Artes

Amargo y dulzón (fragmento), por Michaelle Ascencio

Amargo y dulzón conduce al lector por un recorrido sensorial donde la resistencia ancestral de un pueblo esclavo ante las sucesivas tiranías del miedo y el prejuicio encuentra en la memoria su mayor fortaleza. Aquí publicamos un interesante extracto de la novela con claros ecos a sucesos de actualidad en el Caribe.

Por Michaelle Ascencio | 28 de Enero, 2011
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–Aló…
–Mamá, soy yo, Altina.
–Sí, ya sé: murió Duvamal.
–Ay sí, qué alegría, cómo debe estar la gente por allá.
–No hay que alegrarse, Altina, murió en el poder.

Dicen que un viento fuerte se desató en el momento del funeral, las gentes se encerraron en sus casas como si amenazara un huracán, el cadáver desapareció la misma tarde del entierro, nadie osó expresar lo que sentía: el Tirano había nombrado sucesor a su hijo para que Cibao continuara siendo un punto sin luz en el mapa de América Latina. Parece que los espíritus de los muertos persiguen a los vivos, y que la brujería, arma mortal del régimen, abre sus oscuras alas en la claridad del día. La Sospecha entra por las rendijas de las ventanas, por las alcantarillas de los baños; es como un helado y silbante vientecillo que sopla día y noche, nadie puede dormir pues el frío cala hasta los huesos. Se agotó la provisión de cobijas en las tiendas y almacenes, el vientecillo mantiene los cuerpos crispados, a pleno mediodía la gente va cubierta de chales y de abrigos. Siboney tiene un aire fantasmal, con sus mendigos y sus miles de desempleados deambulando por las calles, envueltos en frazadas y sábanas descoloridas.

–Te aconsejo que no aceptes ninguna invitación a almorzar, salvo de gente que sea de tu estricta confianza.

–Ustedes exageran, respondió Altina a sus amigos, que en voz baja describían la vida acorralada de Siboney.

–Vamos hacia atrás. Hemos vuelto a la Colonia, por eso te prevenimos. Aquí se muere la gente por protestar, por disentir, por quejarse, por preguntar, y ahora, por comer.

–El Siglo del Veneno, así llaman los historiadores y cronistas al siglo XVIII de las islas, aclaró uno de los amigos. El mal, concentrado en lo diminuto y lo invisible. ¿Qué iba a imaginar el amo que en la tisana que se estaba bebiendo había un polvillo de hojas secas que le cortaría la vida?

–Pero ahora el veneno está en manos de todos y sirve para cualquier fin. Dicen que en la casa presidencial hay sacerdotes del culto secuestrados, obligados a revelar los secretos de los hacedores de zombis; dicen también que la madre del

Presidente, como Lucrecia Borgia, mantiene aterrados a los parlamentarios.

Me acordé de Aquiles que siempre me respondía con la misma frase apocalíptica cuando yo, un poco para sonsacarlo, le decía:

–Aquiles, aquí va a pasar algo, ¿qué has oído tú en el Hotel Excelsior?

–Uhmm…

–En el extranjero, los periódicos hablan de guerra civil, incluso de otra Ocupación.

–Entonces será el llanto y el crujir de dientes, miss Altina.

El veneno sigue destilando, gota a gota, repetía Altina. Repetía la frase pero, en realidad, no la comprendía, no se había percatado todavía de lo que significa un veneno goteando desde siglos. El sentido de las palabras de Finelia se le escapaba, pues, y se le escaparía, si el azar no la hubiera escogido como testigo del terror al envenenamiento que impedía a los siboneyes comer y dormir.

