Artes

Entrevista a Tomás Eloy Martínez: Literatura, vida y mujeres

A continuación publicamos esta conversación entre Tomás Eloy Martínez y Boris Muñoz llevada acabo en el año 2002, donde se evidencia la profunda pasión que tenía el recientemente fallecido narrador y periodista sureño por el arte de narrar historias

Por Boris Muñoz | 31 de enero, 2011

Tomás Eloy Martínez: “Los poderosos soportan la traición, pero no perdonan el abandono”

New Brunswick

La calle en la que vive Tomás Eloy Martínez, en Highland Park, es un apacible paseo, flanqueado por árboles bajos, que justo ahora comienzan a retoñar, y una monótona sucesión de casitas de dos plantas, con jardines de inofensivos setos y un par de autos estacionados frente a la cochera. Martínez abre la puerta, después de escuchar el timbre, y con la amabilidad de siempre me invita a pasar.

“¿Un vaso de agua? ¿Un café?”. Su rostro oculta mal el trasnocho que ha padecido desde que, hace 12 días, ganara el premio Alfaguara de Novela por El vuelo de la reina, obra que desde ya es motivo de especulación en los círculos literarios y de gran expectativa entre los devotos seguidores de sus fabulaciones. Ha sido una semana de poco dormir.

Incluso anoche, cuando regresaba a casa desde Nueva York, su auto se averió en plena vía rápida de la autopista y tuvo que esperar por una grúa hasta las tres de la madrugada, con la única compañía de la estación de música clásica de The New York Times en el estéreo. Al día siguiente del premio tomó un avión rumbo a Buenos Aires, para asistir a la boda de su hijo Blas, y como es predecible, no hubo un instante en que no fuera objeto de entrevistas y agasajos.

“Lo que más me sorprendió es que en los restaurantes no me querían cobrar”, me dijo con auténtico candor. No sería exagerado decir que el país entero celebró el premio como si se tratara de un bálsamo para una nación que sólo ha recibido golpes y aflicciones en los últimos meses. “Deja el suéter allí, porque te vas a asar con la caminata”, dice mirando hacia la modesta sala de muebles blancos que se encuentra al cruzar la puerta.

Enseguida estamos en la calle de nuevo, caminando hacia el parque Donaldson, donde Martínez camina 40 minutos diariamente. Viste ligero suéter gris oscuro de lana merino, jeans y unos zapatos Nike Air negros con válvula de aire, que compró el pasado diciembre en la tienda Nordstrom y que desde entonces son sus favoritos. Mientras caminamos va contándome los acontecimientos de los últimos días, en un estilo de conversación que siempre se eleva sobre el caos para hacer de lo simplemente rutinario un boceto literario.

“Desconocía quiénes integraban el jurado del premio. El fallo se sabría el domingo 4 de marzo a las 11 de la mañana de aquí, que eran las cuatro de la tarde en Madrid. Mi agente me había aconsejado que sí a mediodía no había escuchado nada, no me hiciera muchas ilusiones”.

A las cuatro, Martínez ya había dejado de pensar en el asunto y se encontraba con Solana, su hija menor, en el Riamar, un restaurante portugués de South River, donde le presentaron dos langostas vivas que en pocos minutos regresarían listas para comer con mantequilla.

“Festejamos que había perdido el Alfaguara y Solana estaba contenta porque yo no tendría que viajar”, me dijo. Así que la llamada de Jorge Semprún, a las siete de la mañana del día siguiente, lo agarró por sorpresa. “No hubo discusión en cuanto a quién era el ganador”, fueron las palabras definitivas del presidente del jurado al otro lado del Atlántico.

Media hora más tarde, cuando la llevaba a la escuela, Martínez le dijo a su hija: “¿Sabes qué, Solana? Tu papá se ganó el premio Alfaguara”, dejó caer las palabras y guardó silencio. “Ay, papá… ¿y ahora qué va a ser de nosotros?”.

Literatura y novela

Al conversar sobre literatura, Tomás Eloy Martínez adopta el aire casual, casi desafectado, de quien se sumerge en aguas tonificantes. Su biblioteca tiene miles de volúmenes que, a juzgar por los dobleces en ciertas páginas y las frases subrayadas, han sido devorados de principio a fin; pero a pesar de su enciclopédica cultura literaria, de su encantadora inteligencia, pocas veces deja traslucir una nota de arrogancia.

Pero no hay que engañarse: elige con todo cuidado los adjetivos para referirse a otras obras y escritores, y puede desmontar cualquier argumento con un par de precisiones que más bien parecen notas al pie de página inspiradas por Borges. Su memoria es bárbara y, por lo tanto, es también digresiva y anecdótica en extremo.

