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Aventuras de un Pasante (o de cómo el mundo es del hombre justo)

Raúl Stolk narra sus aventuras como pasante en un bufete de abogados caraqueño

Por Raúl Stolk Nevett | 15 de Octubre, 2010
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Montar un resumen curricular es, para un estudiante de tercer año de derecho, una tarea titánica, principalmente porque no hay nada que resumir. Se empieza por lo indiscutible. Nombre, teléfono, dirección (se complica la cosa), fecha de nacimiento, estado civil, ¿sexo? y todavía queda una sabana para llenar un perfil con cualidades que todavía no existen. Todo con doble espacio por supuesto. ¿Calificaciones? Depende, sólo si son buenas. ¿Idiomas? Yes please, todos los que se pueda, así solo se machuquen. Luego se pone interesante la cosa. Cualquier actividad que denote liderazgo: Campamento Indiecito Guaraní, Guía de Cuerdas. Este último es verídico, yo lo vi. Hoy en día además te meten los Modelos de Naciones Unidas como si fuesen postgrados en liderazgo. Bendito liderazgo. Tú siempre te preguntaste “con tantos líderes ¿quién carajo va a hacer las vainas?”

Pasada la tragedia del CV luego viene la parte de las entrevistas. Esa primera entrevista de la que jurabas pendía tu vida era (y sigue siendo) un vulgar examen de conformidad. Dos piernas (check), dos brazos (check), lee (check), escribe (check), sello Norven y Bienvenido.

Llegaste emocionado y con el estómago un poco revuelto a tu primer día, con tu corte de cadete y el flux ese buenísimo de tu papá, ese que “nunca pasará de moda mijo.” Te recibieron en la recepción e inmediatamente te mandaron a la “sala de pasantes.” De una te sonó a castigo. Entraste y ahí estábamos nosotros. Te ignoramos al principio mientras nos peleábamos por una engrapadora para ver quien le engrapaba el ruedo a una chaqueta que tenía el forro colgando. Te nos presentaste con tu nombre completo y un apretón de manos con mirada fija a cada uno. Te contestamos con puros sobrenombres y echadera de vaina.

Ese primer día, me tocó a mí hacerte el Tour. Un paseíto por Caracas. Primero al Tribunal Supremo y luego al Edificio José María Vargas en la esquina de Pajaritos. La majestuosidad del Tribunal Supremo te impactó. El tamaño, el vitral de Alirio Rodríguez y el aire que se respiraba daban una sensación de orden en medio del caos. Dijiste que la arquitectura del edificio te parecía fantástica porque transmitía el ideal de que la justicia está por encima de todos. A mí el comentario me pareció una mariconada, quizás por eso nunca se me olvidó.

El edificio de la esquina de Pajaritos, donde estaban el resto de los tribunales, era una historia completamente distinta. Ese si era el verdadero reflejo de la justicia en Venezuela: demacrada, maltratada, vencida… en fin, derogada. Lo único que lo salvaba, lo único que reflejaba un pequeño matiz de la majestuosidad del Tribunal Supremo era el mural del Doctor Vargas con la inscripción: “El mundo es del hombre justo.” Cada vez que lo veías suspirabas. “Una luz en medio de toda esta ironía,” decías.

Ya con un poco más de experiencia, el pelo desgreñado y un montón de grapas para aguantarle el ruedo a la chaqueta de tu papá, pateabas la calle como nadie. Le dábamos duro en esa época. Metrobús hasta Chacaito, Metro hasta Capitolio y después cada quien agarraba su rumbo. Los que iban al Tribunal Supremo se montaban en un carrito en la Baralt. El resto, los de abajo, caminábamos hasta la esquina de Pajaritos. Éramos 12, Los 12 del Patíbulo. Así nos llamaba Hilda la ascensorista. Caminábamos con confianza, a paso de devoradores de mundos, sin miedo a la delincuencia y sorteando (de memoria) los obstáculos que los buhoneros ponían a diario en nuestro camino. Y éstos (los buhoneros) nos saludaban todos los días por puro respeto, o al menos eso nos gustaba creer.

La zona era acogedoramente hostil. En una que otra esquina se veían aglomeraciones de gente apoyando al gobierno en su eterna campaña. Por ahí estaban la esquina caliente y uno que otro grupito que se formaba, donde viejos sin dientes, invisibles a los transeúntes habituales, balbuceaban insultos incompresibles dirigidos a los Adecos y a los Copeyanos. Nadie les paraba mucha bola. Todo el mundo era chavista, pero nadie se ponía camisa roja.

El trabajo era sencillo en verdad, todo lo que teníamos que hacer era llegar a tribunales, revisar los expedientes (normalmente más de 100), ver si había alguna actuación nueva y regresar a la oficina con la información. Éramos unos linces en tribunales, conseguíamos la información como fuera, pero los abogados nos salvaban del trabajo sucio. Lo más feo y denigrante que nos tocaba hacer era repartir las cestas de Navidad en diciembre.

