;

Actualidad

Historias del Metro: Hermano, por Jorge Gómez Jiménez

Jorge Gómez Jiménez nos presenta tres textos cortos con sus Historias del metro

Por Jorge Gómez Jiménez | 18 de Junio, 2011
7

Hermano

El hombre es moreno y encorvado. Entra al vagón con pasos cortos y ondulantes, balanceando la cabeza como si estuviera a punto de deslizársele desde el cuello hacia el pecho. Usa una camisa de mangas largas que alguna vez quizás fue elegante. Varias grietas amarillas atraviesan los lomos de sus zapatos de cuero, que deben haber recorrido el triple de los kilómetros para los que fueron diseñados.

Una vez que se cierran las puertas del vagón, él se convierte en otra persona. Se empina tanto como puede, se aclara la garganta, abre bien los ojos y empieza a hablar mientras atraviesa el vagón, sin que el cerrado rebaño de pasajeros lo detenga en su propósito.

Predica la palabra con una alegría esencial, pese a que los pasajeros lo esquivan, seguros de que intentará sacarles dinero. Llama “hermanos” incluso a los que se apartan con una expresión de adusto rechazo. Su discurso es sencillo, una mezcla de fatalismo antihumanista y esperanza teocrática: sólo “serán salvos” aquellos que tramiten el perdón mediante el protocolo del arrepentimiento. Se cree un gran actor; te mira con ganas de cautivarte, de que te provoque seguirlo.

Se baja finalmente en el nivel inferior de Plaza Venezuela. No pidió dinero. Puedo verlo más adelante en la afanosa escalera de concreto, ascendiendo no al cielo sino al nivel superior de la estación. Ha vuelto a su balanceo. Me pregunto a dónde irá un hombre como este, quién es tras bastidores.

Ya en el pasillo se le acerca otro hombre, más robusto, con el mismo vaivén al caminar. Antes de llegar al andén se detienen, y el segundo, el robusto, grita a un tercero: “¡Hermano!”. El aludido se voltea, los saluda, se les une. Por supuesto, también se balancea al caminar. Estoy muy lejos para escuchar su conversación, apenas los oigo repetirse la palabra “hermano” al saludarse.

Me sitúo en una fila más o menos amable a esperar el siguiente tren. La curiosidad me hace buscarlos con la mirada y los veo en dirección a la escalera mecánica. Van hablando y mueven las manos como quien describe la belleza del nuevo mundo, como quien sabe que mañana todo volverá al polvo; todo, excepto ellos, claro.

***

En la luna

El funcionario habla en cámara en forma pausada, desde sus anteojos limpísimos y su camisa inmaculada que sirven de marco a un rostro perfectamente afeitado, y hasta en la modulación de su voz se adivina una salud de clínicas y alimentación balanceada.

¿Qué problemas le atañen? Uno podría especular que al funcionario le preocupa la caducidad acelerada de su teléfono inteligente de diez palos. Ajeno, gracias al aire acondicionado de su oficina, a esa fea costumbre de sudar, leerá un artículo titulado: “¿iPhone o Blackberry?”. Se arrellanará entonces en su sillón y pasará dilatados minutos repitiendo ese estribillo: “¿iPhone o Blackberry, iPhone o Blackberry?”.

El funcionario explica: estas barras verdes representan el costo del transporte subterráneo en Berlín, Pekín, Dublín, y hace una pausa (se ríe para sus adentros por la rima, ín, ín, ín) para proclamar triunfante que, aún con las nuevas tarifas, el Metro de Caracas es el más económico del mundo. Uno entonces mira hacia el Ávila invencible y se felicita de que por sólo unas monedas puede recorrer este valle de la felicidad, y casi es un alivio carecer de los recursos para conocer esas costosísimas ciudades.

El funcionario agrega, sosteniendo en la mano los números, los pelos del borrico, como quien sostiene esa esquiva presea que es la verdad, que el servicio roza la utopía del cien por ciento de excelencia, y uno, que todos los días sufre las escaleras averiadas, el sopor de los trenes sin aire, la pena de cambiar de torniquete pues el que uno escogió se niega a recibir el boleto, se convence de que uno es un irresponsable, un maula incapaz de apreciar la belleza.

El funcionario concluye aportando un dato glorioso: si hay deterioro es porque cada uno de los trenes que conforman la red ha hecho el equivalente a cuatro viajes a la luna, y entonces ocurre la epifanía y uno lo comprende todo, comprende que para el funcionario el Metro no es otra cosa que una nave espacial, un cañón verniano que le da derecho a iPhones y clínicas y tranquilidades, que le da derecho a observar la realidad simple de sus congéneres desde esa atalaya máxima que es la luna.

***

El sonido del silencio

Cuando se usa el Metro a diario el sentido del oído sufre una mutación. Más temprano que tarde se habitúa al deslizamiento de las escaleras mecánicas, a las monedas del vuelto que caen como trastos en la bandeja de la taquilla, al pitido incesante de los torniquetes permitiendo el paso de los boletos, al avance férreo de los vagones sobre las vías.

