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Reminiscencias de Lido, por Arturo Almandoz

Por Arturo Almandoz Marte | 25 de Julio, 2011

“La playa, espectáculo de una civilización que se extendía con holgura, sensual y ávida de goces a lo largo del líquido elemento, distraía y alegraba a Aschenbach, como siempre”.

Thomas Mann, La muerte en Venecia (1913), III.

 

1. Hay ciudades recorridas en los viajes cuyos recuerdos son epitomados en una anécdota o personaje, como en la mayoría de las crónicas que he venido escribiendo. Pero hay otras que, aunque visitadas asimismo, permanecen más asociadas al imaginario literario o cinematográfico, pictórico o musical que informa la mitología urbana, y que en estas ciudades prevalece sobre las vivencias del periplo. Al igual que con las obras de arte en los museos, procuro no dejarme llevar demasiado por este equipaje cultural y memorioso, cuando finalmente arribo a los espacios y las avenidas, a las plazas y los templos, tratando en cambio de percibirlos con relativa ingenuidad; pero es inevitable, siendo yo urbanista seducido por la historia y la literatura, que las preconcepciones se impongan con frecuencia a las vivencias, que en mi caso siempre están disminuidas por la desorientación crónica y esa suerte de dislexia espacial de la que padezco. En todo caso, la superposición de la imagen intelectiva a la realidad urbana me ha ocurrido en algunas ciudades conocidas, entre las que Venecia haya sido quizás la más idealizada.

Visité la Serenísima a comienzos del otoño del 92 y del 98, cuando cumplí peregrinaciones turísticas de rigor, ayudado por los programas académicos de congresos de historia urbana a los que en esas ocasiones asistí. Solo o con los colegas, paseé por la milenaria plaza de San Marcos, custodiada por los leones alados y por el campanario, otrora faro del estuario, que antecede a la basílica homónima. Si la traída del cuerpo del evangelista desde Alejandría, en el siglo IX, sustituyó el patronazgo griego de San Teodoro y significó la ruptura política y religiosa con el Imperio romano de Oriente, las cúpulas bulbosas y los arcos bizantinos de San Marco testimonian la histórica apertura hacia Constantinopla, cuyo exotismo y ostentación Venecia prefigura desde el Adriático. Después de que el comercio de la sal y las especias, del cuero y el vidrio se impusiera en las loggie del Rialto, la conquista que de aquella metrópoli hiciera en 1204 inició el apogeo mediterráneo de la república, conmemorado con los caballos de cobre que coronan la fachada oeste de la basílica.

Recorrí el palacio Ducal, labrado en esa filigrana gótica que trasunta la prolongada bonanza de la república burguesa; y como envuelto en la música de Vivaldi, atisbé en esas visitas la gloria barroca de Santa María della Salute. Acaso más que las volutas y los claroscuros de la basílica votiva, disfruté el clasicismo que lograra Palladio en San Giorgio Maggiore y el Sansovino en la Biblioteca Marciana, cuyos arquitrabes y coronamientos se integran plenamente con las obras del Veronés, de Tintoretto y Tiziano; me sobrecogió la ruptura que del Renacimiento hiciera éste en la Asunción en Santa Maria Gloriosa dei Frari, así como la del Tintoretto en la Scuola Grande de San Rocio. Y para ver cómo fabrican los floreros y ceniceros que, según recuerdo desde niño, adornaban el salón y la biblioteca de la casa de mi tías Almandoz Ramos en la Alta Florida, en modernista combinación con el mobiliario danés, visité los talleres de Murano en las afueras, herederos de la vidriería que practicaran los vénetos desde tempranos tiempos latinos.

2. Por sobre el esplendor de esa muestra – escasa en relación a los tesoros que son desplegados ante visitas más prolongadas y ojos mejor educados – la imagen predominante que de Venecia conservo es la de desvaídos tonos sepias y azulados de Lido. Sólo articuladas hasta entonces en la marca de cigarrillos que papá fumaba cuando no conseguía Fortuna, las dos sílabas encapsulan para mí, desde muy niño, el sugestivo nombre de la playa a la que me llevaran invitado los vecinos de nuestra quinta en San Bernardino. Si bien Venezuela – pequeña Venecia, por cierto, según nos enseñaban entonces en la escuela – comenzaba a tornarse dispendiosa y hasta saudita a finales de aquella década de 1960, eran para mi familia austeros tiempos en los que el ajustado sueldo de papá como funcionario ministerial sólo nos había permitido unos días de solaz en el hotel Miramar de Macuto, obsequiados por los abuelos maternos; rememoraban éstos allí sus veraneos gomecistas, con bañadores y usanzas que parecían sacados de El hombre de hierro de Blanco Fombona. De manera que las invitaciones que la señora Alicia y el señor Luis Abel me hicieran a playa Lido eran, después de Macuto, las únicas vivencias que tuviera yo del litoral venezolano, antes de que mis hermanos mayores me llevaran a Marina Grande, en los años setenta que vinieron con sus primeros carros y noviazgos.

Lido también evocaba preciosos pasajes de Sangre patricia, que leyera yo en segundo año de bachillerato, como ejemplar de aquel tema, ya probablemente borrado en los programas oficiales de hoy en día, dedicado a la prosa modernista. La “glauca superficie casi inmóvil del Adriático”, que Tulio Arcos, el protagonista de la novela de Díaz Rodríguez, contemplara desde la terraza de un café en Lido, escuchando el “sollozo de las cosas” por la novia muerta en la travesía transatlántica, me sedujo desde entonces como una de las escenas extáticas del modernismo venezolano. Después lo entendí mejor, cuando leí en la Suma de Venezuela de Picón Salas, palabras más palabras menos, que vivir en Europa, pasearse por las loggias de Florencia y Venecia, y amar heroínas que parecían sacadas de novelas de D’Annunzio, era el destino de “aquellos personajes pálidos y nerviosos de Díaz Rodríguez”. No sólo así había yo imaginado al Tulio de Sangre patricia desde mis años de bachillerato, sentado luctuoso en la playa de Lido, sino también había atisbado, antes de saberlo confirmado por don Mariano, que más que una corriente literaria, el modernismo retrató un conjunto de temperamentos.

