacarlo, invalidarlo, pero el escándalo que supone nos obliga a pensar en una percepción del criminal que más allá de la usanza de lugares comunes, académicos o cientificistas, reivindica una visión más humana del mismo, una visión distinta, holística, hermenéutica, intensa, que no sea mezquina, ni sosegada, ni simple».

Todo lo dicho pudiera parecer una locura, pero De Quincey es considerado unos de los grandes pensadores de su época, admirado por otros grandes contemporáneos con él —y posteriores—, y rechazado por otros tantos que no llegaron a entenderlo.

El historiador Thomas Carlyle lo llamó «el enano feo», y Robert Southey decía que le daba lástima, que físicamente parecía tan poquita cosa, que causaba grima de nomás verlo. Pero De Quincey vivió nada más y nada menos que con William Wordsworth, fue íntimo amigo de Coleridge, y todos coincidían en que era una de las mentes más agudas e irónicas del siglo XIX. Y que, pese a su indiscutible genio, se regocijaba al igual que Coleridge, en plagiarse a los filósofos alemanes. Sin embargo, esta extraña adicción al calco filosófico no le fue condenada, ni a él ni a Coleridge, y ni siquiera se llegó a poner en duda la grandeza de sus obras.

Lo que sí pasó De Quincey fue hambre y frío, a tal punto, que lo dejaron gravemente enfermo del estómago, por eso anduvo tan flaco como una cerbatana. Su situación económica era pésima, su única posesión valiosa era su biblioteca y se puede imaginar uno las penurias que atravesaría con ocho hijos a cuesta. Piénsese lo serio que pudo ser este problema que llevó a su mujer a un intento de suicidio en 1830.

El editor David Masson publicó sus obras completas, The collected writings of Thomas De Quincey, en catorce lujosos volúmenes que tiempo después, Jorge Luis Borges tendría en sus manos y devoraría con verdadera pasión, tanto, que llegó a declararse admirador entusiasta de este excéntrico y polémico autor, pero no sólo Borges se rindió ante los encantos de su prosa, también lo hicieron Poe, Baudelaire, Wolf, entre otros que se me escapan ahora o que ignoro.

Pero siguiendo con lo Del asesinato, De Quincey expone que la idea de la obra de arte, entre otras, es golpear en la sensibilidad de las gentes, despertarlos del adormecimiento cotidiano, y, si un homicidio logra esto, estamos, claramente, ante un hecho que amerita nuestra observación más cuidadosa, pues es capaz de transmitirnos valiosos sentimientos, y esta posibilidad restaurativa es atribuida a las obras de arte en especial. Si consideramos esto como válido, entonces se debe examinar la estética de un asesinato para evaluar la capacidad de transmitir estas cosas.

Pero a mi gusto, lo que resulta atractivo en todo este «repulsivo» asunto es el impacto que tiene la muerte sobre las capacidades creativas de un autor, porque de no tener ninguna significación, una auténtica trascendencia, digamos; la experiencia de la muerte del otro es vana, un mero desperdicio.

Tenemos el caso del joven Diego Trelles Paz, que ha escrito una novela llamada El círculo de los escritores asesinos, donde un grupo de escritores decide enfrentar la mafia cultural limeña y asesinan a un famoso crítico literario, García Ordoñez, a quien consideraban un delincuente de la literatura. Que un escritor asesine a un crítico es más o menos normal, pero el impacto que esto causó en la vida de estos escritores fue algo verdaderamente importante y cualitativo.

Otro texto sobre este dilema, y que refleja mucho más la experiencia que acusa Oscar Wilde sobre Thomas Griffiths, es la novela de Javier Martín, Morir en agosto, donde el escritor Santos Puebla emprende una fuga, casi de sí mismo, para luchar contra el tormento que fue para él, y su hermano Juan, la muerte de Ruth, en la que se vieron involucrados de manera accidental. No obstante, esta pesadilla diaria, que Santos llevaba encima, termina convirtiéndolo casi en un Bartleby vilamatiano.

Las parrafadas anteriores pueden darnos cuenta de la transformación que puede tener un escritor en su prosa al experimentar la ejecución, accidental o a voluntad, de un asesinato. Ahora, no siempre sucede así, y la muerte del otro, ya lo puntualizamos, termina en la mera banalidad, como sucedió en el caso del poeta marabino, Udón Pérez, quien, en 1903 —según los relatos de Cósimo Mandrillo en La ciudad de Udón, y los de Rafael Yepes Trujillo en Breve anotaciones críticas sobre la obra de Udón Pérez—, asesinó accidentalmente con su revólver, a su amigo Felipe Peralta, cuando intentaba matar, en verdad, a Ramón Cadenas, Jefe de la Policía, porque lo había bañado con maicena durante los días de carnaval. El poeta apenas alcanzó a darle un tiro en el trasero, a Cadenas, cuando este intentaba huir. El cuento me parece simpático, así que los dejo con Yepes Trujillo que lo relató con ánimo y cierto encanto costumbrista:

«Udón Pérez era hombre de gran dignidad personal i de gran valor individual. Violento e indomable en el campo del honor. Al iniciarse el siglo, en un día de carnaval, tomaba, con varios amigos, su coñac cotidiano en el bar La Francia, de nuestra vieja i querida plaza Baralt, cuando un señor, Ramón Cadenas, Jefe de la Policía de Maracaibo i guapetón de turno, se le acercó i le dijo:

—Poeta, prepárese porque voy a enharinarlo, como dice usted.

