Artes

Las librerías: final de temporada, por Andrés Boersner

Mientras alguna revista se regocija por la buena marcha del mercado otros pensamos que el mercado natural se está pervirtiendo

Por Andrés Boersner | 25 de abril, 2011

Un par de meses atrás lamentábamos el cierre de Librería Lectura. Los más pesimistas referían a motivos económicos relacionados con la crisis y el proceso de cambios que pretende implantar el gobierno, de un sistema a otro. Al férreo control y bloqueo por parte del SENIAT y CADIVI, agregaban razones que tenían que ver con la supuesta voluntad oficial de impedir la entrada de textos e ideas ajenas a su entorno. Se trataría de una fórmula que maquilla la denunciada por Mario Vargas Llosa en su discurso La libertad y los libros (Feria del Libro de Buenos Aires, 21, abril, 2011). Allí manifiesta que los gobiernos con visión dogmática, excluyente y autoritaria asumen con el comisariato lo que antes aplicaban los inquisidores al pretender que los libros sean “examinados o purgados por censores estrictos para asegurar que sus contenidos se ajusten a la ortodoxia y no se deslicen en ellos apostasías y desviaciones de la doctrina verdadera. Dejarlos prosperar sin esa camisa de fuerza de la censura previa sería poblar el mundo de heterodoxias, teorías subversivas, tentaciones peligrosas y desafíos múltiples a las  verdades canónicas”.

Lo cierto es que aquí la sequía toca a una y otra posición. Por eso cuando nuestro presidente viaja a España hace una parada técnica en la Casa del Libro para llevarse ochenta y ocho ejemplares que aquí no se consiguen. Eso no quita que algunos de ellos los recomiende ampliamente en su maratón dominical o durante alguno de los encadenamientos  mediáticos.

Al ser consultado por la decisión de cierre de Lectura su librero, Walter Rodríguez, señalaba que el costo de los libros y su escasez había acabado con “los ratones de librería” (que se llevaban 4-5 libros en cada tanda). Mencionaba también el problema de importación  y el costo de alquiler del local. Algún optimista alegó que Walter “estaba cansado” y que el Sol salía para todos: tranquilos, porque se abren nuevos espacios para el libro.

Hoy debemos reseñar el cierre de dos Librerías más (Librerías con mayúsculas; no librerías “donde también venden libros”): Estudios, de La Castellana y Librería Centro Plaza. La primera funcionó por más de una docena de años y la segunda por más de tres décadas. En ambas había libreros. Por Centro Plaza pasaron Isidoro Duarte, Eduardo Maurín y Luis Ramírez, personas con gran conocimiento y trayectoria dentro del mundo del libro. Su librero de los últimos años era Eduardo Castillo, quien se inició, a la par que nosotros, a comienzos de los ochenta. Librería Estudios, después de la muerte de Carmelo Vilda, estuvo a cargo Javier Marichal, uno de los libreros más completos de este país, en cualquier época.

En ambos casos el tema del alquiler tiene un peso contundente. A ello se agrega la dificultad en el surtido, que hacía peligrar la naturaleza y características propias de ambos santuarios.

Mientras alguna revista se regocija por la buena marcha del mercado y por la venta de libros en tiendas de discos (algunas de las cuales también venden helados y chucherías, como el caso de la legendaria Don Disco) otros pensamos que el mercado natural se está pervirtiendo y que la tendencia, por los momentos, apunta a que las librerías terminen ofertando bati-bati y que los melómanos recomienden la biblioteca de Elías Canetti en Debolsillo. Farmacias, quincallerías, perfumerías, perrocalenteros están vendiendo libros. Y en el caso de este último se trataba de una edición pirateada de Sangre en el diván, situada precariamente entre la mostaza y la mayonesa. ¿Significa esto que las ventas están boyantes o que los distribuidores que subsisten (porque algunos han cerrado, otros han reducido personal y la mayoría se ha concentrado en vender más de lo mismo, como los kioscos que rodean el Hotel Humboldt, en el Ávila) buscan nuevos mercados  porque el natural está en crisis?

