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Toque de queda, por Fedosy Santaella

Por Fedosy Santaella | 29 de Agosto, 2011
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A Ricardo Ramírez Requena

Solía caminar. Cuando estuve en Iowa en 2009, durante el Programa Internacional de escritura, solía caminar. Uno se da cuenta de que le gusta caminar cuando llegas a lugares que están hechos para que la gente camine. No quieres un carro, no quieres un aventón, no quieres un chofer: quieres caminar.  Había tardes en que dejaba lo que estaba escribiendo, miraba por la ventana el río, su derivar sereno, y entonces me decía, vamos a la calle. Me ponía mi chaqueta y me iba hasta la tienda de cómics, o hasta la librería Prairie Lights. Caminaba, por supuesto, para ir almorzar, hasta el restaurante de comida India, hasta el de shawarmas, hasta el de pasta y fideos, o con los amigos Yasser Abdel Latiff y Yahya Alabdallah hasta el Hamburg Inn. Caminar, me gustaba caminar, nos gustaba caminar a todos. Andreas Weber, un austríaco altísimo de unos 50 años y fanático de los Rolling Stone, era el que más caminaba. Andreas, más que caminar, corría, siempre con un morral en la espalda, por todos lados, por toda Iowa.

Una que otra vez, yo estaba en mi habitación, escribiendo o viendo televisión, y Yasser tocaba la puerta. Eran las diez, once de la noche. «Fedosy, ¿qué estás haciendo?» «Nada especial.» «Pues vamos a tomarnos algo.» Y así salíamos, por las calles del down town, en busca de un lugar donde tomarnos algo, él una cerveza, yo una coca-cola o un té frío. Nos gustaba el Quinton´s. Era un bar tranquilo, por lo menos los días que íbamos, las meseras eran lindas y sobre todo porque había una rocola con Zeppellin, los Rolling, los Beatles, Cream y todas esas maravillas. Estábamos ahí un rato, Yasser me hablaba de Egipto y yo le contaba de Venezuela. A veces sólo escuchábamos la música. En otras ocasiones íbamos con Millicent, la poeta jamaiquina, y con Flur, la escritora galesa. Una vez hizo su acto de aparición Andreas, y Andreas nos volvió a hablar de los Rolling Stone, y de los conciertos de los Rolling Stone. Después, siempre, nos regresábamos caminando. Había gente en las calles, la noche era inmensa, y caminar era sólo caminar, un acto placentero.

Hacia el final del programa de escritura, la profesora y poeta española Ana Merino nos invitó a una fiesta de Halloween. Yo me maquillé a lo Guasón de Hedge Ledger (desde entonces no se me ha quitado el maquillaje, pero esa es otra historia). La casa de Ana Merino quedaba apartada, quizás a unos cuarenta minutos caminando. A la una, una y media de la mañana, alguien del IWP dijo que se iba para su casa. Cuatro aprovechamos el viaje: Milos, el poeta croata, que estaba disfrazado de algo así como de Mel Gibson en Braveheart; Marius, el dramaturgo lituano, que estaba disfrazado de señora espía con gabardina; y Vicente, el narrador y guionista filipino que estaba disfrazado a lo groovy. Y por supuesto estaba yo, el Guasón. En algún momento del camino, a alguien se le ocurrió que podíamos bajarnos un rato en el Dave’s Fox Head, el llamado bar de los narradores de Iowa City. Así que ahí nos dejaron. Entramos y adentro había más gente disfrazada. El Fox Head, cabe decir, era también un lugar increíble: Era pequeño, enmaderado, con una mesa de pool y también con una rocola que tenía en su reportorio a Radiohead, a Elvis, a John Coltrane, a Thelonius Monk y a Miles Davis. ¿Qué más podía pedir uno? Ahí, en una mesa de asientos largos, nos sentamos los cuatros amigos por un buen rato. No jugamos pool, sólo nos tomamos algo. En un par de oportunidades salimos y nos fumamos unos cigarrillos afuera. La noche era fría, pero a nadie le importaba; fumar entre amigos siempre es más importante. Era agradable fumar con Milos, aunque uno no entendiera la mitad de lo que decía, siempre entre dientes, siempre con su sonrisa patana de croata mafioso.

No recuerdo a qué hora nos regresamos. Dos horas más tarde quizás, no sé. Lo que sí te puedo decir es que caminamos de vuelta al hotel con absoluta tranquilidad. A lo lejos se escuchaban las celebraciones de Halloween de otros sitios. Vimos a una calavera, una chica tetona con las piernas peludas, vimos fantasmas y alguien con una hacha en la cabeza. No había razones para temer. Ni por causa de los muertos, muchos menos por causa de los vivos.

