;

Artes

Y de regalo, lo que le queda de vida

Los taxistas son los sismógrafos de un submundo que, como los icebergs, muestra apenas un minúsculo pedazo de cuanto esconde en sus entrañas.

Por Héctor Torres | 20 de Julio, 2010
17

Si es por tener cosas qué contar, los taxistas podrían ser de esos escritores que desconocen ese temible enemigo conocido como la hoja en blanco.

Geólogos del latir de la calle, los taxistas son los sismógrafos de un submundo que, como los icebergs, muestra apenas un minúsculo pedazo de cuanto esconde en sus entrañas. Son los chamanes del Abracadabra que hacen aparecer, ante los ojos del que los escucha, una ciudad usualmente escondida.

El taxista viejo es un guerrero curtido, un cazador mañoso. Si hay un oficio duro, es ese. Para lidiar todos los días contra los tataranietos de Atila (llámenseles motorizados), los autobuseros con su lógica de que el más grande siempre tiene el paso, las todopoderosas caravanas de “personalidades” y los fiscales de tránsito*, hay que pertenecer a una raza genéticamente tan blindada como la de las cucarachas.

Y ni hablemos de su prodigiosa capacidad para sobrevivir al hampa.

***

Juan terminó siendo taxista como el que se descubre un día enamorado de una persona que hasta ayer odiaba. O el que termina viviendo en Güiria. Porque sí. Comenzó como una opción para ayudarse a flotar en una época difícil. Con el tiempo el sustantivo época fue relevado por el sustantivo vida y, como la carrera de un profesor universitario, lo que comenzó con unas horas a la semana terminó siendo un oficio a dedicación exclusiva.

La vida, ya se sabe, es de las que sueltan chistes de los que sólo ellas se ríen.

Master en eso de sobrevivir a la ciudad, sabe que en Caracas hay que dosificar la angustia. Más de veinte años atravesando las venas de Caracas frente al volante, lo han enseñado a no malgastar sus angustias sin motivos. El caraqueño vive asesinando su cuerpo bebiéndose todo el día un coctel de paranoia, rabia, impaciencia, ansiedad y terror, suele comentar a todo pasajero dispuesto a escucharle.

Y así como terminó de taxista porque sí, igualmente está vivo porque sí. Ocasiones para no estarlo le han sobrado en todos esos años. Lo han atracado con todos los métodos conocidos (hasta con una media de nylón atravesada en el cuello), ha sido el impensado transporte-rehén de una fuga, ha llevado heridos de bala al hospital, ha montado pasajeros que luego descubre que están siendo perseguidos a plomo limpio, y hasta una vez su carro terminó acordonado por una Unidad Antiexplosivos, por culpa de un maletín que dejaron olvidado en el asiento de atrás. El mismo en el que, todo hay que decirlo, también se han repartido amores y humedades.

Por eso cuando dice que está vivo, lo dice en letras mayúsculas.

Esa vida vivida en sus bordes le ha enseñado a tomar con humor los pequeños incidentes. Como esa vez que cuatro “funcionarios” de una policía no identificada lo detuvieron y le indicaron una dirección a la que iban a allanar. Y no le pare a semáforo, que usted está en comisión.

Por supuesto, no pagaron la carrera.

***

La mañana previa a amanecer con sesenta años, despertó sintiendo un inesperado rechazo a la idea de salir, como todos los días, a guerrear la calle. Puede que estuviera cansado de sospechar de los pasajeros y de tragar humo, pelear con motorizados y de los dolores en la pierna del clutch; pero sobre todo se descubrió aburrido de un oficio que ya no le deparaba sorpresas.

Decidió que ese sería el último día antes de guindar la armadura, y así se lo hizo saber a su mujer. Esta se quedó pensativa y luego dio un manotazo al aire, como queriendo espantar una idea odiosa.

***

Ningún hecho inusual coronaba su jornada de despedida del volante. Lo de siempre: colas, carreras, gente puteando al gobierno… Trabajó hasta las dos de la tarde y se fue a su casa a comer y descansar. Volvió a la calle a las seis. Calculó que con suerte, a eso de las doce ya estaría en su cama.

Cerca de las once recogió a un tipo por los lados de Chacao. Trigueño, unos treinta años, cara grande, una chaqueta larga. Un tipo como cualquiera que puede estar en la calle a esa hora de un jueves.

¿Cuánto pa’ Plaza Sucre?

Cada taxista se mete a las zonas que conoce y Juan rueda tranquilo por las calles de Catia. Dijo setenta para irse a casa luego de esa carrera. El tipo abrió la puerta de atrás sin chistar y, una vez adentro, ordenó escuetamente:

Súbeme el vidrio.