Puede evocar un episodio de sus primeros días de periodista en La Gaceta de Tucumán con la misma rapidez que el último mensaje en su correo electrónico o la trama de los tres libros que está leyendo. Pero esta capacidad de recuerdo es tan prodigiosa como peligrosa. Igual que ha coleccionado libros, autores y películas, tiene grabados chismes e historias privadas que resurgen frescas como si estuvieran ocurriendo, pues cuando recuerda algo parece activarse en él una cascada de imágenes simultáneas que involucran todos los sentidos.

De este modo, aparecen no sólo los personajes y las palabras, sino también los colores, sabores y olores que sirven de escenario y ambiente para su relato. Sin embargo, al hablar de su propia obra adopta una actitud exageradamente humilde. Por ejemplo, al preguntarle qué piensa hoy de los libros que ha escrito y qué conclusión ha sacado del premio…

“Esta tarde estaba pensando precisamente en eso. Lo único que puedo concluir de mis novelas es que todas nacen muertas”. Como es tan difícil creerle y puede ser que se trate de una teoría instantánea inventada para impresionar, le pido que argumente su respuesta: “Uno sabe cuándo la narración no funciona. Cuándo es plana y fastidiosa.

Por ejemplo, escribí tres versiones de La novela de Perón. La primera se situaba enteramente en Caracas y relataba la conspiración que montó Frondizi para matar allí a Perón. Esa versión no cuajaba por nada del mundo. Pero la terminé por disciplina, como hago con todos mis libros y la guardé sin quemarla, aunque consciente de que era mala. Inicié una segunda versión que transcurría en Madrid y aludía a una pelea entre Perón y los Montoneros. Tampoco era armónica. Cuando trabajaba en Radio Caracas Televisión, hubo un mes en el que no tuve prácticamente nada que hacer, y en ese mes saqué la versión definitiva. Esa vez sí había encontrado la arquitectura, que es la combinación de tono y estructura, indispensable para que una novela funcione. El escenario era Ezeiza y allí mostraba el regreso de un viejo decrépito a un país que era una caldera hirviente”.

Martínez pasa revista a sus novelas condenadas a la gaveta, hasta detenerse en Mujer de la vida. Luego de varios intentos frustrados, finalmente aceptó que no podía publicarla. “Nació chueca”, dice sin amargura. Sin embargo, la historia, tal como él la resume, es fascinante: “Se trata de la vida de una madame judía que regía un burdel en Buenos Aires, entre 1910 y 1930. Resulta que en esa época, falsos rabinos de la secta Zwi-Migdal se iban a Europa del Este a buscar jovencitas que llevaban a Buenos Aires engañadas con un matrimonio de mentira, para luego esclavizarlas como prostitutas. Una verdadera trata de blancas. Muchos años después, una enfermera también judía llega a cuidar a esta madame moribunda…”.

Mujer de la vida es sin duda un hito doloroso, uno de esos clavos que no salen con otro clavo. A pesar de la ligereza con que parece asumir su fracaso, Martínez se pasó un mes en cama recuperándose de la depresión.

-No puedo creerlo -acoté con escepticismo.

-No me has visto. Cuando estoy mal, me escondo. Susana me llevaba la comida a la cama y sólo me levantaba para sentarme en el sofá a ver televisión. Esa tendencia a rescribir incansablemente se ha mantenido desde entonces con resultados felices e infelices.

-Cuando concluí la primera versión de Santa Evita, se la di a leer a Asa Zatz, quien realizó la primera traducción al inglés de La novela de Perón, publicada por Pantheon en 1988. Asa me dijo algo que nunca olvidaré, por lo mucho que me sirvió: “¿Qué pasó, Tomás Eloy? ¿Te has olvidado de cómo escribir?” Pero quizá se trate solo de la Ley de Ensayo y Error que todo creador debe hacer suya para no entregarse a los formulismos. Con El vuelo de la reina se repitió el método, aunque de modo más dramático.

Martínez inició una primera versión en 1997 y una segunda dos años más tarde. La heroína de ambas versiones, una brillante escritora menopáusica que en medio del vértigo hormonal sufre de súbitos ataques de apetito sexual. Pero si la primera versión se ubica predominantemente en el ambiente doméstico de Buenos Aires, la segunda se desliza por el aburrido mundo diplomático de Andorra, adonde el marido de la brillante menopáusica -escritor de mucho éxito- ha ido a parar como cónsul. Claro que nada de esto sobrevivió en el libro ganador del Alfaguara.

