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Cuando el amor entra en el pensamiento: “Correspondencia” Arendt-Heidegger (II), Por Alejandro Oliveros

"Una pareja no es una pareja sino una criatura de dos cabezas, un raro bicéfalo, cuyo aspecto puede ser siniestro..."

Por Alejandro Oliveros | 12 de Mayo, 2011
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Si aún no ha leído la primera parte de esta serie, puede hacerlo pulsando: Cuando el amor entra en el pensamiento: “Correspondencia” Arendt-Heidegger

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Al atardecer del 7 de febrero de 1950, el profesor Martin Heidegger se presentó en uno de los hoteles de Friburgo que tal vez frecuentara en su juventud. Respondía a una nota recibida el día anterior en el papel timbrado del establecimiento: “Estoy aquí”, era todo lo que decía. Más que suficiente. Para el ex­-Rector de la universidad no podía tratarse sino de una persona. No sólo reconoció la letra. Tan importante: el tono atrevido y la seguridad, el riesgo y la independencia. En la recepción confirmó lo que ya sabía. Se trataba de Hannah Arendt. A quien había dejado de ver en 1933, cuando las circunstancias la obligaron a refugiarse, primero en París y luego en los Estados Unidos. Lo que no sospechaba, ¿o sí?, el “rey oculto de la filosofía” era que esa visita, el reencuentro de las miradas después de tanto tiempo, iba a significar el renacimiento de unas relaciones que estuvieron marcadas por la pasión y el riesgo. La cita del 7 de febrero de 1950 se prolongó con otros encuentros. Alguno de ellos con la inesperada participación de una tercera persona, Elfriede Heidegger. La esposa del filósofo que había sido enterada por él de su amor por la ex-alumna. Diecisiete años no son pocos años. Y si vividos durante la tiranía nazi, la guerra y sus secuelas, pueden ser una eternidad. Suficiente en todo caso para que los secretos de una pareja dejen de serlo. En situaciones límites, y una guerra es una situación límite, una pareja no es una pareja sino una criatura de dos cabezas, un raro bicéfalo, cuyo aspecto puede ser siniestro, como el dibujo autobiográfico de Leonardo da Vinci.

En una de las primeras cartas de este segundo período de la Correspondencia, que se extiende desde 1950 a 1955, Heidegger habla de una “culpa del ocultamiento”. Un malestar que, sin dificultades, asume Arendt, quien le escribe, en tono casi patético, a Elfriede dos días después del reencuentro: “existe una culpa por taciturnidad que poco tiene que ver con la falta de confianza. En este sentido, creo, Martin y yo probablemente hemos pecado tanto el uno contra el otro como contra usted. Esto no es una disculpa. Usted desde luego no la esperaba, ni yo podría dársela. Usted ha roto el hielo, y por ello le doy las gracias de todo corazón. No podría ocurrírseme que usted esperara algo de mí porque, más tarde, cometí cosas mucho peores en relación con esta historia de amor, de modo que aquellas cosas tempranas ya ni siquiera me vinieron a la mente. Mire usted, cuando me fui de Hamburgo estaba firmemente decidida a no amar nunca más a un hombre y luego me casé, como fuera, con cualquiera, sin amar. Porque me creía totalmente soberana, creía disponer de todo precisamente porque no esperaba nada de mí. Todo esto sólo cambió cuando conocí a mi actual marido.” Pero la culpa no implica, propiamente, arrepentimiento. Y si el primer viaje de Arendt se justificó porque formaba parte, en teoría, que es pura falsa conciencia, de un itinerario preestablecido, el segundo no precisaba justificación. Regresó a Friburgo a lo suyo, a encontrarse de nuevo con el maestro, al cual se había entregado en el lejano invierno de 1924-25. A pesar de las protestas de Elfriede, Heidegger continuó frecuentando a Arendt durante su segunda visita a Friburgo en 1950. Arendt había caído de nuevo bajo la fascinación del viejo “brujo”.

Heidegger no parece darse por enterado de la disposición de su amiga. Sus cartas de estos meses podrían ser las de un distraído o un ingenuo. El 19 de marzo de 1950 le escribe: “Hannah, quédate tan próxima a Elfriede como llegaste a estar aquí. Cuanto más bellamente se convierta lo nuestro en nuestro, tanto más enteramente será también suyo y mío. Necesito su amor que ha soportado en silencio durante los años y que ha seguido dispuesto a crecer. Necesito tu amor, guardado en secreto en sus primeros brotes, extrae lo suyo de su profundidad.” No conocemos la opinión de Arendt sobre el interesado proyecto de Heidegger. Pero sí lo que pensaba de su esposa: “Ella, por desgracia, es sencillamente estúpida.”

