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Artes

Los “dichos” de Rafael Cadenas

Sobre la obra aforística de Rafael Cadenas

Por Joaquín Marta Sosa | 21 de Agosto, 2010
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Se comienza a advertir una zona en la obra de Rafael Cadenas sobre la que apenas habíamos reparado. Es la del discurso aforístico, ése del que Picón-Salas afirmara que era precisamente la antítesis del discurso, “una desenfrenada fiesta imaginativa.” En el caso de nuestro poeta, la escritura aforística va en ocasiones inserta en sus poemas, pero a partir de cierto momento que ubicamos hacia comienzos de este siglo adquiere más y más independencia, a la par que ocupa un espacio de mayor amplitud en su obra publicada, asunto puesto en evidencia por lo menos desde la edición de su Obra entera (FCE, 2000). Se trata de esa escritura suya que ahora titula como “Dichos”, pero que en su primera y muy parcial publicación (Revista Nacional de Cultura, 1976) denominaba “Irreflexiones”, pero en otra que llevara a cabo por esos mismos años la editorial “La Oruga Luminosa” ya, me han informado, apareció con la denominación que tiene hoy y que parece será la definitiva.

No obstante, de esta escritura suya es posible encontrar rastros muy antiguos pues el mismo Cadenas me dijo en una reciente conversación sobre el tema, que los había comenzado a escribir, al menos en la forma que van cobrando ahora, en los primeros meses de 1970. Ya en la edición de su poemario Memorial (Monte Ávila, 1977), aparece un capítulo titulado “Notaciones”, que el autor fecha en 1973, y que probablemente sea el desideratum básico de los “Dichos”. En la antología de sus poemas (Monte Avila, 1996), se incluye por primera vez, creo, una sección denominada “Anotaciones” que probablemente constituye un ejercicio intermedio que conducirá definitivamente a los “Dichos”. Estas “Anotaciones” las construye a la manera de un párrafo largo que versa sobre temas fundamentalmente literarios, poéticos, culturales en ocasiones, en el que ya apunta al despojamiento, a la búsqueda de un centro preciso en el que se encuentre lo conceptual, lo definitorio, lo reflexivo en su esencia más desnuda y directa. Tal y como su designación la sugiere, estas “Anotaciones” parecen escritas un poco al azar de circunstancias reflexivas que no son sistemáticas ni temáticas, sino ocasionales y plurales, espontáneas, en las que todavía no resulta posible observar ni la definida concisión ni la tenaz pluralidad de asuntos que van a caracterizar a los “Dichos”.

En la citada edición de su Obra entera (FCE, 2000), aparecen claramente y por separado “Anotaciones” y “Dichos”, ocupando éstos un espacio todavía discreto, como asomándose apenas, en silencio, en medio de la totalidad de lo escrito hasta entonces por Cadenas. En la edición española de la misma obra (Pre-Textos, 2007), se repite la presencia de esas dos zonas de la escritura poético-reflexiva del autor pero los “Dichos” ocupan por primera vez y claramente un espacio propio, amplio, a lo que contribuyó sin lugar a dudas la edición de sus Poemas selectos tres años antes (bid&co.editores, 2004), donde se incluyó la primera muestra desplegada y abierta de esa escritura, que se va a reiterar en ediciones del “Papel Literario” de El Nacional, de alguna revista universitaria, y fundamentalmente en la edición del 2009 de la revista “Conciencia Activa” donde publica “Otros Dichos”. En este mismo año la nueva edición de Obra entera (FCE, 2009) entra a tambor batiente en los “Dichos” para brindarnos una muestra sustanciosa y crucial de ellos. Es en este momento cuando tomo conciencia de esta zona de creación en Cadenas, cuando me llama mi atención la especificidad de esta escritura del poeta, y comienzo entonces una indagación que me ha permitido afiliarla al tronco legítimo de su obra, que me revela que no se trata de una rama autónoma, paralela, de la misma, plena de conexiones tangibles con ese árbol central.

Lo primero que me parece detectar, y que antes y a su modo ya lo había discernido Aníbal Rodríguez, es que la poesía de Cadenas, al menos buena parte de ella, es una poesía tramada con una red de aforismos. Probablemente por a causa de lo que el poeta confesara en alguna entrevista: “Me he dado cuenta de que el aforismo, el apunte, el fragmento, se avienen más que otras formas a mi modo de ser.” Se trata, en consecuencia, no sólo de una forma particular de su escritura sino de aquella que según su propia convicción mejor lo expresa.