En Nueva York salí a dar una vuelta con mi amigo Yasser. Yasser nunca había estado en Nueva York, pero sí había escuchado hablar del Greenwich Village. Así que nos fuimos para allá. No tomamos metro, eran nuestros últimos días del programa de escritura y ya no teníamos razón para andar de recatos con el dinero. El taxi nos dejó en Washington Square. Pasamos por la plaza, entre jíbaros que siseaban y gente estrafalaria, y nos adentramos al Village. Caminamos sin rumbo, distraídos. Las calles estaban repletas de gente, los negocios abiertos, las luces encendidas, había música, había olor a comida, a dulce, a telas de otras partes del mundo. En cierto momento, vimos un cine. Se trataba de un IFC Center. Tal como dice la página web, estas salas del IFC Center son «the ultimate entertainment space for New Yorkers seeking out the best in independent film.» Nos acercamos y vimos que estaban dando Antichrist de Lars von Trier. Eran las once de la noche, pero en unos quince minutos habría una función. Estábamos a tiempo y había entradas. Entramos, hicimos nuestra pequeña cola ante la puerta de la sala, nada estresante, nada agotadora. Mientras estaba allí, pensaba en lo sabroso que se había vuelto caminar en estos últimos meses, el andar despreocupado, sin tener que ver a los lados con las pupilas muy abiertas; caminar por caminar, porque te hicieron el mundo para que lo caminaras. También pensé en lo gratificante que se había vuelto ir a los sitios como quien va de un cuarto a otro de su casa, en lo importante que es la búsqueda del ocio sin estrés, sin largas colas, sin arrecheras. Pensé sí, en mi país, y estuve a punto de sentirme profundamente triste, pero entonces abrieron las puertas del cine y entré a ver Antichrist.

Todo fue perfecto, el film (como todos los de Von Trier) resultó una delirante maravilla. A la salida, caminos otra vez por el Village, en algunas partes había fila en las entradas, en otras no. Optamos por un sitio donde no había mayores dificultades conseguir puesto. Era un lugar acogedor de mesas pequeñas, redondas y lámparas tipo art decó. Sobre las mesas había unos vasitos con dedos de tiza que invitaban a usar de lienzo la madera. La chica que nos atendió usaba el cabello alborotado, color violeta, y estaba trajeada a lo cancán. Pedimos nuestras bebidas y nos dedicamos a mirar el local. Frente a nosotros descubrimos a una chica rubia, muy joven y muy alta que sin duda alguna era modelo. En cierto momento, la mesera cancán se acercó con una cámara a la joven muchacha. La muchacha, al ver la cámara, se emocionó, se irguió, estaba lista para decir que sí. La mesera, efectivamente, le pidió permiso para tomarle fotos… a sus pies. Yasser abrió los ojos muy abiertos, la boca también. La joven modelo, que usaba unas sandalias muy abiertas, se dejó tomar las fotos entre extrañada y divertida. Al terminar la breve sesión, Yasser me comentó que la chica tenía unos pies bellísimos, que le fascinaban. La modelo, muy orgullosa ella de sus pies admirados, los dejó por fuera de la mesa. Al ver aquello, Yasser me dijo que iba al baño pero que en realidad no iba al baño. Cierto, Yasser lo que quería era ver aún más de cerca los pies de la modelo. Se paró, le vio los pies a la chica, fue al baño sin ganas de ir al baño, regresó y volvió a entregarse a los pies de la chica.

Comimos hamburguesas, papas fritas, salimos a buscar otro taxi. Eran las tres de la mañana. Tardamos en conseguir quien nos llevaran, todos los taxis iban ocupados. Allí estuvimos un buen rato hasta que por fin encontramos uno. No soy iluso, Nueva York no es Iowa. Pero a esa hora todavía había gente en las calles, caminando, saliendo de un bar, entrando a otro. Había gente abrazada, gente que caminaba tomándose de los brazos, gente enamorada, gente que sonreía, amigos que conversaban, que fumaban caminando, que miraban al cielo, y no a los lados, y no con temor, simplemente caminaban, libres, tranquilos, pero sobre todo libres.

 

Fedosy Santaella 

Comentarios (8)

omar rojas
29 de Agosto, 2011

Querica lectura.Sí como caminar.Rico leer textos con fluidez, bien escritos, bien contados….Yo camino y monto mi bici,será por eso que me llegó a mi espíritu este texto…disfruto mucho de caminar y montar bici,,claro no en las noches por eso… ya uds. saben .Lastima que junto a ese terrible problema que tenemos se une el de los centros comerciales inmensos desabridos…sabroso cominar y sentir el viento en tu cara y cuerpo oler los aromas de la ciudad o campo y rico si tenemos lugares que nos deleiten que aquí son pocos…bueno rica lectura gracias por escribir tan bello y rico texto.

morella contramaestre
29 de Agosto, 2011

Son las 10 de la noche en una ciudad silenciosa con alacabalas ocasionales que pretenden hacernos creer el cuidado por el ciudadano. Afuera llueve y misteriosamente la luz aún no se ha ido. Esta lectura llega para devolverme sabores, recordar texturas, añorar otros tiempos de libertad donde ciertamente caminàbamos libres, solìamos jugar y hablar de tantos tòpicos importantes y ricos, que de alguna manera hemos ido sacando a fuerza de nuestras vidas. No sè por què este Toque de Queda, me asoma directamente a la Casa Tomada de Cortàzar…..no quiero que el temor me haga pensar en tirar la llave por la alcantarilla, sè que eso no està pensado en este texto…. Asì que me aferro a los olores culinarios de esta ciudad que se abre en esta prosa y me permite sumergirme en la maravilla de sus calles, de sus juegos, de la vida…..Què rico este breve instante!!!!

