Artes

La luz de Goethe, por Alejandro Oliveros

"La luz, creyó siempre Goethe, es la causa fundamental del canon de belleza greco-latino..."

Por Alejandro Oliveros | 25 de julio, 2011

Mehr Licht, mehr Licht“, le dice Goethe a la cercana Otilia poco antes de morir. Sus ojos saltones fijos en la alta ventana que se abría a la tenue luminosidad del cielo de Weimar. Es el equinoccio de la primavera de 1832, pero más invierno que verano en esa temprana fecha. Por lo demás, aún en los días más intensos del estío, la claridad de aquellas regiones no es la más transparente.

En el sofá, donde alternaba su reposo con el lecho, el viejo poeta, en su delirio, habla de una bella mujer de cabellos negros. “Más luz”, como la de Italia. Y la memoria dadivosa lo conduce, por última vez, a la geografía amada. Recuerda la primavera romana, su luz de oro y aquellos cielos altísimos e incomparables, cuando desde sus habitaciones, en via del Corso, veía la muchedumbre caminando hacia Piazza Venezia o, en sentido contrario, hacia Porta del Popolo. Aquello sí era luz. Aquel clima era lo que había hecho posible el surgimiento de Roma y, antes, el milagro griego. A pesar de sus esfuerzos, y los de Schiller y otros exponentes de la racionalidad, Alemania nunca llegaría a despojarse del todo de su tendencia a la oscuridad y lo barbárico.

La luz, creyó siempre Goethe, es la causa fundamental del canon de belleza greco-latino. La razón de su arte y poesía. La belleza no puede ser ajena a la sensualidad, al placer irremplazable de los sentidos. Y nada de eso es posible sin el concurso de una luz adecuada, de una claridad tan dilatada como la del bendito espacio mediterráneo. De su estancia romana son las imágenes de las Elegías, que tanto alarmaron a sus amistades alemanas. En Roma, Goethe se encuentra en su verdadero país de origen: “Aquí se siente uno como en su propia casa, y no en una casa aislada o en un asilo”.

Desde su llegada en 1787 a su apartamento en via del Corso, organizó las visitas a los lugares emblemáticos de la arqueología romana. Bajo su mirada, y sobre su cuaderno de dibujo, los perfiles y fachadas de los antiguos edificios. La pirámide de monte Testaccio, el Foro, las escalinatas de Campidoglio y la dorada estatua de Marco Aurelio. Las termas de Dioclesiano y Caracalla, las columnas, los arcos triunfales, los obeliscos. Y el paisaje irrepetible de la campiña romana desde via Appia.

Esto sí es una metrópolis, escribe, “la metrópolis del mundo”. Todos los edificios y monumentos, casi siempre apenas sus ruinas, huelen a viejas delicias, tienen perfume de mujer. Este será el paisaje de sus mejores poemas italianos, los protagonistas: el mismo Goethe y una joven romana:

La alegría me inspira en este clásico suelo;
me hablan con voz fascinante presente y pasado.
Y hojeo con mano asidua los libros de los antiguos
y sigo sus consejos, cada día un nuevo placer.
Mas, por las noches, Amor me ocupa en otros asuntos:
si poco me ilustro, doble es el placer que experimento.
¿Acaso no es bastante lo que aprendo espiando las formas
amables de sus senos y deslizando la mano por sus costados?

Goethe dio con el oscuro objeto de su deseo apenas llegado a la urbe. La llama Faustina, como Propercio llamó Cintia a su amada y Catulo hizo inmortal a Lesbia. Bajo la luz dorada de la ciudad eterna, el poeta de Weimar se convierte al paganismo.

Arcadia en Nápoles

El 25 de febrero de 1787, a dos años de la Bastilla, llega Goethe a Nápoles y a los milagros de su geografía. Se hospeda en un hotel vecino a lo que hoy es plaza Municipio. Un poco más allá, la masa imponente de Castel Nuovo y, en seguida, él más sobrecogedor de los golfos. Se trataba del primer encuentro del poeta alemán con el Mediterráneo. No se es el mismo después de esta experiencia epifánica. Son las mismas aguas, las mismas olas tirrenas que condujeron a Ulises a su encuentro con Circe. La luz dorada de Roma se hace azul en Nápoles, y griega. La única ciudad que fundara una sirena, Parténope, que habría de cantar el mejor de los traductores franceses del Fausto, el poeta de Aurelia, el siempre desdichado Gérard de Nerval.

Al día siguiente a su llegada, después de una vuelta por via Toledo y el “Mercatello”, la actual piazza Dante, Goethe percibe lo que ningún visitante a la ciudad del golfo ha dejado de percibir: la inextinguible vitalidad de los napolitanos, el ejercicio ortodoxo e irreductible del carpe diem. Nápoles no es Roma. Aquí, la luz azul baja del cielo y no se limita a iluminar. En Nápoles, la luz es la sangre de todo lo que habita. Como lo fue en la Grecia platónica con sus cavernas más o menos filosóficas. Nápoles siempre estará afuera. Definitivamente, Roma no es Nápoles, para no hablar de Alemania la barbárica: “Si Roma estimula al estudio, aquí la gente sólo está interesada en vivir. Comparada con esta abierta extensión, la antigua capital del Tíber parece un monasterio”. Goethe hereda de su padre el asombro conmovido ante la magia napolitana: “Mi padre se salvó de ser un infeliz gracias a su capacidad de regresar siempre, en su pensamiento a Nápoles”.

