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Los rebeldes en Trípoli, por Jon Lee Anderson

Por Jon Lee Anderson | 1 de Septiembre, 2011

Con cada día que pasa, de múltiples maneras, los rebeldes libios, que comenzaron a entrar en grandes cantidades en Trípoli hace poco más de una semana, han ido llenando el vacío que dejara el “hermano líder de la revolución”, Muamar el Gadafi, y su camarilla. Un contingente de rebeldes de la ciudad de Misurata vive ahora en una quinta frente al mar que fuera propiedad de Saadi, uno de los hijos de Gadafi. Pedí que me dejaran entrar: se decía que había una serie de celdas, jaulas, más bien, en los jardines de la quinta, en las que, al parecer, Saadi encerraba a sus huéspedes más recalcitrantes. Un oficial rebelde que se acercó a la puerta me dijo: “Debe ser otro lugar: aquí no hay jaulas como esas”. El caserón era ahora una base militar, declaró, y fuera del alcance de gente como yo. Pero me dejó cruzar el portón exterior y ver la mansión de cerca. A la sombra de un gran estacionamiento techado, algunos combatientes estaban echados en sillas de extensión. Uno, un barbudo de pelo entrecano en uniforme de campaña verde oliva, hojeaba uno de esos libros decorativos, grandes y gruesos, lleno de fotografías de joyería cara, tal y como lo haría un hombre de fortuna que revisa el catálogo en el que elegirá algún detalle para su esposa o querida. El rebelde levantó la vista, y, como quien se excusa, señaló lo que era obvio: el libro era de Saadi. Más allá, la pared interna del garaje estaba cubierta con un mural, pintado por la libre, que representaba un Lamborghini amarillo, con la palabra “ofensivo”, mal escrita, junto a la imagen. Un joven combatiente de boina roja comentó: “El carro de Saadi”. El auto ya no estaba, como no estaba su dueño ni otros miembros de la familia Gadafi, en el momento en el que los rebeldes llegaron. “Maldito cobarde”, añadió el combatiente.

El rebelde a cargo de la casa de Saadi se mantenía siempre cerca de mí; después de un par de minutos, me pidió que me fuera. (Luego, un colega que había entrado antes en la quinta me dijo que las jaulas de Saadi estaban detrás del estacionamiento, fuera de mi línea de visión. Era posible, supuse, que estuvieran otra vez en uso). El rebelde me dijo que tanto él como sus camaradas estaban en alerta, esperando a ver qué sucedería el jueves primero de septiembre, cuadragésimo segundo aniversario de la Revolución Verde de Gadafi. Pocos días antes, la voz de Gadafi, en una llamada telefónica grabada, le había prometido a los libios una sorpresa para ese día. “Veremos”, dijo el comandante rebelde: “si no sucede nada, regresaremos a nuestras casas, y usted podrá volver y ver lo que quiera”.

Es de maneras como ésta que se expresa el nerviosismo que se siente aún en la ciudad y fuera de ella, y aparentemente todavía suceden muchas cosas más allá de la vista de uno, porque, por supuesto, la guerra —o la transición del viejo orden al nuevo— todavía no ha terminado. Los prisioneros, incluidos algunos “mercenarios” africanos con la miseria pintada en el rostro, languidecen en una serie de celdas improvisadas por toda la ciudad. En un lugar así, esta semana, me topé con unas dos docenas de hombres de países como Chad o Nigeria, de entre dieciséis y sesenta años, algunos de ellos con marcas de golpes en el rostro y heridas vendadas. Era difícil saber si eran soldados profesionales o simplemente emigrantes en busca de trabajo que se habían visto obligados a sumarse a las bandas armadas por las fuerzas del viejo régimen —ambas cosas han pasado en el conflicto libio. Sus carceleros —los rebeldes— conscientes de las denuncias de la prensa sobre su maltrato a los prisioneros en el pasado, se tomaban la molestia de aclarar que los estaban tratando bien. Sin embargo, era imposible saberlo a ciencia cierta.

