Actualidad

Sobre “Los pasos perdidos” y “101 lugares donde comer en Caracas”, por Federico Vegas

Por Federico Vegas | 20 de agosto, 2011

Tengo un tío a quien la vejez se le ha puesto difícil y debe hacer grandes esfuerzos para llenar el día de actividades. Aún así se aburre: “Hay dos o tres horas en las que no encuentro qué hacer”.

Al menos entre las 4:30 y las 6:30 p.m, yo estoy a buen resguardo de aburrimientos y estulticias gracias a “Los pasos perdidos”, el programa que conducen Elías Pino Iturrieta y Jaime Bello León en la Emisora Cultural de Caracas (97.7 FM).

Otro hecho que merece toda mi gratitud tiene que ver con una lista, “101 lugares donde comer en Caracas”, la cual le ha dado sentido a pasos que se me han ido perdiendo, pues tengo el vicio de caminar a través de una ciudad que ha empezado a desdibujarse. Este drama merece una buena dosis de psicoanálisis, comenzando con la pregunta: “¿Por qué caminas?”. Los motivos cardiovasculares son tan tristes, las apetencias arquitectónicas y urbanas demasiado serias, las literarias podrían ser pretenciosas y hasta hipócritas. La verdadera razón de las caminatas, a veces urgente, a veces subyacente, es la búsqueda de buena comida. Es como el afán del hombre primitivo en la selva, gastando calorías constantemente para conseguir renovarlas, pero ahora con mejores alternativas y el horizonte de lo suculento.

Leo en algún lado que devorar una presa y atiborrarse de carne dejaba a nuestros ancestros como boyas a la deriva. El paseante sabe que necesita una proporción justa de alimentos y alcohol para proseguir su camino con dignidad y elegancia. Para explicar esta fórmula usemos un ejemplo aeronáutico. El gas, o “cualquier vapor con la naturaleza de las nubes”, hace que el globo ascienda y aporta la liviandad. Igual ocurre con ciertos vinos que nos hacen volátiles y etéreos. El lastre viene a ser la comida; ella nos da peso, gravedad. Pero la comida, sin el acompañamiento del vino, produce los atletas, los vegetarianos, las miradas de vaca y las siestas sin sueños.

Tengo un amigo que maneja el arte de la justa concordancia como un capitán de zeppelín. Una vez seguí sus indicaciones sobre las dosis adecuadas de callos y Rioja para alcanzar el nivel exacto de flotación; luego partimos del Bar Basque a comprar libros en las Fuerzas Armadas. Caminábamos serenos, firmes en la acera y sin sentir los pies, sólidos y con donaire, a velocidad de crucero y levemente ayudados por la brisa. Todo tenía sentido y era gracioso, los carros y las gentes nos daban paso, las viejitas nos sonreían; entre los libreros encontramos ediciones que dábamos por agotadas e hicimos comentarios inolvidables que no logro recordar. Tuvimos graves reflexiones y tan excelente digestión que de vuelta al carro comimos churros con chocolate.

La conveniencia de este equilibrio la conoce nuestra civilización desde que Dioniso, siempre hambriento y sediento, andaba haciendo desastres. El más bello milagro de nuestra religión, y único repetible, combina el pan y el vino, cuerpo y sangre de Jesucristo, y agrega la sentencia: “Haced esto en memoria mía”. En el siglo XIII, Alfonso el Sabio incluyó en sus “Leyes de Tafurerias” una ordenanza: en las tabernas la jarra de vino debía venir siempre tapada con una lonja de jamón. De aquí viene el termino “tapa”, y más tarde la comida gratis en los pubs ingleses y los tequeños de nuestras cervecerías. No se trata de caridad, sino de mantener cuerda la clientela hasta que logre cancelar la cuenta.

Esta dualidad entre la comida y el licor no es sencilla. El buen vino se puede embotellar, exportar, y para venderlo basta una caja registradora. Una botella de Chambolle-Musigny puede llegar de la Borgoña a cualquier destino, si hay suficiente dinero. La buena comida tiene exigencias ineludibles. Debe hacerse en el sitio, lo que requiere de alguien que nos haga el milagro.

