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Artes

Los toros desde la barrera

Rodrigo Blanco Calderón: "Cualquier obra producto de la imaginación, por más dantesca y trágica que sea, siempre hallará una referencia que la supera, que la hace posible por ser una repetición, una parodia apenas."

Por Rodrigo Blanco Calderón | 6 de Diciembre, 2010
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I

Comencemos por el final.

En la noche del martes 23 de noviembre llegué a mi casa agotado. Fue uno de esos días donde mi rutina laboral concentró en una sola jornada los escollos que normalmente se distribuyen a lo largo del mes: dar clases, corregir montañas de exámenes y lidiar con el laberíntico mundo interior de los estudiantes.

Al llegar, Alejandra me cuenta, emocionada, algo que parece imposible: el Magallanes está en camino de propinarle al Caracas su segundo no hit no run consecutivo. Por si esto fuera poco, se trata del mismo pitcher, Anthony Lerew, quien se encontraba a sólo tres outs de repetir la hazaña. Un último dato le daba al asunto un toque de déja vu o de sueño: el marcador (de seis carreras por cero) era idéntico al del juego anterior.

Cuando, con una jugada de doble-play, el mismo Lerew cerró el partido, corrí a llamar a mi casa para echarle broma a mi tía, acérrima caraquista. Eran casi las once de la noche y desperté a todo el mundo. Aún adormecida, mi tía no podía creer lo que escuchaba.

Recuerdo que me acosté pronunciando el título del artículo que escribiría sobre aquel milagro peloteril: “Los toros desde la barrera”. Sería una especie de vindicación envidiosa de lo que significa para un fanático de Los Tiburones de La Guaira ver el contrapunteo épico entre los dos equipos más populares y antagónicos del béisbol venezolano. Sería una manera sutil de lidiar con mis frustraciones en dicha materia.

II

En una de mis clases hablé sobre Seva, el famoso libro de Luis López Nieves. Fue un placer captar la atención de los estudiantes reconstruyendo la anécdota de la obra.

El 23 de diciembre de 1983 apareció publicada en el periódico Claridad, de San Juan de Puerto Rico, una noticia que convulsionó a sus lectores. Se trataba del texto “Seva: Historia de la primera invasión norteamericana de la isla de Puerto Rico ocurrida en mayo de 1898”. Allí, su autor, un tal Luis López Nieves, hacía constar con todo el peso de la documentación histórica (diarios personales de los implicados, mapas de la época, fotos, cartas y declamaciones) que la primera invasión norteamericana a la isla no había sucedido el 25 de julio de 1898, como reza la versión oficial, sino el 5 de mayo de ese mismo año. Igualmente, el texto probaba la falsedad del mayor de los oprobios históricos que han arrastrado los puertorriqueños desde su independencia: la pasividad con que permitieron que los Estados Unidos los invadieran y dominaran.

La existencia de una ignota localidad llamada Seva, cuyos habitantes resistieron durante una semana la invasión gringa, antes de ser, ellos y el pueblo, totalmente arrasados, le otorgó a los lectores la compensación simbólica que la Historia siempre brinda a los vencidos: los resquicios de un acto de resistencia.

El verdadero impacto se produjo pocos días después, cuando el periódico Claridad, ante la tumultuosa respuesta del público, tuvo que aclarar que Seva era una ficción construida por Luis López Nieves.

Una vez trazado el contexto que enmarca la leyenda de la obra, nos pusimos a indagar en las carencias de la realidad que la ficción viene a colmar. Nos preguntamos por los miedos y anhelos de las sociedades que la literatura hace surgir con sus mundos posibles. Fue inevitable citar el caos provocado en New York y New Jersey por Orson Welles con su versión radial de La guerra de los mundos. No habiendo escuchado el comienzo del programa, cuando se aclaraba el carácter ficticio del relato, las masas reaccionaron como un lector ideal: creyeron, efectivamente, que la Tierra estaba siendo invadida y destruida por seres extraterrestres.

