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Actualidad

Sobre la existencia del ritual venezolano (una cultura del ser-así), por Atanasio Alegre

"(..) y ¿qué es lo que ha hecho realmente usted por este país?"

Por Atanasio Alegre | 20 de Mayo, 2011
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Necesidad

Usted llegó a esta ciudad, conocida en otros tiempos como la de los techos rojos y  de la que se decía que era la sucursal del cielo, hace más de medio siglo. Como tantos otros venidos del Interior abrigaba la ilusión de hacer una carrera en la universidad y quedarse en la Capital, cosa que consiguió con creces, si se tiene en cuenta lo mucho que se ha llegado a hablar de usted, de manera especial, entre la gente de su profesión que es la de constructor. Habrá que admitir que no lo tuvo fácil ni en cuanto a lo que significó la carrera en sí, ni en cuanto a sobrevivir durante los estudios haciendo unas cosas y otras, sustrayendo tiempo a los estudios. Pero bueno, lo logró a costa de incontables penurias hasta llegar a ganar el primer sueldo como ingeniero residente en una constructora.

Se había instalado en el país la fiebre de la construcción y usted se dio cuenta de que ese iba a ser el camino que podía llevarle muy lejos.

Pero no adelantemos los  acontecimientos.

Primero, las coordenadas de identidad.

Acababa usted de cumplir diez y ocho años cuando llegó del Interior, había nacido bajo el signo de libra que es un signo de moderación y de astucia silenciosa, dos de las armas -junto a la otra psicológica de disponer de un poderoso freno cortical- que le han servido para salir airoso de cuanto tropiezo ha encontrado hasta ahora en la vida. Vivió en una pensión de medio pelo por los lados de San Juan en tiempos en que la pobreza era una forma venezolana de vivir con dignidad. Tuvo que conformarse con un par de zapatos al año, con tres camisas y dos pares de pantalones y no aprendió a hacerse el nudo de la corbata hasta después de graduado y eso, el de la variedad llamada Wilson, porque esos otros que admiraba en las camisas de los elegantes, no fue capaz de hacerlo hasta que le enseñó, muchos años después, aquel sastre italiano. Todo ello por no preguntar, porque los del signo libra son más propensos a dar respuestas aunque se equivoquen, que a hacer preguntas.

En esas condiciones de mengua no era como para establecer relaciones de amistad. Hasta que uno de los profesores lo nombró su asistente a mitad de carrera y las cosas comenzaron a irle mejor. Con aquel dinero pudo arreglarse la dentadura, conocer el Litoral, aumentar a cinco el número de camisas, cambiar de zapatos cada seis meses, pero sin llegar a viajar a casa de su familia en el Interior, porque en las vacaciones tenía que trabajar durante los cinco años que duró la carrera.

¿Le convirtieron todos esos avatares de la fortuna en un ser resentido ante quienes pudieron hacer en su curso la carrera sin estas apreturas?

De momento, no.

Usted sabía dónde tenía que llegar, dónde iba a llevarle su signo zodiacal en el cual creía como si se tratara de una ortodoxia. Algún día iba a superar a sus condiscípulos profesionalmente, es decir, iba a disponer de una posición con la que sus compañeros no hubieran sido capaces de soñar.

Ese fue su pensar que pensar debía.

Todo llega y el día de lanzar el birrete al aire en el Aula Magna de la Universidad Central llegó también para usted. Ese día le acompañó  la familia y con ellos regresó, por primera vez en cinco años, a los que fueron los días de su niñez. ¡Por primera vez desde que se fue!, se dice pronto.

Nada había cambiado en la población, con excepción de que  la gente le miraba con respeto, extrañado de que tanto en el abasto, a la salida de la iglesia el domingo, en el botiquín comenzaran a llamarle DON.

Don para arriba y don para abajo.

Pero al cabo de un tiempo, un tiempo que aprovechó para reponer su maltratada carrocería por hambres y privaciones (teniendo en cuenta que en aquella su población  costera se vendían los langostinos a siete bolívares el kilo) regresó por segunda vez a esta que seguía llamándose la sucursal del cielo, al menos para una pequeña parte de su población a la que pronto iba  usted a integrarse.

