;

Artes

¿Entonces, Adriano?; por Oscar Marcano

Un día como hoy, en el 2008, murió Adriano González León. Publicamos en su memoria este sentido texto de Oscar Marcano.

Por Oscar Marcano | 12 de Enero, 2011
13

El pasado 28 de mayo de 2009, nuestro querido Adriano González León recibió póstumamente el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Central de Venezuela, junto a un grupo de rutilantes seres, muy amados y especiales, entre los que destacan María Fernanda Palacios, Rafael López Pedraza y Guillermo Sucre. Aprovecho la ocasión para entregar estas líneas sobre el hoy ausente gran maestro de nuestras letras.

Si hay un protagonista que destaca en la obra de Adriano, debemos referirnos con obligatoriedad al lenguaje. Para él constituía un valor omnímodo. Como la neblina de donde vino, que tiznó sus textos y los volvió fiesta y cortejo, el lenguaje en sus cuentos y novelas, en su cronicario, es una granizada permanente de ingenio, sutileza y poesía. Nosotros discutíamos mucho al respecto.

Azuzado por el presente, yo le decía que ya no era el tiempo del lenguaje. Que transitábamos el lugar de la historia. De la narración descarnada, filosa. Que era el tiempo del relato, de la tensión, de la economía y de los personajes.

No de la retórica.

Que esta contemporaneidad, signada por la tecnología, los medios, por la desacralización, nos exigía forzosamente una nueva visión narrativa: la de la eficacia, la de la areté griega.

Se tiene una sola bala, le decía. La tarea es dar en el blanco o perderla irremisiblemente.

Se requiere puntería.

El hombre contemporáneo no tiene tiempo para rebarbas. O, en todo caso, hay que refundar una poética basada en este pragmatismo, en esta realidad dura, metálica y, más recientemente, virtual.

«Déjate de pendejadas», me contestaba. «Cuando todo eso pasa y te plantas contigo mismo, sólo te queda el lenguaje».

Y es cierto.

La historia en el texto es el agua que calma la sed. El lenguaje es el vino que lleva a las estrellas.

Tan importante era para él el vector del lenguaje que había acuñado un patrón para medir el vuelo de un texto. Lo llamaba altivez. «Hay un trabajo allí, es cierto», solía decir en referencia a alguna lectura. «Pero al lenguaje le falta altivez».

Adriano hacía del lenguaje misterio. Y del misterio fuerza lírica.

Es un elemento común a Las hogueras más altas, a Asfalto-infierno, a Hombre que daba sed, a País portátil, a Linaje de árboles, Damas, Del rayo y de la lluvia. A Viejo.

Y obviamente, en el ámbito del poema, a El libro de las escrituras, Hueso de mis huesos y De ramas y secretos.

La novelística, la cuentística y la crónica de Adriano, están marcadas por un intenso trabajo en el que personajes e historias se subordinan invariablemente a esa validación del lenguaje. Y éste adopta todas las formas: seducción, intimidad y hasta silencio. Incluso su oralidad, exuberante a todas luces y magistralmente ordenada, que los que lo conocimos consideramos parte de su obra, está teñida por la impronta de una magia pocas veces vista.

«Por eso seduce la lectura de estos cuentos -escribía Miguel Ángel Asturias en el prólogo de Las hogueras más altas en 1959- en los que la realidad inasible y huidiza, va y viene humedecida de un relente de fuego de costas húmedas, entre goterones de ceguera verde, desdoblando presencias vivas de su sueño, trozaduras de pasiones angustiosas y tan violentas que en su contacto, como si sobre un paisaje de la luna se proyectaran los conflictos de la tierra, todo parece inmóvil, lúcido y dormido. Es de este contraste de paisaje estático y de un azogado movimiento de cosas humanas, de donde extrae su secreto Adriano González León».

