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Conversando con Mahmud Ahmadineyad —y la oposición— sobre el Irán de hoy
Jon Lee Anderson estuvo en Irán y entrevistó a su Presidente: ¿Qué dice acerca de la oposición, los Estados Unidos y la probabilidad de una guerra?
A comienzos de este verano, mientras caminaba por la cordillera de Elburz, en las afueras de Teherán, me tropecé con tres miembros del Movimiento Reformista Verde iraní. Era una tarde ardiente y seca, y se habían refugiado del calor en un jardín de cerezos que estaba junto a un riachuelo; las frutas pendían relucientes de las ramas. Desde hace mucho, los cerros de Elburz han sido lugar de refugio, aire puro y ejercicio para los residentes del norte de Teherán. Los distritos del norte son más prósperos que los del resto de la ciudad, y sus habitantes generalmente están mejor educados y más al tanto de las ideas y tendencias extranjeras. El norte de Teherán no era el único reducto del Movimiento Verde, pero el apoyo que recibió en la zona el verano pasado, cuando Mahmud Ahmadineyad reclamó la victoria tras una difícil elección presidencial, fue particularmente intenso.
Una de las rutas más populares entre los excursionistas comienza justo fuera de los muros de la cárcel de Evin, donde, en las últimas décadas, miles de disidentes han sido torturados, asesinados y enterrados en secreto. Las últimas calles pavimentadas de la ciudad terminan pocos metros antes, del otro lado de un puente de madera que cruza el estrecho cauce de un río. A lo largo de ambas riberas, hay casas de té al aire libre, donde se escucha música nostálgica y la gente bebe jugo de cereza fresco y fuma en narguilé. Lugares como estos ofrecen un respiro ante las restricciones que implica vivir en la república islámica, ya que están lejos de las unidades móviles de la policía religiosa y de los Basij, los paramilitares fanáticos vestidos de civil que atacaron a los que apoyaban al Movimiento Verde en las protestas del año pasado.
Desde que el gobierno endureciera sus políticas, las protestas de calle han sido escasas, y también los periodistas extranjeros en Irán. Se me había concedido una visa para entrevistar a Ahmadineyad, pero durante mi visita fui vigilado estrechamente por el gobierno. Ni siquiera una caminata por la montaña era garantía de privacidad; mientras escalaba vi, entre otros excursionistas, a varios pares de hombres con las barbas descuidadas, los trajes poco llamativos y el aspecto apagado típicos de los Basij. En cierto momento, pasé a una unidad de soldados. Hacían ejercicios, como todo el mundo, pero era evidente que también estaban ahí para hacer sentir su presencia. Las mujeres que caminaban por el sendero estaban acaloradas y sudaban bajo sus chadores y sus mantos, esas túnicas negras que las iraníes se ven obligadas a usar sobre la ropa.
En el jardín de los cerezos, sin embargo, las mujeres se habían despojado de sus pañolones y reían y conversaban animadamente. La gente me saludaba con cortesía, reconociéndome, obviamente, como occidental, cosa que rara vez se ve en Teherán en estos días. Un hombre inició una conversación conmigo; en excelente inglés, aclaró que era un reformista. Otros tres hombres que estaban sentados juntos en las cercanías juzgaron su sinceridad con la mirada, y luego alzaron sus voces lo suficiente como para ser escuchados. Citando al fallecido poeta iraní Ahmad Shamlou, uno de ellos recitó:
“Olfatean tu aliento,
no vaya a resultar que hayas dicho te amo.
Olfatean tu corazón.
Son estos tiempos extraños, amor mío.
Los carniceros están a la espera
en cada esquina con garrotes y cuchillos ensangrentados.”
Con un gesto señaló Teherán en la distancia, y dijo: “Allí están los nuevos carniceros. Todo lo huelen, no sólo en la vida pública sino en la privada”. Sus amigos asintieron. Uno de ellos dijo: “Las frustraciones del pueblo hallarán una salida una vez que las grietas del monolito comiencen a hacerse visibles”.
El hombre con el que hablaba me dijo que reconocía a dos de los otros, profesionales de más de cincuenta años, de las protestas de junio de 2009. Eran, dijo, seguidores de los candidatos presidenciales reformistas Mir-Hosein Musaví y Mehdi Karrubi. Las protestas, que comenzaron a raíz del fraude electoral, se convirtieron en inmensas manifestaciones contra el régimen islámico, las más grandes que hayan tenido lugar en Irán desde que el ayatolá Ruhollah Jomeini derrocara al Sha, en 1979. Pero, en las semanas que siguieron, la máxima autoridad política de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, ratificó el triunfo de Ahmadineyad y deploró las protestas; la policía antimotines y los Basij, armados con cuchillos y revólveres, fueron enviados a las calles a atacar a los manifestantes. Entre cuarenta y ochenta personas resultaron muertas, entre ellas, el sobrino de Musaví, y miles fueron arrestados.
En juicios sumarios y públicos que se celebraron en agosto, más de cien detenidos desfilaron por la corte, muchos de ellos delgados, pálidos y evidentemente aterrorizados; según Amnistía Internacional, muchos habían sido golpeados, torturados y violados por guardias y por quienes los interrogaban, con frecuencia en centros de detención secretos. Varios “confesaron” una improbable cantidad de crímenes políticos, incluida la traición. Desde entonces, casi todos han sido liberados bajo fianza, entre ellos, el corresponsal iranio-canadiense de Newsweek Maziar Bahari, que huyó del país. Pero cientos han sido condenados a pagar severas sentencias de cárcel y al menos cinco fueron condenados a muerte. Dos han sido colgados ya por el crimen de moharebeh —alzarse contra dios.
El Movimiento Verde siguió organizando protestas intermitentes hasta fines del año pasado y luego, con menor respuesta, en primavera. El movimiento se ha visto reprimido. Días antes de una marcha planificada para el 12 de junio, el aniversario de la elección, Musaví y Karrubi la cancelaron, y explicaron que lo hacían por “seguridad del pueblo”.
Durante la campaña, Musaví habló sin pelos en la lengua a favor de los derechos de la mujer y sobre la normalización de las relaciones con Estados Unidos, y rechazó las declaraciones en que Ahmadineyad cuestionaba la realidad histórica del Holocausto. Ahora, son pocas las veces que sale de su casa en el norte de Teherán, y sólo aparece en fotografías y declaraciones en su propio Web site. Él y los demás líderes reformistas han estado viviendo bajo arresto domiciliario no declarado formalmente, y son sometidos a agresiones verbales y ataques por parte de turbas progubernamentales cada vez que se arriesgan a salir.
