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Roberto Echeto: “No hay nada más corrosivo que la seriedad inútil”, por Fedosy Santaella

Fedosy Santaella entrevista a Roberto Echeto a propósito de su más reciente libro de cuentos "La máquina clásica" (Alfaguara, 2011)

Por Fedosy Santaella | 15 de Julio, 2011
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La máquina clásica es una colección de cuentos muy variada. Pero la superficie engaña, por debajo se percibe la unidad. Quisiera que hablemos de los distintos aspectos de esa unidad, y lo que significan para ti. Así que aquí vamos…

El humor, el humor está muy presente no sólo en La máquina clásica, sino también en tus otros libros de cuentos y en tu novela. Para Roberto Echeto, ¿el humor es una herramienta de ataque, una manera de sobrevivir?

Hasta hace poco veía al humor como un instrumento de defensa y de ataque, pero un día me di cuenta de que el mal que gobierna al mundo no sólo es inmune al humor, sino que es capaz de reírse y de lanzar epigramas ingeniosos mientras se dedica a rebanarte la existencia sin contemplaciones. Ahora veo al humor como una parte del estilo de mis historias y no como un carcaj lleno de saetas.

Hobbes aseguraba que la risa se produce en la superioridad. Quien se ríe es superior a quien tropieza. ¿Qué dices al respecto?

Eso creen los leviatancitos que abundan por doquier. Yo trato de cultivar la risa del que se cae, la de quien reconoce su propia finitud y su propia vulnerabilidad porque vinimos a este mundo a hacer el ridículo. Así que no nos tomemos tan en serio a nosotros mismos y riámonos de nuestras propias necedades. No hay nada más corrosivo que la seriedad inútil.

Otro aspecto fundamental es la violencia. ¿Crees que tu lenguaje, que tu escritura ha logrado domeñarla, estetizarla, por decirlo de alguna manera? En realidad la pregunta es, ¿puede llegar a ser bella la violencia a través del lenguaje?

Lo que diferencia la violencia literaria de la violencia real es que en la primera hay que trabajar la precisión, la limpieza, la claridad y, a veces, el artificio de una coreografía. Si no logras ese efecto coreográfico, corres el peligro de reproducir el tono de una crónica de sucesos de las que tanto abundan en nuestros periódicos, y creo que esa no es la idea… O al menos no es la mía.

Alguien se preguntaría, y es válido que lo piense: ¿necesita el mundo de la violencia en la literatura? ¿Qué tiene que decir Roberto Echeto en relación a eso?

En primer lugar que la violencia no es nueva en la literatura. Recordemos la matanza de los pretendientes en la Odisea y a Aquiles arrastrando el cadáver de Héctor en la Ilíada. Podemos invocar infinitos ejemplos de Homero a David Chase y de Sófocles a Quentin Tarantino, pasando por Shakespeare y Patricia Highsmith. En segundo lugar, debo decir que me interesa el mundo de la novela negra, ese que desarrolla el conflicto entre unos personajes desaforados que se encuentran fuera de todo límite y otros que tratan de no dejarse tragar por el mal. A pesar de la violencia que trae consigo, la literatura negra se caracteriza por la presentación de un mundo moral del que surgen personajes capaces de imponer el orden a como dé lugar y de trazar líneas que fijan límites de comportamiento, bordes cuya transgresión supone conflictos de incalificables proporciones. Esa arista del género me parece una de las más importantes porque reta una parte de nosotros mismos que suele permanecer dominada por una suerte de pudor o de ceguera selectiva que hace que soslayemos el tema de la violencia y no pensemos siquiera en él hasta que, en algún malhadado momento, la realidad se impone y terminamos siendo víctimas del mal. Yo considero que el arte es un laboratorio en el que se cuecen las intuiciones y las preguntas que algún día se convertirán en objetos, en discursos, en teorías, en soluciones prácticas… Así que veo a la literatura negra como una oportunidad para definir nuestra relación con la violencia y de pensar si es posible que una sociedad, en una época determinada, pueda librarse de la corrupción y del caos con soluciones fotogénicas o hablando y hablando, como si un mar de palabras pudiera detener el horror real.

Otro punto a tratar sería el pulp. Esa colección de cuentos, este libro que has producido, acumula, tal como dijimos al principio, una cantidad muy variada de relatos. Acá encontramos desde la aventura de buques de guerra, pasando por un héroe sin brazo y por una discoteca suprematista, hasta unos tigres extraterrestres. ¿Cuál es la importancia de las revistas pulp, o si prefieres de la cultura pop en tu literatura?

En La máquina clásica trabajé con la estructura de las primeras pulp magazines, ésas que comenzaron a publicarse en los años veinte del siglo pasado y que traían cinco historias distintas en cada número: una de gángsters, una de erotismo, una de ciencia ficción, una de aventuras y una última de terror. A pesar de que cada temática encontró su cauce en el mundo de las revistas baratas, en el cine, en la televisión y en la gran literatura, a mí me interesa la época en que comprabas Saucy Stories o Black Mask y te encontrabas con semejante diversidad. Ahí se daba un contrapunto en el que se entreveían los deseos, los errores, los logros, los miedos y los peligros de la sociedad de aquel entonces. Mi intención con La máquina clásica fue crear un contrapunto similar que reflejara el caos que vivimos en esta época oscura y que le devolviera, convertido en arte, a la realidad eso que la realidad nos prodiga sin suavizantes todos los días: infinidad de situaciones extrañas y absurdas, ristras de barbaridades protagonizadas por pistolas y ametralladoras, humor, dolor, amor, fe, desorden…

Esta pregunta, aunque no lo parezca, no se aparta de lo anterior; la pregunta es: ¿Qué hay en la cabeza de Roberto Echeto?