Veinte años llevando gente no han sido en vano. Juan reconocía a la solterona, al infiel, al paranoico, al alcohólico en crisis, al alucinado, al suicida, al que nadie lo espera en casa, al psicópata… y ese tipo que estaba en el asiento de atrás de su carro era, sin ninguna duda, un delincuente. Se siente en las feromonas, en la sudoración, en la mirada. Drogas, atracos, en algo sucio andaba ese tipo al que le dejaba la nuca a tiro en la última noche de su oficio.

Juan intentó un par de conversaciones que se estrellaron con el silencio de una sombra en el retrovisor. Al llegar a Plaza Sucre el tipo dijo dale más, que yo te aviso.

Rodaron un par de cuadras por unas calles que se volvieron repentinamente solitarias. Juan intentó bajar la velocidad. Dale, dale que yo te aviso.

Coño, pero ya vamos para Los Magallanes, y el precio es otro, se quejó Juan.

Deja la lloradera y dobla después de la otra, nojoda. Y cobra lo que te dé la gana.

Juan dobló donde le indicaron y el silencio expreso de la calle fue roto por el sonido de las ruedas pisando un gran charco, como si fuese una lancha encallando en la playa.

A pocos metros estaban tres tipos, que a todas luces esperaban al que acababa de llegar. Juan, nervioso, encendió la luz del techo. El tipo se bajó del carro tan aprisa que no vio la bolsa que se le salió del bolsillo de la chaqueta. Al oír la puerta cerrarse, Juan lo buscó por la ventana y lo perdió momentáneamente de vista.

De pronto se percató de la bolsa dejada sobe el asiento.

Sin entender del todo lo que pasaba, le quiso avisar del descuido…

¡Piérdete! Piérdete ya que estás vivo de vaina, le gritó el tipo mientras se alejaba.

Juan entendió que sí había pasado algo, no inusual, sino extraordinario en su último día de taxista. Alguien (y no sabía quién) le había regalado lo que le quedaba de vida. Podía aspirar a morir en su cama, en vez de hacerlo en una calle de Los Magallanes.

Las ruedas chillaron brevemente cuando aceleró.

Al encontrar un sitio con suficiente luz, detuvo el carro. Agarró la cabilla que lleva debajo del asiento y se acercó a la puerta de atrás con la cautela de quien va a sacar un borracho que se quedó dormido. Abrió la puerta y, sin soltar la cabilla, agarró la bolsa con dos dedos de la mano libre. ¿Esta vaina será droga?, se preguntó. Lo que falta es que me caiga la policía. Examinó su exterior hasta que sintió confianza para revisar su contenido.

Adentro había dos pacas. En una de ellas, en un conteo superficial, calculó más de cincuenta billetes de cien bolívares. La otra parecía más gruesa.

Rodó tratando de no pensar en nada hasta que llegó a una arepera de El Rosal. Allí comprobó que al menos uno de los billetes no era falso. Ordenó la otra arepa y luego ordenó cervezas, brindando por el regalo y por sus sesenta años. Pidió otro par de latas para llevar y se montó en su taxi. Rodaba sin destino preciso sintiéndose atravesar una cortina invisible que flotaba en la soledad de la madrugada.

***

Eran más de las cuatro cuando llegó a la Cota Mil. En El Mirador, sabiéndose el vengador hermético de los taxistas atracados, esperó ver al sol acercarse al galope por los lados de Petare. Pensaba en esa ciudad que todo te lo quita pero que un día hasta te celebra el cumpleaños, y se deleitaba con esos pálidos tonos naranja y verde que comenzaban a cocerse lentamente. Destapó la cerveza que guardó para la ocasión y concluyó, con una mezcla de felicidad y desconcierto, que esa era la vista de la ciudad que merecían los que ganaban la batalla. Luego se acomodó en el asiento para regalarse un par de horas de sueño.

Una vida regalada no hay que estarla cuidando tanto, pensó bostezando.

*******

* Contó cierta vez un taxista, que a su vez le confió un fiscal, que un día de cobro fueron llamados a formar en el patio, y una vez allí el comandante les advirtió: enviaron la quincena, pero no los cesta-tickets… así que vean cómo resuelven.

Héctor Torres  es autor, entre otras obras, del libro de crónicas "Caracas Muerde" (Ed. Punto Cero). Fundador y ex editor del portal Ficción Breve. Puedes leer más textos de Héctor en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @hectorres

Comentarios (17)

constanza.
20 de Julio, 2010

Es increíble como llega una a desconfiar de los finales felices… hasta que no llegué al punto final, no logré aflojar el estómago, respirar relajada. Una siempre pensando que al tipo lo matan, por mala leche del destino, al final. Esos regalos de (la) vida hay que contarlos. Lo pienso cada vez que vengo y me encuentro un relato que tarde o temprano me hace sonreír. Restaurar la fe es tan difícil como importante.

