Artes

Papel y lápiz, por favor

Una anécdota de García Márquez y otra de Paul Auster nos recuerda que una cosa es querer ser escritor, y otra escribir

Por Alberto Salcedo Ramos | 28 de julio, 2010

Me contó Jaime García Márquez que en cierta ocasión iba paseando en coche por el Centro de Cartagena con su célebre hermano mayor. De pronto vieron a una mujer bella caminando por el andén. Gabo quiso decirle algo y por eso pidió que el coche se detuviera.

Los dos hermanos descendieron raudamente del vehículo. Y entonces, ¡oh, sorpresa!: la mujer ya no se encontraba en el lugar en el cual la habían visto segundos antes. Intrigados, emprendieron un barrido meticuloso por la cuadra, convencidos de que tarde o temprano la hallarían. Pero sus esfuerzos fueron vanos.

A partir de aquel momento Gabo empezó a fantasear con el destino que pudo haber tenido la mujer. Su imaginación delirante tramaba numerosas conjeturas sobre la misteriosa desaparición. Cada vez que se encontraba con Jaime añadía nuevas teorías, nuevos desenlaces posibles. Así, las conversaciones sobre el tema se convertían en un divertimento maravilloso.

Un día sucedió el milagro: Jaime iba caminando por la misma calle del Centro de Cartagena cuando vio a la mujer. Habló con ella, le pidió sus datos personales. En seguida buscó un teléfono para llamar a Gabo a su casa de México y darle la buena noticia. La respuesta que recibió desde el otro lado de la línea lo dejó de una sola pieza:

– ¡Pero qué pendejo eres!: me acabas de dañar el cuento.

De ese modo, Jaime confirmó que para su hermano mayor nada es tan importante como la literatura. Ni siquiera el hallazgo de la mujer más bella de la tierra.

II: Aquella noche de 1955, cuando apenas contaba ocho años, Paul Auster venía saliendo del estadio después de haber visto el partido de su novena favorita, Los Gigantes de Nueva York. De repente se topó con Willie Mays, la estrella del equipo. Sin pensarlo dos veces, Auster le pidió un autógrafo.

“Claro, niño, claro”, le respondió Mays. “¿Tienes un lápiz?” Desde luego, el niño no tenía un lápiz, y tampoco su padre, ni su madre, ni ninguno de los otros adultos que estaban abandonando el parque de béisbol. Mays se encogió de hombros, dijo que lo lamentaba mucho y se alejó. Paul Auster lo acompañó con la mirada hasta cuando se perdió de vista. Triste, frustrado. Esa misma noche juró que nunca más andaría por la vida sin un lápiz en el bolsillo.

Al cabo de los años llegó a la siguiente conclusión: “Si hay un lápiz en tu bolsillo, existe una buena posibilidad de que algún día te sientas tentado a usarlo. Me gusta decir que así fue como me convertí en escritor”.

Tanto la mujer misteriosa del primer relato como el lápiz en el bolsillo del segundo son testimonios fehacientes de la pasión por el oficio narrativo.

Conviene mirarse más a menudo en el espejo de estos escritores que siempre encuentran pretextos de sobra para trabajar, en lugar de encontrarlos para seguir anclados en los cafés explicándoles a los contertulios por qué no pudieron hacer la novela de sus sueños o por qué las musas conspiraron contra ellos.

Balzac lo expresaba de manera más ruda: “Lo único que importa es poner el trasero en la silla cuantas veces sea necesario”. La moraleja es inquietante: a cualquiera le dan ganas de ser escritor: lo jodido es sentarse a escribir.

Alberto Salcedo Ramos 

Comentarios (9)

Claris Trigueros
28 de julio, 2010

Ha sido uno de los textos más cercanos a lo que siganifica en mi vida “poner el trasero en la silla” gracias…

José Alberto Medina Molero
29 de julio, 2010

García Márquez dijo una vez que escribía para que lo leyeran y le quisieran. Es un oficio divino en todo lo que vale el término, sobre todo en el relacionado con la creación. Si bien necesita de alguna musa, requiere sobre todo de talento y disciplina, mucha. Tal vez el novelista Fernando Aramburu logró encerrarlo un poco cuando exclamó: “.. incluso escribo cuando no escribo. Pero no me lo puedo tomar en serio como si fuera una religión y no gozar del resto de la vida y la gente”. Una labor suprema, sublime. Dichoso aquel que la ejerza con gracia y dedicación

DANIEL CHALBAUD LANGE
29 de julio, 2010

Verdaderamente, “una cosa es ser escritor y otra escribir”. Nos lo recuerda, el casi ya no recordado poeta y escritor Andrés Eloy Blanco, con estas breves palabras en su intervención en Sesión del Congreso Nacional el 21 de junio de 1947: “…hay un hombre que escribe, llena un libro, y en todo el libro no hay un pensamiento suyo. Este es como el lechero de la literatura: repartidor de la divina leche del pensamiento ajeno”.

Fanny
29 de julio, 2010

Gracias -sinceras, infinitas- por la cachetada.

José Alberto Medina Molero
30 de julio, 2010

¡Felicitaciones a ambos! Tanto al que propina la cachetada como a la persona que la celebra. Es como para sentir un profundo orgullo. La literatura da hasta para eso.

Digiletras
31 de julio, 2010

…si la gente supiera lo jodido que es escribir, no les dieran tantas ganas de ser escritor. “Amarrarse a la silla”, era el consejo de Pavese.

DANIEL CHALBAUD LANGE
1 de agosto, 2010

Otro mas. “Escribir” y “hacer el amor” tienen la pluma, en común no tienen levitación si no hay motivación.

Lo certifico.

José Alberto Medina Molero
1 de agosto, 2010

Desde que el mundo es mundo solo unos pocos logran a base de talento y una dedicación sacerdotal, casi maníaca, a la escritura la propiedad para llamarse escritores. Los hay como Guzmán Blanco, que basado en su condición de amo del país, pretendía ser poeta. Los hay que se valen de pseudo poetas (como en las delpinianas) para ridiculizar al poder..Hay otros que se ridiculizan solos. Cuestión de estilo podría decirse. Parecer no es ser…

sebastian garcia portillo
3 de agosto, 2010

Maravilloso poder de la intelectualidad que puedes hacer tuya, la mujer mas hermosa, sin el compromiso de la realidad.

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