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Crónicas del Macuto Sheraton, por Federico Vegas

Por Federico Vegas | 2 de Septiembre, 2011
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En 1981 acompañé a un amigo a un congreso de “Psicopatología Sexual” en el Macuto Sheraton. Vinieron especialistas de todo el mundo y cada uno esperaba impresionar a sus colegas con el caso más bizarro. Fue un desfile de horrores nórdicos con películas y fotos que seguro terminaron vendiéndose en el mercado negro, desde un fanático de la masturbación capaz de despellejarse hasta curas pedófilos de Irlanda, que en ese entonces empezaban a ponerse de moda. Ante cualquier asquerosidad había que mantener la compostura, siempre que estuviera acompañada de adecuadas mediciones, gráficos y estadísticas.

Todo iba bien hasta que le llegó el turno a un conferencista de Cartagena, un gigante de manos grandes y holgazanas que parecía el vivo ejemplo, desinhibido y campante, de su propia tesis: La zoofilia y el adolescente en las costas del Caribe. El hombre quería demostrar que las relaciones con burras, al formar parte de un comportamiento social aceptado, no generaban traumas ni secuelas en el adulto. Su entonación sugerente dejaba ver que dominaba el tema mientras señalaba las imágenes con una varilla de mimbre. Su voz se hizo más estimulante cuando se apagaron las luces.

“Nos encontramos en las afueras de La Popa. Es un domingo cualquiera por la mañana…”.

Entonces apareció un río que desembocaba en una playa. Era una escena de sol ardiente, mar picado al fondo, brisa fuerte y pastos de un verde arrebatado al borde de una carretera de tierra. El camarógrafo exageraba los designios de la naturaleza o, sencillamente, así son las mañanas de domingo en las costas de Cartagena. En una de las márgenes del río están cinco muchachos entre los doce y los quince junto a una burra más bien esmirriada. Entre risas y empujones van tomando turnos. Un joven está pegado a la burra mientras se acerca una camioneta jeep que lleva unos sacos de fertilizante. Esta aparición no estaba prevista en el documental y todos salen corriendo, menos el ejecutante, quien, sin despegarse, le pregunta al chofer cuando pasa a su lado y aminora la marcha: “Portugués, ¿no tendrá por ahí un cigarrito?”.

Fueron tantos los murmullos y luego gritos del auditorio que suspendieron el documental cuando venía el tercer cambio de turno. En verdad el paisaje era sospechosamente bucólico, aún con el ingrediente neorrealista del jeep, y acusaron al sexólogo cartagenero de pornógrafo y de haber contratado enanos disfrazados de muchachones. Quizás lo que indignaba a la audiencia era justamente lo que la escena tenía de natural, de relajada y hermosa, de incomprensible pureza. Todas las otras perversiones eran solitarias, con gente enfermiza bajo una luz de neón. Esta, en cambio, representaba una gesta juvenil a pleno sol y al aire libre.

El hombre de Cartagena no pudo mostrar el resultado de su minuciosa investigación llevada a cabo entre Río Hacha y Arboletes. Terminó en el bar del Sheraton con cara de mago al que le roban la maleta. Allí nos hizo un resumen a los pocos que fuimos a felicitarlo:

–Apenas los jóvenes comienzan a tener relaciones con las tías y la primas, abandonan a las burras por frígidas. Son casos excepcionales los que quedan enviciados con la pelambre.

Las funciones con burras fueron ceremonias a las que siempre llegué tarde. Cuando iba de vacaciones a una finca en Turmero, el hijo del capataz rememoraba señalando a la pecadora: “Hace como una semana la llevamos a la quebrada del Rodillo…”. En mis sueños esa posibilidad ocupó la misma categoría de un encuentro con la Sayona, esa diabla semidesnuda que tanto temía y tanto anhelaba. Aunque lo percibo como una fantasía mitológica, ya ciertamente irrealizable, ese tipo de encuentro debe continuar ocurriendo en los mismos parajes húmedos donde aparecen las vírgenes, pues a partir de los doce años, una urgente sexualidad alimentada por los ineludibles designios de la fauna y la flora es capaz de insertar desde gallinas hasta el tallo de una mata de lechosa o una torta de pantano.

Lo que sí resulta bizarro es imaginar a la zoofilia en plena ciudad. Me contó Iván Feo que cuando visitó a Barcelona en tiempos de pleno “destape”, le aseguraron que la vanguardia catalana más furibunda se daba en un local del Barrio Gótico. Algo le recomendaron semejante a lo que vi en el auditorio del Macuto Sheraton, pero esta vez en vivo, con dos funciones diarias y un oficiante jamaiquino tan dotado que la burra rebuznaba henchida de amor y placer; “estremecida” sería un participio más gráfico, más cinético.

