Artes

Walter Benjamin: Ética y estética de los Paisajes, por Alejandro Oliveros

"Uno de los proyectos intelectuales más fascinantes del siglo veinte es el que ocupa el tomo cinco de las Obras Completas de Walter Benjamin en alemán."

Por Alejandro Oliveros | 13 de Junio, 2011

Uno de los proyectos intelectuales más fascinantes del siglo veinte es el que ocupa el tomo cinco de las Obras Completas de Walter Benjamin  en alemán. Incluso el más distraído de sus lectores ha oído hablar de la empresa. En los estudios introductorios a las diversas ediciones de sus obras en castellano, se habla reiteradamente de esa obra maestra “desconocida”. Se hace referencia a ella como una lectura imprescindible y se le conoce con el nombre de Passagen-Werk, que en alguna de estas introducciones se tradujo como La obra de los pasajes (como el pasaje Zinng). A finales de 1999, la Universidad de Harvard dio a conocer una versión al inglés  del famoso volumen con el título de The Arcades Project, que incluye, en sus mil setenta páginas, el texto íntegro que aparece en las Gasammelte Werke. En las notas que siguen nos referiremos a él como Proyecto de los pasajes, al fin y al cabo de eso se trata. De un proyecto, un boceto gigantesco, pero un proyecto, después de todo. La “obra” nunca se escribió. Algo así como si de la Capilla Sixtina sólo tuviéramos los bosquejos y diseños de Miguel Angel.

Las primeras anotaciones para el Proyecto de los pasajes fueron escritas por Benjamin en 1927, animado por la lectura de Le paysan de París, el visionario texto de Louis Aragon.  El poeta surrealista había hecho de las galerías y pasajes parisinos la topografía de su narración, de la misma manera que Pierre Mac Orlean había hecho de Montmartre la escenografía de su Muelle de las brumas. De regreso de Moscú ese año, Benjamin era el protagonista de una existencia improbable. Dueño de un espacio vacío, una encrucijada desolada donde se encontraban caminos que iban de Berlín a Nápoles y de París a Moscú1. Difícilmente puntos más opuestos. Se habría requerido de la serenidad, resistencia y equilibrio de alguien como Goethe para mantenerse en el centro. Y, como sabemos, Benjamin nunca se distinguió por ser dueño de semejantes condiciones.

La desubicación geográfica de Benjamin es apenas una metáfora de sus inseguridades ideológicas. En una actitud que lo distingue entre los intelectuales de su tiempo, tuvo la rara habilidad de provocar la desconfianza simultánea de la ortodoxia del marxismo soviético, así como de los menos reaccionarios pero igualmente intransigentes filósofos de Francfort, sin dejar, ni por un momento, de ser un entusiasta marxista. Tal vez haya sido Brecht, tan ambivalente, el único con el que sintiera una verdadera afinidad. Al menos tan inconstantes fueron las opiniones  de Benjamin sobre el sionismo, para desesperación de Scholem, y el surrealismo, para tranquilidad de Adorno.

A finales de este mismo año 1927, tuvo lugar uno de los episodios más infelices, y acaso menos difundidos, de la desencontrada existencia del autor de las Iluminaciones. Los meses de noviembre y diciembre los ocupó Benjamin propiciando un acercamiento al grupo de estudiosos reunidos alrededor de la figura de Aby Warburg. La elección parecía la más obvia. Para formar parte del reducido cenáculo de Warburg sólo se exigía erudición y fidelidad a los postulados del fundador. Esto es, como diría Baudelaire, “glorificar el culto de las imágenes”. Por razones que desconozco, Erwin Panofsky, uno de los asociados, rechazó las propuestas de Benjamin. El desencuentro no puede ser más lamentable e incomprensible. El último trabajo de Aby Warburg, su Mnemosyne, la suma y síntesis de sus investigaciones, era, por lo menos, tan luminoso e improbable como el Proyecto de los pasajes. Se proponía no otra cosa Warburg que “escribir” un libro sin texto, sin palabras. La expresión se la dejaría a las imágenes, como en un álbum o un atlas. No demasiado diferente era lo que se proponía Benjamin. En su realización definitiva, el Proyecto de los pasajes, de acuerdo con Adorno, obviaría los comentarios del autor. Sólo serían incluidas las citas de otros escritores iluminadas por un determinado número  de imágenes. No sabemos, como dije, en qué se basó Panofsky para su rechazo. Sólo nos queda imaginar los resultados de la colaboración entre el fundador de la iconología, Aby Warburg, y el profeta de la escritura futura, Walter Benjamin.