Y la gente. Los ríos de personas que dejan las suelas en los pasillos y se amorochan cual sardinas en los vagones tienen también sus sonidos característicos. Se trata de un trémolo de voces, carraspeos, risas, quejas, que forma una pátina acústica para la cual los venezolanos, con nuestra habilidad natural para construir onomatopeyas, hemos acuñado una palabra: bululú. Lo que pasa por nuestros oídos cuando estamos en el Metro no es otra cosa que el sonido de un bululú.

Así como dejamos de percibir un olor después de un tiempo, el oído suele habituarse a los sonidos constantes. Si en una noche fresca uno prueba a apagar el aire acondicionado, descubre que ese aparato ha estado ocupando el lugar ancestral del arrullo materno.

Pero cuando el oído al fin se sobrepone al ruido del Metro, convenciéndose de que ese bululú es una nueva forma del silencio, irrumpe el pasajero que, en la creencia de estar haciéndole un favor al resto de sus congéneres, enciende el mp3 incorporado en su celular y se queda absorto viendo la pantalla como si en el chiquichinchín de la musiquita fueran a revelarse las verdades del orbe.

Al margen de que los gustos musicales de estos nuevos tecnócratas no suelen superar el ralo umbral de calidad que proporcionan los niveles más rastreros del vallenato o el hip hop, el chicharreo de estos aparatos hace que la experiencia de viajar en el Metro suba un escalón más en la jerarquía de lo insoportable.

Entonces a uno sólo le queda la esperanza: la esperanza de que las estaciones pasen rápido, la esperanza de que Corpoelec no nos obsequie con uno de sus acostumbrados y muy excusados apagones nacionales, la esperanza de que algún día la gente descubra que los audífonos son adminículos realmente económicos.

*******

Foto portada: www.comunicas.org

Jorge Gómez Jiménez 

Comentarios (7)

BetzaLuzardo
19 de Junio, 2011

¡Excelente! Hace poco estuve en Caracas y me identifico tanto con estos relatos. ¿Cómo hago para colaborar con ustedes? Besos.

hecmary
19 de Junio, 2011

mi palabra del día: bululú. gracias por la oportunidad de leerle :) pd. no soy asidua del metro de ccs. pues no vivo en la capital sino en Barquisimeto, pero tuve oportunidad de usar varias veces el de Mexico,aquel está además aliñado con los vendedores de cds con reproductor portatil que mientras uno baja, sube el otro y así sucesivamente, y esa sensación rara de mirar a la gente desconocida y observar en sus ojos que cada cabeza es un mundo lleno de preocupaciones, y la nuestra propia porque ese vagón en el que nos encontramos no vaya a ser en ese momento un sitio inseguro presa del hampa..

Antonio Alviárez
20 de Junio, 2011

Muy buenas… Como me gustaría poder colaborar de ésta misma manera con vosotros desde España. Un abrazo

Gustavo Ramírez
20 de Junio, 2011

De los tres relatos me quedo con “El sonido del silencio”. Estupendo. Además, JGJ usa una de los dos venezolanismos que junto a “zaparapanda” me resultan de lo más gráficos y elocuentes. Extrapolo el tenor del escrito a una playa nuestra cualquiera, abierta, donde, irrespetando ordenanzas expresas, y ante la ausencia y/o indiferencia de las autoridades comisionadas y pagadas para hacerlas cumplir, los asiduos “rustiqueros” o “cuatro-por-cuatreros” nos obsequian, a máximo decibel (Full blast para decirlo en “criollo”) con sus “suaves melodías” preferidas. ¡Qué plaga, hermano! Pago en dólares a quien me informe si está inventado algún adminículo electrónico -y dónde podría conseguirlo- que, con sólo pisar un botón, neutralice cuanto subwoofer esté sonando en 50 metros a la redonda, tal como hacen algunas instituciones (Teatros, iglesias) para bloquear la señal de celulares durante sesiones. PS: Jorge, ¿tu no serás hijo de “Gomecito” y de M. J. de G, por casualidad?

ani mendez
22 de Junio, 2011

Como me encanta leer a los venezolanos de escritura suave y corta. maravillosas historias para sentirse identificado.

María Adelaida
22 de Junio, 2011

Fabuloso artículo. En toda la vida del Metro de Caracas, lo he usado menos de 10 veces. Pero para cada una de esas visitas tengo una anécdota que contar. La última fue la semana pasada que tuve que ir al Centro de Caracss, estoy recién operada de la vista y me aterrorizaba la posibilidad que me golpearan. Después de dejar pasar el tren en dos oportunidades, me atreví a la tercera. El vagón estaba full, y me agarré del primer tubo que encontré e inmediatamente alrededor mío se formó una jaula de brazos. Mi hija lo describió “parecías un hamster en su jaulita”. De regreso, estaba más atrevida y ya la jaula de brazos no me incomodaba pero hubo una falla eléctrica y tuve que salir antes de mi destino. Al tratar de salir una ola de gente entró y me devolvió al vagón con golpes incluídos. Afortunadamente pude salir ya que el tren estaba detenido por la falla eléctrica.

miriam harrar
6 de Septiembre, 2012

Deliciosas crónicas de lo cotidiano estos textos cortos del metro.Relatadas con animado estilo y profundidad de contenido. Felicitaciones al autor.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.