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El centro

Rodrigo Blanco Calderón: Existen generaciones de jóvenes caraqueños que no conocen el centro de Caracas y que incluso se sienten tranquilos por ello, como quien ha comprado una póliza de seguros.

Por Rodrigo Blanco Calderón | 18 de Julio, 2010
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Mi mamá siempre ha dicho que Caracas es peligrosa
y por esa razón mi geografía urbana es bastante limitada.
No conozco el centro ni me interesa conocerlo.

Eugenia Blanc en Blue Label,
de Eduardo Sánchez Rugeles.

El centro de Caracas es un verdadero corazón urbano. Su espacio sirve para agrupar, de acuerdo a la dirección del ánimo, todas las bondades y todas las miserias de la capital. El centro es sinónimo de inseguridad, caos y suciedad, pero también de un pasado noble que se aferra como un enamorado a las reliquias que le dejaron sus tiempos de esplendor.

En las últimas décadas, el primer sentimiento se ha ido imponiendo sobre el segundo. Existen generaciones de jóvenes caraqueños que no conocen el centro de Caracas y que incluso se sienten tranquilos por ello, como quien ha comprado una póliza de seguros.

Por haber crecido a dos cuadras de la avenida Baralt, no pertenezco a la misma promoción de bachilleres que Eugenia Blanc. En 1997 me mudé al este de Caracas, pero por razones familiares y de trabajo me mantuve vinculado al centro. Esto tuvo que ver con que no demostrara mayor emoción por buena parte del recorrido a realizar sino por su punto final: El Calvario.

La trayectoria programada para ese sábado fue la siguiente: desayuno en la Arepera Socialista de Parque Central; hacer el circuito completo del MetroCable de San Agustín; paseo por las plazas Bolívar y San Jacinto; visita al recientemente reinaugurado parque El Calvario; y almuerzo tardío en los famosos chinos de la avenida Baralt.

Con excepción del restaurante chino, todas las escalas de nuestra ruta llevaban la marca de un territorio que había sido usurpado: por nuestra propia dejadez, por la indolencia de los gobiernos anteriores y por la alambrada ideológica que el chavismo ha construido alrededor de la pobreza, para protegerse y para atacar. El recorrido, ¿por qué no decirlo?, tenía un toque de aventura y de rescate para nosotros. Como lo tiene cualquier acto voluntario, por nimio que sea, en medio de una dictadura.

Nos llevamos el chasco de encontrar cerrada la Arepera Socialista. No trabajan los fines de semana. En cambio, desayunamos empanadas en un puesto subterráneo de Parque Central. Luego bajamos hacia la avenida Lecuna, entramos en la estación y nos montamos en el MetroCable de San Agustín. La obra beneficia al populoso barrio caraqueño al permitirle a sus habitantes llegar con un medio rápido y seguro hasta las intrincadas colinas en que se encuentran sus hogares. Cada cabina lleva inscrito un mensaje positivo: “Solidaridad”, “Patria”, “Libertad”. En medio de la fascinación por aquel portento de la tecnología, no podía dejar de pensar que el MetroCable era un sistema de transporte que conducía rápido y con seguridad a la más profunda y peligrosa miseria. Toda obra de la civilización es un documento de barbarie, afirmó Benjamin. Y al sobrevolar en cámara lenta el rizoma de aquella barriada caraqueña me sentí como un dios lánguido, como si aquella parte de la ciudad aguardase eternamente a que yo decidiera acabar con todo o volver a comenzar.

De regreso en la tierra, tomamos el Metro en dirección al Capitolio. Allí comprobamos el cierre del famoso centro joyero que fue el edificio La Francia y me imaginé al Ilustre Americano, tan francófilo, revolcándose en su tumba. Los lugares que estábamos por visitar figuran entre los incuestionables logros de Guzmán Blanco durante el septenio (1870-1877): la transformación de la Plaza Bolívar en un verdadero lugar de esparcimiento, el estilo afrancesado de los edificios de gobierno, la domesticación de la colina de El Calvario para que la ciudad se observara a sí misma.

La plaza Bolívar estaba radiante. Dos iguanas traficaban en sus pieles cuarteadas el verde de la grama. La gente las seguía, las fotografiaba y ellas se dejaban estar. Más que feliz, me sentí perdonado: un dios viajaba en ese instante por un MetroCable sideral y nos daba otra oportunidad.

