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Sin tarjeta en Ciudad de México, por Arturo Almandoz Marte

Crónica de un viaje a México

Por Arturo Almandoz Marte | 29 de Abril, 2011
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1. En septiembre de 2007, durante mi tercera visita a Ciudad de México, fui a retirar efectivo de un cajero electrónico en la calle Madero, cercano al Ritz donde me alojaba, al igual que en oportunidades anteriores. Siendo un animal de costumbres, repetí la localización en el hotel de pomposo nombre y disminuida condición por encontrarse casi equidistante entre dos de mis nodos referenciales en la urbe descomunal: el Zócalo y el palacio de Bellas Artes. En términos de monumentos, la calle está presidida por los 44 pisos de la torre Latinoamericana, que desde 1956 despuntaron como el más alto rascacielos de esa metrópoli  que Carlos Fuentes recreaba a la sazón en La región más transparente; no en altura sino en prestancia, resalta asimismo la Casa de los Azulejos, sede del primer restaurante que, desde comienzos del siglo XX, los hermanos Sanborn establecieran en el otrora palacio de los condes de Orizaba devenido jockey club del porfiriato. Pero Madero es, por sobre todo, una animada calle de comercio detallista, en la vieja usanza de los cascos latinoamericanos; abundan las tiendas de mantelería, imágenes religiosas y artículos para caballeros, resaltando los suéteres y demás prendas tejidas, así como las guayaberas ahora tan de moda. No obstante la colorida variedad y el tráfago incesante que reflejan, todas las vitrinas se me antojan empero algo desvaídas, como las tarjetas postales de tiempos maderistas que todavía se encuentran en Tacuba y otras calles de los alrededores.

Distraído como suelo ser, no me fijé en que el dispensador de dinero era de los que retienen la tarjeta hasta el final de la operación; de manera que no fue sino hasta haberme desplazado a una joyería cercana en busca de una medalla de la virgen de Guadalupe, para mi sobrina Annabella, cuando me percaté de que me había quedado sin el preciado plástico. Después de volver al banco para recibir explicaciones inútiles; entrando en pánico un rato por ser primera vez que sufría una tal pérdida en mi modesta vida viajera, regresé al hotel e hice las respectivas llamadas al celebérrimo operador de tarjeta y al banco nacional. Finalmente decidí tomármelo con calma, aplicando el triste razonamiento de un viajero venezolano del siglo XXI: en vista de las innumerables restricciones de los tarjetahabientes debidas al control de cambio que nos ahoga desde 2003, concluí que tampoco era mucho lo que se había perdido… Afortunadamente había alcanzado a retirar el menguado efectivo que se nos permite usar de nuestro propio dinero; sumándolo a la reserva de dólares con la que suelo viajar, debía alcanzar para los gastos previstos y cualquier contingencia menor. Eso sí: tenía que ser cauto en movimientos y consumos, los que de todas maneras he aprendido a minimizar en los prolongados años del control cambiario socialista.

2. No me permití sentirme del todo frustrado, considerando que de visitas anteriores conocía highlights como el museo Nacional de Antropología, así como el castillo de Chapultepec, donde residieran Maximiliano y Carlota durante su imperial interrupción de las reformas republicanas de Juárez. Más que el castillo y su bosque de árboles podados, había yo disfrutado caminar en dirección hacia la Alameda, a lo largo de lo que inicialmente fuera la calzada de la Emperatriz, y que en los prolongados lustros de Porfirio Díaz se convirtiera en el paseo de la Reforma. En el apogeo de la Belle Époque mestiza que el porfiriato propició, siendo comisionados el palacio Legislativo a Émile Bernard, asistente del famoso Charles Garnier de la ópera parisina, así como los de Correos y de Bellas Artes a Adamo Boari, resulta curioso que este último edificio fuera concluido después de la Revolución, mientras que la cúpula del primero terminara como monumento epónimo de ésta. En el crepúsculo del eclecticismo porfiriano, la renovación del paseo de la Reforma reconstruyó de manera monumental y ecléctica la historia mexicana, pensaba yo al pasar por el Ángel de la Independencia, de Antonio Rivas Mercado, inaugurado por don Porfirio casi en vísperas de que los rebeldes maderistas le hicieran exiliarse en París.