Presentemos algunos ejemplos que nos ayudan a delinear esa pertenencia, complicidad o parentesco. En “Notaciones” (1973) leemos: “Ella no busca a alguien / y al encontrarlo se marcha.” También: “Un momento separado de todos los momentos / tiene años esperándote fuera de los años.” En “Anotaciones” (acaso de los años setenta): “El mundo existía en un borde. Se encuentran palabras que golpean, no necesariamente con estridencia. Pueden ser calladas; dejan una herida más profunda.” Y “¿Qué se espera de la poesía sino que haga más vivo el vivir?”. De igual manera descubrimos que sus poemas están penetrados aquí y allá por ese tipo de “discurso” (o anti-discurso según Picón-Salas) lírico-reflexivo. Por ejemplo: “Armada, la memoria salta de súbito para morder” (en “Una isla”); “Puede que al equivocarse, los actores rocen la verdad” y “Mi vida / aprende / a no pedir nada”, ambas en Memorial. En Derrota nos dice “que no soy lo que soy ni lo que no soy”. Y en Gestiones: “Lo andado nos sitia”. Con escrituras de esta naturaleza y forma nos topamos a cada momento, en cada resquicio o esquina de los textos de Cadenas. Es decir, cierta predilección por la brevedad, por la indagación esencialista, por cierta simpatía hacia la paradoja como elemento que borra el enigma y plantea el misterio. Acaso sea éste el sentido en el que Picón-Salas propone su tesis de lo aforístico como “anti-discurso”, es decir, el de la escritura recogida, sin sobreabundancia, centrada “en su propio centro” y sin apartarse de él, sin desbordes, como una suerte de torrente que fija su cauce y se mantiene en él.

José Balza, en su ensayo “El discurso aforístico” (en Pensar a Venezuela), no solamente afirma que el aforismo ha devenido en modalidad peculiar del discurso hablado y escrito del venezolano, sino que, dice, se ha instalado en nosotros desde por lo menos 1758 con los “Axiomata” de Juan Antonio Navarrete, y además apunta el hecho de que la mejor escritura aforística que habita en la literatura venezolana es la de Ramos Sucre y Cadenas. Éste, en su obra En torno al lenguaje dedica un amplio capítulo a Karl Kraus, maestro como pocos de la textualidad aforística en al menos dos de sus obras, Dichos y Contradichos (1909) y Epigramas (1927). Este autor lo ha leído con fruición el poeta, deteniéndose en una de sus afirmaciones más lapidarias y sobrecogedoras, “Todos los errores comienzan en el lenguaje y se reflejan en el lenguaje”, de la que toma buena nota. También la traducción de los “refranes” de los Presocráticos, que debemos a Juan David García Bacca, parece que le han servido de materia enseñante. Y, supongo yo un poco atrevidamente, es muy probable que no le sea desconocida la obra del gran aforista Georg Christoph Lichtenberg, maestro de todos aquellos que se atreven con esa ruta de la escritura afilada, alusiva y estallante de significados e intuiciones, plena de poesía y de conocimiento. Alguna vez me dijo, más o menos susurradamente, que se interesó, aunque poco y de manera muy circunstancial, por las Greguerías de Gómez de La Serna, y que visitó a los epigramáticos clásicos (Catulo, Propercio…) que fueron, a su vez, los guías de los que se valió Ernesto Cardenal para alcanzar la poética que llamó “exteriorista”, próxima a la prosa y al decir sin eufemismos ni especiales rodeos metafóricos, de los que alguna copa bebe Cadenas en este ramal de su obra.

En alguna ocasión escribió Kraus que “un aforismo nunca puede ser una verdad completa; puede ser una verdad a medias o una verdad y media”, queriendo decirnos, probablemente, que lo más cerca que podemos estar del saber es a intuirlo o a sobrepasarlo ingresando de nuevo en el terreno de la incertidumbre, de lo inevitablemente incompleto y hasta insondable. Imagino que un estudio a fondo y sosegado de los “Dichos” de Cadenas nos llevarán a esos muelles, los de la convicción de que toda verdad, todo saber siempre es inseguro, que debe ser abordado con aquellos recursos que sin anular el logos, la razón, nos impulsen por las veredas sensitivas y visionarias de la intuición, o del apresamiento rápido y hondo de un saber que pasa ante nosotros, después de habitarnos, y, huidizo, se nos quiere escapar para siempre, pero que nuestras redes más simples del lenguaje, que son las más poderosas, pueden atrapar síntomas y residuos de él. Estos perfiles los vamos a observar de manera perseverante en toda la línea de los “Dichos” de Cadenas.

