Artes

Paul Celan en sus cartas, por Alejandro Oliveros

"Mientras cumplía con la fatalidad de vivir en dos países y dos lenguas, la sombra de la locura iba extendiendo sus pesadas alas sobre el poeta de Fuga de muerte."

Por Alejandro Oliveros | 25 de Mayo, 2011

A Luis Alberto Crespo

A mediados de 1928, el novelista austriaco Joseph Roth se establecía en París, un miembro más de la amplia comunidad de refugiados judíos que habían creído haber dejado la noche atrás cuando se radicaron en las orillas izquierdas del Sena. En su Fuga sin fin, Roth narra la historia de un hombre sin raíz, alelado ante la pérdida del mundo. Un sonámbulo desplazándose de un país a otro como una sombra, una pieza perfectamente prescindi­ble de un mobiliario siniestro. El héroe de Fuga sin fin, Franz Tunda, sirvió en el ejercito imperial durante la Primera Guerra, fue hecho prisionero, logró escapar y se encontró un buen día en Siberia, al servicio del Ejercito Rojo, un extraño en la etapa infinita: “Franz Tunda era un joven sin nombre, sin crédito, sin rango, sin título, sin dinero y sin profesión. No tenía ni patria ni derechos.”

Recuerdo esta imagen después de la lectura dolorosa de la Correspondance* entre Paul Celan y su esposa Giséle Celan-Lestran­ge. Celan (su apellido paterno era Antschel) nació en 1920 en Czernowitz, capital de la Bucovina, en ese momento recién incor­porada a Rumania, en el seno de la comunidad judía de habla alemana. Después del desastre de la Segunda Guerra, Celan se encontró sin casa, sin padres (fueron muertos en los campos de exterminio), sin patria (Czernowitz fue adjudicada a Ucrania) y con la única posesión de una lengua extranjera. El alemán. Su “parlar materno”, pero también la lengua de los verdugos. En 1955, desde Duseldorf, a su esposa: “Si de algo me he dado cuenta durante mi estadía es que la lengua de mis poemas no depende para nada de la que se habla aquí, mi preocupación en este sentido no se justifica. Si todavía quedan fuentes de donde puedan brotar nuevos poemas, es en mí mismo donde debo encontrarlos, en ningún caso en las conversaciones que pueda sostener en alemán, con ale­manes en Alemania”.

En 1948, Celan toma una decisión que definirá el resto de su vida. Con un francés que imaginamos incipiente, en comparación con su dominio del alemán, se radica, como Franz Tunda, en París. Pero llega a la capital francesa como quien arriba a un punto de partida. Los dieciocho años que cubre la Correspondencia, nos sorprenden con un itinerario incesante de idas y venidas en­tre  Francia y Alemania. Entre el cielo protector y la geografía del bochorno y el crimen. Paul Celan como peregrino a las fuen­tes de su poesía, esa lengua del ser, del canto y de la muerte. Un peregrinaje sin fin y sin descanso. De la “tierra del ampa­ro”, donde nadie entiende el alemán, a la del desamparo donde nadie entiende su poesía. Alemania, en fin, asumida como fatali­dad: “Me siento por completo desorientado en este país en el cual, curiosamente, se habla el idioma que me enseñó mi madre.” En un poema temprano se había referido a ese huésped inquietante que es el idioma germano: “¿Y soportas tú madre, como antaño en casa,/ ay, la rima suave, dolorosa, alemana?” No debe ser fá­cil vivir sin Alemania cuando uno escribe su poesía en alemán. Y nunca lo fue para Paul Celan. Su residencia francesa debe en­tenderse como una etapa obligada en un recorrido sin destino, una parada en la fuga sin fin que sólo detendrán las sedientas aguas del frío Sena. Ningún desdoblamiento ni más terrible ni más desgarrado. No hay exilio más grande que el de la lengua. Nada más extraño que otro idioma, así pretendamos conocerlo y hayamos convivido con él durante décadas. Recuerdo a un poeta francés que vivió en Venezuela durante años. Su mirada nostalgiosa siempre más allá de la montaña separadora, el corazón suspendido entre una palabra en español y el pensamiento que aspiraba la tierra natal. En el caso de Celan, se trataba de una huida de Alemania hacia Alemania.