Cuando llegamos a la plaza San Jacinto, toda la belleza acumulada se pudrió a la velocidad de un container de PDVAL. Un cohete inmenso, cuya punta rozaba el cielo, se plantaba en medio de la plaza, como una broma descomunal. Sus partes alternaban el color rojo y el negro y no era precisamente la imagen de Stendhal sino la del Führer la que me venía a la cabeza. Ya había leído en prensa sobre el monumento que el chavismo había erigido en ese sitio para conmemorar el Bicentenario de nuestra Independencia. Pero ninguna imagen, ningún comentario, prepara para la contemplación en directo de semejante cosa.

Durante varios minutos, dimos vueltas alrededor del cohete, de ese mojón intergaláctico que es la mejor representación del sinsentido que nos gobierna desde hace más de diez años. ¿Para qué?, me preguntaba yo, viendo, como un primate de Odisea al espacio: 2021, aquella celebración de la bastedad. Y en mi pregunta abarcaba el cohete, aquel paseo sabatino y la propia independencia de Venezuela.

Rogué para que continuáramos camino y así llegamos a las escalinatas de El Calvario. Eran las doce en punto del mediodía y nos montamos en el último camión que remonta la colina hacia el parque en el turno de la mañana.

El Calvario debe su nombre al Obispo Diego Antonio Diez de Madronero, un verdadero “maniático de la fe”. El Obispo, según cuenta Aquiles Nazoa, le impuso a las calles y esquinas de la ciudad que no contaban con un nombre una nomenclatura tomada por entero del santoral y el martirologio católico. Es gracioso imaginar cómo se fijaba un encuentro en la Caracas de 1757 (año de la llegada del Obispo) con calles y esquinas llamadas “Presentación del niño Jesús en el templo”, “Desierto y transfiguración del Señor” o “El juicio Universal”. En este sentido, resulta lógico que para llegar a El Calvario hubiera que pasar por la “Calle de la Amargura”, su principal via de acceso.

No obstante, en Caracas los nombres de las calles y las esquinas sólo tienen un papel nominal. Esta aparente perogrullada revela su sentido en el hecho de que los caraqueños suelen desconocer el verdadero nombre de los lugares de su ciudad. Citarnos con alguien en la plaza Isabel La Católica o en la avenida José Martí puede ser un valioso mecanismo de fuga, si no queremos encontrarnos con alguien en la plaza La Castellana o en la avenida principal de Las Mercedes. A este hecho se suma la relación eufemística que Caracas ha establecido con sus zonas constitutivas. Pocos sectores más bulliciosos que El Silencio o más infernales que El Paraíso. De igual forma, El Calvario cumplió durante más de un siglo con esta pauta. A despecho de su nombre, El Calvario fue uno de los remansos físicos y espirituales más importantes de Caracas, uno de los pocos espacios urbanos donde el afán de progreso y el buen gusto se dieron la mano.

Desde su creación en la década de 1870, se tuvo conciencia del lugar privilegiado que ocupaba El Calvario. Por esto, Guzmán Blanco, nuestro dandy presidencial, hizo colocar una estatua suya para contemplar la totalidad del valle y ser a su vez contemplado. Y por la misma razón, en 1875 Miguel Tejera escoge la perspectiva que brinda aquella colina del suplicio para ofrecer una vista panorámica de Caracas y de los logros de la administración guzmancista: “Con el objeto de hacer de este lugar triste y nada agradable, un punto de recreo y utilidad públicas, el actual presidente ha hecho construir anchos y espaciosos caminos de suavísima pendiente, que partiendo de diversos lugares se cortan entre sí y ofrecen cómodo acceso á los vehículos de ruedas y á aquellas personas que, ya á pié ó á caballo, van á gozar de la hermosa perspectiva que desde la planicie que se ha hecho en la cima de este cerro, se ofrece á la mirada del espectador”.

La referencia de Tejera la recoge Graziano Gasparini en su libro Caracas. La ciudad colonial y guzmancista, editado en 1967 con motivo del Cuatricentenario de la fundación de Caracas. Gasparini actualiza el perfil histórico de su libro con fotografías “contemporáneas” de las obras del guzmancismo que aún permanecen. Entre ellas está El Calvario y Gasparini comenta: “Hoy el Calvario sigue siendo un lugar tranquilo y apacible. La estatua de Guzmán Blanco ha desaparecido, sin embargo, permanecen las huellas de su época y, sobre todo, el parque”. De esta afirmación pueden dar fe mi madre y mis tíos, quienes paseaban por El Calvario de la mano de mi abuelo Samuel, precisamente por esas fechas.

