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“Todo esto fue pura bala”

Durante más de treinta años el Urabá antioqueño, una zona agrícola de Colombia muy cerca de Panamá, ha vivido un proceso de violencia alternativa que resume la naturaleza del conflicto colombiano. La gente allí sufrió, primero, la ausencia del Estado; luego la llegada de la guerrilla y, finalmente, el desembarco y el sangriento dominio paramilitar.

Por Sinar Alvarado | 21 de septiembre, 2010

Desde la ventana del avión, varios minutos antes de aterrizar, los campos de Apartadó lucen como una extensa alfombra vegetal. Son decenas de miles de hectáreas fértiles donde crece a su antojo el codiciado oro verde: es la abundancia del plátano y el banano.

A la fecundidad de la superficie se suma también la del subsuelo: estas son tierras ricas en oro, petróleo, carbón y uranio.

Volamos sobre extensas llanuras cuya ubicación ―en pocos minutos cualquier lancha cruza el mar hacia Panamá― es ventajosa para las muchas formas del tráfico ilegal.

Y es toda esta riqueza, vaya ironía, el botón que disparó los resortes de una disputa salvaje y duradera.

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Las tierras del Urabá antioqueño, una zona ubicada en el noroccidente del departamento de Antioquia (capital Medellín), han sido administradas durante décadas por varias generaciones de campesinos y terratenientes. Salvo algunos eventos menores, la vida en la zona evolucionó siempre en perfecta paz. Pero había mucho dinero de por medio, y el Estado, dice el cliché, brillaba por su ausencia: alguien con afán de autoridad debía asumir esa vacante.

Entonces apareció la guerrilla.

Martín Linero, un joven de la zona nacido en Necoclí, el último pueblito de la costa, es hijo y nieto de campesinos. Junto a su familia cultivaba una pequeña granja y estaban todos en casa cuando oyeron llegar a las tropas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

— Todo esto fue pura bala —recuerda Martín—. Ahora está parado en la playa, con los brazos cruzados, y le cuesta narrar lo que vino justo después de la irrupción guerrillera.

— ¿Y ustedes qué hicieron?

— Aquí todo el mundo corrió… Casi todos. Pero alguna gente decidió quedarse y pelear su tierrita, porque esto era nuestro, ¿sabe? Y llevábamos toda la vida aquí, sembrando sin problemas.

— Hasta que llegó la guerrilla.

— Sí… Sí.

Martín calla. Ladea el rostro y mira el mar, recordando, quizá, los días del dominio insurgente, que empezó lentamente desde los años cincuentas y sesentas, y fue total hasta mediados de los noventas, cuando llegó a la zona una nueva fuerza: las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Es decir, “los paracos”.

En el año 1997 el ejército regular de Colombia, aliado con los grupos paramilitares, inició bajo el mando del general Rito Alejo del Río (hoy acusado por crímenes de lesa humanidad) un proceso de “pacificación” del Urabá: las tropas llegaron al lugar y combatieron a la guerrilla hasta tomar el control de la tierra. Los civiles se organizaron para resistir y crearon una comunidad de paz, con mil doscientos habitantes decididos a no tomar parte entre los bandos en conflicto. La guerrilla cesó sus ataques, pero las autodefensas no.

— Esos aparecieron y acusaron a todo el mundo —sigue Martín—. Decían que uno era colaborador; mejor dicho, guerrillero. Y vea… (dispara con un gesto de la mano) balín.

Los paramilitares decretaron este chantaje y ejecutaron a todo aquel que oliera a “enemigo”. Cayeron ancianos, mujeres y niños. Entre sus muchas masacres se recuerda la de febrero de 2005, cuando varios grupos, integrados por “paras” y soldados regulares, irrumpieron en la zona y ejecutaron a dos grupos de campesinos.

El informe de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en Colombia, año 2005, denunció la impunidad que se vive en este lugar. Diversas organizaciones no gubernamentales ubican en casi doscientos el número de víctimas desde 1997.

Desde esa fecha las AUC convirtieron el Urabá en una fábrica donde se entrenaban hombres que luego eran enviados a distintos puntos del país: dondequiera que la guerra los precisara.

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Hoy, la Alta Consejería para la Reintegración (un organismo del Estado que busca reinsertar a los combatientes en la vida civil) tiene un amplio operativo marchando en el Urabá. Durante el viaje recorremos los antiguos sembradíos y visitamos centros donde los ex combatientes, hoy desmovilizados, cuentan sus días en la guerra. Justo ahora estoy frente a tres de ellos: Lino, Alberto y Esteban. En sus rostros es evidente la aprensión que les genera el diálogo.

— Uno hubiera querido no meterse en esto —dice Lino. Pero ajá, ¿qué hace uno? Acá no había empleo, la guerrilla estaba acabando con todo y teníamos que hacer algo.

