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Suicidas en línea

Diariamente, hay quienes cargados de miserias y tristezas llaman al Centro Argentino de Atención al Suicida. De forma anónima, son atendidos por voluntarios que a veces con sólo escuchar calman las aguas de los deprimidos, quienes al borde al precipicio, se sienten a punto de dar un paso en falso

Por Federico Bianchini | 26 de Julio, 2010

El teléfono suena. Vuelve a sonar. Antes del tercer timbre, Eleonora atiende.

– Buenas tardes. ¿En qué podría ayudarlo?

Del otro lado del tubo, una vieja pregunta cómo puede hacer para que PAMI le reconozca el costo de un remedio. Eleonora le explica que no, que en realidad para sacarse esa duda debería llamar a otro número, al 138. Corta. Hasta que uno de los tres teléfonos suene, sólo se oirá el ruido de las aspas de un ventilador de techo

Por día, dependiendo de la época del año, aquí se reciben unas 20 llamadas. La mayor parte, después de las 16, cuando las señoras están solas en sus casas, sus hijos en el colegio, los teléfonos libres. Muchas otras personas llaman desde el trabajo, o al volver, a media tarde, antes de que el sol caiga.

Además, están las comunicaciones “mudas”. Gente que llama pero por vergüenza, angustia, sobredosis o miedo, no emite palabra. En esos casos, el operador espera. No hay identificadores de números. Los voluntarios no saben quién está del otro lado de la línea. Y según Carlos Boronat, presidente del Centro Argentino de Atención al Suicida (CAS), éste es el secreto para que tanta gente confiese sus miedos. “Al sentirse anónimas, las personas se abren y cuentan lo más miserable de sus vidas. Muchas veces, cosas que nunca les contaron a sus terapeutas en años de diván”.

Uno de los teléfonos suena. La segunda llamada es la de G., un hombre con voz pausada, lastimosa. Si uno escuchara a G. por primera vez, pensaría que es alguien que está a punto de saltar de un balcón, de cortarse las venas. Sin embargo, no es la primera vez que Eleonora escucha a G.

G. llama hace más de diez años. Habla un rato, cuenta sus problemas, amenaza con matarse, se enoja con quien le está hablando, dice que nadie lo quiere, se pregunta si habrá tomado la suficiente cantidad de pastillas, acepta repensar su situación, corta. Quizás, llame en dos meses. Tal vez espere y recién se comunique de vuelta en un par de años. Nadie sabe. Lo que saben los operadores es que en cada uno de sus llamados, repite la serie de informaciones que conforman su vida. Por eso, G. está catalogado como “crónico”.

Detrás de su escritorio, Eleonora tiene un fichero donde, con datos genéricos (no hay nombres ni apellidos, sólo temas recurrentes), se identifican a quienes tienen como hobbie llamar a la línea. “Necesitamos estos datos para saber si estamos ante un posible caso de suicidio, urgente, o ante alguien con ganas de charlar”, dice. Incluso, cuentan en el CAS, hay crónicos que llaman y hablan, pero, solidarios, si escuchan que está sonando otro teléfono, piden disculpas y alientan al operador para que corte con ellos y vaya a atender. “Son personas que se comunican sin intención de resolver nada. Relatan la misma problemática una y otra vez. No se pueden establecer plazos de tristeza pero si treinta años después de que fallece un familiar seguís mal por ese motivo, necesitás atención psicológica o psiquiátrica”, explica la operadora.

Las estadísticas más recientes respecto de la cantidad de suicidios en la Argentina datan de 2005 y, según dicen los que se mueven en el ambiente, no son nada precisas. Hay muchos suicidios que no se registran o se anotan como accidentes de tránsito cuando, en realidad, son verdaderos intentos para encontrar la muerte. Si uno está borracho, andando a más de cien kilómetros por hora en una autopista y sin cinturón de seguridad, lo sepa o no: se quiere matar.