A pesar de sus veinte años en Francia y de su excelente fran­cés, Celan nunca escribió un poema en ese idioma. Incluso los versos incidentales, los textos de ocasión, fueron escritos en alemán. Lo mismo que sus ocho libros de poesías y la escasa prosa que conocemos. Celan llega a París el 13 de julio de 1948 con un per­miso expedido por el Alto Comisionado de Francia en Viena, donde se le identifica como, “Paul Antschel, estudiante, apátrida.” Se instala en el hotel Orleans (hoy hotel Sully Saint-Germain 31, rue des Ecoles) y se inicia en la vida del emigrado. Inscripción en la universidad, empleos los más diversos (obrero en el Laboratorio Industrial de Electricidad) y reuniones, en los cafés de Saint-Germain con otros emigrados. Un año después, en noviembre de 1949, una decisión desafortunada, su verdadera “amarthía“, si es que un sobreviviente del exterminio necesita de “amarthías” para convertirse en personaje trágico. Asiste a una reunión en casa de Yves Bonnefoy, donde, por pura casualidad se encuentra con el poeta judío Yvan Goll, a quien había conocido fugazmente en la universidad. Goll es una inclusión obligada en toda antología de lírica surrealista. Amigo de Rilke y Breton, vivía entonces sus últimos meses, víctima de leucemia. Poco después se inician las visi­tas de Celan, primero al domicilio de Goll y luego a la clíni­ca donde habría de morir, en su presencia, el 27 de febrero de 1950. Luego, Claire Goll, la viuda del poeta, encarga a Celan la traducción al alemán de algunos de los libros de su esposo. En mala hora, Celan acepta el compromiso. A lo largo de ese 1950, se suceden los encuentros a propósito de las traduccio­nes. Aquel año acontecido termina con dos circunstancias que se opo­nen y, fatalmente, parecen complementarse. A mediados de noviembre se habían iniciado las relaciones entre Paul Celan y Gisèle Lestran­ge, la que será su única esposa. Un mes más tarde, en una decisión que sorprende a todos, Claire Goll interviene para que las versiones de Celan sean rechazadas por la editorial alemana. El pretexto: no se trata de una traducción sino de “adaptaciones poéticas de Paul Celan”. Como si se tratara de un trabajo desconocido hasta ese momento para ella. Se inicia de esta manera la existencia pa­risina de Celan. Por una parte, el amor indeclinable e inteligente de Giséle. Por la otra, la persecución implacable de la viuda ofen­dida. Una Hécate, judía como Celan, que no conocerá piedad en su propósito de acabar a quien de modo tan artero la había ofendido.

La persecución de Claire Goll es uno de los asuntos más tenebrosos de toda la vida literaria del tenebroso siglo veinte. Durante dieciocho años su acoso no tuvo pausa. Al contra­rio. En 1967, a tres años de la muerte de Celan, sus acusaciones no habían disminuido en virulencia. Es claro que la enfermiza acti­vidad de Claire Goll estimuló las crisis de Celan y su muerte suicida de 1970. La existencia escindida entre las furias de una harpía sedienta y los cuidados y compañía de Giséle Lestran­ge. Gisèle es la aristócrata católica que en un gesto de rebeldía, propio de esos tiempos “existenciales”, rompió con las convenciones y se casó con un judío sin patria y sin dinero. La Correspondance es la histo­ria de ese amor de veinte años hasta la desaparición de Celan. Es sólo eso. La historia del amor Paul-Giséle. No se trata de una histo­ria de la vida amorosa de Paul Celan. Pero aun así es bastante. Suficiente para conocer un poco mejor la existencia de este hombre sin raíces, como él mismo reconocía desgarradamente. Y sin esperanzas, como su amado Ossip Mandelstam.

