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La rebelión de los náufragos

A continuación publicamos el primer capítulo de La rebelión de los Náufragos, de Mirtha Rivero (Editorial Alfa), un libro en el que se analiza el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez y los hechos y procesos que determinaron su renuncia además de exponer verdades que contradicen la sabiduría convencional

Por Mirtha Rivero | 2 de noviembre, 2010

Es difícil saber lo que hizo o pensó durante las últimas horas que pasó en su despacho. Queda imaginar, especular, inventar. A las tres y media de la tarde, los objetos personales habían desaparecido de la vista. Esa misma mañana, en menos de noventa minutos, un comando invisible había barrido todo rastro de su paso por allí. Todo testimonio de su devenir público, de su historia oficial. La única historia que, por cierto, tenía cabida en ese espacio, por lo menos en lo que se refería a los cuerpos inanimados. La vida privada era –o él hubiese querido que fuera– privada, no se exponía en papeles, chécheres o portarretratos, y en esa oficina pública no podía haber sino vestigios de su recorrido público. De su trasiego político. De su tuteo con el liderazgo mundial. Esas fueron las huellas que recogieron de la sala esa mañana. El comando sigiloso se había llevado la colección de fotos en donde aparecía al lado de Felipe González, Jimmy Carter, el rey Juan Carlos, Willy Brandt, el jeque árabe de nombre enredado y como media docena de fotos más. También cargaron con los libros de biografías, y por supuesto –fue lo primero que se llevaron– con el busto de Abraham Lincoln y el altorrelieve con la cara de Simón Bolívar. Nada más quedaban, como testigos mudos de otra época, la silla sobreviviente a su primer gobierno –y que Cecilia había mandado a retapizar–, el inmenso globo terráqueo que François Miterrand le regaló en la visita que hizo a Caracas y un revólver calibre treinta y ocho que reposaba –íngrimo– en el centro del escritorio, como la seña más clara de que había llegado la hora de salida. Porque un arma –era su creencia– no es para andar exhibiéndola.

Las armas no son ornamento ni prueba de hombría. Lo había aprendido muy temprano, oyendo las historias de la guerra colombiana de los mil días que le contaba su tío, el general Manuel Rodríguez, y lo comprobó en carne propia mucho después, durante los diez años de resistencia, clandestinidad y exilio que empezaron en 1948, cuando los militares derrocaron a Rómulo Gallegos y él pretendió aguantar en Maracay instalando un gobierno de emergencia. Desde esos tiempos en que lo perseguían empezó a familiarizarse con las armas; tanto, que cuando cayó la dictadura y debutó la democracia las siguió teniendo cerca. Había un revólver escondido en el cajón de la mesa de noche –bajo llave– cuando estaba en la casa o, si era Presidente y estaba en Miraflores, en la minúscula gaveta que se asomaba discreta por debajo de la mesa que una vez había sido de Rómulo Betancourt. Esta vez el revólver estaba sobre el escritorio. Lo acababa de sacar de su escondite porque ya se iba. Había llegado la hora de cierre. Se iba pese a que no eran las nueve ni las diez o las once de la noche. Se iba aunque afuera, en la calle, el sol quemara y faltaba para que cayera la tarde y entrara la noche. En verdad todavía tenía una hora, hora y media por delante para irse, pero eran pocos los minutos que le quedaban para estar solo y despedirse de esas paredes. Pronto llegaría la marabunta; había que alistarse.