Buscó trabajo y todavía conserva enmarcado aquel primer cheque – ¡cosa de los del signo libra! -como expresión del dinero ganado al percibir el primer sueldo. Como ingeniero residente aprendió de los maestros de obras italianos y portugueses lo que no llegarían a saber sus compañeros que optaron por la oficina como centro de operaciones, en lugar de realizar la profesión al pie de  obra.

Nunca fue usted hombre de muchas palabras ni de muchas ideas, solamente las justas para que algún día pudiera aliarse con alguien para comenzar a construir algo por su cuenta: unos metros de carretera, una quinta o simplemente el espacio para una escuela. Eso lo logró en sociedad con aquel italiano que tenía colgado en el despacho el título de geómetra y que, en traducción venezolana, podría ser el de maestro de obras.

Le fue bien en aquella primera obra. Un liceo, por los lados de Baruta. Del  socio italiano aprendió usted a entrar en ese mundo de los contratos y la forma cómo conseguirlos, que no es otra que la de las comisiones, sobornos y demás prácticas que han servido y en las que eran unos linces los constructores en eso de amordazar voluntades. “Tú ganas, si mi pones en el camino de la ganancia y así ganamos los dos”. Sobre todo con el gobierno; con el que estuviera de turno. Durante estos primeros años del segundo aprendizaje profesional, usted no pensó en nada que no fuera usted mismo. No se acordó de los compañeros ni supo qué hacían ni a qué se dedicaban. Lo único con lo que le pareció que tenía que cumplir era con el geometra italiano, su socio en este momento, que poco a poco fue insinuándole la conveniencia de  tomar en matrimonio a una de sus hijas, para que todo quedara en familia.

Yo no sé si usted sabía entonces, como debe saberlo ahora, después de años de tanto éxito, que todo complejo tiende a compensarse, porque esto era lo que hacía usted en la práctica, consciente o inconscientemente, como si se tratara de un norte preconcebido. Ya no era un par de zapatos cada seis meses, ni una media docena de camisas para todo el año… Comenzó a visitar a un sastre italiano por recomendación de su socio que le hacía ropa a la medida, ya que en la voz del amo se escuchaba aquello de que no se podía visitar los ministerios con cualquier atuendo: es necesario vestir el cargo y tú eres il direttore generale de la constructora. Comenzó usted a cortarse también el pelo cada quince días y a hacerse las manos y, aunque estaba destinado a la hija del socio, tampoco la cosa era como para esperar a que eso sucediera, impidiéndole que comenzara a relacionarse con otras mujeres en todo el sentido de la palabra. Eso sucedía como compensación a abstinencias forzadas durante tantos años.

A quien fuera su socio, que llegó a ser también su suegro, se lo llevo un infarto justamente el día que cumplía usted treinta y dos años. Fue un golpe muy duro para todos, pero no le quedó más remedio que recomponer su vida sin él.

No tuvo descendencia con la hija del socio fallecido y tal vez esta circunstancia comenzó a alejarles hasta dar en lo que tenía que dar, en la separación.

Esa concentración en lo suyo, tal como la del usurero en el dinero, generó una gran dificultad para expresar, no sólo sus emociones, sino sus propios sentimientos, cosa que se conoce como alexotimia que viene a ser una suerte de depresión con la cual uno de acostumbra a vivir.

Lo que vino con el tiempo fue el esplendor.

Grandes contratos en el Sur, más de una docena de ingenieros y arquitectos a su mando, dinero por todas partes y digámoslo de una vez,  un estilo de vida que era una compensación al trabajo y a las anteriores malandanzas. Dentro de ese estilo no faltarían -no tenía por qué hacerlo- algunas de las mujeres más glamorosas de  sociedad.

Hubo otro matrimonio con aquella ejecutiva del banco en el que usted hacía las transacciones más importantes. Fue un fracaso. Bienes separados, sí, pero la mujer se arregló para quedarse con una tajada que no fue moco de pavo.