Una sala de cine mental cuyo proyector no se apaga nunca.

En Zen en el arte de escribir, Ray Bradbury habla de la garra y la musa a la hora de crear, y dice que tanto la garra como la musa abarcan el amor y el odio. ¿Cuánto odio y cuánto amor cabe en tu escritura? ¿O prefieres hablar de indignación y no de odio?

Cabe todo el espectro; todas las gradaciones posibles entre el amor y el odio. Ese es uno de los grandes retos de la escritura: tratar de crear tu propio sfumato literario para reproducir las emociones humanas y no crear personajes de cartón.

Tenemos a Ultraman en uno de tus cuentos, al Capitán Gangrena haciendo de las suyas en otro. El primero es un héroe reconocido, el segundo es un personaje creado por ti, y que también podríamos considerar un héroe. ¿Cuál sería tu definición de héroe?

Los héroes verdaderos pelean contra sí mismos mientras luchan contra las adversidades. Observa tu catálogo de héroes (reales y ficticios) y verás que ninguno que valga la pena se aleja de ese modelo. Yo detesto la literatura (y la vida) llena de pusilánimes, de gente incapaz de desear con todas sus fuerzas algo que transforme su existencia en algo mejor o, al menos, en algo más divertido.

«Medea en la cayos» es un cuento fascinante que nos presenta a una mujer embarazada bajo el agua. En el cuento ella reflexiona sobre la importancia de su embarazo, sobre la importancia de tener un hijo. ¿Cómo ha cambiado, no la maternidad claro está, pero sí la paternidad a Roberto Echeto?

Cuando tienes hijos, te das cuenta de lo idiota que eras antes de tenerlos. No es que después de tenerlos dejes de ser un idiota. No. Después de tenerlos sabes que eres un idiota y que no te queda más remedio que reírte de ti mismo. En ese sentido, acepto que antes que escritor, lector, ciudadano o lo que ustedes quieran, soy un padre de familia que vive aterrado ante las mil quinientas abominaciones que ocurren todos los días a su alrededor y que como respuesta ante el caos, no puedo ofrecer otra cosa que literatura.

Explícanos un poco cómo nacieron las listas de títulos y cómo fue su proceso de redacción.

El origen de las listas de títulos está en el propio libro, así que no ahondaré mucho en la respuesta. Sólo puedo decir que parte de mi trabajo consiste en observar a la personas, ver qué hacen, oír qué dicen y cómo lo dicen… En ese particular sigo trabajando como un dibujante que toma apuntes. Las listas de títulos representan una parte del resultado de esas observaciones.

Recordemos que Rubi Guerra afirmó en el prólogo de una antología contemporánea del cuento venezolano que tu cuento «El cohete» es para él «uno de los mejores textos de ciencia ficción escritos en el país». ¿Te consideras un escritor de ciencia ficción?

No exactamente. Más bien me considero un lector de ciencia ficción. Me agradan las historias de Stanislaw Lem, Ray Bradbury, Douglas Adams, Edwin A. Abbott y Phillip K. Dick. Sin embargo, los dos autores que me han animado a escribir relatos de este tipo son Luciano de Samosata y Adolfo Bioy Casares. Con el primero comprendí que no existen límites, que los viajes espaciales no requieren de cohetes ni de trajes presurizados ni de toda la parafernalia de las explicaciones científicas porque la imaginación llega antes que cualquier aparato a lugares donde ningún hombre ha llegado jamás. Con el segundo autor me di cuenta de que en este continente signado por la falta de inversión en la ciencia y la tecnología y por la repetición hasta el cansancio de infinitas fórmulas costumbristas, se puede escribir un tipo de ciencia ficción muy particular. Así, con estas modestas coordenadas, me he dedicado a escribir algunas historias de las que aparecen tres en La máquina clásica.

Casi para terminar: ¿Dónde está el asombro de la realidad que te lleva a producir literatura?

No lo sé. La realidad nos produce un tipo de asombro muy pobre en belleza y muy rico en angustia y estulticia. Quizás escriba para equilibrar esa ecuación.

Y bueno, para que sean 13 preguntas: En el mundo real ¿cómo reconoce Roberto Echeto a un carajo malo, a un carajo que trabaja para el mal?

De eso trata justamente la literatura negra: de cómo el mal se disfraza de bien y gobierna al mundo feliz de la vida mientras nadie con un mínimo de decencia se le oponga o le haga el camino más difícil. Aunque sólo se pueden obtener victorias parciales sobre el mal, no hay que cejar en la pelea por la decencia y por todo lo que crea orden en la vida.

Respondiendo concretamente a tu pregunta, debo decir que no sé cómo reconozco a los carajos malos, pero de que los reconozco los reconozco, aunque ellos mismos no se hayan dado cuenta de que trabajan para las fuerzas del mal o se hagan los bolsas.

Fedosy Santaella 

Comentarios (2)

Valmore Muñoz arteaga
16 de Julio, 2011

Roberto y Fedosy, estimadísimos, sabemos que la paternidad construída desde una sensibilidad muy particular puede parecerse, más de lo pensado, en la maternidad. Ambas, maternidad y paternidad, son sólo palabras cuyo significado varía tanto como variamos nosotros. En tal sentido, lo que para mi las define es cómo se alimentan ambas, que son una sola, desde lo cotidiano. ¿Por qué hago este comentario poco literario? Tan sólo lean el cuento que abre el libro. Un cuento poderoso y conmovedor. Un cuento en cuyas líneas me vi y los vi, los vi a ambos. Salud, maestros, y mucho éxito a La Máquina Clásica.

Liliana Amundaraín
24 de Julio, 2011

Felicitaciones por tu nuevo libro Roberto, saludos.

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