A Martínez se le moría otra novela en las manos. “Era un engranaje vacío y grave”, dice de lo que había escrito. Para colmo, a cinco años del éxito de Santa Evita -una hazaña que ha sido traducida a 27 lenguas-, los editores comenzaban a impacientarse.

En medio de la desesperación del naufragio, el escritor se disponía a engavetar otra novela. Fue entonces cuando se le ocurrió contar la historia de los amores desventurados entre un hombre de edad avanzada y una mujer mucho más joven. Ignorando las agotadoras batallas que la salud le había dado en los últimos tiempos, se lanzó a la aventura de escribir un nuevo libro. Pero aún había algo que faltaba. Por retorcido que suene, fue un hecho de la vida real lo que vino en su auxilio: el asesinato de la joven Sandra Gomide a manos de su amante Antonio Pimenta, poderoso editor del diario O Estado de Sao Paulo. Ese triste azar fue la pieza que completó en la mente del escritor el rompecabezas de correspondencias que había permanecido sin solución por demasiado tiempo.

Pero en ese momento sobrevino una tragedia más terrible que la de sus ficciones novelescas. A fines de noviembre de 2000, Susana Rotker, la ensayista fuera de serie que fuese esposa de Martínez por más de 20 años, murió embestida por un auto loco mientras cruzaba una calle tomada de la mano de su marido.

Mentiras verdaderas

Al hablar de su esposa, Martínez disminuye el ritmo de nuestra caminata. El parque Donaldson aparece ahora suspendido e irreal como un paisaje futurista. El sol cae en agujas púrpura sobre la tarde que se desvanece. Entretanto, una flotilla de gansos obesos cruza el cielo a poca altura, mientras más arriba los aviones que van o vienen de Newark dibujan una indescifrable caligrafía de humo.

Pero la banda sonora de todo esto es el potente murmullo de los vehículos de combustión fósil que circulan como juguetes caóticos por todas partes. Pocos días antes de morir, Susana, quien fue desde siempre la más consumada e implacable lectora de Martínez, le había dicho: “Ahora sí va”. “Hasta abril del año pasado quedé medio paralizado. Pero seguía pensando en la novela y todos los días me decía: ‘tengo que hacerlo, tengo que hacerlo’”.

Por lo general, el trabajo de los escritores es luchar contra la muerte creando con la palabra. Su supervivencia depende en gran medida de la capacidad de extraer energía de las crisis con que la vida los envuelve. Cuando reemprendió El vuelo de la reina, desaparecieron todos los obstáculos. Martínez sabía que ya no pararía hasta escribir la palabra FIN.

Escribiendo con furia, sin hacer caso al correo electrónico y las decenas de mensajes en su contestadora telefónica, terminó el primer borrador en noviembre, y a principios de febrero tenía lista la versión que fue sometida al premio.

-Crucé un umbral sin regreso cuando comprendí que la estructura de la novela estaba basada en un juego de identidades y diferencias. Todo lo que sucede una vez, se repite otra vez en diferentes lugares, circunstancias e incluso tiempos históricos.

Por ejemplo, en la historia de Pimenta resuena la de Euclides Da Cunha, el famoso escritor de Os Sertoes, que murió baleado al defender su honor de marido ante Dilarmando de Assis, el amante de su mujer, que por mala suerte era el campeón de tiro de la época. Todas las novelas de Martínez tienen algo de ese eterno retorno: son como muñecas rusas, que se repiten una dentro de la otra ilimitadamente.

Pero en El vuelo de la reina -que no he leído, pero he escuchado tanto que puedo hacerme una idea básica- este espejo es llevado a sus posibilidades abismales.

-Pero la novela me llevó a darme cuenta de otras cosas. Descubrí un dato curioso y común al corazón de los hombres poderosos: soportan la traición, pero no perdonan el abandono. Lo que movió al crimen a Pimenta Neves fue el abandono de una mujer por la que se sentía subyugado, y que según dicen “tiraba como una diosa”.

Las mujeres son para Martínez un misterio a descifrar. No es un azar que las protagonistas de sus tres últimas novelas sean mujeres de personalidad tan definida que semejan arquetipos de diosas griegas. ¿De dónde sale esa obsesión por las mujeres? Martínez explica gozoso que desde su juventud en Tucumán, cuando era un novelista principiante, narrar mujeres le parecía un desafío fascinante.

“Para una mujer es fácil narrar a un hombre, puesto que ellas nos paren y nos alimentan y nos vigilan y están al acecho de cada uno de nuestros menores movimientos. Las mujeres son más observadoras. El hombre es tan omnipotente que no presta atención a los mundos secretos de las mujeres. Así que siempre me ha interesado narrar ese universo”.