Caracas fue bendita por la llegada de diversas migraciones que generaron restaurantes franceses, españoles, italianos, chinos, japoneses, coreanos, hindúes, árabes, argentinos, e incluso caraqueños con piquete al revés; hasta que, poco a poco, el local del padre inmigrante empezó a manejarlo el hijo venezolano y empresario, o mafias mercantilistas. La ciudad ha empezado a recuperarse de este cambio generacional bajo el impacto degradante del fast food, justo cuando más necesita sus templos de cordura y equilibrio. La trama de Caracas precisa de comederos sencillos, cotidianos, confiables y deliciosos, desde los cuales iniciemos vuelos urbanos con el dulce vértigo de la poesía.

Todo esto explica mis “pasos perdidos”, a veces sin esperanza, cada vez más indolentes y perezosos. Gracias a la aparición del listado, “101 lugares donde comer en Caracas”, vuelvo a agarrar vuelo y ando mejor ubicado. Ahora tengo bitácora, un mapa de pequeños y diversos tesoros.

Explico de qué se trata el listado con las palabras de sus creadores: “Nació en caracasciudaddelafuria.blogspot.com de Mirelis Morales. La idea inmediatamente encontró respuesta en Zinnia Martínez, Alicia Hernández, Guillermo Amador, Verónica Esparza y Vanessa Rolfini. Cada quien envió su listado, su selección, donde eran evidentes los gustos personales y visiones de la ciudad, pero que juntos constituyen un collage culinario rebosante de sabor, color, variedad, sorpresas, olores, alternativas y antojos. Posiblemente usted esté de acuerdo con muchos de ellos, no tenga ni idea de la existencia de muchos otros, algunos posiblemente alguna vez los escuchó nombrar, y en muchas ocasiones pensará que estamos locos. Pero es una lista que da para todo. Llévela consigo. Este listado no es un guión de hierro, evoluciona, crece, cada quien puede añadirle sugerencias, gustos y disgustos personales; ráyela, haga comentarios al margen, simplemente disfrútela y disfrute los sabores de la ciudad”.

Al día siguiente de copiar la lista, me llama un amigo para citarme el sábado en la mañana en algún lugar donde pudiéramos conversar y comernos algo.

–¿Qué se te ocurre? –suelta con desdén, como si los escenarios carecieran de importancia.

Normalmente, cuando me hacen esta pregunta, caigo en un sopor catatónico ante la enorme responsabilidad y paso la bola al contendor. Esta vez respondí con aplomo:

–Te voy a mandar unas cuantas opciones para que tú escojas.

Y le envié el manifiesto de mi liberación, la guía de mis pasos, la nueva trama de mi estómago y alma. Mi amigo, al principio abrumado, se transó por la opción 31:

“Cachapa con queso telita (los sábados) en el Mercado de Abastecimiento de Los Palos Grandes. Tercera avenida entre Francisco de Miranda y primera transversal de Los Palos Grandes”.

El sitio ya es famoso y la cola serpenteaba. Pero las colas en los mercados son divertidas y decidimos tener la reunión mientras esperábamos por las mejores cachapas –la ración de queso es pornográfica– que me he comido en mi vida. Hoy, sábado, pienso volver.

Aprovecho para recordarles a Vanessa, Mirelis, Zinnia, Alicia, Guillermo y Verónica, sobre el necesario equilibrio entre la gravedad y la “extraña levedad del ser” que merece todo comensal. Deben incluir en sus listas a los bebederos.

Ya bien comidos, podemos pasar a los serísimos requisitos de las 4:30 de la tarde. Media hora más y será “¡Las cinco en todos los relojes! ¡Las cinco en sombra de la tarde!” con que Lorca lloró al torero Ignacio Sánchez Mejía. La palabra “tarde” me fascina y angustia: aún no termina el día y ya es “tarde”. Igual que cuando el día apenas comienza y ya es “mañana”. Quizás por allí andan las horas que mi tío no logra rellenar.

El poema de Lorca termina exclamando: “Y el gentío rompía las ventanas”. En nuestra ciudad estas se cierran, se prende el aire acondicionado y la radio, y nos entregamos mansos o furibundos al espíritu del tráfico, a una inútil lentitud. Entonces vienen a nuestro rescate Elías y Jaime con el mejor programa de la radio venezolana, o, para ser más humilde: mi favorito.