Decir que “las librerías venezolanas siguen en buen pie” (El Librero, nº 45, pág. 4) es tan dudoso como decirle al que monta una sucursal en Colombia que lo hace gracias a lo bien que le va acá. Muchos de los que diversifican lo hacen porque los números no cuadran o porque el rubro que manejaban también está en crísis (es el caso de los cd por la situación de piratería y la facilidad de descarga musical a través del computador).

Cuando libreros como Rodnei Casares o Ignacio Alvarado dicen que las ventas han disminuido en los últimos años un 30% creo que deberíamos alarmarnos. Lo que percibo de otras, aún de las de cadena, es falta de novedades, de fondo y una tendencia cada vez mayor a diversificarse. En las vitrinas de las librerías de cadena el espacio para los maletines y juguetes ha invadido aún más el que antes ocupaban los libros.

Los únicos libreros que sí han podido mantenerse y, en algunos casos prosperar, son los que se dedican al libro de segunda mano. Allí el margen de ganancia es mayor y menores los costos de mantenimiento. Con alguno de los colegas libroviejeros que atiende desde hace veinte años debajo del puente de Las Fuerzas Armadas pude confirmar la cantidad de personas que al abandonar el país no saben qué hacer con sus bibliotecas, así que terminan vendiéndolas por cuatro lochas o regalándolas.

¿Cuáles son las nuevas librerías que abren? Y, apartando las intenciones, profesionalismo y entusiasmo ¿Tienen la misma calidad de oferta que las que cierran? ¿Tienen acaso un buen surtido de las editoriales alternativas y tradicionales de Venezuela o son las ofertas de depósito que ya conocemos? ¿Promocionan las grandes editoriales, SigloXXI, Trotta, Akal, Acantilado, Siruela, Pre-textos, Técnos, Catedra, Alianza, Gredos, Blanca Fiore, Paidós, Herder que traía Estudios?

Sigo y seguiré apostando a los libros; entristeciéndome por el cierre de estas tres librerías y alegrándome por la apertura de otras como Sopa de Letras, que apuestan por el libro infantil y juvenil, algo que maravilla y estimula. Y me parece magnífico que tengamos una revista sobre libros que es un lujo casi en cualquier parte del mundo. El Librero es una de las iniciativas culturales más ambiciosas de los últimos años.  Pero creo que no siempre reflejan la realidad del mercado. El deseo de que las cosas funcionen está bien, pero cuando el Emperador está desnudo hay que señalarlo y decirle que vaya a una tienda de ropa o al sastre de confianza, no a la chocolatería más cercana.

Celebrar la ampliación de espacios no tradicionales para el libro y que no venga acompañada por la bibliodiversidad me parece un error, no ayuda a transformar el momento dramático que padecemos. Mientras en otros países el problema se plantea por las nuevas tecnologías que ocupan el mercado o buscan desplazar el formato tradicional del libro, aquí lo uno no aparece y lo otro se va reduciendo. No es hora de callar para sobrevivir. Traer los títulos deseados con el cupo de internet o a través del pana que viaja a Barcelona, Bogotá o Buenos Aires puede solventar las necesidades particulares. Pero señalarlo en páginas literarias para recomendarlo al público lector es como mostrarle a la tropa una foto llena de manjares antes de servirle el rancho de fororo y alfalfa. Libreros, lectores en general, intelectuales, académicos, sindicalistas, dirigentes del gremio, deberían manifestarse por el cerco cultural al que nos remiten las reglamentaciones y los vaivenes de una economía que se dice socialista pero no parece encaminada a mostrar el carácter igualitario, plural, inclusivo y de apoyo al libro y la cultura, como bien básico, en nuestra vida diaria.