Lino también fue campesino, pero se convirtió en soldado cuando las autodefensas lo reclutaron.

— Me entregaron mi fusil, mi uniforme y mis botas.

— Y además le pagaban a uno —justifica Esteban.

— Nos pagaban —confirma Lino.

Hay en ellos una vergüenza sólida, una culpa sin fisuras que les impide nombrar la desgracia. Cuando recuerdan los hechos —el horror— usan evasivas: “lo que pasó”, “lo que se hizo”, “lo que tuvimos que hacer”. Nadie menciona la palabra muerte, y hubo tiempos, acá, en que no existió sino eso.

Empujados por la necesidad y amparados en su poder recién adquirido, estos hombres mutaron en mercenarios cruentos: abundan los casos de tortura, desmembramientos y miles de víctimas que hoy se degradan en fosas comunes.

Y ahora, cuando las masacres han cesado, la ACR enfrenta el enorme dilema de su desmovilización.

Entre 2003 y 2006, luego de los diálogos de paz gestionados por el gobierno de Álvaro Uribe, poco más de treinta mil hombres de las autodefensas y otros tantos de las Farc se desmovilizaron y entregaron sus armas. El Ejecutivo, desde entonces, enfrenta el complicado proceso de retornar a estos sujetos a la sociedad. Les ofrecen programas educativos, talleres de formación laboral, terapia sicológica, alimentación y apoyo financiero (hay quienes critican este proceso por “premiar” a los victimarios). Pero muchos de ellos, 6000 según la Organización No Gubernamental Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), se han convertido en “paramilitares disidentes”, y sus colaboradores estarían conformadas por entre 7400 y 12000 personas. Indepaz cita entre sus fuentes la Policía Nacional, el Ejército y la Armada, La Organización de Estados Americanos (OEA), el Observatorio de los Derechos Humanos de la Vicepresidencia, la Defensoría del Pueblo y el Observatorio de Desarme, entre otros.

Los antiguos combatientes, divididos en grupos como “Las águilas negras”, que operan en diversos puntos de la frontera con Venezuela (hace un par de días fueron detenidos en Táchira tres supuestos paramilitares; portaban armas de guerra), han vuelto a delinquir reunidos en nuevas bandas criminales.

El estado colombiano cuenta con instrumentos legales recientes, como la Ley de Justicia y Paz, del año 2005, y la ley 782 del año 2002, que rige todos los requisitos para la desmovilización.

La Fundación País Libre hace un seguimiento constante a este fenómeno, y ha dicho en sus informes que el proceso de reinserción necesita superar muchos obstáculos. Por ejemplo, que la Ley de Justicia y Paz, al rebajarle penas a quienes confiesan sus delitos, tiende a darle mayor credibilidad a los victimarios. También reclaman mayor garantías de seguridad y empleo para los desmovilizados. Y, por supuesto, mayor protección para las víctimas en todo el país.

Aunque lo peor parece haber pasado, el Urabá sigue siendo un territorio peligroso. Durante nuestro recorrido por la zona estuvimos siempre escoltados por policías. En el aeropuerto, antes de despegar, vi una patrulla del ejército que mantenía formado a medio centenar de soldados. En las paredes había fotografías de varios líderes paramilitares bajo el letrero de “se busca”. Y ya en el aire, cuando el avión se alejaba, volví a ver las sabanas verdes que ocultaban bajo el follaje miles de historias de violencia y abandono.

Sinar Alvarado 

Comentarios (1)

Alexandre D Buvat Irazábal
21 de septiembre, 2010

Colombia, Venezuela, Ecuador y Bolivia, lamentablemente, en lugar de integrarse, cicvilizarse, hacer InvestigaciónÑdesarrollo y proyectos y empresas multinacionales, modernas y competitivas, no fueron y aún no son, capaces de unir capitales y dirigentes sociales, y gobiernos y educadores y universidades y tecnológicos, . burguesias y oligarquias agraris y brutalmente medievales, un campesinado casi siervos de la gleba, coexistian con otras mas o menos industrialistas y modernizantes, y con una clase obrera mal formada y explotada. Así surgieron las rentas del petóleo, la de la droga y coca y narcotráfico, que han generado enorme corrupción, degradación social y progresivos cambios,terribles, en las estructuras de poder y en las luchas para conquistarlo….¿Seguremos siendo tan idiotas ante la historia, o iniciaremos essfuerzos serios para integrarnos? ¿ veran eso nuestros hijos o generaciones aún posteriores? Entre tanto, los paracos y ex guerrilleros devenidos en ladrones armados y asociados con el hampa y el poder politico, siguen condicionando la poca calidad de nuestras sociedades!!!

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