Sin embargo, para los que nacimos en la década del 80, El Calvario era un espacio clausurado. La desidia gubernamental lo había cedido, por esos mecanismos de compensación involuntarios que tiene el poder, a todos aquellos que precisamente quedaron al margen del país: delincuentes, drogadictos e indigentes. ¿En qué momento se jodió El Calvario? ¿En qué momento aceptó con mansedumbre convertirse en su nombre?

En Caracas física y espiritual Aquiles Nazoa incluye un poema dedicado a El Calvario:

Oh paseo del viejo Calvario,
expresión de un romántico ayer
con tu iglesia de libro primario
y tus monos que nadie va a ver.

Otro tiempo animado escenario
de pícnis que ya no han de volver,
vino un vulgo ramplón y gregario
y te echó para siempre a perder.

En la pobre Caracas de ahora
que sus viejos encantos ignora
casi nadie se acuerda de ti,

salvo algún trasnochado estudiante
o uno que otro furtivo viandante
al que salvas de hacerse pipí.

El problema es que el libro de Nazoa fue publicado en 1967, el mismo año en que sale la primera versión del libro de Gasparini, en la misma época de los paseos de mi madre y mis tíos. ¿A quién creerle? Con amplitud salomónica, quiero creer en los dos puntos de vista. Como con las personas amadas, los lugares que llevamos clavados en el centro, o en el corazón, o en el centro del corazón, siempre nos gratifican, aunque nada nos den, o siempre nos defraudan, aunque no podamos reclamarles nada.

A pesar de lo atractivo de esta hipótesis sentimental, los acontecimientos de ese día me inclinan por una interpretación fantástica o filosófica. Después de recorrer, emocionados, esa versión remozada del Calvario, terminamos en los chinos de la Baralt. Nos dispersamos para descansar durante la tarde y nos volvimos a reunir a las 7 de la noche en el Centro Cultural Chacao. Organizamos un foro sobre arquitectura, literatura y ciudad y toda la travesía previa fue una calistenia urbana. Los invitados, Guillermo Barrios, Federico Vegas y William Niño hicieron lo que saben hacer: transformar al público asistente, en su mayoría caraqueños, en turistas de su propio terruño.

La intervención de Federico fue el punto infinitesimal de la jornada. Contó con entusiasmo cómo él, William y una amiga habían estado ese día transitando por diversos lugares de Caracas. El clímax del recorrido fue la visita que hicieron al parque El Calvario al mediodía. La fascinación de aquellos otros exploradores fue idéntica a la nuestra. ¿Por qué no nos encontramos en el camino? Era realmente imposible aquel desencuentro y sin embargo así sucedió. Como si la ciudad se entregara simultáneamente a todos sus amantes y les brindara la ilusión de una preferente intimidad.

La única explicación la encontré adaptando la anciana imagen de Pascal: Caracas es una ciudad cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.

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Fotografías: Garcilaso Pumar

Rodrigo Blanco Calderón 

Comentarios (21)

Ana García Julio
19 de Julio, 2010

Una justa, razonada y amable vindicación del territorio donde comenzó nuestra ciudad… Excelente.

Diego Baptista
19 de Julio, 2010

Hola Rodrigo! Haces bien en tener una “amplitud salomónica” con respecto a los relatos de Gasparini y la poesía de Nazoa. Porque existían ambas realidades en El Calvario de la Caracas cuatricentenaria. Mi papá acostumbraba a llevarnos, a mis hermanas y a mí, a ese hermoso paseo con el fin de practicar su hobby de la fotografía. Ya El Calvario se encontraba abandonado por los gobiernos y te encontabas con sus jardines descuidados, con paredes rayadas con pintas entre religiosas y políticas, tropezarte con algún borrachito indigente y sentor el rancio hedor del orine. Sin embargo, todavía se podía, perfectamente, pasear por sus veredas sin la angustia de ser víctima de la delincuencia. A pesar de la falta de mantenimiento, era mágico pasear en el parque porque tenía un aura de plácida ruina. Celebro que lo hayan rescatado. Esta entre mis planes de futuro inmediato realizar la visita guiada para rememorar viejos tiempos.