Pero, ni modo.

Ahora, después de haber pisado los lugares de mayor prestigio en esta ciudad de la que  ya nadie en su sano juicio se atrevería a decir que es la sucursal del cielo, pretende usted ser socio del club más importante de esta capital. Le han avisado que va a haber dificultades en la junta de socios que estudia su solicitud. Ha inquirido por los nombres.

Usted sabe que cuando los cite uno por uno a su oficina y les haga entrega de un sobre con algo dentro, la votación va a cambiar de signo.

Un mes después ya está jugando al golf en los campos a los que piensa invitar a alguno de los que fueron sus compañeros de carrera.

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Azar

Usted ha visto cómo pasaban los gobiernos y sus presidentes. Con alguno de ellos llegó a tener cierto trato personal.  A todo eso ha resistido, a todo eso ha hecho frente, ¿cómo?: Entregando grandes sumas cuando llega el momento de las campañas para las elecciones -por terceros interpuestos según la práctica, naturalmente- para que después le tomen en cuenta.

Con quienes gobiernan ahora las cosas son distintas. Todavía no se ha disparado eso que llamaba un autor de quien es amigo el coinmunismo, es decir, la capacidad que tienen los pueblos para resultar inmunes a ciertos sistemas políticos que se les quiere imponer por la fuerza, robándoles el presente.

Llegado el caso, a usted no le quedara más remedio que correr un temporal de popa, como se dice en términos marinos, es decir, huir a toda máquina del peligro con rumbo norte, en este caso. Lo que pasa es que usted es mucho más ritual en eso de ser de un país como éste de lo que se imagina. Hay cosas que están en el comportamiento de sus gentes sin las cuales usted no  podría vivir, pero ya veremos más adelante lo que pretendo decir con esto del apego a lo ritual. Por otra parte, a usted le gustaría ver cómo termina esta fiesta, sin excesivo temor a lo que pueda suceder mientras, porque, como dicen los toreros, en peores plazas ha toreado y usted ha salido de todas en hombros o casi, apurando el símil. En lo que está claro es que con la gente de ahora no puede uno arriesgar el tipo , y eso le ha llevado a adelantar la hora de su retiro.

Es lo mejor que has podido hacer, le dicen donde quiera saca el tema a relucir.

-Pero antes de la temporada que pensamos pasar en Europa tienes que hacerte ver por un especialista, porque he notado que te está temblando un ojo como si tuvieras un espasmo, le ha sugerido una de sus amigas.

Usted también lo había notado y por eso están hoy los dos en la antesala de esta doctora de la que hablan maravillas en la especialidad de neurología.

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Inautenticidad

-¿Que cómo me ha ido en la consulta? Y usted responde, sin siquiera dudarlo: es un tronco de doctora.

La traducción de esta forma tan expresiva en el argot venezolano con el que ha caracterizado usted a la doctora que acaba de verle, y de la que lleva usted una orden para un estudio especializado, es que  se trata de una auténtica profesional.

Voy a explicarle, ya que me ha permitido entrar en su vida, lo que quiere decir esto de  la autenticidad.

Por ejemplo, si, camino como va usted ahora al estacionamiento,  preguntara yo a la mujer,  que  le lleva del brazo (ya que como le han dilatado la pupila se le hace difícil ver por donde camina) si la cartera de la marca Louis Vuitron que carga es auténtica, es muy probable que me responda:

-La duda ofende, caballero. ¿Cómo cree que voy a llevar  yo una imitación?

O sea una cartera de imitación, o sea, falsificada.

Pues bien, lo contrario de lo auténtico en referencia a cualquier objeto, sea precioso o no, es lo falsificado. Pero, como no podemos hablar de conductas falsificadas, cuando no son auténticas ¿cómo podríamos calificarlas? Decimos que se trata de conductas rituales.

Hay profesiones que no se pueden realizar sin un aceptable grado de autenticidad.  En realidad, ninguna, pero las hay que se prestan mucho más que otras a cierta inautenticidad, valiéndose de ciertos ritos, que como en el guiso clásico son el picante, pero no el guiso mismo.