Se jugaba entonces con maicena el carnaval de Maracaibo.

—No estoi jugando carnaval, le respondió el poeta, además, estoi de luto ¿no ve usted mi traje negro?

El envalentonado i valentón Cadenas, no vaciló un momento: rompió con los dientes un paquete de maicena i lo vertió íntegro sobre el traje del bardo. La respuesta fue fulminante. El poeta, revólver en mano, disparó varias veces sobre el cuerpo que huía a todo correr hacia la calle. Fue ese el momento trágico, mientras disparaba, que se alzó de pronto de su silla, don Felipe Peralta, amigo del poeta que compartía con él la mesa de tertulia. Una de las balas atravesó la frente de Peralta, quien murió instantáneamente. Cadenas resultó con un balazo en donde los reciben los que huyen.

Hubiera preferido yo, no traer este suceso al prólogo de una obra poética, que es armonía del ambiente zuliano i esencia de belleza universal. Pero como Udón Pérez vertió toda su vida en los versos que escribía, es necesario explicar a las nuevas generaciones, que el ilustre poeta, no fue un matón, sino un valiente:

Erró mi torpe mano al delincuente
que con sus fierros provocó el castigo,
i el ciego azar, funesto i enemigo,
tendió a mis pies la víctima inocente.

Siempre lamentó Udón Pérez, aquella muerte accidental de su amigo. Así lo consigna en los bellos tercetos del Soneto In Memoriam:

Mas si no puedo al que rodó a la sima
volver al mundo en que angustiado lloro,
que sólo Dios cadáveres anima;
porque descansen sus despojos yertos,
cuando en las noches por mis padres oro,
junto su nombre al de mis padres muertos.

Hermosa, llena de dignidad i de poesía es la remembranza que el poeta hace del amigo muerto».

Pero aquí no acaba el prontuario del poeta Udón Pérez. Luego de este episodio, Pérez se enfrentó al bachiller Hermágoras Hernández, en el bar Tokio, quien, al sentirse ultrajado por el poeta, le sacó un revólver y le dio un disparo en la barriga. Pérez estuvo muy cerca de la muerte esa vez, pero esta experiencia también fue un desperdicio porque poco o nada influyó, de manera clara, en su prosa, en su forma de ver la poesía. La sensibilidad del poeta, apenas daba para escribir unos versos plañideros, pero no para ver el lado oscuro de su vida y explotarlo líricamente. Como todo niño malo, Pérez es un llorón y un poeta pésimo, bueno para los acrósticos, para los encargos celebratorios, para adular a los poderosos a quienes sirvió siempre a cambio de su fama como bardo y de los favores que seguramente recibió. Bien lo describió Luis Pino Ochoa cuando dijo que Udón Pérez era un hombre de revólver.

Para muestra un botón, como dicen. Aquí les dejo el poema que escribió cuando estaba en los «oscuros calabozos» del desbraguetado general Cipriano Castro:

¡Sitio…!
A ti acudo ¡Señor! fuente fecunda
de ternura y bondad, en donde abreva
el pregrino que en el mundo lleva
de amor y paz el alma sitibunda.
Oveja descarriada y vagabunda,
caí del Mal en la espantosa cueva,
y acudo a ti ¡Señor! porque te mueva
la hostil oscuridad que me circunda.
¡Tengo sed, tengo sed de tu sublime
misericordia, oh Dios ¡…¡Rompe las redes
del cerco pavoroso que me oprime;
Y por la esquila de tu amor guiada,
en el vivo raudal de tus mercedes
torne á beber la oveja descarriada!

Todas estas situaciones «límites» que Udón Pérez vivió, no sirvieron para darle vigor a la personalidad de su estilo, como diría Oscar Wilde si se le preguntara su opinión.

Probablemente me falte matar a mucha gente, lo acepto, pero por ahora, es bueno empezar por uno mismo…. Hablo metafóricamente, claro.

Norberto José Olivar 

Comentarios (4)

mirco ferri
8 de Septiembre, 2011

Muy ameno su texto, señor Olivar. El arte que imita la vida. También ocurre el caso contrario, el del escritor que en la vida real remeda sus ficciones literarias. Me viene a la mente Cesare Pavese, quien cometió suicidio unos pocos meses después de haber concluido su última novela, “Tra donne sole” (entre mujeres solas) en la cual uno de los personajes trata de suicidarse en un hotel, al principio de la historia, y posteriormente lo logra. Pavese muere en la habitación de un hotel de Turín.

Libia Kancev
8 de Septiembre, 2011

Texto curioso. Sí, todo una locura. Me deja la motivación de leer el ensayo de De Quincey aquí mencionado.

Boris Saavedra R.
20 de Septiembre, 2011

La transgresión de las reglas como hito estético. Sí, sublime. Sin embargo es discutible dadas las consecuencias. Gracias por escribir.

Juan
6 de Octubre, 2011

Qué personaje. Atrevido sí era… Bueno, parece haber llevado una vida algo novelesca. Este texto creo yo que quiere hurgar tenuemente en el significado de la vida del ripioso bardo. A lo mejor más adelante, en lugar de una vida de novela, conoceremos la novela de su vida.

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