Hagámoslo, así se esté lloviendo sobre mojado. Ya el hecho de que sigan preguntando por qué no hay novedades o por qué las pocas que llegan vienen tan caras revela un desconocimiento de la situación. Hagámoslo antes de que caigamos en la resignada frase “esto es lo que hay” o de que el librero se convierta en un despachador que te diga “tenemos de Coetzee, en barquilla o tinita, con lluvia de Paul Auster y sirope de Vargas Llosa”. O, peor aún, de que el sabor sea uno sólo y el que le gusta al Jefe.

Andrés Boersner 

Comentarios (23)

Mendieta
25 de abril, 2011

Concuerdo con el diagnóstico de Andrés -sobre las dificultades de operar una librería en Venezuela-. Con lo que no concuerdo es con el concepto de “mercado natural” de los libros mencionado en el texto. Dónde se puedan vender libros, se van a vender. Justamente ese es el concepto de mercado. No creo que debamos quejarnos, por ejemplo, de que se vendan champús en una farmacia, o, incluso, harina de maíz. ¿O entonces que diremos de que la gente ahora puede comprar un libro sentado en su casa con solo apretar un click?

Si creo que es inaceptable que las librerías pasen trabajo debido a que no tienen acceso a dólares. Saludos y gracias por el artículo.

Héctor Torres
25 de abril, 2011

Excelente y contundente, Boersner.

Luisa Uzcategui
25 de abril, 2011

Echarle la culpa a la diversificación del mercado, es una salida fácil; el problema no es que se venda Coetze o Paul Auster en una tienda de Disco, para mi, Qué maravilla, el problema quizá es cómo conseguir a Coetze, a Murakami, Carlos Noguera, Héctor Santaella o a Gabriel Payares en Noctua, en TecniCiencia o en el puesto de perros calientes. El asunto que que cada vez se consiguen menos libros y menos autores en cualquiera de estos lugares y en los pocos donde se puedieran encontrar, encontramos un reciclaje de gustos, de preferencias y de lo que hay y se puede importar o colocar, incluso cuando viene del mercado nacional. Un debate interesante que debe ser ahondado, vivimos nuevos y complejos tiempos en un país que parece no vivir en ninguno de los tiempos, donde los unos y los otros miran absortos balbuceando la retórica de quienes necesitan darse esperanzas para seguir un día más, o muriendo o sobreviviendo. Gracias señor Boersner

Carlos Cova
25 de abril, 2011

Entiendo la frustración de Andrés Boersner. Pero el problema hunde sus raíces en un hecho concreto e incontrovertible: en Venezuela no se lee. El mercado del libro es tan pequeño que habría que manejarlo con criterio de delicatessen. Mire que tener que compartirlo ahora con el gremio de Univenpecalipre.

Joaquin Benitez
25 de abril, 2011

Cuando se cierra una buena libreria, se cierra tambien el espacion donde despacha un buen librero. Parece obvio, la libreria la hace el librero, no solo el local, no solo los muebles, no solo el punto, el librero es fundamental. Como hacen falta en muchas librerias que permanecen abiertas, los libreros. En realidad no me importa tanto que las librerias permanezcan abiertas vendiendo otras cosas, lo que si me preocupa es que los que atiendan alli sepan más de chicle o de gomitas, que de libros

mahebo
25 de abril, 2011

El concepto de mercado es relativo, mal pudiera venderse en una librería medicinas, sin el librero ser farmaceuta. Entiendo que mercado natural es para el cual la persona a cargo se ha preparado y en consecuencia dar un mejor servicio al cliente. No todos por decir muy pocos sabrán valorar a Coetzee en Farmatodo, se necesita de la orientación de un librero. Es paradójico que cuando en el mundo actual la tendencia es a la especialización, en materia de mercado queremos abarcarlo todo sin el conocimiento adecuado, más que el del manejo y obtención de la ganancia material.

