Artes

Ingeborg Bachmann en Roma, por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 4 de Septiembre, 2011
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En un hospital romano ha muerto
la poeta más inteligente e importante
que nuestro país ha producido en este siglo

Th. Bernhard

La culminación del Jubileo de 1950, el gran Año Santo decretado por Pío XII, tuvo lugar durante el mes de noviembre. Más de 150.000 personas compartieron el espacio de plaza San Pedro para ser testigos de la proclamación del dogma de la Asunción de la Virgen. El renovado prestigio de la madre de Cristo se consolidará en 1954, con la consagración del Año Mariano. En 1953, alejado de todo probable misticismo, moría en Moscú Josef Stalin. Su muerte fue lamentada a nivel planetario. En Roma, el flemático Palmiro Togliatti se refería al jefe soviético en términos épicos: “…un gigante del pensamiento, un gigante de la acción… Desaparece el hombre. Se apaga la mente del pensador intrépido. Termina la vida heroica del combatiente victorioso. Su causa triunfa. Su causa triunfará en todo el mundo”, etcétera. A pesar de la elocuencia de Togliatti, no era precisamente una mayoría la que compartía sus convicciones en Italia. Lo contrario.

La década de los cincuenta es la década del “sorpasso“. El “milagro” económico que cerraba, para buena parte de la población el penoso episodio de la posguerra. Un nuevo bienestar comienza a sentirse en las grandes ciudades industrializadas. El entusiasmo será expresado por Vittorio Gasmann en películas como Il sorpasso. En Roma, el “miracolo” se observa en los establecimientos de via Venetto. La “dolce vita” se extiende, amparada en la complacencia de la Democracia Cristiana frente a las exigencias del Departamento de Estado. De nuevo, viajeros y turistas recorren las calles y monumentos de la Ciudad Eterna. Lo mismo escritores y artistas. Y cineastas. Todo está preparado para que el genio de Fellini, un visitante llegado de Rimini, transforme a via Venetto en la gran metáfora de aquella década “milagrosa”. La luz dorada de Roma se hace blanca en esas noches marcadas para siempre por la exuberancia de Anita Ekberg y el entusiasmo del “vitellone” Marcello.

Nuevos locales, bares, cafés, restaurantes, son abiertos y los viejos son restaurados y rebautizados. El exclusivo “Open Gate” se convierte en “Victor”. Siempre en via Venetto, se inaugura el “Caffè de Paris”, diseñado por Franco Borsi, y que será la sede de la imaginaria “Universidad Libre Mario Pannuzio”, entre cuyos “docentes” se encontraban Indro Montanelli y Eugenio Scalfaro, compañero fraterno de Calvino en el liceo. Ungaretti, por su parte, cubierto de lanas, incluso en verano, prefiere acomodarse a cierta distancia, entre las mesitas del “Caffè Stregha”. Por esos años, en 1955 exactamente, Passolini publica su Las cenizas de Gramsci. Roma no se detiene a pensar en las eventuales consecuencias del “olvido del Ser” o en las posibilidades, a nivel metafísico, de una existencia “absurda”. Roma, más que nunca, es la ciudad para vivir, “rica, feliz, corrupta y desesperada” (M. Mafei). Son los “años de goma”, como se les llamará más tarde. No obstante, algunos de los invitados al convite creen percibir, detrás de las risas, el rictus que modela toda tragedia. Los “años de plomo” esperaban en una de las esquinas del recorrido obligado. En el cruce de via Venetto con via Ludovisi, por ejemplo. La austriaca Ingeborg Bachmann era uno de esos participantes, uno que había observado, con precisión de profeta, la cercanía relativa del desastre:

Vienen días más duros.
El tiempo postergado hasta nuevo aviso
asoma por el horizonte.
Pronto tendrás que amarrarte los zapatos
y enviar los perros de vuelta…
Las vísceras de los peces
se han enfriado al viento
y arde pobremente la luz de las palmeras.
Tu mirada rastrea la niebla:
el tiempo postergado hasta nuevo aviso
asoma por el horizonte.

Vienen días más duros.