Esto sucedió en 1938, apenas un año antes de que explotara la segunda guerra mundial, mucho más real, terrible y nuestra que la imaginada por H. G. Wells. El siglo XX nos enseñó que la realidad, con respecto a la literatura, es un original posterior. Así lo transmite Nadia Ginzburg cuando señala que los rusos, durante el largo asedio de las tropas nazis a Leningrado, leían Guerra y paz para saber cómo reaccionar y cómo comportarse.

Terminada la guerra, en 1946 aparece uno de los más tempranos y conmovedores testimonios del Holocausto alemán. Un testimonio que, al igual que Seva, registra un heroico acto de resistencia armada, esta vez de los judíos. Se titula Yósel Rákover apela a Dios y fue encontrado dentro de una botella entre las ruinas del gueto de Varsovia. Su autor, Yósel Rákover, lo escribió antes de inmolarse en llamas, para no caer vivo en manos de los alemanes. Thomas Mann figuró entre los muchos lectores que se manifestaron conmovidos por el relato de Rákover.

La edición de Galaxia Gutenberg viene acompañada de una investigación de Paul Badden, hecha en la mejor tradición de la crítica genética. Allí Badden demuestra que el Yósel Rákover… no es un relato verídico y que fue escrito por un judío llamado Zvi Kolitz que vive en Nueva York y con el cual ha concertado fácilmente una entrevista. Más sorprendente resulta el hecho de que este texto jamás ha sido negado por su autor. En efecto, Kolitz ha tenido que luchar contra esa fuerza anónima que insiste en ver su relato como un testimonio verídico de lo sucedido. Badden, a medida que relata su investigación, injerta entre sus palabras momentos de la entrevista con Kolitz. La estructura del trabajo de Badden nos permite ver cómo se insiste en cada nueva edición del libro en presentar el relato de Kolitz como “documento auténtico”, y cómo su autor, igualmente, en cada oportunidad intenta rectificar el error. Sobre esto nos cuenta Badden: “Pero mayores son las furiosas y tumultuosas protestas a que posteriormente dan lugar las cartas de un desconocido señor Kolitz, procedentes no del otro mundo, sino de Nueva York, en las que éste asume la paternidad del texto y se da a conocer como un escritor común y corriente que, primero, está vivo y, segundo, nunca ha estado en Varsovia. No se lo perdonarán. ¡Vaya, podría ocurrírsele a cualquiera! ¡Así también podría afirmarse que Auschwitz es una ficción!”.

El temor y la hostilidad de estos lectores son comprensibles pero (cabe aventurar la hipótesis) están mal formulados. La interpretación correcta de la autoría de Kolitz del valioso “documento hallado” va en la dirección contraria. El temor de estos lectores incautos apunta al hecho de que, después del Holocausto, cualquier relato o tragedia imaginada puede ser real. Cualquier obra producto de la imaginación, por más dantesca y trágica que sea, siempre hallará ahí una referencia que la supera, que la hace posible por ser una repetición, una parodia apenas.

III

De la confusión entre historia y literatura, entre ficción y realidad, tuve un ejemplo concreto al concluir la clase. Un alumno me mostró los avances del trabajo que debe entregar al final del semestre. Se trata de un ensayo sobre El hombre en el castillo, de Philip K. Dick.

La novela de Dick plantea la historia de la humanidad como si los países del Eje hubieran ganado la guerra. Los Estados Unidos están bajo el dominio alemán y japonés, principalmente. De forma clandestina, circula una novela titulada La langosta se ha posado. Los ciudadanos colonizados por el Tercer Reich la buscan y la leen con fruición, pues allí se cuenta una versión de la historia que los reconforta: los alemanes en realidad han perdido la guerra y ellos no son sus súbditos. Uno de los personajes, Juliana, creerá que la novela dice la verdad y buscará, entonces, al autor. El hombre en el castillo se presta para una perfecta lectura de la ficción como discurso que construye dentro de nuestros mundos otros mundos posibles. Alternativas a la realidad histórica que nos revelan que los deseos, los sueños y los recuerdos tienen la misma fibra ontológica que nuestras almas y cuerpos.