Cuando, por su parte, José Balza indaga en el discurso social y literario venezolano para postular con rotundidad que ante la escritura aforística nos topamos con una forma del “pensamiento venezolano” y de sus vías para enunciarlo, y cita como ejemplo, entre otros, a la escritura de Rafael Cadenas, establece en la tabla paradigmática del texto aforístico rasgos como los del arraigo de una frase iluminadora, contundente, concisa y que cabe dentro de un discurso más amplio o que, sin caer en él, apunta hacia allí de manera implícita pero inequívoca. Esa suerte de “mapa” o diseño del decir aforístico lo advertiremos en cada uno de los “Dichos” de Cadenas, pero antes, bastantes años atrás, fue el que emplea Ramos Sucre en “Granizada”, difundida en la revista Élite entre 1927 y 1929 y que se recogió en 1960 en Los aires del presagio.

Hagamos una pausa para degustar algunas muestras de “Granizada”: “Los burgueses se caracterizan por el miedo de aparecer como burgueses”; “Un idioma es el universo traducido a ese idioma”; “El tiempo es una invención de los relojeros”. Atendamos a que se trata de una mezcla que entrevera revelación política, comprensión última del sentido del lenguaje y ejercicio de ironía. Tres piezas fundantes del aforismo comprometido, el que pone su dedo en la herida más sensible y pretende enseñar valiéndose de los intersticios que deja la razón y arrastrándola hacia ellos.

De esa carne sabia están levantados uno a uno los “Dichos” de Cadenas, que éste viene no sólo ampliando sino complementando y completando con la traducción de aforistas contemporáneos y con otros textos que llama “Contestaciones”, que consisten en tomar alguna frase, otro aforismo, un verso, y discutirlos aforísticamente para descubrir su inanidad, destruir sus falacias o subrayar alguna de sus implicaciones. De estas “Contestaciones”, apenas ha publicado una pequeña muestra en el Papel Literario de “El Nacional”, aparte de algunas lecturas en uno que otro evento público.

Por ejemplo:

A un poeta de Corea

nuestra dulce charla nunca / cesa de fluir

Esto pasaba cuando existía la conversación

A Artur Lundkvist

Estoy con los revolucionarios hasta que llegan al poder

Cuando ya no hay remedio

Hagamos otra pausa, breve, para confrontar algunos de los “Dichos” de Cadenas: “Con la palabra ‘materia’ se le da otro nombre al misterio”; “No hay diferencias entre lo ordinario y lo extraordinario”; “Nada hay más extraño que la existencia”; “¿Cuánto dura el país de las maravillas? ¿Cinco, siete, nueve años? ¿Termina realmente?”; “Culparte es derramar tu vino”; “Huía sin saber de qué dios”; “Si se uniforma, la cultura se suicida: ella sólo vive en medio de la pluralidad”; “El fanatismo es la absolutización de un lenguaje”.

De esta muestra sumaria absorbemos todo el esplendor de una escritura, la aforística de Cadenas, tanto en su materialidad verbal como en su apuesta reflexiva e intuitivamente iluminadora de los territorios tanto del ser como del estar, de la terredad que diría Montejo. Y simultáneamente tenemos que afiliarla no sólo al extenso cosmos de la cultura universal, no sólo a la occidental, donde el aforismo como indagación y decir, en suma, como poética, ha sentado su corpus, sino también a una vigorosa tradición literaria venezolana y, en especial, a las raíces de su propia obra, es decir, los “Dichos” no son una rama solitaria en el oficio literario de Cadenas, por el contrario, constituyen frutos legítimos y válidos de sus arboledas fundamentales, y así es como debemos analizarlos y valorarlos.

¿Y porqué ahora es cuando emergen en su obra con potencia y voz inconfundible? Acaso porque como en toda la obra del poeta, también ésta tuvo que pasar por los inevitables períodos de tanteo, maduración, acendramiento, hasta que el autor los consideró como entidades que podían defenderse por sí mismas. Pero también puede que sea por algo más, por una razón, digámoslo así, histórica. Del aforismo se afirma que es un “género para tiempos de crisis”, tiempos en los que Venezuela está sumergida, en los que todos vivimos, y que, por lo visto, ha devenido en pátina salvaje que prácticamente, de una manera u otra, asola todas las zonas del mundo en este o aquel agente de su realidad. En consecuencia, este es un tiempo al se acerca el aforístico mucho mejor que cualquier otro discurso. Y coincidieron este tiempo y la superación del estado de agraz en este territorio de la obra de Cadenas. Como pocas, coincidencia afortunada.