El barbero de Palacio acababa de salir. Concluido el almuerzo lo mandó llamar como lo había hecho tantas otras veces en medio de una agenda complicada, porque debía recibir a un visitante distinguido. Por más atosigado que estuviera no gustaba de aparecer desgreñado y descompuesto, dando muestra de azoro. Si había llamado al peluquero en momentos menos trascendentes, cómo no hacerlo a esa precisa hora. ¿Cómo no llamarlo por última vez? Es más, así llenaba su horario en medio de una jornada tan pobre y desleída como la que había tenido ese día. Y es que por más empeño que había puesto en fijarse actividades, tareas y reuniones, el esfuerzo era en vano. Muy poco, casi nada, le quedaba por hacer y esa certidumbre lo asolaba. La representación inútil de un florero frente a una ventana se le venía a cada tanto a la cabeza como una alucinación. Odiaba la idea de ser tratado como adorno. O peor: como estorbo. Toda la vida se había enorgullecido de ser un hombre de acción, un ser que actuaba, que hacía, que se ocupaba. No fue gratuito que en la primera campaña se vendiera como el hombre que camina. La frase, más que un lema publicitario, más que un jingle, resumía su carácter. Más que un tipo atorado, terco y obstinado –que lo era– se reconocía como un tipo que ejerce, que ejecuta, que conjuga en primera persona el verbo hacer. Porque es de espíritus flojos, pacatos y débiles detenerse, quedarse inmóvil. Es contrario a su estilo inhibirse o retraerse ante los tropiezos. Grandes o pequeños. Si se cae un botón de la camisa y Blanca no anda por ahí, él solito agarra y se cose el botón; si necesita la copia de un documento, nada le impide manejar la fotocopiadora; si le dicen que no vaya al Congreso porque le van a boicotear su entrada y que lo mejor es no ir y dejarlo para después, pues él va, y armado, por si acaso. Siempre hay algo que hacer, que se puede o que se tiene que hacer. Siempre, menos este día.

Pretendiendo huirle a la inacción había pensado presentarse esa tarde en el Parlamento para demandar, él mismo, a los senadores que aprobaran por unanimidad el juicio. Sería un lance emotivo, dramático, digno de grandes titulares. Pero también –lo pensó mejor– una ocurrencia estéril, y a lo mejor contraproducente. No faltaría el resentido que, queriendo humillar, iba a pedir la palabra después de él. Y no, no iba a brindar esa oportunidad. No iban a caerle encima otra vez. No más. Lo prudente era domesticar los impulsos y recoger las alas hasta nuevos tiempos. Además, qué tanta novedad iba a recitar. Qué más quedaba por decir. ¡Qué vaina! Esta vez tampoco se despediría como lo había planeado. En 1979 fantaseó con la imagen de entregar la banda e irse a pie desde el Congreso hasta la sede del partido. Sería un largo trecho, rodeado de gente, de pueblo que en el trayecto se le uniría. Al llegar, el partido lo recibiría con aplausos, inclinándose ante su jefatura. Eso quiso, eso imaginó pero no pudo, porque se dio cuenta de que entre sus compañeros no había interés en recibirlo con honores. Le achacaban que no puso lo que le tocaba para que Acción Democrática ganara las elecciones y que, encima, cuando perdieron, se apresuró en admitir el triunfo ajeno. No lo perdonaban. Había mucho reconcomio, y en vez de homenajes se estaban cociendo intrigas. Por eso no cerró como quiso su primera presidencia. Se quedó con las ganas. Y tampoco iba a poder en la segunda. Parecía una maldición. Lo que restaba era mantener el aplomo. Guardar las apariencias.

Ajustó el nudo de la corbata, tiró el saco hacia abajo y lo cerró abrochando un solo botón. El semblante ya estaba entrenado para lo que venía, pero por si acaso revisó. El ceño no debía revelar inconveniencias. No era hora para descubrirse molesto, aunque lo estuviera, o triste, que también lo estaba, o impotente o sorprendido o herido o desarmado. Ni un atisbo de su ánimo, de su verdadero ánimo, debía traslucirse. Suficiente con la alocución de la noche anterior. Había que mostrarse sobrio, sereno, firme. Entero. Prohibidos los hombros caídos. Pronto le tocaría despedirse formalmente de su equipo. Pronto llegaría el ejército invasor. En cuestión de minutos comenzaría el desfile y había que seguir el libreto. Apretón de manos, saludo cordial, firma del acta, nuevo apretón de manos, abrazo de rigor, otros apretones más allá, quizá un beso en alguna mejilla, y ya. Sin fanfarrias, sin fausto o aparato. Sin discurso. Cerraba el mes más largo de su vida. De su historia. Tanto de la pública como de la privada. El mes más largo, y eso que apenas habían pasado veintiún días.