Al leer el proyecto de investigación, tuve un escalofrío. El alumno parafraseaba pasajes de Mi lucha, la autobiografía de Adolf Hitler, como justificación de la guerra y los crímenes. Al instante, lo reconvine diciéndole que debía tener cuidado, pues la paráfrasis de los pensamientos de Hitler podían confundirse con sus propias ideas. Fue entonces que me aclaró lo que pasaba: él sí compartía las ideas de Hitler. Por supuesto, no estaba de acuerdo con los campos de concentración, ni con las masacres. Eso le parecía “el lado malo” del asunto. Pero, los alemanes tenían derecho de rescatar, así sea mediante la expulsión de los judíos, los centros de poder y de trabajo de su nación.

Sentí miedo. Un miedo distinto a los que había experimentado hasta el momento: el miedo a una idea. Al final, creo que logré que el alumno se diera cuenta de lo que estaba diciendo, hacerle ver que los campos de concentración, las torturas, la explotación y los exterminios eran la piedra fundacional sobre la que literalmente se apoyaba el nazismo.

En el camino a casa, me hice el propósito de facilitarle al alumno bibliografía y referencias cinematográficas que borraran toda huella de relativismo a este respecto. Es un buen muchacho, me dije, y sólo leyó ciertos textos sin prestar la debida atención. O, quizás, prestando demasiada atención. Y fue entonces que percibí la encrucijada en que él y yo y todos nos encontramos con respecto a lo real: dependemos de sus representaciones y de la fe que depositemos en ellas. Dependemos de las parcelas de nuestras almas que decidimos identificar fuera de nosotros.

Hacia 1635, Calderón de la Barca afirmaba que la vida es sueño. Y sobre los sueños, en 1712, Joseph Addison señaló que en ellos el alma humana era su propio teatro, su actor y su espectador. En la noche de ese día, me dormí sin recordar estas sabias palabras. Sin recordar que yo mismo soy los toros, la barrera, la arena, el torero y el espectador.

IV

A la mañana siguiente, me despertó el celular. Me llamaban desde mi casa. Era mi tía, entre risueña y molesta. Quería saber por qué le había dicho aquella mentira. Magallanes sí le había ganado al Caracas, pero cinco carreras por dos. Era imposible que un equipo recibiera dos no hit no run seguidos.

Luego me tocó despertar a Alejandra y decirle:

-Lo que vimos anoche fue una repetición.

Rodrigo Blanco Calderón 

Comentarios (14)

Héctor Torres
6 de Diciembre, 2010

Muy, muy bueno, Rodrigo. Dos acotaciones: 1) Lo de Kolitz y la furia que produce el texto puede deberse a que en esos temas sensibles para una comunidad entera, el temor a que esas noticias puedan ser usadas por sus enemigos para relativizar y poner en duda sus “verdades” puede actuar como detonante. Sería un fanatismo que no permite que se “juegue” con sus temas fundamentales. Es una idea que asomo para explicar las reacciones. 2) Otro ejemplo parecido lo da el caso de Lobsang Rampa, un supuesto monje tibetano que escribió más de diez libros sobre la vida en un lamasterio, con tal nivel de detalles, que causó furor entre sus lectores, que seguían cada nuevo libro como una especie de Harry Potter de los ochenta. En el libro diez, Lobsang Rampa debe viajar a Inglaterra. Allí explica que luego de un accidente, murió y reencarnó en el periodista británico que ahora escribe para nosotros esa historia para darla a conocer al mundo… :)

Disfruté mucho la lectura, pana. Estupendo, de verdad.

Michelle Roche Rodríguez
6 de Diciembre, 2010

Rodrigo, Me gustó mucho este texto. Me dedico a a buscar frases felices, esta es la de hoy:”Fue entonces que percibí la encrucijada en que él y yo y todos nos encontramos con respecto a lo real: dependemos de sus representaciones y de la fe que depositemos en ellas. Dependemos de las parcelas de nuestras almas que decidimos identificar fuera de nosotros”. Gracias por articularla. Me interesa mucho esta línea de pensamiento y creo que un estudio de la alemania nazi y específicamente de la época de la entreguerra en ese país sería capaz de aclarar muchas paradojas sobre las que se cosntruyó la idea occidental de modernidad –quizá, occidental y modernidad redunde. Hay algo de aquella manera de pensar que se mantiene aún, porque hay algo de la modernidad que es inaprehensible. O por lo menos a mi me lo parece.