Como Iván no quería perderse en el laberinto del Gótico, decidió encontrar la dirección con la luz de la tarde, y así de una vez compraría su entrada. Cuando ya en camino le preguntó a unas señoras cómo llegar, estas le dieron la espalda con sólo escuchar el nombre del local. “¡Esta vaina debe ser seria!”, se dijo animándose. Por fin llegó al sitio y vio una pancarta anunciando el episodio que su vocación de cineasta le exigía conocer. “Titán e Isolda”, decía el encabezado (típico recurso del afán artístico del destape) sobre la foto de un tipo con aspecto de trapecista, al lado de Isolda,  adornada con un lazo de organdí y mirando indiferente a la cámara. Pero Iván había llegado –como siempre ocurrió en los albores de mi juventud– demasiado tarde. Un impertinente letrero cruzaba el afiche diagonalmente con un tipo de censura que nunca concibió el franquismo: “Clausurada la función. Sociedad Protectora de Animales”.

Federico Vegas 

Comentarios (14)

Jaime
2 de Septiembre, 2011

Una vez un grupo de primos citadinos estuvimos en frente de una burra. Uno, el incitador, nos decía que sería fácil. Nadie se atrevió. Cosas de la ciudad.

Yenobís
2 de Septiembre, 2011

Me encantó la capacidad de abordar este tema tabú sin ofender de ninguna manera al lector. Ciertamente lo normal y lo patológico son relativos dependiendo del contexto y de la cultura. Hay “trastornos” descritos en el DSMIV y otros manuales que nos se podrían diagnosticar como tales en algunos grupos humanos, pues forman parte de su cotidianidad o simplemente el contexto en el que fueron descritos no coincide para nada con el grupo en cuestión. Lo anterior obedece a la manía de simplificar la realidad y clasificar de forma taxonómica las manifestaciones humanas como hizo Linneo con todos los seres vivos.

Enladistancia
2 de Septiembre, 2011

Tremendo el artículo de Federico Vegas. El tema – para mi que soy oriunda de un pueblo andino- siempre fue tabú. Pero más que eso, siempre pensé que se trataba de un mito.En mi pueblo, desde que me conozco, ha funcionado un liceo militar y en la parte trasera del mismo, había un terreno, que era utilizado para prácticas de beisbol.Justo allí pastaban burros, y era con estos animales que los los muchachos, estudiantes del liceo,tenían sus primeras relaciones. Lo digo, y ahora que lo escribo, creo que para mi sigue siendo un tema tabú, más que eso una leyenda, quizá por aquello de que nunca lo vi, y sólo fue un rumor.

Septiembre
2 de Septiembre, 2011

Las tías y las primas…Necesitamos a un Dr. Kinsey en el Caribe que nos diga la verdad “estadística”. Muy bueno.

mirco
3 de Septiembre, 2011

Se comenta mucho sobre la zoofilia, pero nadie habla de la vejetofilia (no se si el término existe, si no lo acuño). Un compañero de trabajo, de esos cuenteros y “embusterosos”, pero muy ameno, me contaba que entre los varones de su familia era costumbre poner a hervir una auyama (calabaza), y una vez conseguida la consistencia deseada (ni muy dura ni muy blanda) dejarla enfriar un poco, para después precacticarle un pequeño agujero y ustedes se imaginan el resto.

Federico Vegas
3 de Septiembre, 2011

Leo en El Universal: El presidente insistió en su recuperación física e hizo una breve rutina de saltos y ejercicios También cantó. “Estoy recuperándome. A la vanguardia”. Antes expresó que había que criar burros en el país porque “se están acabando”.

No puedo evitar preguntarme: ¿Será que leyó la crónica del Macuto Sheraton y le dio nostalgia? Ciertamente en la conducción del país tenemos un gran pelón.