En los últimos diez años, según la Asociación Argentina de Prevención del Suicidio, en nuestro país la tasa habría subido del 6 al 8,5 cada 100.000 habitantes. Dato que en un penoso ranking latinoamericano nos ubica terceros: detrás de Uruguay y de Brasil.

Suicidio, tabú periodístico

En 1967, la dirección de Salud Mental de la Nación le pagó a los psiquiatras Emilio Astolfi y Alfredo Gazzano para que fueran a Estados Unidos y Europa a investigar la forma de asistir a potenciales suicidas. A la vuelta, crearon un sistema que se parecía al norteamericano pero con modos más cálidos y amables –propios de nuestras tierras– y fundaron el centro que luego se transformó en una Asociación Civil sin fines de lucro.

En 42 años, el CAS nunca recibió un subsidio de algún gobierno nacional o municipal. Las donaciones, siempre de privados, fueron puntuales y pequeñas. En resumen, los asociados que mantienen la institución son las mismas personas que atienden los teléfonos. “Seguramente fallamos en la manera de buscar fondos. Pero también es cierto que nadie quiere juntarse con este tópico: los periodistas suelen decirnos que el suicidio no es un tema que les interese o, directamente, que tienen directivas de no tratarlo. No da buena prensa que haya tanta gente que busque matarse”, dice Boronat.

Durante 31 años, los operadores atendieron los teléfonos en un espacio de 32 metros cuadrados de una facultad de la Universidad de Buenos Aires. Hace tres, el rector de esa institución les dijo que no podían estar más allí: necesitaba ese espacio. Finalmente, en Barrio Norte, consiguieron el lugar donde están hoy. Un lugar que, por pedido explícito de los integrantes de la Asociación, no va a aparecer en esta nota. “No estamos preparados para atender gente en forma presencial y tememos que si la dirección se difunde muchos vengan a vernos”, dice el presidente. Así, la manera más simple de comunicarse con estas personas es llamar al 4962-0303 o al 4962-0660. Hay otra manera, pero no es tan simple.

Hace cuatro años, en la Argentina se promulgó una ley que establecía al 135 como el número gratuito para asistencia al suicida. Sin embargo, hoy, el servicio todavía no funciona bien. “Por un problema técnico, recibimos muchísimas llamadas que no tienen nada que ver, son números equivocados. Ahora, pusieron un sistema de filtro que dice que si uno quiere comunicarse con la línea marque uno. Pero este tiempo de espera no es favorable para una persona que está por cortarse las venas”, dice Boronat.

Los operadores cuentan que muchas veces los llama gente que está en un teléfono público, con sólo una moneda. La persuasión debe ser intensa. El convencimiento sobre los motivos para vivir, acelerado. Pensando en que en minutos la llamada va a cortarse, el operador trata que quien está del otro lado cambie de idea y decida vivir.

Bromistas, vecinos preocupados y llamadas sin contestar

En algunos momentos, el teléfono suena y suena. Nadie atiende.

Para cubrir los turnos de las 24 horas los 365 días del año, deberían trabajar unas 35 personas. “Pero no es posible. Somos sólo 25 –se lamenta Boronat–. Los voluntarios escasean. No porque falte solidaridad sino porque en esta época es necesario ocupar el tiempo libre en un segundo trabajo, o en hacer horas extras. La gente tiene escasa disponibilidad para tareas ad honorem”.

A pesar de ser pocos, aquí todo está organizado para que si alguien llama, otro escuche. Debido a la falta de personal, los horarios de madrugada, muy temprano, se dejan descubiertos. “Hay un mito generalizado que dice que la madrugada es la hora de los suicidas. Puede ser que concreten su suicidio, pero no llaman para pedir ayuda”, cuenta Boronat.

En la hora y media que sigue, el teléfono sonará seis veces. La primera corresponderá a la llamada de un viejo, confundido, que creyendo que éste es el número de PAMI pedirá una ambulancia. Las cuatro posteriores las va a hacer un chico, bromista, que llamará y colgará, llamará y colgará, llamará y colgará. También, en una de esas llamadas, va a insultar a Eleonora.