Arendt regresa a los Estados Unidos, seguida por nuevas cartas de Heidegger. Y no sólo cartas. El pensador  había regresado a la poesía y no son pocos los poemas que dedica a la amiga. Alguno de ellos tal vez digno de recuerdo:

EL ENCUENTRO DE LA MEMORIA

Cuando el amor entra en el pensamiento
Ya el ser se ha inclinado hacia él.
Cuando el pensamiento para el amor se esclarece,
el favor, poéticamente, le ha otorgado brillo.

Por medio de la Correspondencia se mantiene Arendt enterada de las dificultades por las que atraviesa el pensador distante, sometido a un proceso de desnazificación tan estúpido, aunque no tan terrible, como el padecido por Ezra Pound. A las restricciones intelectuales y las carencias materiales se suma la paranoia de una temprana guerra fría: “En general, las cosa no son muy alentadoras. Cuando llegue el rodillo, no sé a dónde ir con mis trabajos de los últimos años, que aún no han sido pasados en limpio y sólo existen en borrador. Los rusos, o si se quiere, la NKVD no me atraparán vivo.” El amor indeclinable de Arendt fue una gratificación bienvenida por el filósofo acosado. Había hecho su tesis de grado sobre San Agustín y no olvidaba las palabras del cartaginés en Civitas Dei: “Se ama, sí, y por ello se demuestran que cuanto más rectamente se ama a los hombres, tanto más se ama el mismo amor.  “El amor de Arendt es la expresión existencial de la idea de Agustín. Se encarga de Heidegger y de la difusión de su pensamiento fuera de Alemania, una tarea ingente, si las hay. Supervisa o critica la traducción de su obra a otros idiomas, en especial la del profesor Robinson de Ser y tiempo al inglés. Se ha convertido en una “broker” de los escritos del polémico pensador. Pero el amor agustiniano da para eso y más. Alcanza para amar a Heinrich Blücher, su segundo esposo y compañero. Y, lo que es fundamental en esta ideología amatoria, rinde también para ocuparse de ella misma y de su obra.  En 1955, aparece la versión alemana de Los orígenes del totalitarismo, mientras dicta clases magistrales en varias universidades norteamericanas.  Y trabaja en el que tal vez sea su proyecto más original, La condición humana: “Partiendo quizá de Marx, de un lado, y de Hobbes, de otro, un análisis de actividades fundamentalmente diferentes que, vistas desde la ‘vita contemplativa’, se suelen meter todas en un mismo saco de la ‘vita activa’”.

A pesar de todo, la pasión revivida de 1950 se había atenuado en Heidegger dos años después.  En 1952, atento a todas los de Elfriede, temeroso de una Medea en la Selva Negra, Herr Profesor comunica a Arendt: “Es preferible que ahora ni escribas ni pases. Todo es doloroso y difícil. Pero debemos soportarlo”.  Aunque experto en San Agustín, Heidegger no pasó de la teoría. En su particular concepción del amor durante esos años, el otro no existe: “El matrimonio no le importa… Esta persona vacila en sus compromisos, se entusiasma con una causa para luego retirarse y refugiarse en su trabajo”.  Así se lo reveló una grafóloga y vidente a Arendt en Alemania, quien, por fin, se dio cuenta de lo que todos sabíamos.  Que ningún genio es perfecto.  Y el egoísmo es sólo una de sus sombras más frecuentes.  Después de “descubrir el agua tibia”, Arendt, en otro epistolario sorprendente, le escribe, con despecho, a Karl Jaspers, su maestro “bueno”: “Sé que para él es intolerable que mi nombre aparezca en público, que yo publique libros, etc. En realidad, no le he dicho toda la verdad sobre mí, conduciéndome como si nada de esto existiera y como si yo, para decirlo de algún modo, no supiera contar hasta tres, excepto cuando se trata de ofrecer una interpretación de sus escritos, en esos casos siempre fue gratificante para él enterarse de que sabía contar hasta tres, e incluso hasta cuatro. Pero ya me aburrí de esto y con un portazo en las narices he pagado mi cambio de actitud”. En estas líneas se refiere al malestar que, en 1958, le produjo a Heidegger el reconocimiento que había tenido Arendt en Alemania por La condición humana. “Las cosas más increíbles son posible”, fue la respuesta, “en situación”, de Jaspers.