La bella-de-noche engalanaba con su perfume cuando Altina llegó a la casa de sus amigos Mónica y Pedro, una pareja de médicos, para cenar. De origen libanés, como gran parte de la élite de Siboney, Mónica había preparado un cous-cous, a petición de Altina. Su marido, el mayor de los numerosos hijos de una familia clase media, había logrado, combinando las palancas y los méritos personales, irse a Francia para continuar estudios de medicina. Mónica y Pedro se conocieron en Montpellier, y Kelly, única hija, era a sus catorce años una mulata alta, bella como una reina de Guinea.

Terminada la cena, Altina y los esposos Monsalve, tal era el apellido de Pedro, fueron a sentarse en la veranda para tomar, a pequeños sorbos, el ron perfumado con jengibre, y seguir recordando sus años de estudiante en el extranjero.

– ¿Kelly no ha llegado?, preguntó de pronto el médico, y al hacer la pregunta su rostro se inmovilizó como una máscara africana.

–No, no ha llegado, respondió Mónica, pero supongo que no tardará. Una pausa demasiado larga se instaló entre ellosy Altina sintió de pronto frío, la Sospecha flotaba en el ambiente.

–No debimos dejarla ir, pero ¿cómo negarnos a esa invitación?

–Después de todo, Kelly y Ana María son amigas del colegio y andan juntas todo el tiempo. Y luego de otra pausa, angustiosa esta vez: ¿No será mejor que la vaya a buscar?

–Sospecharían, dijo Mónica. Tal vez se disgusten y sea peor.

– ¿Pueden decirme qué está ocurriendo?

Mónica y Pedro se miraron preguntándose si hablarían o cambiarían de tema. Pedro, sirviéndose un poco más de ron, murmuró:

–Altina, tú vives en otro país, no te puedes imaginar las cosas que pasan aquí.

–Sí me lo imagino. Bastante me han contado, lo que no puedo imaginar es que Kelly corra peligro en casa de una de sus amigas cuyos padres, además, son también amigos de ustedes. Yo entiendo que aquí se viva en un miedo perenne, pero ese miedo no es difuso, Pedro, tiene causas muy concretas, no entiendo…

–Baja la voz, susurró Mónica.

–El asunto, cortó Pedro, es que hace un tiempo ya, hubo un pleito por unas tierras, y el abuelo de Mónica terminó sobornando a los jueces y anexándose unas cuantas hectáreas que eran de los Etienne, del abuelo del padre de Ana María…

–Pero eso ya pasó, no entiendo la preocupación…

–No sé si te han dicho, Altina, continuó Pedro, que aquí no se puede confiar ni en la familia. Uno no sabe, incluso, si la señora que plancha o el jardinero te pueden delatar… A veces los obligan a hacerlo para quitarte la casa, o simplemente porque los estorbas…

–Entiendo la arbitrariedad. No estás tranquilo ni en tu propia casa, hay espías en todas partes…

–Es increíble la cantidad de gente que muere de repente, agregó Mónica. La gente no acepta invitaciones a cenar o a almorzar por miedo a que la comida tenga algo que pueda hacerles daño. La envidia, pero sobre todo la venganza, diría yo…

–Te voy a ser franco, dijo resueltamente Pedro. Ahora mismo Mónica y yo tememos que Kelly sufra un daño por los errores o las injusticias del pasado, qué sé yo, alguien puede estar resentido contra nosotros, esas tierras no sirven, son cenagosas, pero…

–Pero, ¿será posible?

–A eso hemos llegado, Altina. Hay una paranoia colectiva. Uno aquí se siente perseguido. Yo mismo no comprendo muy bien, pero vivo con miedo, Altina… En qué parará todo esto, no sé, pero la injusticia y la agresión cotidianas terminan enloqueciéndolo a uno. Y después de otra pausa, aun más larga: yo creo que es mejor ir a buscar a Kelly.