En las ceremonias de duelo que se celebraron el 6 de junio, en el vigésimo primer aniversario de la muerte del ayatolá Jomeini, su nieto reformista, Hassán Jomeini, fue abucheado por los fundamentalistas de línea dura, que lo obligaron a dejar el podio. (Se dice que luego se acercó al ministro del interior de Irán y le dio un puñetazo en la cara, rompiéndole la nariz).
Mehdi Karrubi, que también estaba presente, fue acosado por una turba de hombres que gritaban: “Muerte a los hipócritas”. Una semana después, Karrubi visitó al gran ayatolá Jusef Saanei, jurista de renombre, en su casa en la ciudad santa de Qom; mientras estaba allí su vehículo fue atacado por una turba organizada que coreaba: “Sucio”, “Corrupto”, y “Secuaces de los estadounidenses”. Sometido a presiones tan sostenidas, el Movimiento Verde, en términos efectivos, ha dejado de existir como fuerza política visible. Karrubi es el único líder reformista de alguna importancia que todavía aparece en público con regularidad.
En el jardín de los cerezos, a los hombres del Movimiento Verde se les unieron sus esposas. Una de las mujeres habló de Spinoza, cuyos escritos fueron de importancia capital para el surgimiento de la Ilustración en Europa, y sobre la separación de lo que ella llamaba “la mezquita y el estado”. “Necesitamos a un Spinoza en Irán”, dijo. Mientras tanto, cree que las redes sociales virtuales son “la mejor manera para que la gente siga adelante y pueda comunicarse y estar preparada para cuando surjan los cismas en la estructura de poder que abrirán la oportunidad de cambio”. Por lo demás, es poco lo que el Movimiento Verde puede hacer. No puede haber más demostraciones de calle, porque eso “costaría vidas”, y “la violencia sólo genera más violencia”.
Uno de los hombres no estaba de acuerdo con ella. “Esta revolución llegó al poder por la violencia, y la única manera de que se marche será por la violencia”, dijo. “El cambio sucederá sólo cuando tú lo hagas suceder”. La mujer respondió: “Pero yo debo tener alguna esperanza, ¿o acaso no puedo?”.
A lo largo del camino de regreso a la ciudad, hay muros de piedra y peñascos en los que los manifestantes pintarrajearon grafitti con eslóganes; desde entonces, el gobierno los ha cubierto con pintura. El único que ha permanecido intacto está en una piedra del tamaño de un huevo de ganso en la que alguien garabateó con un creyón verde: “Muerte al dictador”.
Este Teherán es muy distinto al que visité por última vez en diciembre de 2008, seis meses antes de las controvertidas elecciones. La mayoría de los políticos, periodistas y académicos a los que vi entonces no son libres de hablar en esta ocasión. Entre ellos estaban los bien conocidos reformistas Mohammad Ali Abtahi, vice-presidente durante el gobierno de Jatami y blogger influyente, y Mohammad Atrianfar, editor y consejero del ex presidente Alí Akbar Hashemi Rafsanjani. Los dos —ambos hombres fuertes y francos que habían criticado abiertamente las fallas del sistema político iraní— fueron arrestados en el período de mano dura que siguió a las elecciones. Cuando reaparecieron, semanas más tarde, en los juicios sumarios, eran figuras quebrantadas, que se humillaron a sí mismos confesando una serie de crímenes estrambóticos, denunciando a amigos y colegas como co-conspiradores. Abtahi dijo que había sido culpable de “provocar al pueblo, causar tensiones y crear caos en los medios”. Atrianfar alabó a “la cortesía de quienes lo habían interrogado”, dijo que estaba orgulloso de su propia “derrota” y habló de la importancia suprema de “preservar el sistema” en Irán.
En privado, quienes apoyaron al movimiento reformista pasan gran parte de su tiempo pensando y repensando los eventos del año pasado. Muchas veces, se sienten desanimados, arrepentidos incluso. “La gente calculó mal”, dijo uno de mis amigos iraníes. “Creyeron que todos en el país eran como ellos, y que el resto del país era como Teherán”. Las protestas, desde su punto de vista, tenían tanto que ver con la clase social como con la política. Los que votaron por Musaví y Karrubi, del Movimiento Verde, eran mayormente de clase media o alta. Los soldados y los Basij que los atacaron, en su mayoría, habían votado por Ahmadineyad, y venían, como el presidente mismo, de las mayorías menos privilegiadas de la ciudad, que habitan predominantemente al sur de la ciudad. El que el Movimiento Verde fuera capaz de convocar a números significativos de manifestantes —los estimados van de cientos de miles a tres millones— a las calles de Teherán creó, en ocasiones, la impresión de que representaban una mayoría en el país. “Se equivocaban”, dice mi amigo. “Y sus líderes subdesestimaron —para parafrasear una frase infeliz del ex presidente Bush— cuán salvaje podía ser el régimen”. Con un tono de voz burlón agregó: “¿Qué? ¿Creyeron realmente que con su voto iban a lograr un cambio? ¿Qué de verdad tenían elección?”. Un amigo suyo fue detenido y liberado después que aceptó firmar una retractación. “El que lo interrogaba le dijo: ‘Esta vez no tienes elección. O te rindes o te meto este rolo por el culo. Es tu decisión.”
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Poco después de llegar a Teherán, asistí a una rueda de prensa de Ahmadineyad —en la que yo era el único occidental presente—, y en la que ni siquiera uno de los reporteros mencionó al Movimiento Verde. Cuando le pregunté a un periodista iraní sobre la omisión, levantó las cejas y preguntó: “¿Por qué mencionar algo que ni siquiera existe?”. Ahmadineyad respondió, más bien, preguntas sobre las últimas peticiones de los clérigos, que exigen códigos de vestido más estrictos. Este es un punto importante para muchos iraníes jóvenes —en el norte de Teherán, las calles están llenas de cabellos teñidos de rubio, bronceados artificiales y cortes de pelo al estilo de Amy Winehouse— y Ahmadineyad había generado molestias entre los clérigos más conservadores al oponerse a sus exigencias. Pocos días después, el Ministerio de Cultura y Guía Islámica publicó las indicaciones oficiales sobre los estilos de corte de pelo apropiados para los hombres iraníes: se permitía que lucieran copetes como el de Elvis, pero no el cabello demasiado largo, o con gel, o terminado en punta.