Del México azteca había visto, además de algunas piezas y maquetas del museo antropológico, el gran teocali que se descubriera en los años setenta, cuyo céntrico diálogo con la Catedral Metropolitana epitoma, tanto o más que la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, el sincretismo del país moderno. Sobre todo me consolaba que, en vista del gasto de desplazamiento que no hubiese convenido afrontar en esta visita menguada, ya había estado desde la primera en la legendaria Teotihuacán. No sólo me fascinaba ésta por haber despuntado, como lo evidencia el alineamiento de las pirámides del Sol y de la Luna, entre las primeras ciudades planificadas de la era precolombina, sino también por la controversia sobre sus orígenes que envolviera a historiadores y arqueólogos. Siempre me había intrigado que, a diferencia de las empresas hidráulicas o funerarias que hicieron cristalizar, como diría Lewis Mumford, las ciudades sumerias y egipcias; careciendo del militarismo asirio y del comercio fenicio, Teotihuacán había emergido como centro ceremonial para los pueblos mesoamericanos, adoradores de Tláloc y Quetzalcóatl. Después se confirmó que también tenía una base económica en el mercado de víveres y en el comercio de obsidiana, lo que no la hizo menos celestial y divina. En su esplendor de siglos, la gran Teotihuacán había llegado a tener más de un cuarto de millón de habitantes, lo que la convertía, a la caída de Roma, en la más grande metrópoli de lo que después sería Occidente, todavía no rivalizada por Bagdad y las grandes urbes del orbe islámico por aparecer. El halo de misterio que siempre la rodeó no hizo sino crecer con su decadencia hacia el año 700 de la era cristiana, no se sabe si por hambruna, inundaciones u otras calamidades; desde entonces siguieron venerándola los mayas, toltecas y mexicas, y ni siquiera el resplandor de Tenochtitlán opacó el aura sagrada de la primera metrópoli del Nuevo Mundo.

3. En vista de las restricciones de dinero y de tiempo – dado que partía yo a un congreso en Xalapa en un par de días, invitado por los organizadores afortunadamente – decidí volver a céntricos monumentos cercanos al hotel, a ver si alcanzaba a apreciar detalles pendientes. Así por ejemplo en el palacio de Bellas Artes, donde en mi primera visita no había podido contemplar, por estar en reparación, la cortina de cristal con los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, diseñada por Tiffany de Nueva York en 1910. También los murales de Rivera en las escaleras del palacio Nacional y en la Escuela Preparatoria, así como el “Sueño de una tarde dominical en la Alameda central”, que a mi juicio condensa la genealogía artística del movimiento asociado con la Revolución, al tiempo que, como toda obra maestra, la trasciende por mucho. Desde las pugnas ocurridas en la Academia de San Carlos, a finales del porfiriato, promovidas por Gerardo Murillo, conocido como Dr. Atl, en las que se abjuraba del academicismo asociado con el régimen; pasando por los grabados entre caricaturescos y funerarios de José Guadalupe Posada, así como la llamada “pintura de pulquerías”, cuyo realismo ingenuo sedujo a Rivera y Orozco; no en vano retrató el primero a Posadas en el centro del mural, dándole el brazo a su calavera Catrina, envuelta en la boa de plumas que alegoriza la milenaria Quetzalcóatl. Pero también son evidentes en el muralismo las renovadoras influencias foráneas, tanto o más importantes que esos antecedentes locales: porque de Cézanne y Renoir a Gauguin y Picasso, las técnicas y paletas del posimpresionismo, fovismo y cubismo fueron decisivas en el Rivera que viviera en Europa entre 1908 y el 21.

Si bien Hernán Cortés abre por la izquierda el fresco, seguido por controversiales personajes del temprano México republicano, de Iturbide a Santa Anna, que llevaron a la guerra por Texas y el expolio territorial por parte de Estados Unidos; así como, más a la derecha, asoman antihéroes de la invasión francesa, del general Marimón al mismísimo Maximiliano, mucho del sueño dominical en la Alameda transcurre en la dilatada víspera porfiriana de la revolución inexorable. No en vano Rivera lo fue poblando, a la derecha del centro que define el general Díaz con su empenachado sombrero, de adalides anti-reeleccionistas junto a sojuzgados obreros y campesinos que, bajo los árboles agitados por el vendaval premonitorio, alegorizan el extranjerizado liberalismo económico y el feudalismo político porfirista. Y más allá de esa interpretación longitudinal y mexicana, acaso mi distorsionada visión de urbanista influido por la lectura de José Luis Romero, me ha hecho también distinguir, en la obra inagotable, el cortejo que va de la aburguesada ciudad decimonónica hacia la masificada metrópoli latinoamericana del siglo XX.