Ligia Isturiz @seleccionada
6 de Diciembre, 2010

Muchas veces me he encontrado con lo que el autor llama “las carencias de la realidad que la ficción viene a colmar”. Más que indagación – no ha sido una búsqueda rigurosa ni sistemática en mi caso- me he topado con narraciones inscritas en ese marco, hasta llegar a hacerse un tema fascinante para mí. Hoy Rodrigo Blanco ofrece una crónica originalmente estructurada y suficientemente ilustrada que, en efecto, convoca al interés de una lectura atractiva y ubicable como referencia en los trabajos de su género. Séame permitido añadir que las acotaciones post texto de Héctor Torres le han dado a la publicación en Prodavinci, un valor documental agregado

mahebo
6 de Diciembre, 2010

“La ensoñación complaciente cree que lo deseable es lo real”. Algunos se preocupan de lo deseable y otros de lo real, a menos que se trate de ficción no podemos y debemos tratar de no dejarnos seducir por las palabras,ponerlas a prueba con los hechos. En materia de ficción, nada como el prólogo de la verdad de las mentiras de Vargas Llosa. Nos conseguimos frecuentemente a individuos como tu alumno Rodrígo, que no pueden por menos que causar desazón, máxime en un mundo como el de hoy donde tenemos abundancia de fuentes y de información pero que de nada sirven si no se saben utilizar y no me refiero a herramientas mecánicas sino mentales. De vivir en una duda permanente ante la realidad, estaríamos caminando en el borderline en un paso hacia la locura. Excelente texto que da para muchas reflexiones

J. M. Guilarte
6 de Diciembre, 2010

Para azuzar el ala molesta de tu tía (o de a quien represente): que un equipo los reciba puede que nunca haya sucedido (no me consta y me fastidiaría indagarlo), pero recuérdale que uno de los récords más vistosos y formidables de cualquier deporte son los dos no-hitters consecutivos de Johnny Vander Meer (Cincinnati), sendas joyas escenificadas el 11 y el 15 de junio de 1938 (ya sé, se los lanzó a Boston y a Brooklyn, sí, ya lo sé).

ATAMAICA MAGO
6 de Diciembre, 2010

¡Qué buen texto, Rodrigo! Es la ficción una manera de contar la historia no como se recuerda sino como pudo haber sido. Y de allí parten lo sueños, los recuerdos, las esperanzas.; de esa particular forma de “parafrasear” los sin remedios. La realidad, por tanto, es sólo una plazoleta donde las lecturas del mundo se congregan; un embarcadero, un punto de fuga cuyos trazados son representaciones de nuestras ideas vistas siempre desde afuera, en múltiples planos que pueden ser ciertos o aparentes. (si no, mezclados) ;)

El tema del holocausto es bastante complejo porque la comunidad judía no busca en sí que se les haga justicia porque ésta nunca ha compensando su gran pesar y sufrimiento, pero sí que la historia no se tergiverse consecuencia de esa relatividad que produce la amnesia colectiva. Los hechos relatados por sus sobrevivientes superan la ficción y de allí la “furia” que produce el texto de Kolitz cuando le tocan un testimonio que han abrazado como propio, verídico, incuestionable. (todo lo demás sería una burla). La verdad suele tener esas razones prismáticas que la sensibilidad desconoce porque es incapaz de dar consuelo.Una reacción quizá a la defensiva, erizada, pero bien respetada aunque los acontecimientos futuros constaten otras atrocidades igualmente imborrables. El pecado está cuando se les compara. ¡Imposible desde sus recuerdos y cicatrices dejadas en la memoria! Héctor, el ejemplo referido al monje tibetano Lobsang Rampa es brillante. Esa alternativa de creer que la ficción es un mundo inusitado en el que reencarnar siempre es posible; sorprender, atajarnos desprevenidos lo es aún más cuando lo vivido no es pasado sino una visión de la relidad que palpita su posterior presente. Un déja vu se le conoce con el nombre de ficción. Mientras, que la literatura siga fabricando sus crucigramas.

