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Ciudad

Ciudadanos sin ciudades, por Alonso Moleiro

Venezuela, más allá de los encantos de la naturaleza.

Por Alonso Moleiro | 18 de Mayo, 2011
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Exposiciones y fotografías, almanaques y guías, poemas y textos inspirados. Pensar en Venezuela es pensar en su naturaleza. Esa que creemos irrepetible y premiada por los dioses. La celebrada síntesis de las Américas: las mejores playas; montañas heladas; cascadas de vértigo, desiertos lunares; selvas asombrosas. El misterio de los tepuyes. El intricado delta. Las leyendas del llano. La glosa promedio de cualquier cronista inspirado. Si vamos a hablar de Caracas, suspiramos por el Ávila. Si nos acordamos de Maracaibo, le cantaremos al lago.

Y está bien, podemos convenir que Venezuela tiene indudables encantos naturales. Habrá que ponerle algún reparo, sin embargo, a la pretensión de postularlos como únicos. Únicos son más o menos todos. ¿Existirá alguna nación que no sienta que en sus confines están todas las maravillas naturales disponibles?

No tenemos que llegar hasta Brasil. Casi cualquier país tiene razones fundadas para afirmar que es hermosa y derecho a suponer que esa belleza es única. Ecuador, por ejemplo, tiene unos Andes nevados con picos más altos que los nuestros; administra con decoro el porcentaje de la Amazonía que le corresponde y tiene en sus costas maravillas casi indiscutibles: difícil colocarle cotas comparables de exotismo a las Islas Galápagos. Puerto Rico está muy orgulloso del bosque tropical El Yunque; del sistema de Cavernas de Camuy y de sus bahías fosforescentes. Honduras atesora parte de la herencia del legado maya, tiene en las Islas Cisne una maravilla natural que se le aproxima a Los Roques y posee varios sistemas biodiversos selváticos interesantes, como el parque la Tigra. Colombia tiene dos cadenas portentosas montañosas, más grandes que las nuestras; salida a dos océanos y su ración de Amazonía.

Ese es el sortilegio del turismo. Más o menos en todos lados hay playas espectaculares, y montañas que quitan el aliento, y valles y cañones con vistas impresionantes, y artesanía digna de ser comprada, y un señor pintoresco que echa unos cuentos graciosos. En todos lados existen, los naipes con cierta frecuencia se repiten, y cada uno de ellos nunca dejará de parecernos – porque a su manera lo son- únicos.

La huella no vista

La verdad es que, como venezolanos, pocas veces hemos reparado en que las maravillas naturales que nos ponen a suspirar no constituyen, en modo alguno, un mérito que tenga algo de particular.  Estamos felices, sin duda, de que estén ahí y nos pertenezcan. En cualquier caso podríamos congratularnos por mantenerlos limpios y conservarlos, cosa que tampoco hacemos con especial empeño.

Pero nada tiene de especial, si lo vemos bien, que nos cubramos con la bandera nacional ante unos atractivos que, después de todo,  tienen ahí ya unos cuantos siglos. No hemos dispuesto absolutamente nada sobre su diseño y atractivo: sencillamente estructuramos una nación en torno a su existencia.  Se trate de Playa Medina, del Salto Angel o del Pico Espejo.

Y, en contrapartida, mientras reverenciamos nuestras montañas y selvas, mientras más le cantamos a los ríos, mientras más bendecidos nos sentimos por las propiedades curativas de algunas aguas termales, mientras llevamos de la mano, orondos, al turismo internacional a que sepa de los Médanos de Coro, menos nos interesan nuestras ciudades.

No es demasiado lo que se les fotografía, ni lo que se les canta; no es excesivo lo que reflexionamos en torno a ellas. Rara vez nos planteamos nudos argumentales, polémicas apasionadas o preocupaciones trascendentes en torno al estado que presentan.  No hurgamos en sus secretos; ni elaboramos circuitos turísticos en torno a ellas. No conocemos los detalles menudos de los edificios y monumentos que nos acompañan cotidianamente. A veces ni siquiera se conocen demasiado unas con otras. Ni siquiera el público ilustrado,

La que probablemente sea la nación latinoamericana con la densidad de población urbana más alta de la subregión, no sabe demasiadas cosas en torno a la existencia del Teatro Cajigal, ni de la Catedral de Ciudad Bolívar, ni de la Casa de las Ventanas de Hierro.