La sexta será la de Emma, una mujer cuya vecina, con la que no tiene demasiado trato, le sugirió elípticamente que iba a suicidarse. Emma está preocupada. Muy preocupada. Pide un consejo. Eleonora es contundente y le dice que le pregunte a su vecina, sin rodeos, si estaba hablando de matarse. Le sugiere que la enfrente con esa idea flotante.

– Una cosa más, Emma, tenga claro algo. Convénzase de que, por más preocupada que usted esté, sólo podrá ayudarla si ella quiere que la ayuden.

– Eso lo sé, pero es difícil de aceptar.

Hace no tanto tiempo, Eleonora habló con un hombre que, decía, se iba a pegar un tiro. Estaba nervioso. La charla fue tensa y duró varios minutos. Siguió hasta que la operadora oyó el disparo. Luego, silencio.

Ahora, al acordarse, a Eleonora se le humedecen los ojos. Sin embargo, cuenta, en diez años de atender llamados de gente desesperada aprendió a bajar el nivel de omnipotencia. A darse cuenta de que ella no tiene en sus manos la vida ni la muerte de nadie. Y no es crueldad, dice. Es que las cosas suceden, y uno no puede hacerse cargo de todo.

La selección de los postulantes

En los papeles, el único requisito para ser voluntario del CAS es tener más de 21 años. En la práctica, más allá de la edad, se necesita cierta madurez y equilibrio emocional, además de tiempo disponible para realizar esta tarea ad honorem.

A través de charlas y test psicológicos, los encargados del Centro hacen una selección de los postulantes. Luego, durante entre seis y siete meses, los elegidos asisten a un curso de capacitación de una hora y media semanal. “Allí vamos descartando a los que, a nuestro juicio, no entienden la tarea o no van a poder desarrollarla”, cuenta Carlos Boronat.

Los que queden cumplen guardias cortas, con horarios a elección. Además, una vez por semana, se encuentran para compartir opiniones, debatir sobre las llamadas y conocerse. Si tras una comunicación alguno quedara angustiado, podría pedir una charla con un psicólogo. Eleonora, que atiende los teléfonos desde hace diez años, minimiza la complejidad de la tarea. “Acá no hay misterio. Esto no es una operación cardiovascular, es simple. Hay que tener cuidado, pero es cuestión de sentido común: escuchar al otro, permitirle que hable. Preguntar, no quedarse con dudas ni supuestos, e intentar darle una orientación que le sirva para resolver su problema”.

Razones suicidas

Los motivos que llevan a alguien a suicidarse son complejos, múltiples y variados. Alcoholismo, drogadicción, violencia familiar, enfermedades graves o terminales, problemas afectivos o económicos. La constante, según coinciden varios operadores del CAS, es la soledad. “Más allá del tema por el que crean que se están suicidando, las personas exponen una situación de profundo aislamiento: piensan que nadie los entiende, que a nadie le importa lo que les vaya a pasar. Muchos sólo llaman para que los escuchemos un rato”, dice Olga, una de las voluntarias.

Lo que les llama la atención a los operadores es la edad de quienes llaman. Antes, el promedio estaba en 30, 35 años. Ahora, se suicida gente mayor, de 70, 80 años, y también nenes chicos. “Hemos recibido pedidos de ayuda de pibes de ocho años –dice Carlos Boronat–. Décadas atrás, el suicidio no era un tema de la niñez. Los chicos apenas entendían la muerte de otros, de los animales o de algún familiar. Pero las historias que contamos los adultos, las películas, los dibujos animados han introducido este tema en la vida de los niños. Y muchas veces, los nenes incorporan esta idea sin una comprensión total de lo que significa matarse”.

En los últimos tiempos, los llamados son más violentos, más desesperados. “La valuación de la vida es cada vez menor y eso es algo que, entre todos, deberíamos tratar de cambiar”, dice Boronat.

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Federico Bianchini 

Comentarios (1)

Cesar
30 de Julio, 2010

Un artículo excelente.

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