Al terminar la jornada, nos reuníamos en el quiosco de abajo para comer Platanito y tomar Frescolita. Otra opción era pasar por los tribunales de Familia para tomarnos un Nestea y saludar a las demás mafias de pasantes que normalmente descansaban ahí. Recuerdo especialmente el halo elitesco que tenían los de PDVSA, los mejor pagados y los únicos con trabajo posterior asegurado. Era el sitio para trabajar, cómo cambian las cosas.

Para regresarnos a la oficina nos sumergíamos en un mercado de buhoneros donde hoy en día un Blackberry no sobreviviría ni 10 segundos. Recuerdo ese mercadito como algo pintoresco, como vería un turista los mercados de Estambul. Emergíamos nuevamente por donde estaba el tipo que vendía las pantaletas malandras que yo te juraba algún día iba a regalar a mi novia. Ahí tomábamos el autobús que nos llevaba hasta la oficina. Llegábamos a nuestra celda, “la sala de pasantes,” y nos trancábamos a fumar como una partida de putas presas.

Tu lealtad, al igual que la de los demás, más que con la firma estaba con tus compañeros. Me sacaste las patas del barro más de una vez cuando llegaba tarde o cuando simplemente no llegaba porque estaba enratonado. Y cuando me molestaba porque no me habían entregado un expediente luego de haber hecho horas de cola, me calmabas con aquella frase que era tan tuya como de Churchill “nunca un hombre había hecho tanto por tan poco.” Tú, en cambio, eras impecable. Además naciste parado. Recuerdo que el único día que te quedaste dormido por estar estudiando Administrativo hasta las mil y quinientas, todos los tribunales que tenías asignados amanecieron con aquel carteloncito glorioso que decía “NHD” (No Hay Despacho).

Siempre fuiste distinto. En tu primer trabajo como abogado, dejando atrás los días de las cestas de navidad, platanitos en la cola y chaquetas engrapadas, te tocó solicitar una notificación judicial para hacer una cesión de créditos. La más sencilla de las tareas. Fuiste a un Tribunal de Municipio tal y como te habían recomendado, ahí en tu viejo Edificio José María Vargas en la esquina de Pajaritos. Llevaste el escrito que leíste y releíste cuarenta veces para que no te lo rebotaran, sellado con tu nombre y número de Inpreabogado y estampado con tu flamante firma. Era el primer documento que introducirías en tribunales, la pompa no era para menos. Llegaste temprano. Hablaste con el secretario para cuadrar la fecha que más le convenía a la juez “jueves mejor que miércoles, el miércoles los niñitos salen temprano del colegio.”

Luego de que te recibieron el documento, el secretario te participó que había que pagar el traslado de la juez. Ante tal razonable requerimiento tu instinto fue sacar la cartera y preguntar “¿cuánto es?” El secretario te vio la cara de conejo inmediatamente. “No, así no, son 700 me los metes en un sobre y me los entregas el día del acto, a mí directamente.” Obviamente no estaba hablando de 700 bolívares, pues cualquier taxi hasta la Libertador cobraría 3 mil. Te negaste a pagar. Dijiste que el acceso a la justicia era gratuito y que tu no les ibas a dar ni un centavo. El secretario se rió, “chamo por menos de 700 mil la Doctora no se mueve de su escritorio.” Insististe, dijiste que estabas en tu derecho y que no te ibas hasta que foliaran el documento y pactaran la fecha. En medio de la discusión, se abrió la puerta del despacho del Juez y salió una señora bien vestida, con cara de buena gente que podía ser la mamá de cualquiera, anunciando que se retiraba temprano porque tenía que comprar unos peces para el colegio de los niñitos. Frente a un tribunal estupefacto, apelaste tu reclamo ante la juez, buscando apoyo entre las miradas incrédulas de la gente que estaba en la cola del archivo.

Con la mirada impávida y un gesto de su muñeca, “la Doctora” le ordenó al alguacil que te retirarán del tribunal. Te sacaron entre tres arrastrado y pataleando, invocaste cuanta ley y derecho constitucional se te ocurrió e igual te sacaron. Te lanzaron fuera y cerraron la puerta “en este país nada es gratis y menos la justicia.”

Sé que te botaron de la firma, pero aparte de eso no supimos más de ti. Algunos de los testigos cuentan que maldijiste al país y juraste irte para nunca volver. Por otro lado me llegó que lo habías dejado todo y te habías ido al Paují en busca de una vida más simple. A mí me gusta pensar que montaste una humilde y digna oficina desde donde despachas a tu manera y sin condiciones, dándole puros dolores de cabeza a nuestro podrido sistema.

Nos hacemos titulares de lo ilegitimo, lo hacemos nuestro y lo hacemos la regla . ¿Cómo es posible que en el país del “Habilitado,” de la “Cometa,” del “Traslado” y del 10% por “Cubierto,” alguien se atreva a decir “basta ya”? Pues tu lo hiciste y, por eso, eres más grande que el resto de nosotros. Porque al menos esa mañana, viejo amigo, el mundo fue tuyo y nos tuviste a tus pies.