Aunque no soy tributario de la moda que se ha impuesto en las últimas décadas en torno a la obra de Frida Kahlo, contemplarla en el mural del esposo me abrió el apetito por visitar su casa azul en Coyoacán, así como el cercano estudio del maestro en San Ángel, diseñado por Juan O’Gorman. Quería comenzar por el último, pero el taxista que me llevó en uno de los famosos escarabajos verdiblancos o “bochitos” – ya por desaparecer, según me comentó – no conocía la dirección y me dejó en el solariego templo surrealista. Más que la obra pictórica de Kahlo y sus contemporáneos allí exhibida, me impresionó la atmósfera vivificada que se respira en la casa, con las jaulas de pájaros y las gavetas llenas de ungüentos y remedios; con la habitación cuajada de cintas y pulseras, de trajes típicos y corsés terapéuticos, presidiendo la cama que adquiriera múltiples significados en la vida de la artista: desde esa suerte de taller al que estuvo confinada después del accidente de autobús en su juventud; pasando por el tálamo de su compleja intimidad con Rivera y de sus infidelidades lesbianas y trotskistas; hasta el lecho agónico del que no se desprendiera incluso para asistir a la primera exposición retrospectiva que le organizaran en México poco antes de morir.

4. Acaso ese ambiente tan agotador de museo tan singular hizo que, a la salida, no hubiera tiempo ni energía para encontrar el estudio de Rivera, que espero poder visitar algún día. Decidí volver al centro y dedicar mi última tarde, antes de partir en vuelo a Veracruz al día siguiente, a buscar La raza cósmica en la librería Porrúa, así como algunas obras de Justo Sierra y Francisco Bulnes que ilustran en ideas esa transición representada por el sueño riveriano. Afortunadamente ya había adquirido Ulises criollo en una visita anterior, del que me había fascinado, sobre todo, el tácito reconocimiento que allí hace José Vasconcelos de que la revolución intelectual que preconizara se nutrió de su temprana formación en los cenáculos del México porfirista; por ello el ímpetu renovador del artífice de la reforma educativa y el muralismo no pudo desconocer la erudición de los famosos científicos, encabezados por el maestro Sierra, de los que se supo rodear don Porfirio, como lo hiciera Gómez en Venezuela con sus doctores. Y para recrear la atmósfera del renacer nacionalista que propiciara la revolución de Vasconcelos, sólo me permití adquirir, como gasto extraordinario, un disco compacto de Silvestre Revueltas, inclusivo del “Sensemayá” y “La noche de los mayas”.

Después de tantas restricciones durante la corta visita, al final no me excedí en los gastos, inclusive habiendo estado y regresado de Xalapa; menos mal que así fue, porque nunca llegó la tarjeta de crédito provisional, prometida por la operadora en tres días hábiles. Afortunadamente los venezolanos, por contraste con la era saudita y del ‘ta barato, de la que nunca participé, parecemos haber aprendido a disciplinar los gastos de viaje con el control de cambio. No hay mal que por bien no venga, como decía mamá.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (1)

Jorge Gómez
22 de Septiembre, 2011

Profesor Almandoz, no solo este relato es una magnífica descripción decantada de los principales lugares de interés para la historia urbana y la historia cultural de la ciudad de México, sino también evidencia un extraordinario inciso de análisis de las obras muralista del arte moderno y contemporáneo de ese país. Entre formas, estructuras y delicioso manejo de los contenidos expresados en las obras de arte dejan ver sin duda la ya reconocida sensibilización hacia el arte y la cultura expresada en sus obras. Más allá del incidente con la tarjeta y sus consabidas penas, no es para nada -como bien lo señala-, un atenuante para elaborar esta crónica. Saludos una vez más de la montañosa ciudad de Mérida – Venezuela.

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