En un significativo trabajo audiovisual realizado por Iván Feo en el homenaje que le preparásemos a Adriano en el 2003 para conmemorar los 35 años de País portátil, al final, hablando con Andrés, su hijo, le preguntan, para sintetizar, qué es Adriano. Y a Andrés no le queda más remedio que confesar -con todo el gravamen que eso significa para un hijo- que el símil de su padre era la poesía.

Es un hecho. Adriano encontraba en la palabra una misión fundadora. Su portento lo define su facultad de suscitar imágenes.

Fiel seguidor de Valéry, nos reiteraba de continuo que cuando el texto ocasiona el brote, la conmoción estética, no pensamos siquiera en comprenderlo.

Porque ya no es una señal, es un hecho.

Consideraba, como el maestro francés, que la belleza del verso y, por extensión, del texto, residía en no poder ser pensado.

II

No puedo dejar de referirme a él como mentor. Y lo entiendo como una mezcla de las dos categorías de maestro que el apabullante George Steiner establece en una de sus más conocidas obras. Para Adriano, por una parte, había una verdad, un hecho trascendente, canónico y divino que un mensajero inspirado debía acoger de un logos revelado y transmitir. Pero también era el tipo de preceptor exégeta, capaz de constituir espectáculo en sí mismo, que se situaba en el proceso, en el desarrollo de la ecuación y despejaba las incógnitas en comunidad con el discípulo.

En público solía ser el primero. El segundo, en privado.

En ambos, exhibía una verbalización perfecta, una lucidez desconcertante en la que razón y pasión iban cogidas de la mano, maravillando y maravillándose, derrochando inteligencia, gracia y ternura.

Adriano era un juglar. Un juglar devenido en clásico que, como el guardagujas de una estación de tren, cambiaba de riel, de la tradición a la contracultura, alineado a un escrúpulo ético que le confirmaba un aura de terneza y santidad.

A menudo conversábamos acerca de esa especie extendida soto voce, según la cual, un narrador tiene la obligación de escribir la gran novela nacional. La novela que recoja la esencia de los que somos y pague la deuda del arte con la identidad. La novela del petróleo. La de nuestra historia.

Tal esperpento coincide, paradójicamente, con el mito de América y la utopía renacentista de Moro, Campanella y Bacon. De manera que, muy en el fondo, estar en sincronicidad con ese sueño, ha dominado las mentes de muchos creadores y lectores en América Latina. El esbozo de soberanía poética de Andrés Bello, delineado en sus dos silvas es un poco el inicio de esa corriente que, aunque bien intencionada, privó de soltura a innúmeras generaciones.

Ante ello, Adriano abogaba por la libertad como un valor inherente al pensamiento. Defendía las influencias y voladuras generadas de la afinidad. En tal sentido celebraba a Darío y su galicismo intelectual por las magníficas consecuencias de su aporte a la modernidad. Por la apertura que significó para el escritor latinoamericano. Por ello amaba el surrealismo y la república de los sueños. El escritor, decía, debe buscar su expresión estética sin imposiciones ni fiadores, ni clichés nacionalistas. Debe reconocerse fiel a sí mismo y seguir la dirección que le dicte su deseo, su ímpetu y su mirada.

Se arrepentía de la satanización que hizo en la juventud de ciertas tendencias que consideraba menores u obsoletas. Se desdijo, por ejemplo, de su condena a Andrés Eloy Blanco y recordaba siempre la máxima de Carpentier, según la cual los jóvenes suelen acertar en lo que afirman pero no siempre en lo que niegan.

III

Hay quienes le reclaman el haber dejado lo que consideran una obra trunca. Hay quienes dicen que le faltaron novelas. En muchas ocasiones, frente a una copa o un café comentamos esta exigencia. Y Adriano se molestaba. Y me decía: «Poeta, ¿y es que acaso se puede escribir sin ganas? ¿Quién le paga a uno las ganas?».