Ahora nadie hablaba, cada quien oía a la Sospecha murmurar frases sin sentido al oído. Esto sí es el horror, pensó Altina. Que uno esté tranquilamente cenando con unos amigos y a alguien se le ocurra pensar que le puedan envenenar a la hija… Altina miraba a sus amigos consternada… Cuando se oyó la voz de Kelly en la reja despidiéndose de los Etienne, la tensión se esfumó, pero el humor de todos había cambiado. Ya no teníamos ganas de seguir conversando. Yo quería irme, necesitaba pensar, digerir lo que había visto y oído. Además, sentí miedo. Pensé en tía Margot, pensé en mis tías, en mis primos, en mis amigos, viviendo con ese miedo constante.

– ¿Cómo te fue, hija?, preguntó Mónica, todavía la voz alterada.

–Bien, mamá, hicimos todas las tareas y nos bañamos en la piscina.

– ¿No comiste nada raro, no te duele la barriga? ¿Te sientes bien?

Pedro, esbozando una sonrisa que parecía una mueca, sirvió más ron y encendió un cigarrillo. Aspiró tan fuerte que un poco de ceniza cayó sobre su pantalón, y el humo, al exhalarlo, se expandió en un quejido ronco y prolongado. Se distendió en la silla y para cambiar de tema, se puso a explicarnos las reformas sanitarias que habría que poner en marcha para evitar las epidemias en las próximas lluvias. Había que actuar con urgencia para combatir las infecciones que arrasan con la población infantil. Hablaba sin mirarnos y los ojos le brillaban con una chispa casi amenazadora. Al cabo de unos minutos, su voz se elevaba dando órdenes a supuestos enfermeros, alertando a la guardia para que colaborara, amenazando con castigos, incluso con la prisión, al que no cumpliera con su trabajo. Pedro se encolerizaba cada vez más, rebajando sueldos, despidiendo a los incompetentes, humillando a los perezosos. Mónica permanecía en silencio. En un momento, nuestras miradas se encontraron y en sus ojos leí la vergüenza y el miedo. Tampoco yo me atreví a contradecir a Pedro en lo más mínimo, y aprovechando un momento en que se detuvo para deleitarse con su discurso a los médicos y enfermeras del hospital, me levanté para despedirme. Mónica y yo caminamos en silencio hasta la reja, la noche era fresca y me puse el chal en los hombros. Pedro sacaba el carro del garaje. Por nada del mundo debería regresar sola. Abracé a Mónica.

–Tendrías que vivir aquí un tiempo para comprender todo esto, pero no, no vengas, quédate allá, Altina. Allá seguro que no sientes el miedo que sentimos todos aquí.

Tía Margot no respondió a ninguna de las preguntas que Altina le hizo a su regreso. Le sirvió una infusión de hojas de lechuga para conciliar el sueño y la acompañó a su cuarto.

Ahora aceptaba que Altina durmiera en el único cuarto de la planta baja de la casa. Era anteriormente el cuarto de planchar, tía Margot lo había acomodado una vez que tía Elisa vino a pasar una temporada con ella, durante el viaje de la Viuda

Consolación al Santuario de Lourdes, en Francia. Siempre terca como tu papá, y todavía tan consentida a pesar de tu edad.

Bueno, deja a Coralia en mi cuarto, no la vayas a despertar a estas horas. Su tía trataba de cambiar de tema, Altina se daba cuenta pero no podía olvidar lo sucedido en casa de Mónica, y volvía con lo mismo. Tía Margot se le queda mirando, ha decidido no hablar y no hablará. Hablaría demasiado si hablara. A veces es mejor callar, piensa, pero al apagar la luz, no puede dejar de prevenir a su sobrina: de todos modos, no vayas a comer a casa de gente desconocida.

–Aquí no se puede hablar, no se puede andar por la calle, ahora no se puede comer. ¿Piensan, de verdad, que le pueden hacer daño a Kelly?

En el cuarto de Débora, las dos amigas conversan a puerta cerrada. Débora está echada sobre los cojines y Altina mira por la ventana el patio de la casa de su amiga: no es tan grande como el de la casa de mi abuela Toribia, ahora los patios son mucho más pequeños, este es bonito, pero faltan los árboles enormes y la pileta.

