Artes

Cosas de la traducción

"Cuando creemos que hemos alcanzado el dominio de la forma, nos damos cuenta de que no estamos mucho más allá de donde comenzamos. Así, seguimos de tropiezo en tropiezo."

Por Alejandro Oliveros | 18 de Agosto, 2010
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Hace más de diez años traduje uno de los últimos poemas publicados por Ian Hamilton. “Biografía”, se llama. Es muy breve, como todo Hamilton y en el original dice así:

BIOGRAPHY

Who turned the page? When I went out
Last night his Life was left Wide-open,
Half-way through, in lamplight on my desk:
The Middle Years.
Now look at him. Who turned the page?

La concisión se cuenta entre los atributos más envidiados de Hamilton. Y estos, los poemas breves y concisos, son, precisamente, los que deben ser evitados al emprender la poco grata tarea de traducir la obra de algún poeta. Una sana advertencia que desoí cuando intenté poner “Biografía” en castellano. Esto fue lo que hice:

BIOGRAFIA

¿Quién pasó la página? Anoche,
cuando salí, su vida estaba abierta de par en par,
a medio camino, a la luz de mi escritorio:
la madurez.
Ahora véanlo.
¿Quién pasó la página?

Mi primer error fue no prestar debida atención a los sustantivos con mayúsculas, “Life” y “Middle Years”. Si bien es cierto que han debido estar en cursivas, tratándose de Hamilton la ambigüedad es lo más seguro. Y la ambigüedad es la esencia de la poesía, de la cual este poema del británico es una buena ilustración. “Life” es “vida”, con o sin mayúsculas, es cierto. Y “Middle Years” es eso, la mitad de la vida, el “mezzo camin di nostra vita”. El cual, de una manera un tanto subjetiva, se corresponde con eso que llamamos “madurez”. De modo que, por lo menos hasta hoy, me sentía, si no feliz, al menos satisfecho con mi intención de presentar la poesía de Hamilton en Venezuela. Los problemas comenzaron cuado repasé las notas a los Collected Poems que me trajo Constanza ayer. En sus comentarios, Allan Jenkins, nos aclara que cuando Hamilton escribió “Life” en su poema, se refería a la monumental biografía de Henry James en cinco tomos escrita por Leon Edel, cuyo tercer volumen fue titulado Henry James: The Middle Years. Pero esto no es todo. Dice Jenkins que, en 1893, James publicó un relato en el cual un anciano novelista, convencido de que ha llegado muy tarde a la madurez artística, pide una segunda oportunidad, una segunda vida creadora. Después de leer todo esto, he trabajado en una nueva versión de “Biografía” para incluirla en mis Voces Ajenas. De Mallarmé a Hofmann:

BIOGRAFIA

¿Quién pasó la página? Anoche,
cuando salí, su Biografía estaba abierta
en la mitad, a la luz de la lámpara
sobre mi escritorio: Años de Madurez.
Ahora mírenlo, ¿quién pasó la página?

La pregunta es, ¿hasta qué punto son necesarias las informaciones que proporciona Jenkins para disfrutar el texto de Hamilton? En Sixty Poems, el libro de Hamilton donde apareció el texto, no aparecen las notas. No obstante, de los sesenta poemas , este fue uno de los que más me atrajo. Me gustó desde la primera expresión: “¿Quién pasó la página?” Me identifiqué de inmediato con esta expresión del fugit irreparabile tempo de los latinos. Creía, y sigo creyendo, que Hamilton se refiere a la vida, la existencia, y no a una biografía en particular. O mejor, sí se refiere a la vida, pero era la suya, que es la de todos. Lo demás es alegoría, que es hablar de “otra” cosa. Se trata de un triunfo de la ambigüedad. Al final, “Biography” se refiere a la angustia que padece el creador ante la finitud de los años y lo dilatado del arte. Después de décadas dedicado al oficio, uno se siente como el personaje de James, anhelando una segunda vida creadora. Es lo menos que necesitamos para escribir algo permanente. Cuando creemos que hemos alcanzado el dominio de la forma, nos damos cuenta de que no estamos mucho más allá de donde comenzamos. Así, seguimos de tropiezo en tropiezo. Mi versión del texto de Hamilton es apenas una muestra. Que, en su gloria, el poeta nos beneficie con su tolerancia, una práctica que en su corta vida , al parecer, no fue muy frecuentada.