Para 1927, cuando comienza su trabajo en el Proyecto de los pasajes, Benjamin, estaba lejos de ser un desconocido. Ya había publicado algunos de sus escritos más permanentes,  entre ellos el ensayo sobre el “Teatro barroco alemán”,  sus estudios sobre Hölderlin, las Afinidades electivas y el “Concepto de crítica en el romanticismo alemán”, lo más cercano a un libro que llegó a escribir, las piezas recogidas en Angelus Novus y las escritas durante su residencia moscovita; las aproximaciones a Julien Green y al surrealismo; un diario de París; las  “iluminaciones” sobre Kafka y Brecht. Así como numerosas incursiones en temas tan recónditos como la masculinidad de Hitler; el haschisch en Marsella; el pañuelo; el terremoto de Lisboa, Mickey Mouse y la poesía de Erich Kästner o los pesebres napolitanos. La dispersión fue el signo de la empresa de Benjamin. Escribió para periódicos y revistas, para la radio (ochenta y cuatro guiones infantiles). Compuso prefacios y epílogos, artículos para enciclopedias. Se ocupó de  las casas de muñecas, el cine y la fotografía. Y de algunos temas sociales casi inimaginables, como la erótica de los sombreros en el imperio de Luis Bonaparte.

Pero no eran estos todos los proyectos que ocupaban el talento y la imaginación de Benjamin. Otros, no menos heroicos, incluían la creación de un grupo, encabezado por él y Brecht, cuyo objetivo fundamental no sería otro que “destruir a Heidegger”. La peregrina idea se le ocurrió después de uno de sus “apasionados encuentros” con Bertolt Brecht. De todo lo que escribió hasta 1927, tal vez sea Dirección única (Einbahnstrasse) el trabajo que mejor prefigura la estrategia del Proyecto de los pasajes. Dirección única es un montaje de fragmentos que se propone reproducir la experiencia del “flaneur”. Ese “paseante solitario” que encuentra el motivo de sus ensoñaciones, no en el contacto y diálogo con la naturaleza, como en Rousseau, sino en el intercambio con la movediza y efímera iconografía urbana. En una de estas muestras de escritura epigramática, se refiere al empleo de las citas, el fundamento del Proyecto: “En mi trabajo, las citas son como salteadores de caminos que irrumpen armados, y despojan de su convicción al ocioso paseante”.

En sus orígenes, el Proyecto no era más que un artículo de prensa sobre los pasajes parisinos. En opinión de Benjamin, era esta la expresión más importante de la arquitectura del siglo diecinueve. Semejante consideración ya resulta inquietante. La idea del artículo se transformó rápidamente en un ensayo: “Los pasajes de París, una tierra de hadas dialéctica”. Pocos años después, el ensayo cedió ante la posibilidad de un libro: París, capital del siglo XIX, que terminaría incorporado al gigantesco diseño del Proyecto. Para 1934, la obra había adoptado dimensiones épicas como reconoce el traductor al inglés. Benjamin, con amargura, reconocía que se había convertido en “el teatro de  todos mis esfuerzos y todas mis ideas” 2. A comienzos de 1940, el cerco sobre Benjamin se estrecha. Había llegado a París tardíamente huyendo de los nazis. Pero, como a Edipo,  la fatalidad se empeñó con el menudo paso de sus huellas. Antes de caminar al encuentro con su propia muerte en un pueblo absurdo de la frontera española, deja en manos de un funcionario de la Bibliothèque Nationale, en París, las carpetas con las anotaciones recogidas durante trece años. El nombre del funcionario: Georges Bataille, quien lo conservaría para entregarlo a los editores alemanes.

El Proyecto de los pasajes es un esfuerzo epistemológico para profundizar en la sociología del siglo diecinueve a partir de las transformaciones urbanas de la capital francesa. Una empresa necesaria si queremos conocer lo que ocurre en el presente. París siglo diecinueve es una prefiguración de la deshumanización del mundo moderno. Benjamin no se propuso un análisis convencional. Su metodología podría parecer poco científica. Se trataba de interpretar las imágenes de la ciudad moderna como quien analiza los sueños. La gravitación de los surrealistas y de Freud es evidente.