Como en los griegos, la escritura de Adriano era un acto de consecuencia. Escribía por pasión. Y tenía que estar o concitar el ardor para acometer el texto.

Escribir para él era un ejercicio puro. Una moción auténtica. Nunca una diligencia, un acto frívolo, de compromiso o de productividad.

Adriano no se cansó de decirnos que la literatura no era un hecho publicitario sino un acto doloroso que tenía mucho que ver con el ejercicio hondo de la vida interior, de la memoria y los fantasmas.

Para él la literatura distaba del trámite.

Si una cosa tenía clara era que para que otros la vieran llena, no iba a convertir su obra en un recipiente vacío. Y escribió lo que debió escribir.

Que no es poco.

A vuelo de pájaro, podemos decir que nos legó dos novelas, entre ellas País portátil, una obra maestra con una vigencia atronadora.

Una obra en la que la marcha del trashumante desgarrado (presente antes en toda su cuentística) y realizada sobre agua, polvo o pavimento, se funde con la utopía, la historia, el viaje o la huida al fondo de sí mismo, para revelarnos el pathos de una nación que, como un personaje de Eurípides, se yergue y recae en su propia sombra, confinada a las redes de un destino.

Una obra opuesta instrumentalmente al positivismo filosófico y a cierto realismo decimonónico en boga hasta el advenio del boom. Que bebe de los cronistas de Indias y de las vanguardias europeas de principios del siglo XX, a la vez que aviva, como en un caleidoscopio, el mundo ancestral de los andes venezolanos, en un tributo de autenticidad y reverencia sagrada a la tierra. Una obra que no sólo ganó el premio Biblioteca Breve de Seix Barral, sino que colocó a Venezuela en la perspectiva de la literatura internacional, de la que estaba ausente desde los tiempos de Gallegos.

Además de País portátil y Viejo, Adriano dejó una novelette, Viento blanco, cinco libros de cuentos, varios títulos de poesía y una extensa obra en la crónica, reunida en Del rayo y de la lluvia, el nombre de su columna esencial.

Queda la tarea de editar reunidos los textos de Duende y espejo, su última colaboración en El Nacional, así como los escritos de aquella nota literaria, Señas de identidad, que publicara en el Papel literario hace muchos años, firmada con el seudónimo de Gabriel Zarcos, y que apareciera en 1972 bajo el título Señas de una generación, en las Ediciones de la UCV. Esto, además de sus muchas entrevistas, que fueron siempre una cátedra de amor al país.

Probablemente Adriano no escribió tanto como esperaron algunos. Pero era un hecho cierto que aparte de autor, era una personalidad literaria. Vivía en el asombro. Vivía en el milagro. Y regalaba belleza.

Se confesaba un triste.

Y los últimos años se le veía ciertamente ensimismado, recogido. Le castigaba el bullicio político de esta mediocridad oficial a la que fustigaba semana a semana en su columna. A mí me tocó acompañarlo los últimos cinco años. Y doy fe de sus congojas.

Pero entonces pasaba una abeja, el viento sembraba en su cabello la hoja de un Mijao o sobresalía en lo alto una cornisa, para que de lo más recóndito de su corazón saltase una chispa. Y la chispa incendiaba la pradera. Y se volcaba al prodigio de sus recuerdos, de su obra verbal. Entonces su pecho se inflamaba y el corazón le crecía como un corazón chagásico, y de las nubes bajaban premios.

Y con su aguja de príncipe y demiurgo hilvanaba todas las conexiones que aquella chispa había despertado.

Era un prodigio de sentimientos. De imágenes. De gozo.

Era un privilegio escucharlo.

Eso y muchas más cosas que no caben en estas líneas era nuestro amigo. Un hito que enorgullece la tradición literaria de este país prescindible y amnésico que, en ocasiones, hace un alto en su autofagia, para regalarnos figuras irrepetibles, que no caben en el olvido, figuras que vinieron a festejar el acto de vivir, como la de nuestro Adriano González León.