Gracias por compartir. Un placer leer “Desde las barreras y más allá de sus corridas” :)

manuel marrufo
6 de Diciembre, 2010

Interesante y excelente. Otro acierto más para ProDavinci, una fuente de ideas y de historias de alta calidad.

Lo ficticio no está más que en la creatividad e imaginación de la mente del hombre, y si el hombre es límitado, su producto también. Por eso lo real, lo natural, lo que está más allá del alcance del hombre, siempre será mucho más interesante…

Rodrigo Blanco
6 de Diciembre, 2010

Oye, qué bonito es llegar a casa y no sólo encontrar el texto publicado, sino estos comentarios que reflejan una lectura ideal, como dirían los teóricos de la recepción.

Gracias por compartir el gusto y desasosiego por la palabra.

abrazos

Nelly Tsokonas
6 de Diciembre, 2010

Exquisito texto, ¡me encantó! Desde el primer párrafo, cuando advertí como caraquista que soy, que ese segundo no hit no run no ha tenido lugar (ni lo tendrá, no al menos en esta temporada, no faltaba más) y que muy humanamente además, el autor se sintió consolado en sus frustraciones como fanático de los Tiburones, hoy en el foso (“vindicación envidiosa” también, jejeje) supe que ahí estaba el nudo para regalarnos este maravilloso relato, ¡genial!, con el desarrollo de otros a cual más interesantes.

Rodrigo Blanco nos confirma con esta simpatiquísima crónica, que son más las semejanzas que las diferencias las que nos son comunes al género humano. Cuando la realidad se nos hace insoportable, con nuestra imaginación podemos inventarnos otra. Así he sobrevivido a la que estamos viviendo hoy.

Felicitaciones y gracias al autor, y a Prodavinci, que se esmera en presentarnos autores de gran calidad narrativa como el señor Rodrigo Blanco Calderón.

Nelly Tsokonas /@abezeta

María Eugenia
7 de Diciembre, 2010

Hay en torno a nosotros una serie de líneas ya no tan negras como la tinta sino espejismos de la electricidad cuando las letras parpadean en nuestra pantalla de computador o del celular o del último aparatejo

Mientras los escritores inventan ficciones enrevesadas y agotan las posibilidades juguetonas de emborronar el deslinde entre ficción y realidad, y crean realidades a partir de ficciones, parece proseguir la Historia escribiendo un texto hegeliano de marcha implacable.

salvador flejan
7 de Diciembre, 2010

Jajaja y sobre todo que se lo diera un pitcher con un solo día de descanso. A propósito de las fronteras entre la realidad y la ficción, me viene como anillo al dedo la siguiente anécdota que me ocurrió con el escritor Federico Vegas. Federico me estaba dando la cola a mi casa una noche, cuando de pronto pasamos por enfrente de una residencia que él menciona y describe profusamente en uno de sus cuentos. Salgo de bobo y le pregunto: “Federico, esa es la casa del cuento de Billos, ¿verdad?”. Mi amigo se volteó y con su sonrisa de fraile me dice:”No, pero era la mejor locación que encontré”.

Alejandro
8 de Diciembre, 2010

Fleján: Gracias por la anécdota.

Maria Eugenia: Me pregunto cuantos habrán entendido lo que quisiste decir…en todo caso, ese texto hegeliano se refleja todos los dias en las portadas de los diarios…

María Eugenia
8 de Diciembre, 2010

con que me entiendan unos pocos, yo contenta; gracias y saludos

Norberto José Olivar
8 de Diciembre, 2010

Saludos, excelente texto! Una pregunta: te vi hace poco con un gorrito de los tiburones, eras vos o una repetición, pana? Un abrazote!!!

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