La edición de los fragmentos en su totalidad apenas se conoció en 1982, una labor que exigió la paciencia que atribuimos a los santos. Treinta y seis son las secciones que reúnen las citas y comentarios de Benjamin. Cada sección refiere a un subtema de la investigación. Por ejemplo: “Pasajes”; “Moda”; “El viejo París, catacumbas, demolición, decadencia de París”; “Tedio, eterno retorno”; “Hausmanización, barricadas, lucha”. Y así,  hasta ocuparse de todos los aspectos de la vida en la gran ciudad ese paisaje reiterado de la modernidad. Citas y comentarios son dispuestos como un enorme collage, con una lógica nada aparente pero no por ello menos reveladora.  Lo ajeno y lo original se confunden como en un juego de espejos: citas textuales que complementan a Benjamin y comentarios de Benjamin que complementan las citas.  En no pocas ocasiones, el autor va desapareciendo ante la aparición abrumadora de fragmentos prestados. En el segmento marcado con la letra O, dedicado a la prostitución y el juego, se agrupan ciento doce entradas, de las cuales ochenta son citas y sólo treinta y dos apuntes de Benjamin.

El Proyecto de los pasajes es una empresa intelectual que habría impresionado a hombres como Gibbon y Goethe. Es un dilatado  paisaje de ruinas que pareciera concebido desde el principio para eso: para que nunca fuera otra cosa que ruinas. Cierto que se trata  de las más luminosas, pero no por eso menos ruinas. En una  de sus famosas opiniones con las que  desconcierta más que acierta, el profesor Georges Steiner ha comparado del Proyecto de los pasajes con los Noteboooks de Coleridge3. No parece del todo aproximado. Aún en su carácter inconcluso, el Proyecto tenía claro sus objetivos. Se trataba de demostrar algo: el mundo de sueños en venta de los pasajes de París, Berlín o Nápoles, era una apariencia, una alegoría, del infierno de la gran ciudad capitalista. Coleridge nunca se propuso nada con sus Notebooks. O si se propuso algo fue alimentar en cada página el sueño de ser tan grande como Shakespeare o Milton. Tal vez el caos infinito de las anotaciones de Leonardo sea una relación más apropiada. En especial, porque Benjamin, como Leonardo en sus cuadernos, se proponía enriquecer su texto con la incorporación de imágenes visuales (fotografías, anuncios). Algo para lo cual la participación de Aby Warburg habría sido la más adecuada que cabe imaginar, si el malentendido y la fatalidad no se hubiesen dispuesto, con terquedad, en contra de uno de los proyectos intelectuales más impresionantes del siglo XX, y de su autor, el imprescindible Walter Benjamin.

(2001)

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1)     Walter Benjamin: The Arcades Project y Selected Writings. Vol I y II. Harvard University Press.

2)     Susan Book-Moors: The Dialectics of Seeing. Walter Benjamin and the Arcades Project. The MIT Press.

3)     Georges Steiner: “Work in Progress”, en The Times Literary Supplement. 3.12.99.

 

 

 

Alejandro Oliveros 

Comentarios (2)

Samuel F. Sotillo
13 de Junio, 2011

Muy buen comentario. Hay que aclarar sin embargo que el desencuentro con Panofsky, cuyo trabajo sobre Durero había servido de punto de partida para el trabajo que Benjamin escribiera sobre el drama barroco alemán, se dio sobre este último y no sobre el libro de los pasajes o arcadas parisinas. Según sabemos de la correspondencia de Benjamin con su amigo Hofmannsthal, Panofsky no apreció la interpretación que Benjamin hiciera de sus ideas sobre la alegoría barroca, actitud que posiblemente explique la apática recepción que el grupo de Warburg le dispensara desde Londres al desafortunado autor de los Pasajes. En lo personal creo, sin embargo, que Steiner le dio demasiada importancia a este suceso fortuito, ya que la distancia entre el trabajo de Panofsky y Benjamin era ya para la época abismal. Como nota al margen, además del excelente trabajo de Buck-Morss (habría que corregir el apellido en la cita), agregaría el excelente de Pierre Missac. De nuevo, excelente comentario.

Alejandro Oliveros
16 de Junio, 2011

Gracias, Samuel, por la precisión, sólo espero que, en verdad se haya tratado de algo fortuito

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