Casi todas las demás preguntas tuvieron que ver con la controversia en torno al programa nuclear de Irán. El 9 de junio, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó nuevas sanciones —con la notoria anuencia de China y Rusia—, y poco después otras medidas adicionales fueron anunciadas por Estados Unidos y diversos gobiernos occidentales. Entre otras cosas, las sanciones estadounidenses exigían que las firmas extranjeras que mantenían negocios con Irán, particularmente en los sectores petroleros y gasíferos, renunciaran a sus intereses o correrían el riesgo de ser excluidas de los mercados financieros estadounidenses. Ahmadineyad se desquitó anunciando que Irán suspendía todo diálogo sobre el tema nuclear con Occidente hasta finales de agosto. Antes de que pudieran reanudarse las conversaciones, afirmó, Irán debía conocer la postura de sus contrapartes del grupo P5 más 1 —los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania— ante el “régimen sionista” y sus armas nucleares. Al escuchar a Ahmadineyad, era difícil no sentir que hay una confrontación en puertas.
A lo largo de la rueda de prensa, parecía calmado y confiado, casi desafiante. La incomodidad que caracterizaba sus apariciones públicas hace pocos años ha desaparecido. Desde que ganó la reelección, ha neutralizado a los principales políticos reformistas, y ahora está persiguiendo a sus rivales en el establishment conservador de Irán. En las semanas anteriores, había reiniciado su continua batalla contra el ex presidente Rafsanjani —un ayatolá adinerado que es visto como el mayor soporte del movimiento reformista iraní— montando una campaña para hacerse con el control de una de las bases de poder más importantes del movimiento, la Universidad Islámica Azad. Con trescientos cincuenta y siente campus en todo Irán y aproximadamente 1.4 millones de estudiantes y profesores, la universidad está entre las instituciones más ricas de Irán. Ahmadineyad ha acusado a Azad de dar apoyo a los reformistas y propuso un proyecto de ley que permitiría que el gobierno se hiciera de su control. El parlamento votó contra la medida, y entonces, después de que grupos leales a Ahmadineyad protestaran airadamente, revocó su decisión. (La batalla por el control de la universidad ahora se está llevando a cabo en los tribunales). En la rueda de prensa, cuando al presidente se le preguntó por Rafsanjani, simplemente miró hacia otro lado y dijo, a la ligera: “¿Siguiente pregunta?”.
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Pocos días después, fui convocado a una reunión con Ahmadineyad en el Edificio Blanco, parte del complejo presidencial ubicado en el centro de Teherán. La edificación, que fuera una de las oficinas del primer ministro en los días del Sha, está en medio de jardines amurallados, y sus habitaciones tienen paredes con elegantes paneles y pisos de madera pulida cubiertos con alfombras persas. Al otro lado de los muros, en un complejo vecino, vive el líder supremo, el ayatolá Jamenei, que rara vez aparece en público pero que es, por mandato constitucional, el poder decisivo en Irán.
Ahmadineyad usualmente lleva un rompevientos color beige, el uniforme no oficial de los Basij, pero cuando me recibió llevaba puesto un traje gris con camisa blanca, sin corbata, en el estilo austero que practican los funcionarios de la república islámica. Tenía la cara cubierta de base de maquillaje, y el cavernoso salón donde nuestro encuentro habría de tener lugar estaba lleno de reflectores, equipos fotográficos y micrófonos. Evidentemente, la entrevista iba a ser filmada para la televisión estatal iraní. Un enjambre de productores, traductores, técnicos y guardaespaldas estaba reunido allí, mirándonos fijamente. El presidente y yo estábamos sentados cara a cara en el medio de la habitación. Mientras los técnicos ajustaban mis audífonos, el encargado de prensa del presidente, un joven serio de treinta y tantos, se me acercó a pedirme solícitamente que me abstuviera de preguntar sobre la posibilidad de una guerra entre Irán y Estados Unidos, y que preguntara más bien sobre las posibilidades de “paz”. También señaló que al presidente lo complacería hablar de su preocupación por la crisis financiera global y sobre el derrame de petróleo en el Golfo de México, para el cual, dijo, Ahmadineyad había ofrecido “la ayuda de Irán”.
Se espera que Ahmadineyad asista a la Asamblea General de la ONU cuando ésta se reúna en Nueva York a finales del verano, y esta entrevista era, obviamente, una especie de mensaje presidencial. Durante el tiempo que estuve en Irán, los miembros del gobierno repetían, como el eco, que, a pesar de las nuevas sanciones, ahora estaban negociando desde una posición de mayor fuerza, y que estarían dispuestos a reanudar las conversaciones sobre el tema nuclear si las condiciones fueran las adecuadas. Un experto en Irán con el que hablé y que pidió no ser identificado me dijo que Irán quiere “lo que cualquier otro país que hubiera recorrido ese camino antes —como Paquistán e India—: legitimidad nuclear. Quieren un acuerdo con Estados Unidos que los acepte como poder nuclear”.
En la imaginación colectiva iraní, un arma nuclear es esencial para que el país asuma el lugar que le corresponde entre las naciones más importantes del mundo. En otro tiempo, Irán controlaba un vasto imperio que incluía tanto a Georgia como a Tayikistán; los iraníes son orgullosos y nacionalistas, extremadamente sensibles ante lo que perciben como las humillaciones históricas a las que se han visto sometidos por parte de Gran Bretaña, Estados Unidos y Rusia. Al mismo tiempo, tienen un sentimiento muy arraigado de superioridad cultural sobre sus vecinos. Esto explica la prevalencia de una visión del mundo que es, a veces, al mismo tiempo, alarmantemente ingenua y tóxicamente presuntuosa.
La tarde anterior, Alí Akbar Javanfekr, importante consejero de medios de Ahmadineyad y director de IRNA, la agencia de noticias oficial de Irán, me había llamado a su oficina y me había sugerido cortesmente que yo podía ser “más que un reportero que entrevistara al presidente: un instrumento de la paz”. Tenía a mi alcance, me dijo, transmitir las “buenas y honestas intenciones” de Irán a Estados Unidos. Cuando mencioné el tópico de Israel, asumió una mirada de aflicción. “Desafortunadamente, Israel está condenado”, dijo. “Lo digo sin animosidad ninguna, como una declaración de hecho. El resto del mundo lo exige, y Estados Unidos debiera apartarse del asunto, porque no puede ganar nada de esa relación que no sea más problemas”. Sonrió y agregó: “Es como una madre con un niño consentido, un niño que es desobediente y al que la madre no disciplina, pero también un niño que molesta a los vecinos”.