*******

Disclaimer: El título, “Aventuras de un Pasante,” no es mío. Hace unos años un colega y viejo amigo me dijo que ese sería el título de su libro. Por esto, Dr. Aguerrevere, si algún día en efecto lo escribe, se lo dejo libre de cargo.

Raúl Stolk Nevett 

Comentarios (10)

Silvia García Rivas
15 de Octubre, 2010

Creo que todos los que fuimos pasantes en un bufete tenemos la misma historia…

Manuel Pulido
15 de Octubre, 2010

Las cosas no han cambiado mucho en 25 años, quizá se pusieron peor. Hoy los juicios se ganan con diligencias. Cantidad de escritorios cuyos abogados JAMAS pisaban los tribunales, en contraste, había otros abogados que sólo ellos eran quienes revisaban sus expedientes. San Onofre en la Iglesia de San Francisco tapiado en ofrendas votivas y el buhonero que vendía “¡La lupa de bolsillo, útil, cómoda y práctica!” El flux de las fiestas, que al cabo de tres meses caminaba solo… Infinidad de recuerdos que se me destaparon con este excelente artículo.

Sydney Perdomo
15 de Octubre, 2010

¡JOLIN! Lo que debemos pasar los pasantes en esté país…Y luego después de tanto estudiar darnos cuenta de que las cosas no eran como pensaste o te enseñaron en un principio… Es mucho más duro todavía.

Excelente narración, ¡Muy realista! La visión real de una Venezuela que se derrumba en todos los ámbitos. :S

Saludos y mis respetos sinceros. :)

Néstor Luis González
15 de Octubre, 2010

Jajajaj. Me gustó mucho. Cuando dejé de ser pasante de periodista mi sueldo aumentó en 100 bsf. Renuncié.

Marialcira de Pelipin
19 de Octubre, 2010

La historia del pasante de ustedes me recuerda a mi historia como escribiente. Mil pasantes, fiscales y demás interesados por atender y una especie de perchero para mis amigos de la universidad, guarde maletines, expedientes, paraguas era lo más común y como no llevaba casos comunes (solo tenía a mi resguardo adopciones) no perdí ninguna amistad. Mi engrapadora convertida en sastre, mi computadora como sucursal activa de los escritorios para las diligencias olvidadas o dañadas. Debajo de mi escritorio pasaron varias “atenciones especiales” de navidad para otros escribientes y jueces de pajaritos, cestas, botellas y afines. En fin mil historias de pasantes y escribientes de un mismo salon que se unian para los estudios y el trabajo a un mismo tenor.- Es justicia….

Paola Delgado
20 de Octubre, 2010

Está genial. Son tantas e incontables las penurias que pasamos los pasantes de Derecho y después de graduados, los Abogados, que cualquiera claudica! Pero ser Abogado -sobre todo en este pais- requiere de precisamente eso: una gran dosis de valentía. Valga el reconocimiento para el botado de la oficina. No conozco al autor, pero creo que tanto los abogados ya curtidos, como los de pocos años de graduados nos hacemos eco de este relato. (Y ni decir de los que por cosas del destino entramos a formar parte de la nómina pública). Innumerables son las experiencias del día a día en este oficio, pero como dije antes en un comentario en twitter: abogado que no fué pasante “cojea” de una pata. Saludos.

Christian Michelangeli
23 de Octubre, 2010

Excelente!

Fabio Bramanti
26 de Octubre, 2010

felicidades Raul, muy bien escrito. saludos.

Raúl Stolk
30 de Octubre, 2010

Muchas gracias a todos por sus comentarios. Me causó mucha gracia el comentario de Manuel porque, cuando nos tocó a nosotros, se podía oír a los buhoneros, a voz en cuello, gritando ¿Quién se ha llevado mi queso? Un pequeño detalle que hacía aún más pintoresca la escena. Otra cosa que se me quedó por fuera, LAS ESCALERAS. Miles de cuentos y leyendas rodean a esas escaleras. Como la historia de la mujer a la que se le partió un escalón y terminó en el piso de abajo o la vez que se rompieron las tuberías en el 23 y se convirtieron en cascadas de aguas negras. La experiencia, con algunas variantes, suele ser la misma. La rabia del Pasante y lo que hizo representa algo que todos teníamos por dentro pero nadie se atrevía a hacer. El problema es que nos acostumbramos y, eventualmente, perdemos la capacidad de arrugar la cara. Marialcira y Paola: Si yo escribí unas breves líneas, me imagino que ustedes tendrán cuentos para escribir una antología. El ejemplo del joven abogado fue para demostrar lo elemental del asunto. Siempre escuchamos que quienes trabajan en el sistema de justicia tienen que tener sangre fría para lidiar con estos temas, yo pienso que es todo lo contrario. Deben tener sangre caliente para enfrentarlos. Muchos saludos y gracias por leer.

Majevo
1 de Noviembre, 2010

Grande Raúl , todo mundo debería ser pasante en pajaritos,seria como hacer la mili en España , un abrazo y sigue escribiendo

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