Es decir: el espacio que podría calibrar nuestra interpretación del entorno; la definición por excelencia del paisaje cultural –y de la palabra cultura-; la médula de cualquier concepto relativo a la cívica; lo que alguien denominó “la mas comprehensiva de las obras del hombre”, lo más venezolano que en realidad tenemos, puesto que esta sí que es una hechura nuestra, las ciudades de nuestro país, transcurren por nuestras vidas más como un trámite que como un encuentro feliz, válidas mientras sea necesario detenerse a echar gasolina, pertinentes en la misma medida en que por allá tengamos una tía a la cual visitar.

Hablemos, aunque sea mal

De momento casi todas las ciudades importantes del país pierden aceleradamente sus aires provincianos para irse “caraqueñizando”: grandes centros comerciales con opciones gastronómicas japonesas y catas de vino. Una modernidad disparatada y mal comprendida, que tiene arrinconada a las manzanas patrimoniales. Caos vehicular y delincuencia; anarquía y malos servicios.

Casi todas escasamente planificadas, renuentes, como Caracas, a ser recogidas a pie. Maracaibo, Barquisimeto, San Cristóbal, Mérida y Puerto la Cruz conservan algunas especificidades y encantos. Ciudad Bolívar y Coro, como Cumaná y Barcelona, con su legado histórico y su arquitectura, podrían ser dos envidiadas joyas del trópico antillano. Todas, particularmente estas dos últimas, presentan un descuido especialmente pronunciado: su atractivo es testimonial y el orgullo que podrían generar es apenas una hipótesis.

Se podrá afirmar que cualquier pretensión por hacer de los rincones de nuestras ciudades objetos de culto puede constituir, no sólo una quimera, sino una ociosidad: poco se obtendrá al fomentar una navegación sobre ciudades que, en cualquier caso, tienen límites muy concretos que no tiene sentido desconocer. A fin de cuentas es esta una sociedad joven, desplegada en una nación de mediano calado e historia reciente, que apenas en los años treinta del siglo pasado pudo dar pasos firmes para salir de la vida rural y la barbarie.

Puede que algunos encuentren discutibles estas reflexiones. Pienso, por el contrario, que  no hay demasiado que objetar a este razonamiento. Como cualquier otra persona con algunas horas de vuelo en materia de viajes, podría reconocer sin problemas que ninguna ciudad venezolana es especialmente sobresaliente.

Esta circunstancia, sin embargo, no forma parte de una fatalidad inevitable. Hace mucho que en esta materia podríamos tener ya pantalones largos como país. Venezuela puede y debe diagnosticar descarnadamente la calidad y cantidad de su paisaje cultural.

Los espacios donde transcurren nuestras vidas

Sostengo que el estado de nuestras ciudades guarda una relación directa, no sólo con un desapego hacia las normas urbanas y un desconocimiento craso de las tradiciones y la historia, sino además con la ausencia de una masa crítica que se formule dilemas en torno a ellas y trace sobre sus cuadrículas un diagnóstico exigente.

La sociedad podría hacer mucho más en esta materia canalizando sus demandas ante el estado. No podrá mejorar nuestro entorno urbano si ni siquiera sabemos el peso específico de su valía, independientemente de sus cotas de modestia; si apenas ahora nos organizamos como sociedad para discriminar la existencia de un bien cultural. Para evitar que sea barrido por una conjura de empresarios analfabetas expertos en construir planicies para estacionamientos.  Aludo a una interpretación que sobrepasa por completo las cuadriculas fundacionales, las plazas Bolívar y los edificios de gobierno.