Cuando sugerí que una confrontación militar parecía tener más probabilidades que la paz, Javanfekr se mostró asombrado. “¿Usted de verdad cree que Estados Unidos, después de todo —de las guerras en Irak y Afganistán— puede todavía atacar Irán?”, declaró. “Ni siquiera saben qué es lo que está pasando en su cuartel militar de Kabul” —una alusión al escándalo por el cual el general Stanley McChrystal fue relevado de su cargo— “así que ¿cómo pueden pretender saber lo que está sucediendo aquí?”.
Cuando abandonaba la oficina de Javanfekr, éste me dio una carta para que se la entregara a Robert Gibbs, secretario de prensa de la Casa Blanca. En ella, mencionaba mi entrevista con el presidente Ahmadineyad y sugería que la Casa Blanca debía “reciprocar de manera positiva” confirmando una entrevista con Obama, la primera entrevista a un presidente estadounidense realizada por un reportero iraní.
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Ahmadineyad es ingeniero de profesión, con un doctorado en manejo de tráfico, pero parece que se concibe a sí mismo como una especie de filósofo moral. Como acostumbra, comenzó nuestra entrevista con un soliloquio no solicitado sobre “la universalidad de la humanidad, el amor, la amistad y el respeto”, luego sonrió para mostrar su buen talante cuando le pregunté si comprendía por qué algunos se sentían nerviosos por sus repetidos llamados a la destrucción de Israel y su insistencia en el derecho de Irán a desarrollar la energía nuclear. Contestó: “El programa nuclear iraní y el asunto palestino son dos problemas distintos. No tienen nada que ver el uno con el otro”. Siguió: “Irán ha aceptado el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, lo hemos firmado, y hay miembros del OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) presentes en nuestro país; tienen cámaras que mantienen todas nuestras actividades bajo supervisión. ¿El gobierno estadounidense ha aceptado el Tratado de No Proliferación? ¿No ha usado la bomba? ¿No las ha acumulado? ¿Quién debe preocuparse por las armas nucleares? ¿Ellos o nosotros?”.
Incluso dejando de lado el hecho de que Estados Unidos ratificó el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares en 1970, los argumentos de Ahmadineyad parecían mecanismos de distracción. En Occidente, ha madurado un consenso sobre el hecho de que Irán está buscando ser capaz de producir armas nucleares. Robert Gates, secretario de Defensa, dijo en junio que informes de inteligencia sugerían que Irán podría tener suficiente material enriquecido para producir la bomba entre uno y tres años. Un ex funcionario civil de primera línea que está bien informado sobre la política de la administración de Obama hacia Irán me dijo: “Información que he visto yo sugiere que Irán ha ido ya más allá de su propio argumento de que no busca un arma nuclear”. Los iraníes han argumentado que sus fines se limitan a un programa nuclear civil, pero, dijo el funcionario, “sobre la base de la evidencia disponible, parece que a los iraníes les gustaría tener la posibilidad de hacer una bomba nuclear sin tener que hacerla en realidad”.
Esta posibilidad ha generado angustia entre los estrategas estadounidenses, que sienten que hay poca diferencia entre tener un arma y estar listo para hacerla. Pero algunos analistas piensan que la idea de la bomba puede serle tan útil a Irán como la bomba misma. El experto en Irán me contó: “El peligro que significa Irán está en los ojos que miran. Creo que Irán quiere tener la capacidad de hacer armas nucleares, primero y principal para su propia defensa, para tener poder de disuasión”. Apuntó que el programa nuclear de Irán se remonta a la década de 1970, cuando el Sha estaba en el poder, y que se intensificó como respuesta al uso de armas químicas por parte de Saddam Hussein. En años recientes, con “doscientos o trescientos mil soldados estadounidenses en cada flanco, en Irak y Afganistán, y un Israel con armas nucleares”, el deseo de un elemento de disuasión se ha visto “acelerado” en Irán.
Esta perspectiva se ve oscurecida por la posición de Irán en el juego político de la región. Estados Unidos e Israel han señalado durante largo tiempo que Irán mantiene un programa encubierto de asistencia al terrorismo en el Medio Oriente, a través de Hezbolá, en el Líbano, y de Hamas, en Gaza. En enero pasado, se dijo que la armada estadounidense había interceptado un carguero iraní lleno de suministros militares que iba rumbo a Siria, y en noviembre la marina israelí detuvo otro barco que llevaba material de guerra; se creyó que las cargas estaban destinadas a Hamas y Hezbolá respectivamente. En marzo, tras varios días de encuentros con líderes árabes e israelíes en el Medio Oriente, la secretaria de Estado Hillary Clinton declaró ante reporteros que había escuchado muchas quejas sobre la intromisión de Irán en la región. “Está claro que Irán pretende interferir con los asuntos internos de todos estos pueblos y que trata de continuar en su esfuerzo de financiar el terrorismo, sea a través de Hezbolá, Hamas u otros intermediarios”, dijo.
Cuando hablé de estas preocupaciones, Ahmadineyad respondió con desdén. “Mire, estos asuntos que plantean los sionistas pertenecen al mismo orden de cosas que debe ser eliminado”, dijo. “Nunca hemos ocultado nuestro apoyo al pueblo del Líbano, Palestina o Irak. Lo hacemos con orgullo, como un acto de humanidad. El pueblo palestino está en su propio territorio. Lo mismo sucede con el pueblo del Líbano y el de Irak, y con el de Afganistán. Nosotros no estamos en territorio estadounidense. Esta gente que ahora está gobernado, esos sionistas, ¿dónde estaban hace ochenta años?”.
Argumentos como estos ya resultan familiares, y, junto a las negaciones rutinarias de Ahmadineyad sobre el Holocausto, han creado una extendida indignación en Occidente y vergüenza en algunos círculos de Irán. Sea que ignore la historia del Siglo XX de modo genuino o a propósito, comprende muy bien la provocación que causa con su lenguaje desaforado. Se mostró fascinado cuando le pregunté si creía en una conspiración sionista internacional para controlar el mundo. (Dio a entender que sí, que lo creía). Como solución al conflicto palestino-israelí, sugirió, como lo ha hecho antes, que se haga un referéndum en Israel y los territorios ocupados. “Creemos que al pueblo de Palestina, sea musulmán, cristiano o judío, debe permitírsele elegir su propio destino. Los que vinieron de otra parte, si están interesados en quedarse, deberían vivir bajo el gobierno del pueblo, y ese gobierno decidirá qué deben hacer con ellos. Si quieren regresar a su propia tierra, pueden hacerlo”.