Hace muchos años que via Venetto dejó de ser el espacio mágico de La dolce vita. Los “años de plomo” la envejecieron prematuramente. Las actividades de los “Brigadisti Rossi” convirtieron en riesgo la vida de cafés y el deambular nocturno. Nada ha sido igual en Italia desde el descubrimiento desafortunado del cadáver de Aldo Moro en la maleta de un carro. Algo de fantasmagórico envuelve el trazado vial que se extiende de “Porta Capuana” a “Piazza Barberini”. Sin embargo, cada vez que apresuro los sedientos pasos hacia la barra del “Harry’s Bar”, puedo escuchar las voces del lejano convite, las cornetas permanentes de los Alfas y Lancias, empeñados en justificar su presencia en el mundo de la manera más ruidosa. Me llegan los gritos y susurros sesentistas y, en una de las mesas del “Doney”, distingo la sonrisa alucinada de la bella Ingeborg Bachmann en una de las escalas de sus ininterrumpidos viajes, del Seconal al Nembutal y de allí al  alcohol y la fumada sin fin en su piso de via Giulia.

A mediados de 1954 llegaba a Roma Ingeborg Bachmann. Doctora en Filosofía con una tesis sobre Martin Heidegger, varias narraciones publicadas en revistas, algunas obras de teatro para radio. Y, fundamentalmente, un libro de poesías que le valió una portada en Der Spiegel, El tiempo recobrado. En Roma, Bachmann se encarga de la corresponsalía del Westdeutschen Allgemeinen, con el seudónimo de “Ruth Keller”. La escogencia de otro nombre para sus colaboraciones habla más de su personalidad que los cientos de artículos que han tratado de descifrarla. Un apellido hebreo para esta austríaca católica de asegurada sangre “aria”. Así será siempre, en su vida y en su literatura. Cuando, como lector, creo haberla precisado en alguno de sus poemas o novelas, se me escapa de las manos con la agilidad de una anguila. Como uno de los hombres que mejor la conoció, Max Frisch se refiere a esta peregrina habilidad para escurrirse y desaparecer. La desesperación de Frisch no es muy distinta a la que he sentido durante años de reiteradas lecturas:

Comprendo que no quiero vivir sin ella. “Roma non risponde”, no logro entender que no pueda localizarla durante toda una noche, ni tampoco de día. “Roma non risponde”. Puedo imaginar toda clase de motivos… Hay algo que agota mi paciencia y es aquella pausa sonora hasta que de nuevo llega la misma voz: “Roma non responde”… ¿No habrá recibido mis cartas? La quiero, la amo. “Roma non risponde…”.

Desde temprano, Ingeborg Bachmann se atrinchera en uno de los cafés de via Venetto, para ver de “dónde salen las calles de Roma, esa entrada triunfal del cielo en la ciudad”. Con ella, en la misma mesa del “Doney”, los alemanes y austríacos que llegaban a purificar sus culpas en el espacio mediterráneo. Entre otros, Toni Kinlechmer, Marie Luise Kaschnitz, Hermann Kesten y Gustav René Hocke. Para la Bachmann, Roma va a ser algo más que una residencia prolongada. Si toda vida tiene dos polos y cada existencia dos paisajes, Roma será para Bachmann uno de ellos. Su “Tierra primogénita”, dirá en un poema. La “Mirabilia Urbis” es la ciudad más abierta, pero también la más secreta. Los que lo saben todo, apenas saben eso. Que no es mucho en Roma. Bachmann conoció no pocos de los secretos de la vieja capital. Incluyendo el más terrible de ellos: la sensación o, mejor dicho, la certeza de que Roma es la mejor ciudad para morir.

El nomadismo “anguilar” de la autora de El tiempo postergado no se agotó con el traslado a Roma. Lejos de eso. Durante años de intermitentes residencias, se desplazó por una docena de direcciones. Sólo conozco algunas. Apenas llegada a la urbe, se refugió en la tranquilidad de Palazzo Ossoli, Piazza della Quercia, Nº 1. Aquí no duró mucho. Luego, serán via Vecchiarelli Nº 38; via Giulia Nº 102, donde vivió con Frisch; via de Notaris Nº 1; via Bocca di Leone Nº 60, hasta via Giulia Nº 66, donde las llamas la esperaban para agotar, entre los humos, aquella errancia brillante y torturada. En “Curriculum Vitae”, uno de los grandes poemas del alemán moderno, se había referido a su condición:

En una época obligada
se debe huir de una luz a otra,
de un país a otro. Bajo el arcoiris,
la brújula apunta al corazón.
Ahora la vista del paisaje. Desde
las montañas se ven los lagos; en los lagos
las montañas mientras en las nubes doblan
las campanas del único mundo. Saber de qué mundo
se trata, está prohibido para mí.