Miguel Patiño
25 de abril, 2011

Medias verdades, medias mentiras (?) Siento que lo que sucede con las librerías, mas allá de la realidad donde el venezolano lee poco, es lo que sucede con otros rubros de casi cualquier negocio actualmente, es complejo obtener los libros, es costoso, y son difíciles de colocar a precios atractivos. Aunque esto podría ser temporal,de cualquier forma lo digital si relegará a las librerías al formato de delicatessen como mencionaron por allí. Sin embargo, creo en la oportunidad y que habrá cabida a que podamos comentar y fomentar estos e-books bajo la siempre agradecida guía del tendero, ex-librero, en estos sitios de reunión más parecidos en adelante a logias de la era industrial donde no todos leían pero si estaban por llegar allí. Les escribo desde mi NookClor de Barnes & Nobles, por cierto, que me permite leer, no muy legalmente todo lamentablemente, buscar referencias de lo que hay para leer y escribir comentarios como este donde deseo. Por cierto que a mi si me cuesta comprar libros fuera de las librerías y sin librero aunque entiendo que todo evoluciona y es como el hombre es hombre. Gracias por el buen artículo.

Tomás Chang
25 de abril, 2011

Excelente análisis de la difícil situación en la que nos encontramos quienes amamos la lectura. Cada vez es más difícil conseguir libros aquí y la limosna que da CADIVI apenas alcanza para comprarlos en el exterior. Una verdadera lástima que las pocas editoriales que quedan terminarán tarde o temprano, duélale a quién le duela (y me disculpan los optimistas), pisoteadas por el supuesto socialismo que el presidente sigue adelantando. Muy lamentable, además, que más de 30.000 libros pertenecientes a la prominente Fundación para la Cultura Urbana, sigan retenidos injustamente por los interventores de Econoivest Casa de Bolsa.

Luisa Rincón
25 de abril, 2011

Lamentable y tristemente cierto y real. Lo felicito por su artículo yu esto de las librerías, pasa en casi todas las áreas que ayudan o contribuyen a ver, sentir y saber que hay, y merecemos algo más como seres humanos habitantes de este planeta. De acuerdo en que digamos la verdad, la verdad no sólo del rubro de las librerías; si no, de todo cuanto acontece en el país. Hagamos lo posible y quizás hasta lo imposible por no acostumbrarnos a lo que no queremos ni aceptamos o estaremos perdidos y sumergidos como quieren….!?

Pino
25 de abril, 2011

Si el interés por los libros fuera el mismo que por los celulares, la dinámica del mercado sería distinta. Sin lectores no habrá mercado, y sin mercado no habrán libros ni de los buenos ni de los malos. A veces se confunde falta de lectura con falta de buen gusto por la lectura, y en el mundo entero, las librerías viven en gran parte de los libros malos que a su vez son el combustible del mercado. Nosotros estamos tan jodidos que ni siquiera tenemos los suficientes lectores de libros malos para que el mercado se mantenga a flote. Creer que la lectura no es otro patrón de consumo es un error tremendo.

Boris Muñoz
25 de abril, 2011

Este artículo expone de forma cruda la terrible realidad del libro en Venezuela. Ni siquiera el Estado, con su cisterna de petrodólares, ha podido hacerlo mejor que los libreros independientes, actualmente asfixiados entre Cadivi, las corporaciones editoriales y los libródromos que, como bien explica Andrés, son mucho más quincallas que librerías. Quien quiera enterarse en que consiste la epidemia que ha condenado a muerte a tantas y entrañables librerías de toda la vida, como Lectura o Suma del bulevar tiene suficiente con este testimonio de primera mano de uno de nuestros libreros más lúcidos.

López Ruiz
25 de abril, 2011

C¿CUántas personas recurren o han recurrido al librero? Admiro a los libreros, los tiempos han cambiado, a mitad de esta carestía en la economía de puerto en la que hemos devenido, igual el universo referencial, tal como lo hacla en otros tiempos, lo desenraño de ese mundo monacal donde de manera virtual o real siempre se han encontrado estos personajes encantadores y casi de ficción llamados libreros. Por cierto, ya no hay farmaceutas tampoco, ni un buen bartman. Buena conversa

Cristina Luzardo
25 de abril, 2011

Excelente análisis.

