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Cinefilia

Lucas García sobre la evolución de los cines...

Por Lucas García París | 4 de Octubre, 2010
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No creo en ninguna religión en particular y no tengo una ideología política. Lo mío es el cine.

Antonionni o los Wachosky, Tarkosky o Michael Mann. Como decía Cortazar de Lois Amstrong “mis dioses están acá abajo”.

La vida cotidiana es un dilema, nadie sabe lo que nos espera en este valle de lágrimas. No con el cine. Si una peli es buena, tienes la certeza de una hora y media de disfrute.

Como en todo hay contrariedades, turbulencias en el vuelo.

Por ejemplo, de hace unos diez años para acá, Dios la agarró con los cines.

Me refiero a que uno tenía unas salas de emergencia, como el Brodway y Miniteatro del Este. Cines en los que uno podía aterrizar en horas geniales como las diez de la mañana o al mediodía, escapado de clases o del trabajo, inventando una diligencia inesperada, atendiendo un dolor de muelas inexistente.

Hay pocas satisfacciones más mórbidas que estar disfrutando de una peli mientras el resto de los desgraciados curran en la oficina.

Lo hice con Misión Imposible I (Tom Cruise suspendido en el aire a las once de la mañana de un miércoles, papá), incluso con Twin Peaks la Película (Laura Palmer desapareciendo un lunes a las tres de la tarde, ¡ja!).

Y a Dios no le gustó. Tampoco a las realidades del mercado, parece. Las salas a las que me refiero resultaron más rentables convertidas en iglesias evangélicas.

Se acabaron las explosiones y las historias de amor. Fueron cambiados por pastores al borde de la histeria que proclaman la palabra del Señor con altoparlantes, bandas cristianas que tocaban versiones de George Harrison (My Sweet Lord, Isn’t it a pitty?) en Jehová Rock.

Y bueno, ver como un afiche de Stallone se transmuta en uno de la Virgen María es una mala tripa.

Está también el surgimiento de los multicines.

Las salas eran templos babilónicos, ahora son apartamentos tipo estudio.

Había cines de un kitsch subido, como el Radio City, que ostentaban unos frescos pavosísimos en los cielorrasos.

Una especie de Miguel Ángel borracho, pintarrajeado sobre tu cabeza mientras te servían las chucherías.

Y es cierto que las butacas eran incomodísimas pero la sala tenía porte. Uno entraba y se sentía en una gran opera, en un teatro de funciones monumentales.

El Altamira era más moderno, lo mismo que el Humbolt, pero sus salas eran verdaderos stadium. Lo que esas pantallas kilométricas podían hacer por una película era milagroso. Los desiertos eran en verdad insondables, el espacio infinito. Sensorialmente transformaban a Locademia de Policía en Lawrence de Arabia.

La optimización de espacios y la reducción de costos de mantenimiento acabaron con los grandes formatos a mediados de los noventa.

Recuerdo como trocearon al cine Humbolt como si fuera una gran torta. The silver screen picada en tres flat screens. El sueño compartido, la comunión multitudinaria, se diluyó en una sesión de oija, en un juego de cartas de solitario.

Los dioses del cine se enfurecieron y le aplicaron la M, ya sabes, el karma. Si eres un desgraciado reencarnas en cucaracha. El cine reencarnó en una de esas clínicas para adelgazar o una oficinas de resorts. Sabe Dios que será más horrible.

Hay cines que se pasaron.

El Centro Plaza, por ejemplo. Lo dividieron en tres salas también. La tercera en el piso superior es de antología. Como el piso siete y medio de Being Jonh Malcovich, para mantenernos en el tema.

La pantalla esta pegada en el piso y parece un televisor grande. Una viga atraviesa el piso por la mitad de la sala. El que quede en los puestos que están más hacia los lados va a ver las paredes y quedará sordo por las cornetas. El piso es tan delgado que en medio de un melodrama puedes escuchar como estallan los carros en la película de abajo.

Los dioses del cine parecen haberse enfurecido de nuevo.

Me contaron que en una función nocturna unos malandros entraron a robar a los espectadores.

Me los imagino entrando en medio de una de esas pelis con vampiros teenegers que detesto con toda mi alma (¡yo vi a Nosferatu de Murnau, a Drácula de Coppola, y me vienen con esos vampiros de gimnasio, Dios de mi vida!).

Me los imagino encañonando a los asistentes, cortándoles la digestión de las cotufas y los Miramar, fantasmas emergiendo de la pantalla iluminada.

Me los imagino diciendo:

¿No querías 3-D, becerro? Pásame ese celular.

Lucas García París 

Comentarios (9)

Nacho
4 de Octubre, 2010

Lucas!! que paso pana mio. Admito que el placer de escaparse al cine es comparable con el de leer un buen articulo como este en el trabajo. Aqui en Holanda el cine empieza a las 10 de la manana!.. Todavia hay chance de escaparse aqui! Te esperamos por aca mi pana, y sigue escribiendo asi un abrazo Nacho

Eugenio
4 de Octubre, 2010

je-je! …algunos como Slavoj Zizek usan la ficcion de el cine para poder entender la realidad .

salvador flejan
4 de Octubre, 2010

Lo de “Jehová Rock” es de antología, Lucas

Carolina Aular
4 de Octubre, 2010

Cinex Centro Plaza es un insulto al público y a las bandas sonoras. Y para sumar al irrespeto, generalemnte abren las puertas antes de que termine la película. Me canso de protestar sola en la sala. ¿Me ayudas a redactar una carta para ellos?

César Nuñez
4 de Octubre, 2010

De esos tiempos sobrevive el “frigorífico” de la torre La Previsora. Recuerdo que ahí vi (pasando pacheco parejo)”Cinema Paradiso”. En cuanto a las escapadas de clases, recuerdo en especial un lunes popular en que me di banquete por partida doble con “Heat”, de Michael Mann, en el Cine Cipreses (hoy consagrado a una congregación evangélica) y “Balas sobre Broadway”, de Woody Allen, en la sala del Ateneo (hoy consagrada a las fuerzas del lado oscuro de una universidad bastarda).

Lucas
5 de Octubre, 2010

¡Heat y Balas sobre Broadway! Ese si fue un bono doble, que bueno. Y Nacho, un abrazo…

carlia
5 de Octubre, 2010

Excelente final Lucas

Enrique
5 de Octubre, 2010

Y donde me dejan las salas del Unicentro El Marques donde la cola empieza desde la escalera mecanica y escuchas hasta los estornudos de la sala vecina… Me encanto tu artículo… será por la nostalgia?

Koldo
3 de Febrero, 2012

“Blood for Dracula” de Warhol en el cina Acacias (creo recordar que se llamaba), principios de los 80. Había que poner los pies arriba de la butaca de al lado, los ratones campaban por el piso regordetes de tanta cotufa.

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