La fecha exacta: 21 de mayo de 1993.

***

Moraima –todavía con rastros de trasnocho en el cuerpo– buscaba la noticia en la televisión. Se había acostado a las dos de la mañana, pero la emoción no la había dejado reposar. A las siete ya estaba fuera de la cama, con un café en la mano enfrente del televisor. Desde entonces casi no se había despegado de la pantalla y, a pesar del aporreo, estaba feliz. Ese día no iría a trabajar. Lo había pedido con anticipación porque cumplía cuarenta años y quería celebrar de una manera distinta esa fecha. Iniciaba una nueva etapa en su vida y no quería inaugurarla encerrada en una oficina rodeada de folios y carpetas. Tenía pensado un amanecer diferente, una celebración especial. Pero ni soñaba con lo especial que terminó siendo. Había comenzado a festejar en la víspera, cuando el jueves a las cuatro de la tarde, estando en el trabajo, se enteró de la novedad: «Con nueve votos a favor y seis en contra –leyó en cámara un tipo de rostro grasoso y lentes que le resbalaban en la nariz– la Corte Suprema de Justicia en sala plena declara que hay méritos suficientes para el enjuiciamiento del Presidente de la República, Carlos Andrés Pérez Rodríguez…».

El tipo con lentes no había terminado de hablar cuando un aplauso fuerte y compacto arropó el resto de su discurso. Al magistrado Gonzalo Rodríguez Corro sólo se le veía la cara brillante enmarcada entre un enjambre de cables y micrófonos. Menos de cinco minutos tardó en leer la decisión. A Moraima le entraron ganas de salir corriendo a pegar lecos por la ventana, animada por un alboroto que venía de la calle a la altura de la esquina de Gradillas. Hasta su oficina llegaron los vivas y los cánticos que, como parte de la fiesta, invocaban el nombre de un militar preso. Ella no salió a gritar en ese momento, pero tampoco se quedó sin darse el gusto: en la noche, después de oír el discurso que dio el Jefe de Estado por cadena nacional, chilló de lo lindo desde el balcón de su apartamento en Santa Paula. En su concierto la acompañó su marido, que golpeó sin cesar y sin piedad el fundillo de una sartén. Los dos estaban felices, pero Moraima más; estaba tan contenta que hasta le entraron deseos de lanzar cohetes. Ella, que tanto miedo le tenía a los juegos pirotécnicos desde que, siendo muchachita, se quemó la mano con una luz de bengala. Ella misma se sintió tentada a raspar un fósforo para prender la mecha de un tumbarrancho. Sería una buena manera de empezar su fiesta, se dijo. Tirar cohetes para celebrar una nueva etapa. La suya y la del país. Era el inicio de su cuarta década de vida y el inicio de otra época en la vida del país. No le cabían dudas de lo que venía. El anuncio abría un horizonte de esperanzas, y por sí solo constituía el mejor obsequio que podían darle por su cumpleaños. Ni que lo hubiera encargado. Y esa noche, en los ratos en que no estuvo asomada al balcón o viendo las noticias transmitidas en vivo, se colgó al teléfono para comentar que la renuncia del Presidente –aunque el Presidente no había renunciado pero era como si lo hubiera hecho– era el presente más bonito que le habían dado. En cuanto agarraba la bocina, cada vez más achispada por la champaña, machacaba: es mi mejor regalo.