Si Heidegger hubiera considerado con seriedad la lectura del libro de Arendt, algo que pienso nunca hizo, se habría identificado con las opiniones expuestas en el que tal vez sea el texto mas permanente su discípula y amante:  “El amor, aun cuando es uno de los más raros acontecimientos de la vida humana, posee una capacidad inigualada de autorevelación y una calidad única para descubrir el “quien”, precisamente por su desinterés, al punto de la indiferencia, con lo que la persona amada pueda ser, con sus atributos y limitaciones, no menos que con sus logros, fracasos y transgresiones… El amor, por su propia naturaleza, es indiferente y por esta razón es no sólo apolítico sino anti-político, tal vez la más poderosa de todas las fuerzas anti-políticas del ser humano.”   Lo cierto es que, a partir de 1955 y hasta 1967, el fervor desaparece.  Las cartas son convencionales y escasas. Apenas tres se conservan de esta época.  Y los contactos personales habían cesado antes. Se nos asegura que el último se produjo en 1952. Es improbable que Arendt haya superado aquel humillante, “ni escribas ni pases” de ese mismo año. El segundo momento “cumbre” había quedado atrás.

El drama es una circunstancia de los amantes. Un rotundo desmentido a lo cotidiano. La teatralidad es, o debería ser, lo más frecuente.  A finales de julio de 1967, Arendt fue invitada a dictar una conferencia sobre Benjamín en Friburgo.  El viejo “brujo” se enteró de los preparativos  y, sin comunicárselo a nadie, se presentó. La conmoción fue general. Viejos alumnos, antiguos colegas, admiradores y enemigos, vieron pasar la figura del más grande filósofo desde Hegel, dirigiéndose en solitario hacia el paraninfo de la universidad de la que, en un lejano 1934, había sido Rector. No creo que Arendt se haya sentido sorprendida al verlo entre los asistentes. Feliz sí, al saludar al público sólo dijo: “Estimado Martin Heidegger. Señoras, señores.”

Así comienza el tercer momento de las relaciones entre estos dos personajes inevitables para la inteligencia contemporánea y la última sección de esta Correspondencia. Las cartas y los encuentros se hacen más frecuentes.  Frau Heidegger ya no teme una reanimación de las “venas que humor a tanto fuego han dado.” Hannah tenía 61 y el buen Martin 78. Ahora todos podían ser amigos. Y lo fueron, ampliando el círculo hasta Heinrich Blücher. La escritura de las cartas también ha cambiado. Por primera vez, los amigos se comunican casi de igual a igual. Casi, porque no es fácil ser igual a Platón o Kant. Pero el tono es el que uno espera de dos de los más brillantes intelectuales de nuestro tiempo. Arendt se siente a sus anchas. Está segura de que, al fin, es considerada por el Maestro. Se habla de los grandes temas. La figura de Arendt comparte el primer plano de esta composición. Ha pasado de ser el sumiso personaje femenino de un cuadro de Vermeer a la activa presencia de una mujer de Manet o Morisot. Sus preguntas tienen el aire rarificado de las alturas. Sobre una expresión en una de las obras tardías del filósofo: “¿Lo dices tú o es completando a Kant?”. O sobre el Heráclito: “¿Un libro muy peculiar, en el que, al final, sólo te leí a ti con gran atención?”.  Por su parte, Heidegger le escribe: “Tu segundo volumen de la Vita Activa será tan importante como complejo.” O: “La academia de Darmstadt ha premiado tu prosa. Me alegra por ti. A veces no sólo aciertan en lo correcto, sino hasta en lo verdadero.”

Arendt disfruta esta Arcadia del espíritu. La encuentra como una compensación a tanta pérdida y orfandad: “A quienes la primavera les yermó y rompió el corazón, el otoño los cura.” El “reencuentro de las miradas” terminará con su muerte el 21 de diciembre de 1975. En la última carta de la correspondencia, Heidegger escribe a los amigos de Arendt en Nueva York: “Fue una muerte clemente: Llegó claro está, demasiado pronto para el cálculo humano. Ahora sus rayos giran en el vacío; salvo, que es lo que esperamos, si se llena de nuevo con su presencia transformada. Mi único deseo es que tal cosa ocurra en gran medida y con gran fervor. Por lo demás, sin embargo, las palabras no consiguen ahora gran cosa.” No fue mucho lo que el gran filósofo sobrevivió a la muerte de Arendt. Apenas cinco meses después habría de morir en su eterna Friburgo. Había vivido lo suficiente para entender que “cuando el amor entra en el pensamiento/ el Ser ya se ha inclinado hacia él.”

2002

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Lea la primera parte: Cuando el amor entra en el pensamiento: “Correspondencia” Arendt-Heidegger

Alejandro Oliveros 

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