Marianne Arapé
25 de abril, 2011

Como hemos perdido con la desapàricion de las librerias y los libreros. Lectura,Suma,Centro Plaza y tantas otras…por no hablar de lo que ocurre en los pasillos de la UCV, convertidos en suerte de mercado persa.La degradacion tambien es pérdida.Y que hacer?

Oswaldo Aiffil
25 de abril, 2011

Andrés, con su humor tan particular desnuda la situación de las Librerías. Como lector me disgusta revisar libros en Locatel o en Esperanto (aunque no les niego el derecho a venderlos). Me entusiasma entrar en una librería donde puedes conversar con el librero acerca de tus gustos literarios e intercambiar puntos de vista interesantes sobre un libro cualquiera. Me disgusta preguntar por un libro y que el empleado, mientras teclea su blackberry, corra hacia una computadora de la tienda, para que sea ésta última quien le diga (una vez que uno le deletrea cuidadosamente el nombre del autor) si lo tienen en existencia o no. De las sobrevivientes, Librerías como Noctua, El Buscón, Alejandría, Libroría, Templo Interno, tienen su magia, y su Librero. Y eso tiene un valor agregado al hecho en sí de la lectura. Eso, cuando se pierde, como en el caso de Eduardo Castillo y la Centro Plaza, duele, y mucho.

Coromoto Lugo
26 de abril, 2011

Muy buen análisis. Pero como en casi todas las áreas de negocios venezolanos, el espejo no tiene dos caras. El problema de las librerías venezolanas es un diamante que muestra sus decenas de facetas. La falta de variedad (bien sea por la poca calidad en la oferta o la restricción a la hora de traerlos), las malas administraciones, la recesión de la lectura, los altos costos de manutención tanto del espacio laboral como del recurso humano, la apertura de los mercados (lo que los hace más competitivos), los precios elevados de los libros, la crisis económica en general, la ubicación del local (sobre todo por la facilidad de acceso y seguridad de la zona), la piratería desbordada… así podríamos seguir mencionando debilidades y nunca encontrar u n solo punto para abordar y enfrentar la situación para salir de la crisis. Para levantar el negocio del libro en Venezuela hace falta un trabajo de hormiga, cada día atacar nuestras debilidades y ese no es un trabajo exclusivo del librero, es un trabajo de la comunidad entera. Como muchas cosas en Venezuela es Educación.

José
26 de abril, 2011

Los (buenos) lectores somos pocos y cada vez somos menos. En Venezuela se lee poco y se entiende mal lo poco que se lee y, cuando se lee, por lo general se lee mucho libro malo que quita más de lo que da (los libros de autoayuda ya forman parte de las lecturas obligatorias en muchas universidades… el horror). El estado de cosas es así porque así hemos montado nuestra educación formal: formamos idiotas obedientes. Imbéciles titulados para operar en el mercado laboral. El sistema educativo está estructurado para que leer sea una lata, una tarea gravosa de la que hay que salir para cumplir un requisito. He tenido alumnos que leen porque les gusta porque sí y son castigados por sus padres: les quitan los libros y los obligan a estudiar “de verdad” para salir bien en los exámenes… parece un contrasentido, pero no lo es porque el programa no está hecho para que se diviertan leyendo lo que quieren (como quieren, cuando quieren), para incentivar la curiosidad y motivar las búsquedas personales que son las verdaderamente formativas (todo lector sabe que esto es la base misma de la lectura) sino para memorizar nociones estériles que le quitan todo el placer a la lectura. No importa que me vean leyendo cosas nuevas cada semana, que les recomiende libros todo el tiempo, que los convoque a las ferias, a los cambalaches de Relectura y hasta que los invite a hacer expediciones por las librerías de viejo… no hay forma de que los incrédulos se crean eso de la lectura por gusto. No sueltan los condenados teléfonos ni por un instante (entran en pánico si se los decomiso). Su poder de concentración es casi inexistente por su compulsión hipertextual y la falacia de las tareas simultáneas (multitasking). Un libro les es tan ajeno como a nosotros nos es anacrónico un ábaco o una regla de cálculo. El libro es un objeto de una era pretérita que requería compromiso, abstraerse del mundo y dedicarse a una sola cosa por un tiempo prolongado !a solas!… eso para ellos solo es posible a través de una consola de video que los lleve a mundos virtuales de ensoñación. Las verdaderas librerías no morirán mientras haya verdaderos libreros y verdaderos lectores, pero sí se volverán espacios exóticos para la mayoría y lugares de encuentro para la minoría pensante que no haya sido devorada por la dictadura de las pantallas.