Belkis López
3 de Septiembre, 2011

Muy bien escrita esta crónica, y bien llevado el tema. Sin embargo ni es para escandalizarse ni para dedicarle un tratado. Me refiero a esa práctica muy comun en los adolescentes de las zonas rurales o semirurales, que ciertamente no pasaba de ser eso, es decir las primeras actividades sexuales en La etapa del estallido de la sexualidad en toda su urgente ebullición. Aunque por ser una niña en ese entonces nunca presencié un acto de esa naturaleza, conozco el tema porque en mi lejana infancia en mi pueblo se comentaba, con discreto humor, pero con naturalidad. A la distancia de los años transcurridos me atrevería a afirmar que ninguno de aquellos jovencitos resultó un aberrado o maniático sexual, ni zoófilo. Creo que esta práctica cayó en desuso a medida que los adolescentes de ambos sexos comenzaron a descubrir la sexualidad juntos y a hacerse más y más activos en este tema, la edad de la iniciación es cada vez más baja, lo cual, según lo veo, representa un asunto de la mayor importancia en nuestra sociedad, por los muy diversos efectos y consecuencias que esto tiene, entre otras el alarmante incremento de embarazos adolescentes y proliferación de ETS

Gustavo Ramírez
3 de Septiembre, 2011

Cierto. Por ser caraqueño, entre mis contemporáneos adolescentes de mediados de los años 50s, no tuvimos oportunidad de iniciarnos zoofílicamente, pero mis ramas paternas y maternas son interioranas y por tanto me divertía mucho oir las historias de mis primos provincianos. Igual, tuve un gran amigo cubano que llegó adolescente a Venezuela quien nos contaba sus experiencias y las de sus contemporáneos de su provincia en la isla con las matas de plátano (¿Botanofilia?) Hasta aquí comento el fondo del ameno artículo de Federico Vegas. Ahora quiero referirme a algo más de forma y, si se quiere, formal: Dice Federico casi comenzando su escrito: “…y cada uno esperaba impresionar a sus colegas con el caso más bizarro…” Sabemos que los idiomas son dinámicos y el español no es excepción; sin embargo en los últimos dos o tres años me ha llamado mucho la atención el uso constante de “bizarro” para referirse a algo raro, extraño o extravagante. Si consultamos, por ejemplo el diccionario de la RAE, vemos que sus dos acepciones son “valiente” y “caballeroso”. Es obvio que en esta confusión está metida “la mano peluda” (Ramón Escovar Salom dixit) de los traductores de películas para cine y para TV, al construir los subtítulos en español. Luce que lo que más cómodo les resultó fue irse del “bizarre” inglés (Raro, extraño) al “bizarro” español, sin molestarse siquiera en indagar si la traducción era correcta; soporta esta suposición el ver como constantemente traducen equivocadamente hasta parlamentos enteros de una escena en particular. Recomiendo ir a http://www.rae.es y comprobarán lo que expreso. ¡Ah! El comentario vale también para “aperturar” que no existe, Es “abrir”. Para “accesar” que tampoco es correcto sino “acceder”. A veces noto que algunas personas (Comunicadores sociales, entrevistados, escritores, artistas, políticos, Etc.) que usan el “bizarro” incorrectamente, lo “sueltan” algo así como para lucir “fashion”, “chic”, “a-la-mode” y/o estar “in”. Disculpa, Federico, pero es que esos gazapos me “brincan” a los ojos. Un saludo cordial y continúa adelante con tus sabrosos escritos

Alexandre Daniel Buvat
3 de Septiembre, 2011

Bueno, en cuanto a aumentar la producción de asnos, bastaria con cogerle cria a muchos de la asamblea nacional y de otros organos, algunos profesores incluso de universidades, además de un buen número de esos que se hacen llamar “analistas políticos” Se puede asi crear un especialísimo banco de semen y fundaríamos un”semenasnio” y sería común hacer citas indicando “Burris dixit” para destacar las comunes burradas en los sesudos escritos y discursos que a diario se tienen…. en cuanto a lo de experiencias sexuales de la pubertad con burras, no es sólo de pueblos del interior sino también las presencié en Caracas con burras y yeguas, asi como con conchas de topochos, y otras tantas travesuras de muchachos por San bernardino, los chorros, lo que sería sta eduviges etc, donde en medio de paseos aventuras y excursiones siempre había algun experto y osado que se atrevía y retaba al resto a demostrar su capacidad y hombría Algunos de ellos ni siquiera fueron psiquiatras, sino médicos de renombre, empresarios, profesores, y hasta hacian poesías y cantaban pese a lo árido de sus carreras de ingenieros..Eran pues travesuras de puberes no maliciosas casi como un inicio sexual naif, que no afectó para nada hasta donde yo sepa la vida normal adulta de ninguno…recuerdo que habia uno que solía llevar un cuatro y cuano divisaba una buena “hembra” cantaba,,,”yo tenia una burra mocha en la sabana é maturrín con una peladurita desde el rabo hasta la crin” ja ja ja . Todas estas anécdotas complementan los comentarios de tu elegante arículo casi de inicio de un cuento sobre las aberraciones y las profesiones entre diferentes culturas que resulta divertido y por supuesto bien escrito y con un sentido de mercadeo y estudio de comportamientos bien agudo que se denota en las variadas reacciones a tu escrito {{¡salud!