Aquello era histórico. Nunca imaginó que viviría para presenciar un hecho parecido. Harta de los partidos y de sus dirigentes, se había convertido en una escéptica. Descreía del sistema democrático, o cuando menos de su evolución. Desconfiaba de todo y de todos. Para ella todos los políticos eran corruptos y todos los jueces se podían comprar; lo que hacía falta era que le llegaran al precio. Por eso estaba convencida de que, al final, los magistrados de la Corte no le iban a dar luz verde al juicio en contra del primer mandatario nacional. Era imposible, decía. Ni en Por estas calles se había visto. Cómo iba a suceder en la vida real, en la vida de verdad, verdad. No ocurriría nada, había predicho, porque nunca ocurre nada en este país. Todo el mundo roba y roba y se sale con la suya. Nadie paga. Esa era una de sus verdades absolutas. Pero se equivocó. Un día antes de cumplir cuarenta años, la misma Corte de la que tanto despotricaba la había sorprendido. Y ella estaba feliz de haberse equivocado.

Para estar guindando, mejor caer, aseguraba. No encontraba inconveniente en que sacaran al Jefe de Estado antes de tiempo, sobre todo si, como decían, había robado una millonada. Y si no lo había hecho, como se atrevía a cantar uno que otro jalamecate, se vería después. Para averiguar lo que se debía averiguar estaba el juicio que se iba a abrir enseguida. En el tribunal se vería quién tenía razón, pero mientras tanto, lo mejor que podía pasar era que el mandatario esperara afuera. Afuera del gobierno, desprovisto de poder y privilegios, como un mortal cualquiera. Bastante se había prolongado la agonía. Las crisis hay que atacarlas rápido, y esta se había demorado demasiado. Nada peor que un país dando tumbos. Era una majadería pretender esperar los siete meses que faltaban para las elecciones, si la solución al atajaperros en que vivían metidos podía encontrarse antes. Sin golpe, sin muertos, sin hecatombe. Ya estaba bien de dar largas al asunto, que para eso es para lo único que sirven los leguleyos. Para argumentar y contraargumentar y buscar resquicios por donde evadirse. Claro que es lógico que el gobierno maneje un presupuesto para seguridad y defensa, y por supuesto ningún gobierno, ni este ni el de Tucusiapón, lo anda divulgando. Eso es una cosa, pero otra muy diferente es que ese presupuesto no pueda auditarse. Que ese dinero no tenga control. Alguna vigilancia debía tener esa plata porque de lo contrario nadie garantiza que no sea desviada para chequeras personales, o comprar una casa para la querida o pagar los gastos de una coronación que nadie pidió.

Moraima estaba acelerada por la avalancha de acontecimientos, y ese viernes en la tarde todavía quería más. Permanecer pegada a un televisor no era la manera que había imaginado para festejar su cumpleaños, pero sin duda fue la mejor. Ya había visto la sesión del Senado que aprobó el juicio al Presidente, y rio de lo lindo con la discusión que se prendió por el detalle del tiempo que debía mandar el sustituto que nombrara el Congreso. «¡Esto es el acabóse! –exclamó–, antes de votar por el juicio se guindan de las greñas para decidir los días que dura la suplencia». Vio también la ceremonia en donde los congresistas juramentaron al suplente, con banda marcial, himno y hasta discursos. El encargado habló de hora trascendental, de duros embates, de resistencia democrática, de la madurez de las Fuerzas Armadas que son ejemplo para América Latina, y, por supuesto, de la carambola que hizo que, ahora sí, le impusieran el collar de la Orden del Libertador y le entregaran la llave de la urna donde están sus huesos.

–Se nos ofrece la ocasión –decía desde el congreso– para insistir sobre la naturaleza perfectible del sistema, más allá de las aventuras que sólo producen trauma y sobresaltos. Este mandato provisional no lo he buscado ni deseado y me corresponde asumirlo. Actuaré con la firmeza que la situación demanda… No he de actuar como hombre de partido en este trance tan difícil…

Moraima también vio los disturbios a las afueras del Congreso en donde hubo insultos, agresiones y gases lacrimógenos. Y la carretilla de declaraciones que se ofrecieron: ministros, políticos, empresarios, dirigentes vecinales, periodistas, buhoneros, oficinistas y hasta chicheros opinaron sobre el trascendental momento. Ella había visto casi todo lo que difundieron los canales, pero todavía deseaba ver más. Le faltaba el acto de traspaso de mando. Quería mirar las caras, reparar en los gestos, oír las últimas palabras. Quería más, mucho más. Quería ver al mandatario derrocado salir de la casa de gobierno.