Las 677 cartas de la Correspondance (344) de Paul Celan, ocupan el primer tomo de esta hermosa edición de Du Seuil. El segundo se reserva a las notas que Bertrand Badiou, con la ayuda de Eric Ce­lan, el hijo nacido en 1955, ha reunido con admirable dedicación. El resultado es un libro imprescindible como pocos para tratar de entender mejor la vida de Paul Celan. El último poète maudit, que en más de una oportunidad cuestionó las bondades de su tras­lado a París, la propia capital de la muerte del siglo veinte, como lo consignó Rilke en su Malte. Una de las pocas ciudades que se precia de incluir los cementerios en sus itinerarios turistas: “Me pregunto si no hubiese sido mejor quedarme entre los árboles de mi ciudad natal.” Desde muy tempra­no, asistimos al desasosiego de Celan en el país de su exilio. Un exilio doble: en otras tierras y en otro idioma. Celan huye de Ale­mania hacia Alemania. Los traslados a las ciudades germanas se suceden con una frecuencia que asombra. Todas las ciudades impor­tantes de Alemania Occidental conocieron los pasos de este judío errante, como Joseph Roth o Sebald, cuando se dirigía a la ofici­na postal a depositar las cartas, a menudo con frecuencia de dia­rio, que dirigía a Gisèle y Eric.

Mientras cumplía con la fatalidad de vivir en dos países y dos lenguas, la sombra de la locura iba extendiendo sus pesadas alas sobre el poeta de Fuga de muerte. A finales de 1962, la primera crisis seria de delirio y la primera hospitalización. Estos episo­dios ya no lo abandonarán, a pesar de los cuidados de Gisèle y sus pocos amigos de confianza. La paranoia se agudiza y los fantas­mas se cuelan por la puerta entreabierta. El pasado no le perdona la condición de sobreviviente, (se aterra ante la posibilidad, nada obvia, de que los nazis secuestren al hijo al regreso del colegio). Y el presente, con sus desplazamientos, no es menos amenazante. Luego deja temporalmente sus clases en la universidad, a donde había ingresado como profesor, para encargarse de responder los nuevos ataques de Claire Goll. La locura es la nueva compañera de Paul Celan. En noviembre de 1965, fulminado por los dioses, como Hércules “furens”, intenta asesinar a Gisèle con un cuchillo en pre­sencia del hijo. Nueva hospitalización, insulinoterapia y otras terapias igualmente inútiles.

Son los meses que registran su producción poética más intensa. Más de cien poemas recogidos en Fandensonnen y Lichtzwang. Demasia­dos poemas para que todos sean memorables. Entre ellos los del ciclo “Schlafbroken”, dedicados a Gisèle. Las dificultades de la poe­sía  de Celan se extreman. Buena parte de estos textos se me hacen absurdamente oscuros. Pero tal vez no haya otra manera de referir las opacidades y asfixias de la locura. La traducción es, por supuesto, imposible: “La saxigrafa de crisálida/en la unión de Coros-tragabasuras, plateados: /alrededor de la fosa/ el tabardillo/da vueltas sin parar, /a quien/piensa este diciembre, /la frente parlante/le humedece el mirar”. En variedad de ocasiones, sin embargo, la lucidez se impone al delirio y la poesía vuelve a ser luminosa, como en este poema a Gisèle:

Eternidades estranguladas,
por encima de ti,
una carta toca
tus aún no-
heridos dedos,
la fuente reluciente
llega con piruetas
y se acuesta en
ruidos, en olores.

Pocos meses después, Celan es dado de alta y regresa con su esposa. Nuevos viajes y nuevas jornadas dedicadas a la poesía. Pero la locura se había cebado con el poeta de Czernowitz. Reiteradas visitas de la locura que coinciden, en una malhadada ocasión, con un encuentro casual con la viuda de Yvan Goll. Cinco días más tarde habría de encargar a un cuchillo de terminar con su pro­pia vida. La hoja se desvía en su ruta hacia el corazón y Gisèle lo salva “in extremis”. La convalecencia en la clínica Santa Ana, en el servicio de Jean Delay. Más poemas para Fandensonnen y Licht­zwang: “El amor en su camisa de fuerza/se dirige a la pareja de grullas./¿Quién, en su viaje por la nada/traerá el aliento respi­rado aquí/del otro lado, en uno de los mundos”.