El problema está en nuestras narices, pero es más profundo: me estoy refiriendo a las barriadas residenciales, a las zonas recreativas, a las avenidas cotidianas que le sirven de contexto a nuestra vida ordinaria.  Ni siquiera estamos hablando mal de las ciudades venezolanas –cosa estaríamos perfectamente en capacidad de hacer-, no sea que alguien se nos ofenda: sencillamente las ignoramos por completo. Embelesados viendo lagunas y arrodillándonos ante montañas sagradas como única forma posible de concebir a este país.

Los cuarteles militares de Maracay –o la torre Sindoni-, el Obelisco de Barquisimeto –o el Monumento al Sol de Cruz Diez-, el entorno portuario de la Plaza Baralt en Maracaibo –o el obelisco de la Plaza la República-; las barriadas del norte de Valencia, la Plaza de Agua de Puerto Ordaz –o la Plaza del Hierro-, el Palacio Arzobispal -o el Parque Glorias Patrias-, de Mérida, la Marina de Lechería, en Puerto La Cruz; el Paseo Orinoco de Ciudad Bolívar, el sector Barrio Obrero de San Cristóbal,  Puede que no sean comparables con los entornos sevillanos o las ensenadas de Oporto. Bien: ahí está la textura de la nación. La verdadera textura de este país.

“¿Desierto, selva, nieve y volcán?”. Basta. Basta de rendirle pleitesía evasiva, con carácter de exclusividad, a los encantos de la naturaleza. Por disparatado que suene, propongo que, por una vez en la vida, nos olvidemos de la Isla de Coche y nos ocupemos de los edificios de San Bernardino. Ha llegado la hora de sopesar, conocer, diagnosticar, criticar, reparar y trabajar en torno a lo más venezolano que, como venezolanos, tenemos: nuestros plazas y pueblos, nuestros monumentos y ciudades. Los pasillos y corredores en donde discurre nuestra vida cotidiana.

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Foto portada de Panoramio.

Alonso Moleiro 

Comentarios (16)

María S
18 de Mayo, 2011

Totalmente de acuerdo, parte de ese “rescate” está en la identidad, en el conocimiento como bien lo recalca Moleiro, de las tradiciones, la historia es fundamental; ojalá que las generaciones presentes y futuras, entiendan lo que es una Ciudad, y no perdamos por completo aquellas que conforman nuestro País, que están aún a salvo, e inmersa de historia en cada rincón. La ciudades tienen los Ciudadanos, que se merece ¿? será este el caso carqueño? creo que si. Saludos !

Gladys Arias
18 de Mayo, 2011

Alonso: Creo que has hablado por todos los venezolanos, el que no lo exteriorice como tu lo lleva en el subconciente, gracias por el articulo. Creo que tenemos una especie de complejo enfermizo que nos hace pensar que para que tener ciudades habitables y cuidadas si tenemos tanta belleza natural. Pues yo creo que tanta belleza natural nos ha llevado a la fealdad mental y al descuido inaudito. Esto siempre me rompe el corazón.

Nelly Tsokonas
18 de Mayo, 2011

No podría estar más de acuerdo con este excelente artículo, con sus verdades, sin concesiones; un llamado de atención a todas las instancias de gobierno y a todos los que habitamos las ciudades.

Creo que Venezuela está entre los pocos países del mundo en donde tumban un sitio histórico, o con historia, para dar paso a un centro comercial.

Mientras en Cuba – que no es precisamente ejemplo en el mantenimiento y cuidado de sus sitios históricos, porque escasamente mal sobreviven en su revolución – cuidan con atención reverencial la casa de Ernest Hemingway, como si de un nativo se tratara, ¿qué quedó de la casa de Rómulo Gallegos? ¿Acaso el Celarg nos dice algo de la vida de nuestro insigne escritor? ¿Qué quedó del Museo Jacobo Borges? Y así desde todas las ciudades del país serían muchos los reclamos en este sentido.

Nuestras ciudades se han convertido en espacios hostiles, con ciudadanos hostiles que se desplazan siempre con prisa hacia un sitio determinado y ya, porque no hay entre sus calles caminerías ni paseos bonitos, limpios y seguros, donde caminar. En el caso de mi ciudad, Caracas, años ha, dejó de ser “la sucursal del cielo”, y ahora con la amenaza de bajar la cota de protección de nuestro majestuoso Ávila.