***

A un cuarto para las cinco de la tarde, en el Palacio de Miraflores el aire era espeso. Había desaparecido la incertidumbre y el nerviosismo de los días anteriores, dando rienda suelta a las caras largas, las conversaciones en voz baja y el desmayo ante el peso de los hechos. Secretarias, taquígrafos, mensajeros, analistas, mesoneros, electricistas y bedeles, desafiando la norma, estaban reunidos en el pasillo principal que lleva a Presidencia. En grupitos de cuatro y cinco, esperaban la salida de quien fue su jefe durante más de cuatro años. Conversaban en susurros sin prestar atención al ruido que salía impertinente de los dos televisores que estaban encendidos muy cerca. No había funcionarios de alto rango entre ellos; sólo se distinguía Rosario Orellana, viceministra de la Secretaría, que se acercaba presurosa por el corredor hasta apostarse a un lado de una columna y de un muchacho de ojos rayados, de nombre Javier, que la saludó como saluda un subalterno. Aparte de ella, los contertulios, incluido Javier, eran rasos, rasos. Los grandes personeros–ministros y militares– estaban adentro, aguardando un llamado en la antesala del despacho. A ellos todavía les quedaba oficio por esa tarde. Tras la firma del acta y la despedida, deberían reunirse con el nuevo Jefe de Estado y presentar cuentas, o por lo menos ponerse a la orden. Era lo mínimo, aunque más de uno tenía ganas de saludar y salir corriendo. Entre ellos se repetían los murmullos del pasillo. El espíritu cargado. No había bríos para charlas triviales, toda plática era grave, y el comentario más ligero que se escuchó a esa hora tuvo que ver con la bandera nueva que ondulaba sobre el edificio. La anterior se había roto la tarde antes –justo después de conocerse el fallo de los jueces–, y con la corredera no cupo amague para sustituirla. La bandera se rasgó por la franja roja y así estuvo ondeando hasta las seis, cuando la arriaron. Ese era el tema de conversación más superficial de los ministros en el vestíbulo, y también lo había sido entre los empleados de la galería. El ánimo era de entierro.

De improviso, un inusitado movimiento que provenía del patio de estacionamientos irrumpió en la pesadumbre y cortó las conversas. Hubo un momentáneo desconcierto. Esperaban la llegada de la caravana del Presidente provisional, pero los carros que estaban llegando y la gente que se estaba bajando de esos carros no formaba parte de la comitiva oficial. A leguas se notaba. Era gente nueva, desconocida, vestida como para una celebración. Cual hormigas que salían de hoyos negros, los recién llegados comenzaron a derramarse y a colmar el pasillo que hasta hacía pocos minutos dominaban los trabajadores de Palacio. En la primera línea del pasaje se formó un batallón de mujeres perfumadas y encopetadas, escoltadas por caballeros que estrenaban trajes y predios. Los empleados y obreros de Miraflores, empujados hacia la pared, parecían intrusos en una fiesta a la que nunca podían haber sido invitados. El aire que transpiraban los visitantes era de jolgorio. Sólo faltaban los papelillos, la alfombra roja y un rey que caminara encima de ella. Los recién llegados se dispusieron a aguardar.

A las cinco de la tarde terminó la espera de unos y otros. Octavio Lepage, acompañado de su esposa, se presentó en el Palacio de Miraflores a tomar posesión de su despacho. Adentro, aguantando para entregárselo, permanecía Carlos Andrés Pérez. Al ver aparecer a su suplente, Pérez sonrió cortés y empezó a cumplir con el guión pautado. Era lo único que le quedaba por hacer. Quince minutos tardó la ceremonia de traspaso. Al finalizar, siempre sin salirse del libreto, sonrió para la foto y estrechó la mano del encargado:

–Le deseo toda la suerte del mundo, doctor Lepage –exclamó, y mientras se dirigía a la puerta sin mirar atrás para ver lo que se quedaba, se dijo a sí mismo–: ¡carajo!, es que esto yo nunca lo vi venir.