Todavía hay muchos pueblos y ciudades en las cercanías en los cuales los rebeldes no se han enfrentado a las fuerzas del “ancien régime”, y, probablemente, batallas que aún deberán librarse. A lo largo y ancho de Libia, innumerables personas leales a Gadafi se han enconchado; algunas pueden estar deseando desaparecerse del mapa, pero otras pueden estar planeando retaliaciones. Los días por venir determinarán si ésta es simplemente la etapa de reordenamiento que sigue a una revolución o el comienzo de un conflicto en el cual, como en Irak después de la caída de Saddam, los restos del viejo establishment militar y de inteligencia se convertirán en los insurgentes.

Ayer, último día del Ramadán, las tiendas y algunos cafés reabrieron en las calles de la ciudad; grupos de voluntarios se ocupaban de barrer los montones de basura acumulada que habían hecho de Trípoli un lugar pestilente y nauseabundo pocos días antes. Los cadáveres de los hombres ejecutados por ambos bandos en los caóticos días de la semana pasada, cuando Trípoli era invadida, ya no estaban; los cuerpos habían sido recogidos de las calles, transportados y enterrados. En algunos lugares, no obstante, el tufo a muerte persistía, y algunos civiles —turistas de la guerra— posaban para ser fotografiados delante de vehículos carbonizados o de tanques en lugares deshechos donde se habían librado batallas. Pero, en general, la atmósfera es la de una ciudad que regresa a algo parecido a la normalidad: policías de tránsito en blancos uniformes aparecían de nuevo en las calles del centro de la ciudad. En las avenidas de un vecindario difícil y cercano al aeropuerto, en el que hasta hace pocos días los leales a Gadafi todavía andaban a sus anchas, hay ahora alcabalas improvisadas, manejadas por combatientes rebeldes. Efigies de Gadafi, como espantapájaros de comiquita, han aparecido en pipotes de basura por toda la ciudad, o colgando de los cables de la electricidad y los semáforos.

Después de la medianoche, miles de civiles y rebeldes se concentraron en la Plaza Verde —rebautizada ahora como Plaza de los Mártires—, justo en las afueras de la ciudad antigua, para entonar juntos cantos revolucionarios, para compartir su júbilo, para celebrar. En las columnatas blancas que flanquean la plaza, los “grafiteros” estaban pintando murales que ultrajaban e insultaban al líder depuesto: Gadafi como perro, como rata, su rostro saliendo de una poceta. “Sharfufa”, decía un graffiti en árabe, lo que simplemente quiere decir “ricitos”, una referencia al pelo de Gadafi, descuidado y sucio —fuente de permanente desprecio entre los libios comunes y corrientes, siempre cuidadosos de su aspecto. Civiles que jamás habían ni soñado con ver tales imágenes en público observaban en silencio reverente, sin atreverse aún a reír en voz alta.

Sobre una tarima, Alí Tarhuni, un exiliado libio que regresó a comienzos de año para unirse a los líderes rebeldes después de tres décadas en Estados Unidos —y que, más temprano ese día, había sido nombrado primer ministro temporal del Consejo Nacional para la Transición— se dirigía a la multitud y preguntaba, una y otra vez, ante gritos cada vez más jubilosos. “¿Dónde está Gadafi ahora?”. A pesar del nuevo edicto que prohíbe a los combatientes disparar al aire para celebrar (ha habido heridos por los proyectiles que caen), hombres que no podían contener su alegría descargaban sus armas en dirección al cielo.

Una mujer caminaba de aquí para allá con una foto en blanco y negro, grande y con marco, de su difunto esposo, un oficial del ejército que se había sumado a un movimiento militar que se opuso a Gadafi en 1977 y que había sido ejecutado por su temeridad. Con sus dos hijas adultas a su lado —una tenía un año y la otra tres para el momento de la muerte del padre—, se abrazaba al retrato de su marido y relataba su historia. Sonriendo de oreja a oreja y llena de alegría, decía que a él le hubiera gustado ver llegar este día. Decía, una y otra vez: “Al hamdulillah,” lo que significa, más o menos: “Alabado sea Dios”.

***

Lea también: Cinco reglas para entender a Trípoli, de Jon Lee Anderson

Traducción: Andrés Cardinale

Jon Lee Anderson 

Comentarios (2)

Cristi
1 de Septiembre, 2011

Excelente crónica de Jon Lee Anderson. Quiero leer más.

Alfredo Ascanio
1 de Septiembre, 2011

Los Reporteros de Guerra son un periodistas extraordinarios por su valentía.

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