Nelly Tsokonas /@abezeta

Sylvia Paúl
18 de Mayo, 2011

De acuerdo con AM y los comentaristas. Sin ir más lejos en el tiempo, el Metro de Caracas que era algo digno de admirar y de sentirse orgullosos, constituye uno de esos espacios a los que hay que recuperar antes de que no queden sino escombros.

Alexandre daniel BUVAT
18 de Mayo, 2011

Es verdad lo que plantea moleiro. Para algunos las ciidades son lo que se rxpresan en las promociones turísticas o tambien -y mejor- lo determinante que resulta el monumento natural o el creado por el hombre o el de valor histórico arquitectónico mas importante . pero es tambien cierto – y peor- tambien lo que se plantea: Los habitantes, sus costumbres, su intenso crecimiento, el mensaje político que reciben, su origen geográfico y cultural ¿hacen una fuerza para amar el patrimonio colectivo, son importantes para amar y cuidar lo que nunca han conocido? Si además son ciudades incompletas tal como las llamaba Milton Santos, es decir sin servicios adecuados y para todos, sin empleos, sin viviendas , sin planeamiento y sin amor al entorno ¿que queda? por unlado elcaos, la violencia, la suciedad, la falta de perspectivas como factor para no amar la vida y el ansia de progreso y el cuido de lo presente como base para el futuro y por otro, pero para mucho menos gente, la pura nostalgia y apego al simbolismo de lo natural o lo monumental y bucólico de nuestras ciudades que se mueren socialmente y nos provocan esa especie de evasión contemplativa y de “saudades”

Jesús Peñalver
18 de Mayo, 2011

Totalmente de acuerdo. La desatención a lo que verdaderamente nos define y caracteriza, se parece tanto a ese loco afán por cambiarle el nombre a todo. Abundan los ejemplos. En este y en el punto muy señalado por Alonso, debe tenerse mucho cuidado, sindéresis, tino político y sobre todo, respeto por la historia, por la memoria colectiva, por el sentido de arraigo y de reconocimiento de las comunidades y su entorno, y también, como afirma el Profesor Moisés Hirsch “por el derecho a ser recordado”. Aracataca, donde nació García Márquez, se negó a dejarse cambiar el nombre, referéndum mediante, para pasar a llamarse Macondo. Fíjense, amables lectores, hasta para lo que sirve la consulta popular. Y Guarenas, aquí mismo, asomó ardientemente su descontento y rechazo por la intención de arrebatarle el nombre a una de sus más populosas urbanizaciones. Tratar alegremente el tema, olvidando que las personas pasan y las instituciones quedan, es a todas luces un acto de cicatería.

omar rojas
18 de Mayo, 2011

Moleiro,que bueno leerte;aunque prefiero tu verbo hablado que escrito. No se si es tu sintaxis o que, pero te tengo mucho cariño.Me encanta tu postura citadina.Valentina morirá al leer este artículo,jajjajaja,dirá que no puede dejarte solo un momento porque te liberas,jajajja.Creo que con todo eso de que somos el mejor país del mundo ;con las mujeres más bellas del mundo;los mejores paisajes del mundo;que como los venezolanos nadie, porque somos cálidos,alegres y pare de contar,ocultamos nuestra baja autoestima;aunque parezca contradictorio. Si en realidad estuviesemos satisfechos con lo que tenemos lo cuidaríamos.Ah pero destrosamos tanto el paisaje natural como cultural,vale decir ciudad y campo o paisaje natural. ah y ahora la ciudad implosionando con los centros comerciales menos ciudad tendremos porque esas son lasciudades de ahora,digo para los venezolanos,algo sin historia pero alli se refugian los jovenes en manadas y afuera queda la ciudad ,la urbe…triste bueno paro aquí.Un placer Alonso.