Cuando la entrevista comenzó a tratar la política interna, Ahmadineyad negó los numerosos reportes de represión por parte de su gobierno contra reformistas, periodistas y activistas de los derechos humanos. “Uno de los problemas de los líderes de Occidente es su falta de información sobre los asuntos mundiales”, dijo. “¡Muéstreme un país de Occidente donde 85 por ciento de la población participe en las elecciones presidenciales! ¡No hay ninguno! Irán tiene el récord en democracia. Hoy, usted puede ver que todos mis rivales y la llamada ‘oposición’ están libres”. Comparó la violencia contra los manifestantes del Movimiento Verde con los disturbios durante la reciente cumbre del G-20. “Si alguien le prende fuego a un automóvil o a un edificio en Estados Unidos, ¿qué le harían?”. Declaró que se había sentido “en shock” por las imágenes de televisión que mostraban a la policía antimotines golpeando a los manifestantes, “todo porque estaban en contra del fracaso de las políticas económicas de Occidente”. Me dijo, serísimo: “Irán nunca se comportaría de ese modo con la gente”.
La afirmación de Ahmadineyad se ve contradicha por los relatos de muchos testigos. Karrubi me escribió por e-mail luego: “Desde los primeros días después de la elección, el régimen pretendió confinarme y controlar mis relaciones con mi equipo y los miembros de mi partido. Los primeros pasos del estado hacia este confinamiento fueron cerrar mi periódico, las oficinas de mi partido y mi oficina particular”. Karrubi también confirmó los reportes de ataques contra él, describiendo a las turbas de militantes de línea dura como “mercenarios”. “En mis encuentros con juristas y otros funcionarios, así como durante ceremonias y eventos públicos, algunos mercenarios me atacaban. Llegaron incluso a tratar de asesinarme y a dispararle a mi auto”. En Qom, dijo, atacaron también las casas del ayatolá Saanei y del fallecido ayatolá Montazeri después de que él los visitara, rompiendo las ventanas. “Todas estas acciones han sido llevadas a cabo para confinarme y para aterrorizar a todos los que tienen la voluntad de permanecer en contacto conmigo”.
Aún así, Ahmadineyad repitió que en Irán había libertad para decir y hacer lo que uno quisiera. “Mire, usted está aquí hablando conmigo cómodamente, sin aprehensiones”, dijo. “Ningún presidente estadounidense ha tenido nunca el valor de dejar que un reportero iraní haga lo mismo, que le haga preguntas libremente. ¿Es eso libertad o dictadura?”.
Cuando le pregunté a Ahmadineyad si me dejaría entrevistar a Musaví, Karrubi y Jatami, me dijo: “¿Acaso me concierne a mí autorizar que alguien entreviste a alguien más? Todo el mundo es libre. Por supuesto, algunas personas pueden tener algunas limitaciones dentro del sistema judicial; eso es asunto del juez; no tiene nada que ver con el gobierno. Aquí hay libertad. Todos tienen Web sites, canales de noticias, periódicos, y dicen lo que quieren sobre mí. Nadie los molesta”.
Pero el cierre del periódico de Karrubi fue parte de un impulso de censura de amplio espectro, en el que muchas otras publicaciones, entre ellas, revistas políticas, económicas y culturales, fueron suspendidas o prohibidas por transgresiones tales como provocar “inquietud y caos” y fomentar un “golpe rastrero”. Se han implementado firewalls oficiales para bloquear sitios de noticias occidentales e iraníes de oposición; canales satelitales occidentales, como el muy respetado servicio de la BBC en farsi, han sido bloqueados intermitentemente.
Ahmadineyad afirmó que las relaciones entre Irán y Estados Unidos se han convertido cada vez más en confrontaciones: “No estoy feliz con esta situación. Los iraníes no están felices con esto”. Recordó que, después de la victoria de Barack Obama en 2008, le había enviado al nuevo presidente una carta abierta para felicitarlo y que poco después propuso encuentros bilaterales “de cara a los medios”. Como resultado, ha sufrido gran cantidad de críticas tanto en su país como allende fronteras, dice, pero Obama no ha respondido. Por el contrario, sólo ha habido amenazas de parte de él desde que se convirtió en presidente.
De hecho, semanas después de asumir el cargo, Obama publicó un mensaje en video dirigido a Irán, en ocasión del Noruz, el año nuevo persa, en el que habló de su fe en una política de “compromisos honesta y arraigada en el respeto mutuo” y en “una diplomacia que se refiera al espectro completo de asuntos que tenemos ante nosotros”. El ayatolá Jamenei, que normalmente no se involucra en los asuntos públicos, desafió el mensaje de Obama, diciendo que Irán quería más que “palabras distintas” por parte de Estados Unidos.
Desde entonces, el equipo de Obama ha buscado con ahínco oportunidades para el diálogo, si bien insistiendo todo el tiempo en que Irán no desarrolle un arma nuclear. (En el mensaje de Noruz de este año, Obama lamentó que “ante una mano extendida, los líderes de Irán hayan mostrado sólo un puño cerrado”.) Durante los disturbios que siguieron a las elecciones, Obama evitó, de modo embarazoso, darle apoyo a los manifestantes del Movimiento Verde, aparentemente porque suponía que cualquier declaración de solidaridad socavaría las oportunidades para el diálogo nuclear.
En mayo, Ahmadineyad firmó un acuerdo con los líderes de Brasil y Turquía en el que Irán prometía entregar aproximadamente la mitad de su provisión de uranio poco enriquecido a cambio de una cantidad menor de uranio más enriquecido —el suficiente para las necesidades médicas de Irán y para fines de investigación. Si bien la administración de Obama había alentado la mediación de Brasil y Turquía, rechazó este acuerdo, sobre la base de que no resolvía las preocupaciones sobre las intenciones nucleares de Irán, e inmediatamente solicitó un nuevo paquete de sanciones ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Ahmadineyad meneó afligido la cabeza. “¿Cuál fue la respuesta? Una resolución de sanciones”, señaló. En el gobierno estadounidense, “las personalidades han cambiado, pero las políticas no. Todavía creen que tienen que cargar un garrote para obtener concesiones de parte nuestra”, dijo. “Recuérdese que ese método ya falló. Ha sido probado antes, y no tiene futuro. Desafortunadamente, el señor Obama está en el camino del fracaso”.