******

Pueden leer la entrevista que Mirtha Rivero le hizo a Moisés Naím para La rebelión de los náufragos pulsando aquí.

Mirtha Rivero 

Comentarios (66)

Jullis
18 de diciembre, 2010

Carlos Andres Pérez, el presidente de mi infancia, de mi cuartico de leche en las mañanas y los almuerzos antes de llegar a casa, jamás olvidaré la ayuda que le prestó a mi madre “soltera” con dos chamos.

María Eugenia
18 de diciembre, 2010

Gracias Jullis por compartir tus vivencias; hacen faltan voces varias para que la canción sea interesante, como en la Serenata Guayanesa.

Brasal
9 de marzo, 2011

SOBRESEER: cesar en una instrucción sumarial y, por extensión, dejar sin curso ulterior un procedimiento. INDULTAR: Perdonar a alguien total o parcialmente la pena que tiene impuesta, o conmutarla por otra menos grave. Como ven son dos cosas distintas. El delincuente que está actualmente en Miraflores no fue indultado sino que su causa fue sobreseída. Nunca fue condenado porque la ambición de caldera (minúscula a propósito)lo llevó a montarse sobre ese caballo para llegar a la presidencia. Nunca pago cárcel porque nunca se le juzgó. Apenas estuvo detenido un tiempo. No sólo es un asesino, sino que es un corrupto, ladrón, violador de la constitución y las leyes que juró defender, amén de vulgar, mal hablado, mediocre y marginal. Que viva CARLOS ANDRES PEREZ carajo. La historia lo colocará en el sitial de honor que merece.

Arcangel
15 de marzo, 2011

Me espeluzna leer algunos comentarios xenófobos. No entiendo la relevancia del lugar de nacimiento de tal o cual personaje. O si el apellido suena a criollito o es extranjero. Nos olvidamos que nuestro país lo hicieron extrajeros y criollos juntos, desde la independencia??? Nos olvidamos que fueron las colonias extranjeras las que contribuyeron al progreso reciente de nuestro paía. Y esto también porque los venezolanos, inteligentemente, le abrimos los brazos, los recibimos y los hicimos sentir como en casa, a pesar de las penumbrias que dejaban atrás y de lo sacrificado que es dejar la tierra natal para buscar mejor suerte en suelos desconocidos. Ellos trajeron a Venezuela la cultura del trabajo, y nosotros, los más inteligentes, aprendimos de ellos. Nuestra sociedad se fue formando gracias a mezclas de razas, etnias y culturas. Nos heterogeneizamos. “Lo importante no es donde se nace, sino donde se lucha” palabras textuales de Rómulo Betancourt. Pero claro ni siquiera Rómulo, cone ese apellido tan raro, debe tener derecho a ser venezolano. O nacer más allá de la frontera, si es que es cierto, te quita todo derecho a participar en la historia, aunque hayas trabajado toda tu vida de este lado de la frontera. O el impronunciable apellido Petkoff… no importa si estuviste en la lucha armada, en la lucha política, en la lucha periodística; ya ese apellido es suficiente para desacreditarte. Qué triste: ese es el sentido “Nacionalista” que pretenden pregonar… No creo que haya mala intención, lo triste es la ignorancia y la impreparación de quienes lo predican, que lamentablemente hoy son quienes nos dirigen y ostentan todo el poder.

rino
16 de marzo, 2011

da lastima ver que en nuestro pais todavia hallan resentidos sociales que su seguera politica no los deja ver todas las penurias que estamos pasando muchos venezolanos por culpa de este mal gobierno, que parece que vino fue a destruir y quitarnos lo poco que tenemos, muchos hablan mal de CAP pero yo recuerdo que en esa epoca yo trabajaba duro para pagar mis estudios porque aunque era pobre mis padres siempre me enseñaron que estudiando y trabajando era que hiba a progresar y recuerdo que en esa epoca habia bastante empleos cosa que no veo hoy y de eso es que deben ocuparse los gonernantes de crear empleos para la poblacion para que tengan dinero y compren lo que deseen, asi que señores(as) dejen la envidia y el rencor atras y luchen por un pais mejor mostrando hechos y no palabras.