Raymond
18 de Mayo, 2011

Creo que tu articulo suma y mucho. Es un pedido personal que tengo, y algunas personas mas seguramente. Todavía no es conciencia general pero los particulares en algún momento se convierten en general. Cuando y como puedo participo en mi comunidad y lo que encuentras en el fondo es carencia de conciencia, pero de conciencia de lo inmediato, de la vida ordinaria!!! Bueno, para mi tu pensamiento reconcilia, o me reconcilia con la ciudad en el sentido de la propuesta. Es el mismo clamor que uno escucha bella y razonadamente cada domingo en el programa la Ciudad Deseada, de Federico Vegas y antes Willian Niño. GRACIAS

enrique larrañaga
19 de Mayo, 2011

He sostenido varias veces que la tragedia del desapego y el desasosiego que endilgamos siempre a otro pero que nos corresponde en proporciones iguales a todos (por acción, omisión o incapacidad de hacer llegar los mensajes) se hace dolorosamente clara cuando uno quiere enviar una postal a algún amigo distante (ahora el email nos libera de esta tragedia, pero no la elimina…) y sólo puede encontrar fotos de guacamayas, orquídeas o Salto Ángel; por ahora, a veces, se encuentra alguna del Panteón (habrá que ver qué pasa con nuestro apego emocional cuando le inoculen la pirámide monumental dedicada a no se sabe bien cuál ego y que lo minimizará hasta casi el ridículo) o de la Casa de Bolívar, transformada en un pobretón palacio renacentista con todo y mármoles y columnas clásicas, como si nos diera vergüenza reconocer que hasta los aristócratas caraqueños del siglo XVIII nacían en casas con paredes de tapias. Es como si, avergonzados de vernos como somos, rompiéramos los espejos que hemos construido y buscáramos en los que encontramos y heredamos por accidente y sin esfuerzo espejismos que nos consuelen.

Luz
19 de Mayo, 2011

si no es que “somos chéveres” es que Dios nos ha dado la exclusividad del paraíso para los venezolanos, y así vamos descuidando lo cotidiano . Añoro volver a caminar por las calles como lo hacía de niña y adolescente, poder disfrutar de la ciudad, sin pretensiones, pero con la convicción de pertenencia, y de orgullo por lo que cada uno de sus habitantes le pongamos como valor agregado.

samuel
20 de Mayo, 2011

bravo!!!

Armando Coll
20 de Mayo, 2011

¡Bravo, Alonso! Comparto esta aprensión por, no digamos, indiferencia sino la inquina hacia la ciudad venezolana. No sólo Caracas, tan denostada por el nuevo poder, que confunde conservación patrimonial con repostería casera, digo, al convertir el casco central en una suerte de torta. Cuando viajo a Maracaibo me asombro de las huellas holandesas de un patrimonio arquitectónico perdido en la bulla buhoneril y el mal gusto gobernante. En Ciudad Bolívar me siento súbito en una ciudad como sacada de una novela de Conrad…por decir. La gente se asombraba de la pasión acuciosa con que William Niño comentaba a su amada ciudad, no faltaría quien lo viera como un cursi. Basta caminar un rato junto a Hannia Gómez para caer en cuenta de todo lo que no vemos y sin embargo está, ahí, desde hace tiempo.

pakika
20 de Mayo, 2011

Excelente, totalmente de acuerdo, nada que agregar. Felicitaciones Moleiro

Adgamanel
26 de Junio, 2011

Rotunda realidad… somos un país de bochinche… no somos la belleza del planeta manifiesta en nuestro territorio, somos quienes vivimos el día a día como Eudomar Santos: “Como vaya viniendo, vamos viendo”… así transcurre nuestra cotidianidad… sin disciplina… sin planificación… sin respeto… sin visión… sin proyectos de vida…

Elisabeth
25 de Julio, 2011

Completamente de acuerdo pero que proyecto tan difícil…. ¿Será que tan siquiera veremos su comienzo?

Yajaira Bastardo
25 de Diciembre, 2011

Excelente artículo. Se necesita acumular una masa crítica. Quiza hay que usar más las herramientas tecnológicas que tenemos. Hacer más blogs y darle difusión a los escritos que tratan esta problemática.

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