Jorge Gómez Jiménez
29 de Agosto, 2011

“Pensé sí, en mi país, y estuve a punto de sentirme profundamente triste”. Quienes hemos podido ir a otros países y paladear esa delicia que es caminar sin miedo, hemos pasado por ese sentimiento de tristeza, una tristeza que fácilmente se mezcla con una profunda bronca.

Y ni siquiera estamos hablando de una realidad que nos acompañe porque sí, una realidad que nos corresponda vivir con el peso de un estigma legendario; yo caminaba tranquilamente por, digamos, el Paseo Vargas, la avenida Urdaneta, en cualquier madrugada de finales de los 80. Hoy, ni de día son parajes recomendables.

Lo peor es que tampoco se trata de que haya mucha diferencia entre la dupla Iowa/Nueva York y las calles de Caracas, pues ese sentimiento de seguridad, ese caminar tranquilo lo he experimentado en países más cercanos, incluso en países poco apreciados por quienes pueden darse ciertos lujos turísticos, como Colombia y Ecuador.

Leo tu nota, Fedosy, mientras una señora en la televisión llora pues su hijo “lo que estaba era comiéndose una empanada”, cuando empezó un enfrentamiento entre bandas y uno de los malandros reparó en la gente que estaba ante el puesto de comida, y entonces porque sí, o por quién sabe qué, se le ocurrió dispararles.

Y pienso entonces en esa profunda tristeza, en esa bronca inmamable en la que vivimos constantemente y de la que las autoridades se burlan al asomar el argumento infame de que todo es una sensación de inseguridad que es inducida por los medios. Y pienso que nuestro problema mayor no es la inseguridad, sino ese tino perfecto con el que solemos escoger a los peores para darles las riendas del país.

José Ovaldía
30 de Agosto, 2011

Me gusta mucho tu cuento, Fedosy. Me gusta todo lo que haces. Todo, y algo más. Cuas, cuas, cuas. De este cuento me gusta lo que no dices. Me pregunto cómo se lo tomarán tus lectores en otros países. Voy a llamar a Dávide (Dávide es mi amigo y es extranjero), para leerselo en voz alta y te cuento.

Sol
30 de Agosto, 2011

Un escrito para deleitarse en una actividad que nos parece lejana, muy lejana en estos tiempos aciagos. Disfruté muchísimo la lectura y entré complacida al escenario que nos propone el autor con su relato. No pude evitarlo, la nostalgia y melaconcolía se asomaron como para acrecentar esta sensación de desapego que en ocasiones me inunda hacia un pais, mi pais, que insiste en ser extraño para sus propios habitantes.

Excelente Fedosy …gracias por el ratico.

Rafael Núñez
30 de Agosto, 2011

Fedosy lo que relatas es tan real y verdadero como la luz de cada amanecer, y todos los seres humanos merecemos poder caminar sin miedo, más aún poder expresar nuestras ideas, críticas, y denuncias sin miedo. Me da la leve impresión que no sólo te han robado el poder caminar sin miedo por caulquier pueblo, ciudad o camino de Venezuela, te han robado la libertad de poder criticar y denunciar libremente esa verdad. Tu texto es muy rico describiendo, pero muy pobre denunciando, criticando y reclamando el derecho a caminar y a escribir con libertad, SIN MIEDO!. Es mi impresión.

Lennis
7 de Septiembre, 2011

Qué lindo texto, Fedosy! Me ha dejado una especie de nostalgia por lo no vivido… Qué ganas de caminar sin mirar a los lados tenemos todos por aquí.

vivilu
29 de Septiembre, 2011

La lectura sin prisas, fluída, divertida y mundana, me fascina. Soy una leedora de cuentos. Este en particular, va a lo mas profundo de mi caraqueñitud, ya que ansío caminar mi ciudad con despreocupación como tu lo has hecho por Iowa o Nueva York, Fedosy. Amo mi ciudad jardín, pero la observo con ansias para descubrirla todos los días, asomándome por mi ventana. El viajar a otras ciudades y poder disfrutar de esta actividad tan simple y proletaria, me hace sentir libre y que el mundo es infinito y sin fronteras espera ser descubierto.

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