mirco
3 de Septiembre, 2011

Al señor Gustavo Ramírez: tiene toda la razón, pero va preso. Según la Rae, bizarro significa lo que usted dice; sin embargo tanto el inglés y el italiano, por citar dos idiomas, lo hacen significar como raro, extraño. Y la palabra sugiere exactamente eso. Valga acotar que en el panorama actual ya no tenemos héroes bizarros, en el sentido castizo, sino personajes bizarros en el sentido de raros. En política, arte, espectáculos y pare de contar.

omar rojas
4 de Septiembre, 2011

Veo(leo con naturalidad este buen artículo)sin asombro lo escrito porque se que esa era la practica natural de una Venezuela rural y que en muchos campos se estila esta práctica sexual.Conocí,donde trabaje,un campiato de yaracuy,un señor que le encantaba tirarse una burra y era normal que los muchachos en las tardes furan a buscar su deleite sexual por los matorrales del caserío.Lo que se pierden los chamos de hoy puro cyberpornografia y sexo precoz y embarazo sin necesidad.Que falta hacen las burras entonces.

Humberto Vivas
5 de Septiembre, 2011

En tiempos de universidad tuvimos un compañero de estudios , ya maduro , profesor de secundaria , responsable padre de numerosa familia , didarachero y jovial que en un examen de Criminologia al preguntarle el jurado ( encabezado por un cura) sobre las aberraciones sexuales respondio que el podia entender que se considerasen tales todas las mencionadas en los textos menos el bestialismo ya que para el , que lo habia practicado , representaba una constumbre normal de muchachos en el campo , sin nada de reprochable. Esta demas decir que el escandalizado jurado reprobo a nuestro compañero sin que este saliera de su asombro por la reaccion !! Sin duda el habria entendido la charla del hombre de Cartagena.

Beto mirabal
6 de Septiembre, 2011

Yo también, como Omar Rojas, leo con naturalidad este artículo. Tal vez por mi carácter provinciano, llanero de Apure y con toda mi vida en Altagracia de Orituco, donde hay muchas historias que contar de insignes “burreros”, incluso curas, abogados, médicos, etc. Por aquí hay un decir y es que como hay ahora abundancia de maricos (así, sin eufemismos)es porque se ha abandonado estas prácticas, en parte porque hay escasez de burras y también porque ahora las muchachas tempranamente abren sus piernas, con las naturales consecuencias que esto conlleva.

Manuel Salvador Ramos
3 de Febrero, 2012

Este relato, como toda la narrativa de Federico Vegas, tiene ese desenfado que impregna de autenticidad los hechos. Quien dude de lo que aquí afirmo, le recomiendo leer “Los Peores de la clase”. Pero dejando por sentado la calidad creativa del autor, creo innecesario efectuar teorizaciones sobre una costumbre casi secular en las zonas rurales y semi rurales de TODA Suramérica, por lo que me voy a contentar con reseñar un episodio que ocurrió en Mérida a mediados de los años sesenta. Parece que el rigor familiar que ha caracterizado la tipología del andino merideño, creaba ciertas trabas al arraigo del “burrerismo” y esta era una práctica casi desconocida en los parajes andinos. Así, unos estudiantes de la Facultad de Ingeniería, provenientes de Lara y Portuguesa (tierras de gran tradición y solera en cuanto al tratamiento de las cuadrúpedas), fueron sorprendidos cuando “se cogian” una burra en zonas adyacentes al Rio Chama. Es casi seguro que las exiguas remesas enviadas por sus familiares no les alcanzaban para ir hasta Cuatro Piedras y debieron descubrir en el humilde animal la forma de drenar sus acumulaciones. Pues bien, en lo mejor de la faena, como dijimos, los interrumpió un vigilante de la U.L.A., quien pidiendo asistencia de otros colegas, procedió a trasladar a lo bachilleres, CAMINANDO, hasta la sede de la policia en Glorias Patrias. Aquello fue un desfile de risas y mofas, en el cual las personas salían a las puertas y ventanas y gritaban ¡burreros, burreros….!. Desde ese entonces y hasta el sol de hoy, esos bachilleres, en su mayoría distinguidos profesionales, son conocidos con ese mote, ya que la historia ha pasado de generación en generación. Si creen que esto es solo producto de una afiebrada inventiva, cuando vayan a Barquisimeto por cualquier motivo, pregunten por un conocidísimo Ingeniero Civil que en sus ys maduros sesenta y déle, es recordado por lo que he contado, mas que por la cantidad de edificios que ha construído.

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