Oscar Sosa
3 de abril, 2011

Tengo 21 años, aùn no he leido el libro, pero lo voy a leer en unos dìas, y con respecto al tema de Carlos Andres Vs Chàvez , o Cuarta Vs Quinta, les digo que el fanatismo no nos lleva a ningùn lado, y si bien Carlos Andres Perez fue malo (como dicen muchos) , eso no significa que Chàvez Frìas sea bueno, en lo absoluto / Venezuela necesita de un cambio de verdad, y si luego esa persona que nos ofrece el cambio no cumple, volvemos a buscar otra opciòn. Yo solo he vivido el gobierno de Chàvez y NO ME INTERESA los errores del pasado, NO LE ACEPTO A HUGO CHAVEZ que condene MIII futuro, que no cumpla en materia de seguridad, empleo, vialidad, servicios publicos, respeto a las leyes y la constitucion. Lo que he vivido lo he visto con HORROR, como para estar claro que Chàvez resulto ser un farsante que se aprovecho de aquel paìs olvidado, pero hoy en dìa TODOS somos victimas de Chàvez que solo tiene un proyecto personalista, en donde los venezolanos solo somos una manada que le servimos para llevar a cabo su plan, miren ustedes como el TSJ grito publicamente una consigna politica a favor de Chàvez, como la fiscalia se lava las manos con la inseguridad, miren ustedes como Chàvez regala nuestro dinero, (que por cierto son màs de la cantidad por la que juzgaron a Perez) , miren ustedes el desempleo, la mediocridad, todo colapsado, no hay una obra realmente relevante, para un paìs que ha tenido màs de 990 MIL millones de $$$$$$$$$$ / En fin…. si la cuarta no sirvio, la quinta menos, y no me hablen de socialismo, quienes ahora son nuevos ricos, y entran con maletas ful de trapos en el aeropuerto de maiquetia traida del IMPERIO MESMO! los jovenes queremos un cambio y vamos a trabajar por èl, asi tengamos que dar nuestra vida, NO HAY VUELTA ATRÀS…. nos vemos en elaño 2012 , antetamente OSCAR SOSA, caracas.

Alfredo Ascanio
4 de abril, 2011

Estoy de acuerdo con los comentarios de Oscar Sosa con la diferencia de que el tiene 21 y yo 79. Y yo si he conocido todos los gobiernos anteriores desde Isael Medina Angarita, Perez Jimennez,Betancourt, Leoni, Caldera,Carlos Andres,Lusinchi y Luis Herrera; pero prefiero cualquiera de esos lideres y sus gobiernos que el que tenemos ahora por agresivo, personalista, autocratico, ineficiente y embustero. (les debo los acentos).

oscar sosa
4 de abril, 2011

Bueno estimado Alfredo Ascanio , en el 2012 vamos abrir laspuertas al futuro de Venezuela, para ver si por fin entramos al siglo 21, y a ese nuevo gobierno no me cansare de exigirle EFICIENCIA, HONESTIDAD Y RESPETO por todos nuestros derechos, leyes y constituciòn; y si no cumple, lo botamos tambien, pero Vzla no aguanta otro periodo presidencial de Hugo Chàvez, quien es una termita que dìa adìa va destruyendo mi amado paìs.