–Sí y no, responde Débora.

–Mónica estaba muerta de miedo.

– ¡Claro!, eso puede pasar, se han visto tantas cosas en Cibao. Además, por nada en el mundo le llevaría la contraria a su marido. ¿Viste lo negro que es? Es un negro negro. Se casó con ella en Francia. Pedro nunca hubiera podido casarse aquí con una Valbuena. Y eso se lo cobra…

–Pero, dime: ¿es que los Etienne pueden envenenar a Kelly?, preguntó Altina directo y exasperada. Los Valbuena y los Etienne son de las mejores familias de este país.

– ¿Y eso qué tiene que ver?, replicó Débora irónica, me extraña de ti. ¿Acaso no sabes lo que es el resentimiento? El negro ese, dice alzando la voz y pasándose la mano por su cabello ligeramente crespo, le pega, le da unas palizas con la hoja del machete y la deja medio muerta, ¿entiendes? Mónica paga en carne viva el desprecio que Pedro ha tenido que soportar por su color y su condición.

–No puedo creerlo, ¡Mónica!

–Se venga de las humillaciones y ofensas que ni su cargo ni sus conocimientos pueden atenuar. Tía Margot no quiso contártelo, pero ese no es un caso aislado. Viajan, se conocen en el extranjero, en Francia, en Bruselas, donde sea, se casan y después, allá mismo o al volver, sale todo el veneno.

–Se odian, eso es, en el fondo se odian…

–No.

– ¿Y por qué Mónica no lo deja?, ¿por qué no se va?

–Verdad…

Altina no hizo más comentarios. Su espíritu se erizaba de dudas y de preguntas que la acosaban por la espalda. Caminaba por las calles de Siboney, rápido, algo angustiada, como caminan los de las islas cuando presienten el huracán. Fue, tal vez, en esa época cuando dejó de ver los rostros apacibles y sonrientes de los siboneyes de su infancia, y comenzó a aceptar la melancolía y la rabia que veía en casi todas las miradas de la gente de la isla. El horror de la vida era conjurado callando. Una excesiva ritualización social y personal, expresada en numerosos códigos de cortesía y de deferencia, impedía ir al fondo de las cosas, como si sobre la reflexión pesara un tabú. «Olvídate de eso» y «no pienses más en eso» eran frases que escuchaba a diario, como si estas gentes postergaran cada día el encuentro individual y definitivo con el miedo. En esto pensaba mientras observaba los gestos lentos de Débora al acomodar los cojines, cambiarse de zapatos, colgar los vestidos recién planchados que estaban sobre una silla: rito de exhortación, incitación para que los sentimientos que la conversación había despertado en ella volvieran al sitio que les correspondía, permitiéndole retomar su actitud de siempre. Las cosas debían rozarse apenas, los frascos se destapaban por un instante, lo justo para sentir el aroma que guardaban y en seguida se tapaban de nuevo. Nada debía desbordarse, los muebles debían permanecer en los mismos sitios de modo que los que allí vivían se reconocieran y no se llevaran sorpresas. Cuando uno estaba lejos, quizás podía uno hacerse preguntas, ni las personas ni los hechos estaban ahí para negar o afirmar nada. Cuando alguien había muerto, entonces, tal vez, podríamos decir algo de su vida… ¿Cuál es el miedo de Débora que arregla su cuarto y se afana porque las cosas estén en su lugar precisamente en este momento? ¿Cuál es el orden que aquí no puede perturbarse, la pregunta que no hay que hacer? Bajemos a almorzar dijo Débora cortando, sin saberlo, los pensamientos de Altina. Comeremos en el patio, yo sé que te gusta. Y no te preocupes tanto por lo que veas u oigas. No vas a entender, no te mortifiques, dijo pasándole los brazos alrededor de los hombros mientras bajaban las escaleras.

Michaelle Ascencio 

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