Lo primero que leí de Ingeborg Bachmann fueron unos poemas en una perdida antología de poesía alemana editada en Buenos Aires por Sudamericana. Eso fue en Valencia, hacia 1968, durante mi tercer año en la carrera de Medicina. No creo recordar cuáles eran los textos escogidos. Sí recuerdo que me parecieron oscuros y brillantes, extraños y distintos. Algo me recordaba al Rilke de Nuevos Poemas. Aunque ahora no creo que la relación resista demasiado, pero la impresión se mantiene. Me parecieron oscuros, aunque en lugar de alejarme, aquel hermetismo me cautivó para siempre. No es que ahora los entienda mejor, lo que quisiera decir es que en pocas ocasiones le he sido tan fiel a un poeta. A sus imágenes, a su estilo, a su música y, no menos, a su vida. Al lado de la Bachmann, veo en mi biblioteca las fotos de Pound y Lowell, Pasternak y Ajmátova, William Carlos Williams y Antonio Machado.

Después de aquellos poemas iniciales, fueron lecturas dispersas en traducciones más o menos desafortunadas. Y un día me enteré de que Ingeborg Bachmann también escribía novelas y cuentos. Como aquel “Ojos dichosos”, con la protagonista, Miranda, siempre extraviando los anteojos y siempre buscándolos. Hasta que alguien me dijo: “Miranda no puede encontrar sus anteojos sencillamente porque sin ellos no ve nada. Tú no sabes lo que es eso porque no los usas”. Pero “Ojos dichosos” es una metáfora. Una alegoría del desamparo de la mujer ante la visión “20/20″ de lo masculino. Al final, Miranda, según recuerdo, es abandonada, mientras buscaba sus dichosos lentes.

Desde hace unos años han venido apareciendo en castellano los distintos libros de la Bachmann. En 1999, Hiperión dio a conocer una cuidada edición de Ultimos poemas. Y ya en 1991, Cátedra había hecho lo propio con El tiempo postergado. En inglés, Charles Simic escribió la introducción a los Poemas completos en la versión al inglés. En italiano, la editorial E/S se encargó de editar Invocación a la Osa Mayor, que es la que leo ahora, mientras camino lentamente desde la iglesia San Giovanni Battista dei Fiorentini hasta el Nº 66 de via Giulia, donde las llamas alcanzaron a la bella Ingeborg durante la noche romana del 17 de octubre de 1976. Su indeclinable pasión por la ciudad del Tíber la expresó en el hermoso “Imagen nocturna de Roma”:

Cuando el columpio secuestra las siete colinas,
también hacia arriba se desliza,
abrazada y cargando con nosotros,
el agua sombría,

sumergida en el lodo del río,
hasta que los peces
se reúnen en nuestro regazo.
Entonces, cuando es el turno,
también nosotros nos alejamos.

Las colinas se hunden
y nosotros subimos y compartimos
cada pez con la noche.

Nadie salta,
es así: sólo el amor de otro
nos eleva.

Christa Wolf, hablando de la Bachmann, habla de la “milagrosa existencia de Roma”. No otra cosa percibió la gran poeta durante sus largos años en la ciudad. Es lo mismo que sentimos cuando caminamos la oscuridad, desde el Panteón hasta Teatro Pompeyo: “Las colinas se hunden / y nosotros subimos y compartimos / cada pez con la noche”.

***

(2000)

Alejandro Oliveros 

Comentarios (5)

S F Sotillo
5 de Septiembre, 2011

Excelente, como siempre.

Alexandre Daniel Buvat
5 de Septiembre, 2011

Realmente hermosos el comentario y la bellamente oscura y desgarrante poesía

Alejandro Oliveros
7 de Septiembre, 2011

Me parece bien ajustado a la lírica de Bachmann lo de “bellamente oscura”, le habría gustado incluso a ella.

Alejandro Sebastiani Verlezza
7 de Septiembre, 2011

El profe siempre certero con sus recomendaciones de lectura. Un lujo. Saludos.

silence
10 de Marzo, 2012

Ingeborg Bachmann in Silence (Suicidios Ejemplares) http://silence-silencers.blogspot.com

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