Néstor Colmenárez
11 de abril, 2011

Me parece que cada uno en su sitio, “La Rebelión de Los Naufragos”, “Sangre en el diván” y “Margarita Infanta” son los tres libros venezolanos más interesantes que he leído este año en mi “incilio”. En cuanto al primero me dejó muy claro el gran poder de la corrupción que es capaz de tumbar gobiernos y de subsistir pues en el se cumprueba que en Venezuela los gobiernos pasan y la corrupción se queda…

Betty
19 de abril, 2011

Muy interesante el libro….felicito a la esritora por hacerme recordar algunas cosas vividas en esos dias….muy lamentables para nuesrto pais..y le pido a todos los venezolanos que abran los ojos y piensen en las generaciones futuras y trabajemos unidos para sacar el pais adelante…un pais libre de violencia,prospero y sobre todo trasmitir el respeto a cada uno de nuestros semejantes…….”no es tarde tenemos tiempo”

Alexander Romero
20 de abril, 2011

Excelente libro que recoge uno de los más álgidos procesos políticos de la Venezuela actual, un documento que merece ser leído por la mayor cantidad de venezolanos posible, especialmente estudiantes de bachillerato; de esta forma podrán comprender la pobre situación política y social de nuestro país hoy día. La historia debe ser relatada así, sin soberbia, sin banalidad, sin proselitismo; única manera de moldear los cambios que la nación requiere a través de la vía democrática. Mis felicitaciones a Martha Rivero y hago votos para que autorice la publicación total del libro en Internet de forma gratuita.

jesus briceño
14 de mayo, 2011

excelente narracinon de lo que realmente sucedio en esa epoca y nos debe servil de leccion para no volver a repetir la amarga experiencia honor al sr. Carlos Andres Perez lastima que halla fallecido sin haber escuchado de todos sus detractores que se iquivocaron y su arrepentimiento Carlos Andres Perez donde quieras que estes que Dios te acompañe amen amen amen

Hannah L. Migliavacca
11 de junio, 2011

RegrEsa Carlitos…TE PERDONAMOS!!!!

Carlos Manuel
25 de junio, 2011

Dolchstoßlegende: La leyenda de la puñalada por la espalda (Dolchstoßlegende/Dolchstosslegende en alemán) hace referencia a un mito social y a la teoría popular de persecución y propaganda en Alemania durante el período de entreguerras (1918-1939). Esta teoría atribuye la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial a un determinado número de asuntos internos domésticos, en lugar de a una fallida geoestratégica militar. En especial, la teoría subraya que el pueblo alemán no supo responder a la “llamada patriótica” en el momento crucial de la guerra y que algunos “elementos” habrían “saboteado el esfuerzo bélico” a propósito. Estos elementos luego fueron identificados por Hitler como judíos e izquierdistas.En otros países mitos parecidos de “traiciones internas” surgieron al final de la Primera Guerra Mundial.Otras guerras han sido percibidas como “ganables” por alguna nación poderosa pero al terminar en derrota, ésta fue atribuida a algún tipo de traición interna. Por ejemplo, ideas similares al Dolchstosslegende surgieron en círculos del conservadurismo derechista de Estados Unidos en los últimos años de la Guerra de Vietnam, acusando a los movimientos contraculturales y de pacifismo como “formados por degenerados”, tachando a los objetores de la guerra como “antipatriotas” o alegando inclusive que quienes se oponían a continuar la lucha en Vietnam eran manipulados por fuerzas comunistas internacionales. Estas acusaciones se desarrollaron dentro de la idea del “Síndrome de Vietnam”, según el cual la política exterior de EE.UU. fue mutilada por la retirada de Vietnam. No obstante, otros creen que este “síndrome” es un mito.

Alfredo Ascanio
26 de junio, 2011

Que lástima que los tecnocratas no tenían olfato político. Que dirán hoy Miguelito,Naím,Hausmann, o sea los bien preparados muchachos del IESA. El entramado de intereses y las presiones para buscar contratos nos los apartó de sus enfoques y de sus principios éticos.En esa época todos querían “tumbar a Pérez” y el discurso en el Congreso de Caldera y las opiniones de Uslar y otros Notables,incluso la horrible telenovela de Ibsen Martínez, fueron las principales puñaladas mortales. En el libro se explica con mucho detalle el tema del “caracazo” y del golpe innecesario de Chávez.Hoy creo que todos están bien arrepentidos, menos los que ya no viven.

Alejandro Gutierrez
24 de septiembre, 2011

Exelente libro que aclara muchas injustias sobre carlos Andres Perez Felicitaciones

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