Cuando terminaba la entrevista, Ahmadineyad y yo nos levantamos de nuestras sillas, y los técnicos nos quitaron nuestros audífonos y micrófonos. Uno de los edecanes del presidente le dijo: “¡Parece que los estadounidenses quieren resolver todos sus problemas con el mundo musulmán de una sola vez!”. Ahmadineyad, evidentemente preocupado de que la frase estuviera siendo escuchada a través de un micrófono, dijo secamente: “¡Cuidado con lo que dices!”.
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A pesar de que Ahmadineyad me aseguró que era libre de entrevistar a quien quisiera, un alto funcionario del gobierno me dijo que debía evitar comportarme “furtivamente” durante mi visita, ilustrando sus palabras con un movimiento serpentino de su mano. Al final, fui autorizado para entrevistar a una sola persona más: Hussein Shariatmadari, uno de los consejeros de Jamenei y jefe de redacción de Kayhan, el diario que funge de vocero del establishment religioso iraní. Shariatmadari estuvo preso cuando tenía veinte años por sus actividades como seguidor militante del ayatolá Jomeini, y cumplía cadena perpetua cuando el Sha huyó de Irán en 1979. Cuando Jomeini tomó el poder, fue liberado, pero los torturadores que trabajaban para el Sha le habían quitado todos los dientes. Aunque tiene sólo 61 años, tiene la boca hundida, como un anciano.
Shariatmadari es un hombre que habla con franqueza, y sus declaraciones son, en general, un barómetro confiable sobre las opiniones del líder supremo de Irán. Seis meses antes de las elecciones de junio de 2009, me vaticinó que Ahmadineyad ganaría, y después ha solicitado una y otra vez que se arreste a los líderes reformistas de Irán, a los que se refiere como “quintacolumnistas” de Occidente.
“Las circunstancias actuales son, ciertamente, muy delicadas” entre Estados Unidos e Irán, dijo con prudencia. “Pero no puede decirse que es una crisis”. De hecho, desde el punto de vista del gobierno iraní, la situación actual pareciera ventajosa. Shariatmadari declaró: “En su reacción ante los disturbios en Irán, Obama dilapidó todo el capital político que Estados Unidos había acumulado aquí. Aunque terminó resultando una catástrofe para Obama y sus aliados israelíes, fue una buena oportunidad para nosotros”. Amplió su explicación: “Durante las dos últimas décadas, Occidente ha convencido a algunos grupos y tendencias y organizado algunas conspiraciones para su ya planificado ‘Día D’ contra la república islámica. El señor Obama vio el momento de las elecciones como su oportunidad y utilizó a aquellas personas que Occidente había reservado para tal propósito. Y puso todos sus huevos en la misma canasta”.
Obama, si acaso, ha sido criticado por haber mostrado poquísima solidaridad con el Movimiento Verde, y aún así Shariatmadari sugirió que los reformistas eran como agentes encubiertos de Occidente a la espera de órdenes, y que los disturbios habían ayudado a la república islámica al exponer sus identidades. “Obama nos dio la oportunidad de ver quiénes eran los subversivos. Así que en ese sentido hemos dado un paso adelante”. Continuó: “Alguna gente ha protestado ante nosotros y nos ha preguntado: ‘¿Por qué no arrestaron a Jatami, a Musaví, a Karrubi, durante los disturbios, cuando su complicidad fue revelada?’. Pero fue muy inteligente de parte nuestra no arrestarlos, porque eso, a largo plazo, ha mostrado sus verdaderos rostros”.
El Movimiento Verde, dijo, fue parte de una gran conspiración concebida, entre otros, por Michael Ledeen (un veterano halcón de la política exterior estadounidense), Richard Haass (presidente del Consejo de Relaciones Internacionales), Gene Sharp (ideólogo de la resistencia no violenta) y George Soros (hombre de finanzas y filántropo)— con el fin de derrocar al gobierno de Irán. Las protestas no fueron contra Ahmadineyad, explicó, sino “contra el sistema mismo”. Afortunadamente, “el pueblo” fue movilizado y detuvo la conspiración en seco.
Las turbas y los grupos que impedían hablar a los reformistas, el ataque a los juristas Saanei y Karrubi y el vergonzoso incidente con el nieto de Jomeini, todos alentados por el gobierno, indican que la victoria de Ahmadineyad sobre el Movimiento Verde ha tenido sus costos; el establishment religioso y la sociedad iraní como un todo parecen estar menos unidos de lo que supone Shariatmadari. Reconoció que había diferencias, pero negó que la revolución islámica se estuviera desgarrando por dentro. “Le ruego que note con especial cuidado”, dijo Shariatmadari, “que la revolución islámica no está devorando a sus hijos, sino más bien está castigando a sus hijos delincuentes”. Refiriéndose a los líderes reformistas, añadió: “Al final de todo, serán arrestados porque han cometido crímenes, y serán juzgados definitivamente por traición y hechos presos, pero no por ahora”.
La decisión estadounidenses de ignorar el acuerdo de intercambio de material nuclear y de imponer un nuevo paquete de sanciones también fue “positivo para nosotros”, sostuvo. “En primer lugar, porque muestra que los estadounidenses no están interesados en compromisos positivos y que prefieren la fuerza, y, en segundo lugar, porque si las sanciones son implementadas pueden hacernos daño, pero no nos perjudicarán seriamente, porque muchos otros países protestarán porque sus intereses están siendo afectados por esas sanciones. Ningún país con una capacidad de compra de setenta mil millones de dólares puede verse afectado realmente por sanciones de ese tipo”.
Además, dijo, “si creen que van a inspeccionar nuestros barcos”, tal y como está estipulado en las sanciones, “deben recordar que el estrecho de Ormuz está bajo nuestro control, y que si cualquiera inspecciona nuestros barcos tomaremos represalias. Digamos que un barco británico puede inspeccionar uno de los nuestros, pero, cuando ellos crucen por el estrecho, será nuestro turno”. (Dos semanas después, el parlamento iraní, controlado por los conservadores, aprobó una resolución solicitando “represalias” por parte del gobierno de Irán si tenía lugar cualquier inspección forzada de naves iraníes por parte de armadas extranjeras).