Oscar Marcano
26 de abril, 2011

Comparto con el mismo dolor el sentimiento de impotencia de este texto de Andrés Boersner, que más que texto es un grito desgarrado ante el deceso de tres reductos de la gran literatura, del libro de alta factura en nuestro paîs. Cualquier punto de vista puede resultar välido, lógico o convincente, pero lo que no deja de ser un hecho incontrovertible es la depauperación sostenida de todo aquello que sustenta nuestra vida interior.

Carmen Cristina Wolf
26 de abril, 2011

Las novedades editoriales de otros países salen costosas a la Librería, y se vuelven inaccesibles para los amantes de la lectura. Hace 15 años iba a Lectura, a Noctua, a Centro Plaza o a Distribuidora de Estudios y salía con tres o cuatro libros. Ahora no entro a las pocas Librerías que quedan, porque me entristece no poder comprar ni siquiera uno. La escasez de divisas y la inflación son los verdugos de los libros impresos y de los lectores. Gracias, Andrés Boersner, por su escrito esclarecedor.

ciro
28 de abril, 2011

A JOSE, QUIEN PUSO AQUI UNA NOTA.

Has indagado tu en ” la compulsion hipertextual y las falacias de las tareas simultaneas”?. Amplia tus comentarios, o indicame donde puedo ir para hurgar un poco mas en el tema. Gracias.Saludos. p.s.: disculpas por ausencia de acentos y signos. Esta es una maquina de emergencia!

Iván Niño
28 de abril, 2011

Estimado Andrés, coincido contigo en algunos aspectos y en otros no, creo antes que nada que los comentarios posteriores son bien interesantes. Cuando cerró la librería Centro Plaza me pregunté dónde estaban las editoriales y la Cámara Venezolana del Libro que siguen sin pronunciarse al respecto (con la excepción de Alfaguara y Alfa, si no recuerdo mal) y aún, somos los lectores y libreros los que seguimos lamentándolo, cuando las editoriales y la Cámara (que es una Cámara fundamentalmente de Editores) parecen ni inmutarse. En eso, coincidimos, algunos (entre ellos tu mismo) han sabido bandear el temporal, otros penosamente, no lo han logrado e incluso, aunque asombre: aún algunos otros se aventuran a abrir una librería de nicho (como el citado caso de Sopa de Letras). Las editoriales tienen mucho tiempo practicando la cómoda colocación de títulos al por mayor en canales donde no tiene sentido y dejando a los que si lo tienen vacios o descuidados. ¿De verdad en Locatel o Farmatodo alguien va a adquirir a Coetzee, a Eco? No lo sé, ellos sabrán. Cuando el “negocio editorial” es “colocar” libros donde sea, ya no podemos achacarle la culpa sólo a un estado tan ineficiente como el nuestro: tenemos que reconocer nuestras culpas. En otra cosa que coincidimos y que lamentablemente suele ser practica habitual en las páginas y columnas culturales venezolanas: es que resulta un ejercicio equivoco empeñarse en reseñar títulos no disponibles en las librerías del país, cuando sistemáticamente se ignoran muchos otros que si están disponibles y justamente por eso (pues no son “noticia”) para quienes las escriben. Alguna vez el encargado de las páginas culturales de El Nacional me señaló que lo hacía para promover una demanda que fuera escuchada por las editoriales y yo pregunté: ¿De verdad crees que una editorial traerá un libro por eso? Jamás ocurrió y si acaso se logrará trabajar de esa forma con los inconvenientes de importación seguramente llegaría un año después y por supuesto: a un costo difílmente accesible para hacerlo rentable. En lo que no coincidimos: como suele suceder, los libreros independientes señalan a las cadenas como un “enemigo”, cuando como siempre lo he señalado (y contrario a lo que suele pensarse) tienen más cosas en común que diferencias y créeme lo digo por propia experiencia: padecen los mismos males que las librerías independientes y otros males particulares que las independientes también tendrán. Seguimos empeñados en vivir lamentándonos de lo que nos diferencia en vez de ocuparnos de lo que nos une. Lamentablemente es un hecho comprobable estadísticamente que el venezolano venía adquiriendo libros (y no estoy juzgando a priori la calidad de los mismos) a un ritmo que dejó atrás el mito que en Venezuela no se leía, pero sin duda alguna las consecuencias de una política gubernamental de control cambiario ha hecho al libro un bien de consumo suntuario en contra de toda lógica universal: en la que, al contrario: el libro es un producto de consumo masivo, porque ni siquiera esas grandes editoriales de renombre han llegado a nuestras manos a través de un proceso artesanal, sino a través de un proceso industrial soportado por el mismo sistema que edita libros que algunos podrían llamar de baja calidad. En eso coincido plenamente con el comentario de Pino, un poco más arriba. En definitiva, asombra el silencio editorial, la comodidad de incrementar hasta el infinito los precios sin detenerse a pensar en si de verdad habrá lectores para un libro de Murakami de 200 páginas a 300 y pico de bolívares. Ya una vez un editor me dijo que él sabía lo que hacía porque tenía 30 años haciéndolo, yo sonreí y ni siquiera respondí: nos guste o no, querer hacer las cosas como las hemos hecho siempre no siempre producirá los mismos resultados que hace treinta años. Mis respetos y saludos para ti y todos los que comentaron.