La ciudad del volcán, la tercera en habitantes de Europa, después de París y Londres, era la sede del Ilustre Reino de las Dos Sicilias, a la cabeza del cual, la ineptitud borbónica de Fernando IV. Ocupado en sus asuntos de caza, el monarca, había delegado el gobierno en las manos ávidas de María Carolina y sucesivos favoritos: el príncipe Caramánico, John Acton. Goethe frecuenta el enrarecido ambiente y lo disfruta. Es su primera experiencia en la gran ciudad, sus intrigas y placeres, sus peligros. Todo más o menos como en Weimar, es cierto, pero a una escala casi épica. No obstante, más que todo esto, le interesa la conversación con uno de los grandes dilettanti de su tiempo, sir William Hamilton. Con sir William comparte tres intereses fundamentales: la observación de la naturaleza —el inglés fue un experto en la fisiología de los volcanes, en especial el Vesubio y el Etna; el arte griego —Hamilton era propietario de una de las mejores colecciones de vasos griegos en toda Europa; y la devoción por el eterno femenino —sir William había desposado a la irrepetible Amy Lyon, conocida por la posteridad como Lady Hamilton. De esta distraída Nápoles, de sus violencias y encantos, escribió la crónica verdadera Alejandro Dumas en su novela incomparable, La San Felice. También Susan Sontag, con no pocos méritos, ha reseñado aquellos tiempos y lugares en Los amantes del volcán.

Animado e instruido por sir William, Goethe ascendió “a Montagna”, visitó las sulfataras, contempló el golfo desde las alturas privilegiadas de Posílipo, recorrió Pompeya, se trasladó a Sorrento y, desde lo que hoy es la terraza del hotel “Excelsior Victoria”, se dejó conmover por la belleza de sus puestas de sol. Por un momento llegó a pensar que se encontraba en el paisaje arcádico; “Et in Arcadia ego“, fue su adaptación vitalista del viejo motto. El vino era Lacryma Christi, cultivado en las faldas del volcán, y el alimento, todos los frutos del golfo, “vongole”, anguilas, pulpos. Nada más alejado de los rigores del sauerkraut con papas de la dieta de Weimar.

Tan importante como la revelación del paisaje, fue para Goethe el descubrimiento de la arquitectura griega, algo que, como el amor, escapa a toda teoría. La epifanía se produjo ante las ruinas monumentales de Paestum. El templo de Poseidón le revela la función de columnas y escalinatas, esa sintaxis en mármol irrepetible. Aquí estructura y función son una y la misma cosa. La gran síntesis, el milagro de la forma orgánica. Goethe no se cansa de descubrir. “Aprende a ver” bajo la intensa luz azul del Mediterráneo.

El 24 de abril de 1788 se inicia el regreso de Goethe a Alemania. Atrás quedaban dos años de experiencia italiana. Pero, sobre todo, Roma y una parte del hombre que había sido antes de su visita: “En Roma ha sido donde por primera vez me he hallado a mí mismo, donde por primera vez me he sentido de acuerdo conmigo mismo”. Nadie como Goethe, desde los tiempos de la República había nacido para ser ciudadano de Roma. La separación, escribe uno de sus biógrafos más distinguidos, fue, ciertamente, la “crisis más dolorosa en su vida desde la muerte de su hermana”. No es indiscreto pensar que, al menos en parte, el desgarramiento del protagonista del Torquato Tasso, escrito a su regreso, sea una expresión de la pérdida irreparable.

Goethe vuelve a Alemania para cumplir, al poco tiempo, cuarenta años. Se encuentra “nel mezzo camin” de una vida que llegará a los ochenta y tres. Una obra ingente le queda por realizar. Desde Egmont hasta el Segundo Fausto. En medio, una amplia sección de la mejor poesía escrita en alemán. La experiencia italiana había legitimado su voluntad neoclásica. Un nuevo clasicismo era menester en el mundo moderno. Los sucesos de Francia, después de 1789, arruinaron esta aspiración saludable. Con preocupación, Goethe observó cómo triunfaba el subjetivismo irresponsable de la estética romántica, esa poesía “de la noche y las tumbas”.

A estas alturas agonizantes del milenio, es improbable imaginar una Venezuela más descaminada que esta que vivimos, heredera de Rousseau y sus delirios. A los nuevos protagonistas del “asalto a la razón”, Goethe trató de oponer una poética de la luz, una belleza luminosa, como la de esa mujer de negros cabellos que invocaba su espíritu agonizante.

2000

Alejandro Oliveros 

Comentarios (7)

Diego Arroyo Gil
26 de julio, 2011

Extraordinario.

Juan
27 de julio, 2011

“El 25 de febrero de 1787, a dos años de la Bastilla”. Se refiere a dos años ANTES de La Bastilla. 1791 sí sería a dos años de La Bastilla…

Rosanna Marozzi
27 de julio, 2011

Sencillamente hermoso!!!!

Alejandro Oliveros
28 de julio, 2011

De acuerdo Juan, danke!

Luis Aníbal 2
8 de agosto, 2011

¡Magistral! Sencillamente magistral… Muchas gracias

Cristina Sosa
26 de agosto, 2011

Excelente, nutritivo y hermoso relato de Goethe y sus vivencias Italianas!

alejandro oliveros
29 de agosto, 2011

Para abundar en las “vivencias” meridionales de Goethe nada mejor, Cristina, que la lectura de sus “Viajes italianos”.

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