3. La lectura de Muerte en Venecia, a comienzos de los años ochenta, enriqueció las resonancias de Lido. Me habían llevado a ella los cursos de Estética que tomaba en la maestría en Filosofía de la Universidad Simón Bolívar, dictados en las horas vespertinas, no en el campus de Sartenejas, sino en las torres de Parque Central, las más altas de aquella Caracas que salía borracha de la era disco y saudita para arrostrar el Viernes Negro. En clase se discutió la novela de Thomas Mann en tanto manifiesto de las eternas relaciones entre el arte y la vida planteadas por Platón en Fedro y El banquete, representadas en la obra por el escritor maduro que termina seducido por el efebo polaco, en medio de las góndolas del Gran Canal y los balnearios de Lido. Si bien entonces me absorbieron las frecuentes disquisiciones filosóficas con las que Mann interrumpe las decadentes escenas cargadas de simbolismo y alegorías, disfruté más la fluida narrativa que, años después, encontré en Buddenbrooks, a la que me llevó la lectura de Los Riberas de Briceño Iragorry.

El embrujo de Muerte en Venecia fue acentuado por la versión cinematográfica, dirigida por Luchino Visconti en 1971, la cual vi más de una década después en la Cinemateca de Plaza Morelos, pivote del distrito caraqueño que, una vez inaugurado el metro y con propiedad a la sazón, comenzaba a ser llamado Bellas Artes. Por aquellos mismos años de mis estudios filosóficos, entonces quedé pasmado con la interpretación que Dirk Bogarde hiciera de Gustav Aschenbach, vestido con sus trajes de lino claro y su panamá de cinta negra, embelesado con aquel Tadzio melenudo de blusas marineras y corbatas encarnadas. Al igual que el aburguesado refinamiento de filmes como Ludwig y El inocente, me fascinó la recreación prolija que Visconti hiciera de la mansa playa de Mann, “espectáculo de una civilización que se extendía con holgura, sensual y ávida de goces a lo largo del líquido elemento”; esa playa civilizada está poblada en la película de trajeadas damas con veladas pamelas, encabezadas por Silvana Mangano y escoltadas por esbeltos caballeros de largos bañadores que apenas asoman a través de los albornoces, como correspondía a la pudorosa Bella Época que novelista y director imaginaran en los alrededores del hotel Elxcelsior.

Y como clímax de aquel idilio platónico ambientado en el balneario de discretas cabinas y sillas de extensión, destaca la prolongada toma que capta a Von Aschenbach contemplando la belleza helena de Tadzio, envuelto en el trasfondo musical del Adaggietto, el cuarto movimiento de la quinta sinfonía de Mahler; se acepta que Mann se inspiró en éste para su personaje infausto, quien también había perdido una hija infante, pero por lo demás, no hay indicios de homosexualidad en el compositor vienés.

 

4. En esa Venecia donde escaseaban los turistas, ahuyentados por la llegada del cólera, con sus muertos y sus vahos; cuando en la playa del Excelsior pocos bañistas despuntaban ya entre las olas, robaban más que nunca la atención de Aschenbach las figuras de Tadzio y su pretendiente apolíneo retozando en la arena. Fatigado bajo el bochorno y viendo llegar la muerte, el primer plano del escritor, con el cabello teñido por el barbero veneciano y el maquillaje corrido por la sudoración aniquiladora de las veleidades de rejuvenecimiento, absorben al espectador como las últimas y más dramáticas imágenes venecianas en la película, imponiéndose a los elegantes decorados de aquel orden vetusto que sería carcomido por la Gran Guerra. Habiendo visto de nuevo el filme recientemente y releyendo la novela después, pensé que, mutatis mutandis, las sucesivas reminiscencias de Lido, desde la playa infantil al balneario fílmico y literario, han prevalecido sobre mis escasas vivencias de Venecia.

 

 

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (4)

Maria G de Nevett
27 de Julio, 2011

Me encantò lo que dice, sugiere y nos hace recordar. Lo volvere a leer

Arturo Almandoz
28 de Julio, 2011

Encantado también, María, de que le haya resultado sugerente y evocador; gracias.

Alexandre Daniel Buvat
28 de Julio, 2011

Venecia ha generado tanto de poesía, cantos a la luz, romanticismo (incluso de ese que hoy dia se canta en boleros y baladas o se desarrolla en filmes de Hollywood), que podriamos decir que no hay país desde Rusia hasta todo occidente que no tenga mas de un personaje que escribiera evocara o inventara situaciones en Venecia y sus playas, su antiguo poderío, su mezcla de cuturas e historia….Al punto que hoy, a quienes la evocan por lo que fue o por las emociones que genera todo lo de su pasado, se nos derrite el maqquillaje del dizfraz de personaje trasladado al ayer de ese sitio y sus implicaciones con que nos sentamos a evocar hasta despertarnos ante un mar maloliente y una luz especial que hace tambien ver lo real y doloroso del presente. …Eso, sinceramente, generó hoy su artículo que como ya es uisual está excelentemente escrito

Arturo Almandoz
29 de Julio, 2011

Gracias, Alexandre, por las sugerentes imágenes venecianas y la consecuente lectura; un placer interactuar.

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