-¿Cómo lo hace? -repuse-. ¿Es posible conocer a una mujer?

-Les pregunto incansablemente. A las mujeres que están durmiendo conmigo, las despierto en medio de la noche sólo para preguntarles: “¿Qué estás soñando?”. Ese es el momento en que tienen las defensas bajas, y entonces te cuentan lo que sienten verdaderamente. Se puede aprender mucho con este método, ¿sabes? Las mujeres sueñan distinto de acuerdo con su edad y con su estado. Una mujer que está menstruando sueña muy distinto a una que está embarazada, igual que una mujer de 16 años sueña muy distinto de una mujer mayor. En cambio, los hombres toda la vida soñamos igual.

-Esta es la teoría más descabellada que le he escuchado a alguien en mi vida.

-Es descabellada, pero verdadera. Ponla tú a prueba, a ver.

Boris Muñoz 

Comentarios (9)

reyna
1 de febrero, 2010

Boris, no te he conozco, seguramente te he leído, pero a partir de anora no olvidaré tu firma. Tu mirada al exterior mientras evoca a Susana, es un momento hermoso..y hacernos reir en estos días de duelo, conocerlo así, es algo que te agradeceré siempre. Pero que no se le ocurra a alguien despertarme mientras sueño!

Requiem por Tomás Eloy Martínez « LIBRERIA SONICA
2 de febrero, 2010

[...] Prodavinci: Borís Muñoz, Tomás Eloy Martínez: In memoriam Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano La Nacion: El periodismo vuelve a contar historias Solo literatura La Gaceta: Hasta_siempre_Tomas_Eloy! La Nacion: Dolor por la muerte de Tomás Eloy Martínez Solo literatura: en memoria ABC.es La Gaceta: Sus_inicios_estas_paginas_este_diario Prodavinci: Boris Muñoz, Entrevista a Tomás Eloy Martínez [...]

Willy McKey
2 de febrero, 2010

Gran texto y oportuna vuelta de aquellas páginas donde estuvo por primera vez. Un abrazo, Boris.

Daniel
2 de febrero, 2010

Boris, he leído montones de cosas en estos dos días que siguen a la muerte del admirado Tomás Eloy Martínez. Esta entrevista, por lo cercana al personaje y bien escrita, reivindica nuestra profesión y al propio maestro, guía en esa manera de hacer periodismo. Gran abrazo de un ex compañero de aulas

graciela vazquez moure
7 de febrero, 2010

Hermosa nota, soy periodista y escritora y siempre admiré a Tomás Eloy Martinez, desde que mientras yo estudiaba periodismo en mi juventud disfrute del primer reportaje que viví realizado por él a Perón en Puerta de hierro, no lo olvidé jamás porque pude conocer a alguien que estaba proscripto y prohibido en Argentina. El lo llevó a la pantalla y entró en la casa de todos, como profesional era creíble, serio y profundo. No lo olvidé desde ese momento. Un hombre intelectual con una perfecta dosis de espiritualidad. Me encantó lo de la teoría del sueño y me conmovió tal como sucedió hace diez años, el recuerdo de la muerte de su esposa, fue muy triste.

Víctor Garay Oleas
6 de mayo, 2010

Entrevistador y entrevistado nos permiten el privilegio de degustar acerca de las escabrosas exquisiteces estéticas, que solo saboreamos cuando somos confabulatorios convidados de prolífica piedra al opíparo banquete platónico de la palabra -prosística, poética o periodística- y quedamos reflexivamente regodeados de tan mayestático menú de alta cultura intelectuosa. Gracias, por este bocato di cardinale para nuestro peregrino pensamiento. Atentamente, Víctor Garay Oleas, empecinado escanciador de crapulíricas copas rotas bajo bienaventuradas luces de bohemia, hasta pronto.(De dónde es Boris?)

jorge luis estrada
17 de enero, 2011

Estupenda entrevista, sale a flote el alma del escritor y los avateres de su existencia.felicitaciones

María Eugenia
31 de enero, 2011

De Tomás Eloy Martínez recuerdo “La Habana de Bernal Díaz: la memoria como transgresión” Revista Iberoamericana(1982), un enigmático ensayo en que TEM funambulea entre lo personal y lo histórico, la historia y la narrativa.

María Eugenia
31 de enero, 2011

Una mujer de la que aprendió TEM fue su propia hija adolescente; le preocupaba que no aprendiera a hablar un español tan bueno y rico en matices como el que él manejaba

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