Alejandro Oliveros 

Comentarios (6)

Santiago Acosta
18 de Agosto, 2010

Buena nota sobre las dificultades de la traducción. Recordé esta frase de Gadamer:

“…¿qué debe saber el lector? La respuesta es la siguiente: debe saber tanto cuanto necesita y puede soportar”.

Cinzia Ricciuti
18 de Agosto, 2010

Leo y comprendo la sensación. En la traducción la duda siempre estará presente, y quizás no sólo por los vocablos escogidos, los significados ambiguos o la sintaxis, sino por el respeto a la vivencia del autor del texto original. Creo que nunca existirá la traducción perfecta, traducir es imaginar lo que otro imaginó. Cosa hermosa y difícil.

Agustín Silva-Díaz
18 de Agosto, 2010

Es siempre un enorme placer seguir las lecturas de Oliveros. Aquí no sólo es sobre el eterno problema de la traducción: el contexto cambia incluso el original. ¿Debemos recurrir a las notas como en La tierra baldía? (Eliot se arrepintió, yo se las agradezco). El chiste privado descubierto a veces reduce la ambigüedad, en el caso de la traducción las nuevas ambigüedades de la lengua de llegada. Quizás la mejor solución, es la traducción permanente que sigue lectura a lectura, con las nuevas pistas, con los nuevos descubrimientos, como nos muestra Oliveros. Es decir, cada poema requeriría ser traducido incesantemente.¡Muchas gracias, poeta!

Willy McKey
18 de Agosto, 2010

La doble traduccón de un verso de Paul Celan ha generado conversaciones interesantes sobre el tema con el poeta Santiago Acosta. Si no recuerdo mal (ya me corregirá), él prefiere “Dice verdad quien dice sombra” mientras yo me decanto por “Verdad dice quien sombra dice”. Las interpretaciones posibles de un verso mediado por un lector especializado que decide hacerlo digerible en nuestra lengua materna es, por decir lo menos, un acto de atletismo imponderable: pone en evidencia la complejidad artefactual del poema y todos los desajustes posible de una Lengua que ha sido puesta en desgozne nuevamente: en extrañamiento. Gracias por el texto, profesor.

Luis Moreno Villamediana
19 de Agosto, 2010

La traducción supone también la sencillísima elección de unas palabras, como nos muestra el poeta Oliveros: además de lidiar con la noción teórica sobre cuál debe ser el vínculo entre un poema original y su avatar, se lidia con un repertorio común de sustantivos que, según el caso, puede transformarse en “Vida” (y así hablar del género humano) o en “Biografía” (para referirse en particular a un tomo sobre Henry James). Esta vez, más allá del comentario de Jenkins sobre el origen del poema, prefiero la segunda versión—menos por la alusión a la obra de Leon Edel que por esa riqueza que a la vez incluye la materia de ese libro y la invisible extensión a la historia de cada lector… A la traducción me gusta referirme con un verso de Michel Deguy: “La disimilitud no impide la reciprocidad”. A pesar de las dificultades, el verso traducido es una manifestación (borrosa, es cierto) del original.

(Sobre el verso de Celan que Willy señala, su preferencia se vincula más con el verso alemán, que por fuerza de la sintaxis de esa lengua deja el verbo al final; así lo traduce J. L. Reina Palazón. La opción de Santiago es más naturalmente castellana. Creo que me gusta más una mezcla: “Dice verdad quien sombra dice”. Esa elección está cerca de la de John Felstiner, que dice: “Truly speaks he who speaks shadows”. De todas maneras, allí queda ese adverbio, “truly”, que puede provocar discusiones… No es fácil.)

Alejandro Oliveros
19 de Agosto, 2010

Del original de Celan (Wahr spricht, wer Schatten spricht), como siempre, son muchas las posibles versiones al castellano. De las dos que menciona Willy prefiero la primera (la segunda es más McKey). Y aún una tercera me parece adecuada: “Dice la verdad el que habla de sombra”.

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