Gracias, querido Héctor, por estos gramos de ánimo.

Un besito.

Rosa
21 de Julio, 2010

Excelente como siempre. Me encanta. Y me pasó igual. Hasta el final estaba esperando lo peor y de algún modo lo sigo haciendo; pero es mejor dejarlo allí, tal y como está escrito en ese final nerviosamente feliz. :)

Oswaldo Goite
21 de Julio, 2010

Excelente relato…

Así es la vida, siempre deparandonos sorpresas maravillosas. Y en una ciudad como Caracas, donde, como Juan, nadie sabe cuando lo apagan, otro día de vida puede ser simplemente un gran regalo…

Anabel Rodríguez
21 de Julio, 2010

Me encantó el cuento de este sobreviviente de Caracas! Un bálsamo en tiempos difíciles. Me suscribo a lo que escribió Constanza: restaurar la fe es importantísimo.

RodKL
21 de Julio, 2010

caracas, caracas

Sydney Perdomo
21 de Julio, 2010

¡Agonizante relato, pero sin duda genial! ¡Vaya vida la del taxista!

Saludos y mis respetos sinceros caballero. :D

Julieta Buitrago
21 de Julio, 2010

Gracias por otro excelente relato!!!

Beatriz
21 de Julio, 2010

Muy buena la historía, de verdad solo esperaba que mataran al pobre Juan; cada día que vivimos en Venezuela, tanto en caracas como en cualquier otra ciudad es un regalo que debemos valorar. Gracias.

Cecilia Pla
21 de Julio, 2010

Admiro el romántico giro que amaña la anécdota de calle…

Mitchele Vidal
22 de Julio, 2010

Como siempre maravilloso, hasta la última gota.

María Estrella
22 de Julio, 2010

Me pasó lo mismo que a muchos, hasta el final estaba esperando que le pasara algo al pobre hombre. Que pesimismo tan arrecho me ha dejado la vida.

María Nuria De Cesaris
22 de Julio, 2010

Muy buena crónica de la vida de taxista. Personalmente, estoy en el punto en el que estuvo Juan de una opción temporal ante la crisis. espero que no se me convierta en mi opción de vida. Por lo pronto, taxeo y tengo un blog (http://en mi taxi.blogspot.com)para reseñar algunos momentos de esta interesante manera de vivir mi ciudad, Ciudad Guayana…

Javier Liendo
23 de Julio, 2010

Concuerdo con Constanza… los finales felices son tan extraños en las ccrónicas de esta ciudad (y de todas, sospecho), que uno no se suelta la corbata hasta que se ha tocado el punto y aparte.

Gran relato, como siempre. Es un honor ser lector de tan brillante mente. D.R.

Diana
24 de Julio, 2010

Que buen cuento!. Me encanto. Muy bien hilvanado y concebido. Gracias!

Carmen Gil
24 de Julio, 2010

Buenísimo y de igual forma pasó varias veces por mi mente lo peor, pero antes de finalizar me dí la oportunidad de pensar si fuera algo lamentable tal vez no lo contaría, así que esperé el final felíz, aunque en desacuerdo con Juan, ya que si hubiese sido yo me regreso a mi casa con la misma. ahora la contraparte también la vivimos nosotros, los pasajeros cuando desconfiamos del taxita que nos toca. Esa experiencia la viví y es digna de contarsela al amigo Hector para que con su forma tan sencilla de contarla le dé riendas sueltas a esa narrativa. Hemos llegado a tal punto que nos imaginamos cosas que mos paralizan. muy bueno el final feliz.

Héctor Torres
26 de Julio, 2010

Los comentarios reflejan esa necesidad tan perentoria que tenemos los venezolanos de espacios para la esperanza. De refugios donde cultivar la fe en un país posible. Y aunque de eso no hay duda, me gusta buscar ese ángulo en nuestras pequeñas tragedias cotidianas que también produce esperanzas, porque no está carente de belleza. Y siento que encontrando ese ángulo le rindo un modestísimo tributo a las víctimas de la violencia cotidiana de nuestra ciudad. Es decir, un poco de esto pero también otro poco de aquello :)

María Nuria, qué interesante lo que cuentas. Aunque intenté entrar al blog y no pude. Seguiré intentando.

Como siempre, mil gracias a todos por sus comentarios. Hasta la próxima quincena.

MARIPILI
31 de Julio, 2010

Agradezco la crónica con final felíz, en Caracas sucede de todo, hasta gratas sorpresas, lo fatídico se lee todos los días en las últimas páginas de los diarios. Las crónicas funcionan para todas las sensaciones. Gracias por ésta

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.