A pesar de las declaraciones optimistas de Shariatmadari, la economía de Irán está en problemas. Por décadas, el gobierno ha desviado más o menos cien mil millones de dólares del ingreso petrolero del país para financiar un sistema de subsidio de precios que las sanciones ha hecho cada vez más insostenible. Ahmandineyad ha intentado, durante los últimos meses, aprobar un decreto que recortaría esos subsidios en cuarenta por ciento, una decisión políticamente arriesgada; la medida causaría que el precio del combustible se cuadruplicara, según algunos cálculos, y aumentaría de modo exponencial el costo de los bienes fundamentales, lo que podría perjudicar su reputación entre los iraníes más pobres.
Ahmadineyad ha vacilado sobre el momento para implementar las medidas. En un esfuerzo por incrementar los ingresos del gobierno, el decreto también exigía un aumento de setenta por ciento de los impuestos a los comerciantes. A mediados de julio, los influyentes mercaderes del Gran Bazar de Teherán cerraron sus tiendas en protesta. La huelga fue efectiva: el gobierno se echó para atrás, prometiendo aumentar los impuestos sólo quince por ciento.
Pero las sanciones, por sí mismas, pueden no bastar para que los iraníes salgan de nuevo a protestar en las calles; para la mayoría de los iraníes, la vida se hará más difícil, pero no imposible de sobrellevar. Y si creen que los problemas económicos de su país han sido causados, en gran medida, por sanciones de Occidente, como repite Ahmadineyad, es tan probable que manifiesten a favor del gobierno como que salgan a protestar contra él, especialmente si las tensiones con Estados Unidos e Israel continúan. “Recuerde, también, que la opinión pública mundial está, ahora, de parte de nosotros”, añadió Shariatmadari. “En el Medio Oriente, la gente está esperando a ver quién desafía a Occidente”.
Shariatmadari pareciera excluir la posibilidad de un ataque militar por parte de las fuerzas estadounidenses. “Están en un callejón sin salida en sus guerras en Irak y en Afganistán. Han fracasado. ¿Qué han logrado en cada uno de esos países? Es muy difícil que puedan, ahora, preparar a la opinión pública para otro ataque”.
Desestimó la idea de que un ataque pudiera tomar la forma de bombardeos, cuyo fin sería devastar tanto las instalaciones nucleares del país como sus capacidades militares. “No hay posibilidad alguna de un ataque limitado contra nosotros. Cualquier ataque contra nosotros significa una guerra declarada. No les daremos cuartel. Sí, pueden delimitar la guerra, pero el ponerle fin a esa la guerra no está en sus manos”, dijo.
“No importa cuál sea la combinación que elijan para atacarnos, los estadounidenses, con Israel o sin Israel: nosotros atacaremos Israel. Tienen bombas nucleares, sí, pero todo su territorio estará bajo el fuego de nuestros misiles”.
Shariatmadari concluyó nuestra entrevista con una predicción: “Dentro de cinco años, Irán y Estados Unidos no tendrán aún relaciones diplomáticas. Estados Unidos aceptará, en última instancia, la existencia de un Irán nuclear, y encontrará algún otro pretexto con el fin de confrontarlo. Veo pocas probabilidades de guerra, porque Estados Unidos no está en una posición en la que pueda atacarnos. Por supuesto, algunos políticos estadounidenses pueden cometer algún error estúpido, pero esperemos que haya algunos hombres prudentes entre ellos”.
***
Los funcionarios estadounidenses consideran molesto el lenguaje altisonante del régimen. “Esa idea que tienen de que Estados Unidos está incapacitado militarmente, esa es una perspectiva peligrosa”, me dijo Lee Hamilton, ex miembro del congreso y vice presidente del Grupo de Estudio sobre Irak. No se trata de un asunto de capacidad. Si tenemos la voluntad de hacerlo, creo que podemos”. Cree que Ahmadineyad ha malinterpretado las intenciones de Occidente. “Están muy aislados en Irán y no conocen Estados Unidos tan bien como creen”.
A pesar de todo, en las últimas semanas el gobierno iraní ha parecido estar de nuevo abierto para negociar. El 26 de julio, la Unión Europea y Canadá anunciaron otra serie de sanciones; el mismo día, el gobierno de Irán le envió una carta al Organismo Internacional de Energía Atómica que, dijo un funcionario iraní, anunciaba su voluntad de reiniciar conversaciones sobre el acuerdo con Brasil y Turquía “sin condiciones”. El mismo funcionario civil estadounidense que declarara antes dijo que creía que las sanciones habían surtido el efecto deseado. “Por experiencia sé que las cosas que tienen más influencia sobre Irán son las que generan formas de impedirles hacer lo que quieren hacer, y una de esas cosas que quieren hacer es ser un poder regional considerable. Y no pueden serlo de verdad con esas sanciones. Responden ante la adversidad”.
Entre tanto, Obama ha mantenido la presión sobre Irán para que éste acepte un acuerdo más amplio. En las últimas semanas, el gobierno estadounidense ha enarbolado públicamente tanto la perspectiva de las negociaciones como la posibilidad de la guerra. Hamilton dijo que los funcionarios a cargo todavía debaten la mejor manera de acercarse a Irán, pero muchos sienten que el tiempo de la diplomacia está empezando a acabarse. “Desde hace más o menos tres meses, puede percibirse que existe una disposición para tomar acciones militares”, dijo. “El gobierno ha dicho que un arma nuclear en Irán es inaceptable, lo que implica que las estrategias de contención están ya fuera de agenda”. (Señaló, no obstante, que Estados Unidos ha descartado las estrategias de contención en el pasado sólo para volver a ponerlas en práctica más tarde, como sucedió con Corea del Norte).
El primero de agosto, el almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto, confirmó, en el programa “Meet the Press”, que Estados Unidos había preparado planes de contingencia para un ataque contra Irán. “Las acciones militares han estado sobre la mesa y siguen sobre la mesa”, declaró. “Espero que no lleguemos hasta allá, pero es una opción a considerar, y una que comprendemos a cabalidad”. Mullen agregó que un ataque podría tener “consecuencias no deseadas que son difíciles de predecir en una zona increíblemente inestable del mundo”.
Tres días después, Obama declaró ante reporteros que seguía dispuesto a negociar con los iraníes, si ofrecían “medidas para fortalecer la confianza”. Dijo: “Es muy importante presentarle a los iraníes un claro esquema de las medidas que consideraríamos suficientes para mostrar que no están buscando fabricar armas nucleares”, y agregó: “Deben saber a que pueden decirle que sí”.