En lo sucesivo, la correspondencia es una suma de dolores y tristezas. La separación inevitable se presenta entre Gisèle, que no ha dejado, ni dejará de amarlo, y Celan obstinado en una lucha triple: contra la incomprensión de sus lectores. Contra el acoso “neo-nazi” de la judía viuda de Goll. Y contra la demencia que lo escogió como amante. “Guerrero judío”, será el nombre que escoja para definirse durante estos años. Sin la entereza del David bíbli­co, será vencido por el gigante trifonte que la fortuna le esco­gió como compañero de viaje.

Los años parisinos le permitieron a Celan relacionarse con los mejores espíritus de la época. Una amistad duradera con los miembros del grupo L’Éphémere, especialmente André du Bouchet e Yves Bonnefoy. Y contactos esporádicos con Cioran, de quien tra­duce el Précis, y de quien se aleja rápidamente (“C. sin cambios, poco claro, mentiroso, sospechoso”). Con René Char, al cual recla­ma, en privado, su falta de solidaridad en el caso Goll. Con Michaux, “un escritor extraño a todo lo que soy”, a pesar de haberlo tradu­cido al alemán. Con Michel Leiris y muchos otros miembros ilustres de la intelectualidad “rive gauche”. No obstante, la poesía de Celan no tiene mayor fortuna en su patria de adopción. Poemas ais­lados en revistas del prestigio de Nouvelle Revue Française o Mercure de France. Pero, en ningún caso, un libro integro o una antología. Hablar francés, enseñar en francés por más de quince años, no significa ser francés si la poesía se escribe en otro idio­ma, alemán o castellano. Hacia 1970 la indiferencia editorial co­mienza a ceder y se piensa en la publicación de un “choix de poémes”. La muerte llegó primero. La edición de Strette para Mercure de France, cuidadosamente traducida por André du Bouchet, bajo la guía del mismo Celan sólo apareció, con su carátula de blancura impe­cable en 1971.

A partir de 1969 las cartas de Celan a Gisèle son cada vez más raras. La comunicación, empero, se mantienen por medio de Eric, a quien entrega una serie de poemas para su madre, entre ellos “Kew gardens”. En mayo, Gisèle adquiere un apartamen­to para Celan en 6 avenue Emile Zola. Pero el sueño de sus ojos sigue siendo Alemania. A donde viaja en mayo, en junio, en julio. En octubre visita Jerusalén, una consecuencia de sus reiterados acercamientos a la tradición: “Mi judaísmo: lo úni­co/que reconozco aún/en los restos de mi existencia”. Pero esto no fue suficiente para salvarlo. Ni la religión ni la poesía. Durante los escasos meses que le tocó vivir de 1970, nuevos traslados a Alemania. El 26 de marzo, una lectura de poemas en Friburg­au-Brisgau, con la asistencia de Heidegger. A la salida del recital, el viejo pensador le confía a un amigo: “Celan esta enfermo, in­curablemente”.

De regreso a París, Celan debió haberse sentido como Franz Tunda en las últimas horas de la novela de Joseph Roth: “No tenía ningún amor, ningún deseo, ninguna esperanza, ninguna ambición y mucho menos egoísmo”. Durante la noche de 19 al 20 de abril, el mes más cruel, Paul Celan escoge la misma ruta de escape de la “desconocida del Sena”, la trágica protagonista de Supervielle. Después de una última mirada a la “pastora de sueños” de Pierre Eiffel, tal como se la admira desde el puente Mirabeau, el mismo de Apo­llinaire, se entrega a las aguas del Sena. La blanca leche había to­mado los colores de la noche. Y Celan la había apurado hasta las heces. El primero de mayo su cuerpo es descubierto a la altura de Courbevoie. En sus bolsillos, dos entradas para Esperando a Godot, una para su hijo y otra para él. El reloj de pulsera quedó en el apartamento de la avenida Emile Zola. Un día después de la desaparición de Celan, Gisèle lo encontró y recordó las palabras del esposo: “El día que encuentres mi reloj, habré desaparecido”.


* Paul Celan-Gìsele Celan-Lestrange: Correspondence Vol I pp 718. Vol II pp 785. Editions du Seuil, 2001.

Alejandro Oliveros 

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