Gabriel H.
29 de abril, 2011

Yo no sé de estructuras de costos de las librerías ni del negocio del libro, en general. Es claro que esta industria ha estado asfixiada por los brazos múltiples del gobierno (Cadivi, etc.), pero no sé si más de lo que lo son otras. De repente es más necesario que nunca actuar como gremio y buscar soluciones en bloque. La otra cosa es el mercado: no creo que “en Venezuela no se lee”, porque sino libros de política no estarían tan en boga, pero se lee poco de los grandes. Ejemplo: encontrar 2666 de Bolaños me costó tanto y los pocos eran tan aros que me tocó comprarlo en internet por FNAC. Encontrar a Ribeiro, Coelho, etc no es nada difícil, y debe ser porque es lo que la gente más lee. Finalmente, siendo la institucion del Librerp tan importante, una librería que ofrezca como activo a esta persona, no tene por qué estar ubicada en un local comercial bien ubicado. Puede perfectamente estar en el C.C. El Placer, donde los costos no sean una deteminante para la subsistencia del negocio. Yo he optado por ir poco a librerías, porque la oferta ha casi desaparecido

José Pedro
10 de octubre, 2014

Buenos días apreciados lectores. Recuerdo que el cierre de Lectura del tan apreciado librero uruguayo Walter, tuvo su lamentable cierre no fue por el difícila cceso al dólar sino a los fuertes alquileres que están imponiendo en los centros comerciales de Caracas, siempre siguiendo nuestra tradición especulativa, un país dónde a parte de tener un clima favorable que nos permite hacer cualquier cosa a lo largo del año y permite también, gracias a la amplia libertad el tener que vivir de la renta sentado en casa esperando que los arrendados, los choferes de avance, los buhoneros subarrendados y tantos otros supervivientes del día a día le lleven la renta a la mano de estos seres improductivos come rentas. Gracias a estos come rentas, mucha gente no vive bien. muchos lectores extrañamos librerías como Lectura, la Macondo de Perucho, La Mundial, y tantas otras que han venido despareciendo junto con sus dueños y otras tanto tragadas por los peces grandes de los bienes inmuebles.

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