En el caso de que Obama logre que Irán asista a las conversaciones, tendrá que superar muchas resistencias en Washington. “Usted vio el apoyo que se le dio a las sanciones. ¿Cuánto fue, 408 a favor contra ocho en contra en el Congreso?”, dijo Hamilton. “Obama enfrenta una oposición muy fuerte, muy comprometida y muy sentida contra Irán en el Congreso”. A esta dificultad de suma la frustración ante la incapacidad de encontrar una solución diplomática. Como las acciones de Estados Unidos ante Irán se han enfocado sólo en el asunto innegociable de las armas nucleares, se le ha hecho muy difícil al gobierno hacer avances perceptibles. Obama ha tenido más éxito que Bush en orquestar sanciones internacionales. Pero, además de las sanciones, ¿qué puede hacer?
Hamilton defiende una paciente ruta de diplomacia continua. “El panorama no va a aclararse de un día para otro. Los iraníes parecen sentir que Estados Unidos debe dar el primer paso, y hacer un gesto dramático, pero un gesto así por parte de Obama en las condiciones actuales es muy difícil. En mi opinión, el diálogo debe conducirse en secreto, sea quien sea el encargado y sea donde sea que se dé”.
Con su tensión constante e interminables retrasos, señaló Hamilton, el impasse entre Estados Unidos e Irán le recuerda a las relaciones con la Unión Soviética en la época de la Guerra Fría. “Año tras año, nos reuníamos y nos leíamos discursos unos a otros y luego brindábamos unos con otros por nuestros nietos, pero nada pasaba jamás. Y luego, al fin, llegamos a las conversaciones y las cosas cambiaron. Espero que en este caso no lleve cuarenta años”.
Los grupos reformistas en Irán tienden a aparecer y desvanecerse —el movimiento que derrocó al Sha se tomó veinte años para alcanzar su punto de mayor fortaleza—, pero el Movimiento Verde tal y como está hoy parece no representar mayor amenaza para el gobierno de Irán. Musaví, en su Web site, criticó hace poco a Ahmadineyad por su manejo de las negociaciones nucleares, diciendo que sus esfuerzos han empeorado las sanciones y han evitado que Irán desarrolle “tecnología nuclear pacífica”. Algunos analistas interpretan esto como parte del intento permanente de Musaví de presentarse a sí mismo como un nacionalista inquebrantable, con la esperanza de mantener su influencia en el movimiento reformista. Pero el experto en Irán me dijo que, en ausencia de un liderazgo fuerte, el movimiento se estaba resquebrajando. Detalló: “El Movimiento Verde estaba conformado por diferentes tipos de personas: aquellos que odiaban al régimen, aquellos que estaban escandalizados por el fraude electoral, y los que se unieron porque estaban indignados por el trato dado a los prisioneros. Eventualmente, comenzaron a separarse”.
Un iraní, que solicitó el anonimato preocupado por su propia seguridad, describió el estado actual del movimiento. “El despotismo funciona”, dijo. “Eso es lo que muestra la situación. El movimiento reformista se acabó. Las clases medias no están dispuestas a dejarse matar en masa, y eso lo sabe el régimen. Ha asesinado y castigado justo a los suficientes para dejar saber lo que es capaz de hacer. Los líderes reformistas y el régimen tienen una especie de pacto tácito: ‘No organicen más protestas ni digan nada y los dejaremos en paz. Hagan cualquier cosa y los arrestaremos. Se acabó”.
Pero las simpatías de los miembros del movimiento con los que hablé no han cambiado. En Teherán, me invitaron a ver un partido de fútbol en casa de una familia iraní. Durante una pausa, alguien mencionó que yo había entrevistado al presidente Ahmadineyad esa semana. Una de mis anfitrionas, una mujer profesional de treinta y tantos, inmediatamente se metió dos dedos en la boca y se inclinó como quien siente ganas de vomitar. “¡Ay!, cómo lo detesto”, dijo. “Me pone la piel de gallina. Es el peor tipo de iraní; ofende nuestra dignidad y nuestro sentido de la ética, y lo peor es que se cree tan inteligente”. La sola mención de su nombre, dijo, la deprime. En la represión que ha seguido a los disturbios del año pasado, muchos de sus amigos y conocidos —en su mayoría, profesionales jóvenes, del tipo que apoyó abrumadoramente al Movimiento Verde— se han marchado del país, o lo estaban planeando. Ella no planeaba emigrar, pero entendía la necesidad de hacerlo. “La frustración es casi insoportable. La gente siente que le han robado tanto, y su dignidad y sus esperanzas se han visto tan ofendidas. Cada día duele. Este sentimiento no va a desaparecer. El Movimiento Verde representa este sentimiento, y no puede desaparecer así, sin más. De algún modo, quizás en otra forma, tiene que reemerger”.
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Traducción: Andrés Cardinale
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12 de Septiembre, 2010
Extraordinario trabajo. Interesante el desdoblamiento entre discurso y realidad respecto a la oposición Iraní. El doble-discurso es una herramienta del poder. Por otra parte, una de kas cosas más reveladoras de la entrevista fue que no te dejaron entrevistar a más nadie de la oposición.
13 de Septiembre, 2010
GUAO
13 de Septiembre, 2010
Es una alegría que Prodavinci pueda publicar un texto de este calibre. La crónica de Anderson aporta una visión prismática del problema iraní. No solo desde la perspectiva del poder autoritario y del pueblo que lo sufre, sino también desde el punto de vista de Estados Unidos. Es uno de los mejores trabajos que he leído sobre el tema y creo que el único que muestra lo que sucede detrás de las cámaras en Washington y Terán. Largo y profundo, pero lo que se aprende del Irán contemporáneo y atómico paga con creces el tiempo de lectura. Muy buena traducción, de paso.
13 de Septiembre, 2010
Como bien describe Anderson, la oposición iraní se sobrestimó. Craso error.
20 de Septiembre, 2010
Excelente crónica, muy esclarecedora sobre la realidad política y social de Irán y de las posibles acciones de Estados Unidos.
También celebro que nos consigamos con JLA en Prodavinci.
16 de Noviembre, 2010
La condena a muerte por lapidación de Ashtiani causó una oleada de protestas internacionales y en julio la Justicia iraní cedió a la presión internacional y suspendió provisoriamente la lapidación. Pero en cambio hay dos reporteros alemanes presos sólo por el hecho de querer hacer una entrevista como la que ha hecho Anderson, sólo que la entrevista era para gente de la oposición. Como se parecen en muchos aspectos los presidentes de Iran y de Venezuela, por eso son tan amigos.
16 de Noviembre, 2010
Menos mal que no vivo en Irán