Los “Dichos” que estamos comentando, por la concentración del discurso tanto lingüística como semánticamente, se vinculan al refranero castellano y al criollo. Vienen, pues, de una fuerte raigambre social y popular, reelaborados por la dotación cultural e intelectual del autor y por su personal horizonte de conciencia. En todo caso, es en ellos donde Cadenas se anega de vida colectiva, donde su yo anda en busca del otro, del todos, desde una conciencia ética que bascula entre el alerta angustiado y la desesperación cívica, sin apartarse, por ello, de la indagación indoblegable en la intimidad profunda del ser, en su estancia, es decir, en su vivir palpable, tanto el objetivo como el radicalmente subjetivo (lo ha dicho Savater: “como no somos objetos todo lo nuestro termina por ser subjetivo”).

En estos “Dichos”, el poeta vincula, diría yo que de manera entusiasta, tanto las denuncias políticas e ideológicas como los asuntos cruciales del arte, la poética, la palabra, desde los cuales, partiendo siempre de sí mismo, asedia al individuo, al otro y a sí, un poco a la manera socrática: como una avispa empeñada lúcidamente en picarle el corazón y la mente para expulsarlo de modorras y rutinas. Por esta vía, los “Dichos” alcanzan a la par hondura y originalidad, sin servilismos a la abstracción, empapándose del planeta humano y chorreando humanidad por todos sus costados.

La frase “ceñida, despojada, urticante” (como la califica Balza), se alimenta también de humor, ironía, parodia para, de manera insólita, colocarnos constantemente en una lectura filosófica de las realidades, sostenida por la expresión poética que deriva de la comprensión del ser y estar en su desnudez crucial, es decir ante los hechos efectivos y desafiantes. Y acaso en ellos, como en ningún otro territorio de la obra de Cadenas, se aplica fiel y febrilmente la idea krausiana sobre la importancia decisiva del lenguaje, sobre el hecho de que toda verdad viene de él y a él regresa, y de que toda aberración emerge de sus corrupciones y vuelve a él para intoxicarlo de corrupción. En este sentido, la conciencia avizor e insobornable de Cadenas, expresada en el tratamiento y conocimiento del lenguaje, en sus usos rigurosamente valiosos y responsables, se evidencia en estos “Dichos” con toda su fuerza.

Insisto, en este círculo de la obra de Cadenas, no hay ruptura con su poética ni en escritura ni en ocupaciones temáticas y preocupaciones humanas. Para quien desee comprobarlo le extiendo la invitación para visitar estos cuatro poemas (podían ser más, muchos más): “Mi pequeño gimnasio” (de Falsas Maniobras), “Cuando no nos atrevemos” (de Gestiones), Entronizamiento (de Memorial) y Derrota. Allí encontrará nexos y nutrientes, pasillos que conducen de la poesía a los “Dichos” y de éstos a la poesía y a otras habitaciones de la obra de Cadenas. Y en la medida en que los “Dichos”, obra todavía por organizar y ser investigada con tiempo y serenidad, sean sopesados con rigor, probablemente seremos sorprendidos por su poderoso arraigo en y con la totalidad de la obra del autor.

Digamos que en su obra estrictamente poética, Cadenas no deja de ser ciudadano reflexivo, igual que en la aforística de sus “Dichos”, donde, como en sus poemas, insiste en la expresión de una conciencia moral, responsable. En ambos, su entidad como creador demuestra que incluso en el más solitario de los poetas siempre habitamos todos.

Y tanto para corroborar lo asentado como para bajar el telón de lo que escribo sobre esta obra carnal, los “Dichos” de Cadenas, dentro de su obra entera, expresan una actitud de clara ciudadanía que, asumiéndolos, no se agota en lo político o lo público, pues entiende que es en lo individual donde asoma lo universal, que es en la conciencia comunitaria, del todos, donde vive a sus anchas el yo sin que el ego lo encarcele.

De allí que los “Dichos” nos urgen en voz alta para que se los compile y publique sin demora, y como muestra del aserto, vayan otras voces de esos decires: “Los rótulos impiden ver a los seres humanos”; “Los de veras vivientes no hacen revoluciones. La revolución son ellos”; “Se proponen liberar a los seres humanos y comienzan por privarlos de libertad”; “La ideología es uno de los recursos con que cuenta el ser humano para no verse”; “La poesía no tiene residencia fija, por eso es tan difícil dar con ella”. En efecto, en Cadenas la poesía reside en todos los senderos donde posa su palabra y su conciencia.

Joaquín Marta Sosa 

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