Voy a citarle el caso de un autor español llamado Unamuno que escribió una sorprendente novela en la que contaba cómo a un cura que había perdido la fe en Dios, no le quedó más remedio que seguir ejerciendo su profesión de párroco por propia supervivencia y por la de los pobladores de su parroquia que necesitaban casarse, bautizarse, ser enterrados de acuerdo a al rito católico. Se mantuvo en los ritos, en compensación de la fe perdida en Dios que era la auténtica razón de  existencia como cura párroco de aquella población.

Dicho en otras palabras: lo auténtico es lo irreductible; lo ritual es lo que puede reducirse a formas falsas que evocan, con mayor o menor perfección, al original.

Al perder la fe, el párroco de la novela de Unamuno transformó su existencia auténtica  en  una existencia ritual.

De modo que, después de emitir ese juicio suyo tan contundente sobre la autenticidad de la doctora, si hubiera que interrogarle a usted bajo la condición de que nos ha permitido entrar o tener acceso a su vida, si ha sido su vida la expresión de una existencia auténtica o simplemente un modo de estar en el mundo, montado sobre  una serie de ritos y ritualismos que le han convertido en lo que es, es decir, en un honorable miembro no sólo de esta sociedad sino de uno de los clubes en los que se codea usted con lo más granado de esta sociedad, ¿cuál sería su respuesta?

¿Es eso lo que le vincula de una manera tan esencial a este país, a esta sociedad que no está usted dispuesto a abandonar, a no ser que las circunstancias le resulten realmente adversas?

Naturalmente, otra pregunta en conexión con las anteriores seria y ¿qué es lo que ha hecho realmente usted por este país?

Una porción de compatriotas, es decir, gentes adscritas a una peligrosa actitud que han contribuido a convertir al país en lo que ahora es, no en el de la capital de los techos rojos, sino en uno de esos infiernos sin metafísica ni resurrecciones, según habrá leído en algunas de esas estadísticas que hablan de nuestra ciudad como una de las más peligrosas, inseguras y sucias del mundo.

En fin, para no seguir desflorando quejumbres sobre nuestra lamentable situación actual como ciudadanos, me gustaría rematar el asunto llamando la atención sobre el daño que nos está causando nuestra generalizada manera de ser.

Esta generalizada manera de sacar la vida adelante, característica del venezolano de hoy, mediante unas formas rituales de existencia es la que ha permitido a gentes con más de una lengua en la misma boca, conducirnos a este estado de postración, también generalizado, en que nos encontramos.

La salvación, como ocurre en las familias, en las cuales toda la vida se organiza en torno a lo más dañado que hay en ellas, se producirá cuando lo realmente auténtico se imponga sobre ritualismos y falsas disculpas.

No queda otro camino.

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Atanasio Alegre. Ensayista y novelista. Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua, correspondiente de la Real Española. Profesor Titular, UCV.

Atanasio Alegre 

Comentarios (4)

Beatriz Carrillo de Urdaneta
21 de Mayo, 2011

Es un articulo fantastico. Refleja con diafana claridad el ser-sentir de los venezolanos de las ultimas tres generaciones, al menos. Deberia hacerse una campana que ayude a cada uno a hacer una instropeccion y darse cuenta que la inautenticidad ( o la hipocresia)nos convierte en seres detestables, y, por el contrario, despojarse de esos ritualismos y ser autenticos nos acercara a la luz y la verdad, en nuestras vidas y en nuestro pais.

atilio urdaneta
21 de Mayo, 2011

El ensayo es excelente, acertado y de lectura muy agradable. Muchas felicitaciones y por favor siga adelante como siempre.

@manuhel
21 de Mayo, 2011

Soy LIBRA.

Ni que decir…

Hugo J. Pérez
21 de Mayo, 2011

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Gracias “poeto”, (como diría un fanático de la equidad de género). Tras leer su excelente semblanza de nuestra inautenticidad, evoque “Los Heraldos Negros”, de César Vallejo . . . especialmente su último parrafo:

“Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada.”

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