La primera razón es la más pragmática e inequívoca. Jaime y Elías no te están vendiendo nada. Me resulta incomprensible cómo otros locutores que respeto, y adoro, pueden dar sus opiniones políticas más sinceras y, segundos después, alabar con la misma entonación una lavadora o una aspirina (para hablar sólo de la línea blanca). Otras culturas separan ambas actividades y jamás se escucha a un comentarista deportivo celebrar una jugada asegurando que el segunda base toma generosas dosis de malta. Debe haber un espacio para las propagandas y otro para el pensar profundo.

Otra cualidad que aprecio es el sosiego, la tranquilidad, el respeto al ritmo natural de una conversación. A veces ser entrevistado en la radio equivale a llegar a un restaurante y que te traigan la cuenta antes de que abras el menú. El locutor no parece estar interesado en quién es su entrevistado, sólo quiere salir de él lo antes posible y pasar a otra cosa, llenar el tiempo como si este fuera nuestro enemigo o una sustancia letal que hay que desplazar con verborrea. En “Los pasos perdidos” no hay presiones ni esa otra salida fácil que es el humor forzado. La mayoría de los locutores jóvenes quieren ser graciosos. El síndrome “Chataing” –quien habla como si chateara– los acosa y los deforma, y creen que la risa es la esencia cuando ella es sólo el condimento. Yo le tengo alergia a esa alegría radial, de hecho creo –alguna crítica debo hacer– que lo que Jaime Bello peor hace es reírse. Gracias a Dios sus carcajadas son muy esporádicas.

Veamos que cuentan los creadores de este programa en una entrevista para El Universal:

“No es ni formal ni académico. No queremos dar clases. Es una conversación entre amigos”, dice Jaime Bello.

“Jaime maneja con rigor el tema de la música académica, campo vedado para mi, aunque me he atrevido a proponer algunas cosas”, confiesa Elías.

“La idea de “Los pasos perdidos” es dialogar con los diversos géneros, vincular la música al tema que se está tratando e invitar personas del ámbito de la creación: arquitectos, urbanistas, cocineros, músicos…”, explica Jaime.

“El programa está pensado para que la gente piense. Si hablamos del personalismo de Guzmán Blanco, la gente podrá hacer conexiones con otros personalismos en la Historia. El público es inteligente”, afirma Elías.

Todas estas promesas se cumplen. Jaime y Elías no tienen miedo  a ejercer uno de nuestros deberes y derechos más sagrados: compartir lo que nos gusta. Ya la máxima de que para el pueblo la música clásica es señal de que alguien importante ha muerto, quedó atrás. El imperio de lo supuestamente popular, de que hay que “ajustarse”, es una receta para los débiles e inseguros. Respetar la cultura popular no quiere decir ceñir la cultura a lo que es popular, sino hacer una mutua invitación, eliminar complejos, fronteras y aranceles.

Termino con lo más difícil de definir: el encanto de la entonación de Elías Pino Iturrieta. A mi me suena al abuelo que quise conocer mejor y al profesor de historia que jamás tuve. Mi profesor de historia de Venezuela era un hombre bueno y docto, pero tan fastidioso que lo llamábamos “tortugón”. Y aquí me detengo. Mi alarma me dice que puedo empezar a ponerme demasiado biográfico, y hoy sólo quería dar las gracias.

***

Pueden leer la lista “101 comidas que debes hacer pulsando aquí.

La foto de la portada  es de Eduardo Arévalo Jaimes, pueden ver su blog pulsando aquí.

Federico Vegas 

Comentarios (13)

Ray
20 de agosto, 2011

Muy bueno Federico. Comparto contigo la crítica a la radio en Venezuela. Cada vez el nivel es menor. Hay pocas conversaciones inteligentes y análisis desapasionados, o debería decir, despolarizados. Por eso celebro también a “Los pasos perdidos”.

Belkis López
21 de agosto, 2011

Maravillosa crónica. Me alegro de haberla leído. Con lecturas así, no hay “horas perdidas”..ni pasos, quizás. Enhorabuena, qué bien escribe!

consueloginnari
21 de agosto, 2011

Me gusto mucho, pero me gustaría saber donde es ese programa de radio que F Vegas habla?.