Oscar Marcano  es un escritor venezolano. Fue galardonado con el Premio Jorge Luis Borges, otorgado en Argentina. Puedes leer más textos de Oscar aquí y seguirlo en twitter en @oscarmarcano

Comentarios (13)

Isabel Gómez
8 de Junio, 2009

El premio es más que merecido, la lástima, es que no le haya sido dado en vida, para que lo disfrute, ya que esta profesión es dura y muchas veces ingrata. A los grandes, a los que se esfuerzan por dar a luz una experiencia de vida a través de un trabajo literiario, pienso que se ha de hacer siempre el esfuerzo por dárser en persona, para que vean su labor recompensada. Isabel

Gustavo Valle
8 de Junio, 2009

Qué hermosa semblanza, Oscar. El lenguaje, claro, el lenguaje lo es todo. Hasta en las novelas de aventuras, el lenguaje lo es todo. Stevenson, por ejemplo, era puro lenguaje. Y sí, qué fastidio con esa gente que exige más y más páginas, más y más obra a un autor venezolano, pero cuando les llega su Balzac, les da pereza leer todo eso. En fin, qué privilegio que hayas estado cerca de Adriano durante sus últimos años. “Inteligencia, gracia y ternura”. Sí, eso era Adriano González León. Un abrazo.

Samuel González
19 de Junio, 2009

Excelente escrito. El amigo que contagia su largo y profundo contagio de Adriano -para decirlo en clave médica.

Estoy muy en sintonía con esa concepción de Adriano a cerca del lenguaje. En efecto, lo es todo. Precisamente discutía con Gustavo Valle y su esposa Pía, escritora ella también, mientras estuvieron en Caracas, esos temas. Yo traje a colación la prosa de Adriano y dije, más o menos, y puede sonar chocante, que mucha de la narrativa y de la prosa que se está escribiendo hoy no valía lo que una sola página de Adriano. Pensaba en sus narraciones, pero sobre todo en sus crónicas de “Del rayo y de la lluvia”. Este es un libro fundamental porque, según veo, en él Adriano consiguió poner toda su capacidad, todo su don verbal en un juego extraordinario de riesgo y valentía imaginativa, como tal vez ningún otro escritor nuestro haya hecho. Eso, a mi juicio, es invalorable.

Casualmente, mientras he leído esto en la oficina, busco en mi maletín unos apuntes que hice de una entrevista hecha a Adriano por una periodista española, en 1998 (Revista Espéculo, nro.8). La reproduzco porque pudiera ayudar a confirmar lo dicho por Oscar Marcano, y por escuchar, imaginariamente, la voz de nuestro entrañable escritor.

“…Es que el idioma por sí solo es un contenido, es una anécdota y una verdad. Cada palabra cuenta y puede contar por sí sola una historia, si el lector tiene imaginación. Las palabras están llenas de emociones, de paisajes y de vidas interiores que el lector puede construir”. (…) En mí las palabras se agolpan y resuenan con una fuerza implacable, por eso sólo me interesa hablar de mis imágenes, de las que surgen en mi propia mente y de las que heredé, pero que yo trastoco. Nunca podré ser un escritor comercial, ni siquiera soy un escritor profesional”.

Abrazos.

Georgiana González
21 de Junio, 2009

Querido Óscar,

Gracias por compartir nuevamente este hermoso texto. Hay días en que echo tanto de menos ese lenguaje de Adriano. Un lenguaje que en mi caso era más oral, cotidiano, pero ciertamente poético hasta para las situaciones más domésticas.

Esos días, como hoy, quisiera poder sentarme nuevamente frente a su balcón y admirar junto a él la silueta de la montaña y charlar, conversar sobre las cosas más simples, y quedarme asombrada con su capacidad para observar el mundo con tanta nobleza, para transformar el viento en canto, para mostrarme entre los verdes del Ávila las pequeñas cosas hermosas que nos rodean.