Odart Graterol
21 de agosto, 2011

Como siempre Federico, gracias por este delicioso relato. Transportas al lector a vivencias practicamente “multi-media” (Ya que logras evocar olores, visiones, sonidos, etc) con el entretenido y candoroso pero ligerísimamente irónico sentido del humor que te caracteriza.

Saludos! Pd: En mi lista pondría las arepas fritas con tropezones de Chicharrón de AMADANI mas arriba del canal 8…deberían ser catalogadas como patrimonio Nacional..son Buenísimas!

Aura Melo
21 de agosto, 2011

Me gustaria saber,si es posible, sintonizar ese programa desde la Isla de MARGARITA,sitio donde vivo desde ya mi agradecimiento.Cual seria el dial? M parecio el relato interesantisimo

Nasly Ustáriz
21 de agosto, 2011

Federico: Leerte es como el deleite de encontrarse con un viejo amigo (o una reincidencia), recuerdo un delicioso relato tuyo que iba por estos derroteros, publicado en La Ciudad y el Deseo, y me gustaría que mi vida no fuera tan compleja como para nunca (casi) tener la oportunidad de escuchar este programa. Pero se hará el esfuerzo. Gracias por las coordenadas!

teresa devivo
21 de agosto, 2011

lo felicito por su verbo.. lo adoro… de hecho no me pelo el programa de la ciudad deseada en la misma emisora que ahora sintonizaré tambien a las 4.30 … gracias ..

Gustavo Ramírez
21 de agosto, 2011

Excelente por ameno el artículo de Federico Vegas. En cuanto a cómo oir a Elías Pino Iturrieta y a Jaime Bello, si están fuera de la gran Caracas, vayan a: http://www.laculturaldecaracas.com/radio/ De hecho, por vivir en Lechería, la sintonizo con frecuencia en mi computadora mientras trabajo en ella (La computadora) ¿Sugerencia culinaria tipo desayuno rápido?: Los pastelitos andinos de la cafetería (Ahora se me va el nombre) que está en la calle que sube desde la Ave. Libertador al Centro Perú (Estación Metro) en la Ave. Francisco Miranda, acera derecha subiendo. El estacionamiento más cercano sin riesgo de remolque o boleta es el C.C. Sambil. No hay de qué, a la orden…

Luis
24 de agosto, 2011

Increíble; Elías Pino resuena con su voz ante los microfonos, haciendo contraste con la voz mas suave de Jaime Bello; excelente contraste. El programa es realmente agradable. Lo que ofrecen en su programa es cultura y humor de una manera deliciosa. Yo, lo escucho, mientras hago algo en la compu. Vale

Jacobo Sarevnik
24 de agosto, 2011

Excelente artículo de Federico Vegas, coincido con él en cuanto a lo oportuno de la lista de los 101 lugares donde comer en Caracas y con la preferencia de él y su tío por el programa Los Pasos Perdidos, un verdadero deleite. Pero lo que más aprecié, es que por fin alguien con capacidad de aforo y estatura intelectual denuncie el sindrome Chataing en la mayoría de locutores y locutoras noveles un verdadero castigo para los oyentes con un mínimo de inteligencia. Gracias

Zinnia Martínez
25 de agosto, 2011

Nunca pensé que esa lista iba a tener la repercusión que ha tenido y mucho menos que Federico Vegas a quien admiro y escucho siempre, iba a tomarla como una bitácora gastronómica. Me encanta leer todos sus comentarios, en mi blog ya hice una nueva lista de 40 con algunas de las sugerencias que nos han hecho a partir de la publicación de la lista de 101…con las de todos seguro llegamos a 1001. Gracias!!

Héctor Griffin
2 de septiembre, 2011

Me gustó tanto que voy a seguir tus pasos ya tengo la lista

Mitchele Vidal
3 de septiembre, 2011

Sin duda esta crónica resume algunas de nuestras maravillas: Federico Vegas y su verbo caraqueño y universal + Jaime Bello melómano y generoso con sus conocimientos + Elías Pino, sapiencia y encanto. Todo envuelto en nuestra hermosa ciudad -experiencias gastronómicas incluidas- dizque, la malquerida. ¿Quién se aburre en Caracas?

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.