Qué bueno es recordarlo.

Recibe un fuerte abrazo.

Georgiana

Kira Kariakin
3 de Septiembre, 2009

Hermosa semblanza, pero además certera. Adriano no sólo era un ser literario, sino un ser humano generoso con aquellos que escribían sus primeras cosas no sólo en sus comentarios acerca de esos textos, sino en los conocimientos que regalaba haciendo que los que le rodeáramos en aquél momento sencillamente nos enamoráramos más de la literatura. Una vez le llevé una edición de Letras Libres donde había una crónica de Bryce Echenique (si el recuerdo no me falla) llamada “Las verdaderas memorias de Adriano”, que no era sino un homenaje de amistad y afecto a la portentosa persona por querida y llena de anécdotas que era Adriano. ël no conocía dicha crónica y quedó muy conmovido por ella. En alguna parte del texto decía que Adriano era obra. No sólo lo que había escrito, sino su vida y su persona, todo junto era una obra… Coincido con esta idea, porque era un ser total. Y es muy raro encontrar en esta vida seres humanos así. Salud por los recuerdos con él. Qué privilegio, qué fortuna para tí haberle acompañado en estos últimos años de su vida.

Nestor Mendoza
23 de Septiembre, 2009

Confieso que no he podido terminar de leer Pais portatil. Es una cuenta pendiente. Tampoco Viejo. No por pereza, sino por el lenguaje que arropa y su densidad poetica.

No lo conoci en persona. Lo imaginaba con voz ronca, seca. Con una personalidad esquiva, lejana. Sin embargo, en una entrevista que le hicieron en un programa, y reproducida luego en una pagina de internet, pude ver y escuchar todo lo contrario a mi primera imagen. Sus palabras claras y fluidas, un poco entrecortadas por la emocion y la alegria al hablar de Platero y yo, y recitar algunos versos de Lazo Marti. Tambien recuerdo sus ensayos. Especialmente uno sobre el libro Buenas y malas palabras de Angel Rosenblat. En fin, tendre que acudir de nuevo a obra. Es una deuda conmigo y con el lenguaje.

MItchele Vidal
12 de Enero, 2011

Maravilloso texto. Lleno de recuerdos y vivencias contadas desde el màs profundo conocimiento del Maestro y del lenguaje.

La ùltima vez que lo vi en persona fue en una tertulia sobre El Quijote junto a Rafael Arràiz Lucca, cuando Capuy estrenaba su Espacio. Un deleite. Què duda cabe. Su obra literaria -la publicada- es poca sòlo si la comparamos con su obra oral.

rafael arráiz lucca
13 de Enero, 2011

Un texto formidable, Oscar. Mil gracias. Mitchele: recuerdo esa conferencia quijotesca y quijoteana. Fue una delicia oir hablar a Adriano. Fue una de sus mejores noches: lúcido, divertido, conmovedor. Como era él.

krina
13 de Enero, 2011

Qué maravilloso texto Oscar, en tu lenguaje de escritor hablando del suyo. !Que tengas un Año Nuevo creativo y feliz!

Alba Tirado
13 de Enero, 2011

Excelente escrito, me llegó al corazón y recordé anécdotas. La palabra es portadora de vida y Adriano vaya qué nos regaló vida! Siempre en deuda, como amiga y estudiante. Gracias por estas letras.

Andrea
12 de Enero, 2013

Gran maestro. Recordaremos siempre sus libros y su amena conversa. Otro gran valor que se nos fue. Grande Adriano.

Hernani
12 de Enero, 2013

En pocas palabras… Sin más comentarios, extraordinaria semblanza!!! GRACIAS…

Orlando Flores
30 de Marzo, 2013

Y que se puede hacer para rescatar , editar y poner a disposición del publico, los temas variados y profundo de su programa CONTRATEMA

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.