Kira Kariakin
19 de Julio, 2010

Siempre ocurre así con los territorios. Muchos nos negamos a explorar otros. Recuerdo mi asombro hace unos veinte años si alguien me comentaba que nunca se había montado en un carrito o unos 10 atrás cuando otra me dijo que jamás se había montado en el metro pero que conocía todos los palmos del de Nva York, y ni se diga si alguien me comentaba que no había ido nunca a la Plaza Bolívar. Pero así también un día me sorprendió una arquitecta cuando me contó que jamás había estado hacia el sureste, Los Naranjos, Pza Las Américas, etc… Y así también cuando un señor en San Fernando me dijo que nunca había visto el mar y uno, costeño no se imagina vivir sin una playa y piensa que Venezuela como país caribeño está determinada por su mar… A uno lo condicionan sus paisajes inmediatos… creo que esa visión que tenemos desde los fragmentos hace tan complicado entender qué nos pasa como país. Muy buena esta crónica y me hizo reflexionar algo más al respecto. Saludos.

krina
19 de Julio, 2010

ciudad, ciudad… esa fascinación ilimitada en que cada quien cabe a su manera en la realidad y en la ficción. Qué buen post, Rodrigo. Esto ni siquiera parece turismo, sino incursión territorial clandestina

DANIEL CHALBAUD LANGE
19 de Julio, 2010

Me hizo recordar la década de mi ninéz en Los Rosales cuando mi papá al tener que ir al centro decía: voy a Caracas. Los Rosales era mi Caracas, con su tranvía hacia El Valle y las inesperadas visitas de Isidoro y su coche. Que lejos me quedaba el colegio Fry Luís de León y elcerro de La Charnecapara imaginar ver desde los alto los juegos en el estadio Cervecería de Caracas. La agitada rutina del diario quehacer hoy nos niega el conocimiento y laidentidad con nuestra ciudad. Ampliando el tema me atrevo a preguntar cuántos de los jóvenes adultos y niños que viven en la populosa Caracas han visto viva o vivo,si,del verbo ver, una gallina, un burro,una vaca, un pez, un chiguire o una lapa. Muertas si,en las bodegas,supermercados o putrefactas en las bolsas de Pudreval; pero vivas,en la Televisión o por Internet.

Freddy Padrón
19 de Julio, 2010

Hay algo de paradójico en el centro de Caracas que es su condición de refugio en medio del caos, de la bulla, la basura y el gentío. El calvario, hoy, es el mejor ejemplo, pero están la casa de la Fundación Mendoza, el museo Sacro, Los silentes pasillos de la sede la Academia de la historia, los viejos templos católicos…(A veces voy al centro para relajarme, quizas del mismo modo en que en medio de la oscuridad, en contraste, vemos mejor el mapa celeste. Lamento profundamente que la delincuencia haga imposible (al menos que se recurra a la audacia), dejar registro fotográfico de tales excursiones.

Rondón
19 de Julio, 2010

Soy del suroeste de la ciudad. Ya en los ochenta, yo de niño, el centro lo veía como el caos. Si, el centro como caos. Pero allí compraba mi ropa y mis útiles escolares. Luego me tocó trabajar por allí. Lo tuve que atravesar muchas veces en la noche. Tomar “camioneticas” en la Esquina del metropolitano, presenciar su decadencia, de la cual yo no era de sus primeros testigos. Luego vino la mudanza, el pasar del oeste al este.Y ya dejar de visitarlo sino sólo por estricta necesidad. Añoro la posibilidad de caminar por allí libre de preocupaciones. Buena crónica.

radiobcn
19 de Julio, 2010

Hay tanta razón en tu texto. Nací en Maracaibo, pero recuerdo que cuando fui a por primera vez a Caracas era mas niña y me recorrí muchos lugares del Oeste, la segunda vez que fui no me atrevía ni a tocarlo, solo por extrema necesidad. Es una pena, pero nuestra historia se la comen los malandros y demás personajes típicos de las ciudades venezolanas.

Sí Luis
19 de Julio, 2010

Hace apenas unos 12 años, decidí llevar a mi hijo al centro de Caracas, para que no fuese de los jovenes que creen que Caracas es sólo el CCT o La Tahona. El centro de la ciudad es caótico y hasta casualmente peligroso en ciertas esquinas como la de Peligro, Desamparados ó El Muerto. Lo cierto es que le hice recorrer el San José de mi niñez y, logicamente los monumentos y edificios del casco. Hoy en día , apenas hace doce años, es invitado frecuente a las sesiones de una de las Academias; y , el suscrito, cuando tiene chance, visita la Esquina del Chorro con la única finalidad de tomar una bebida en vias de extinción: chicha andina del carrito.

Maigli Velásquez B.
19 de Julio, 2010

Me siento feliz al leer este post. Así, sencillamente feliz. Cuando me mudé acá, hace seis años, sentía que esta ciudad, a la que había venido a ver de raticos como quien va a ver los leones en el zoológico, estaba a punto de tragarme. Apenas me di cuenta, comprendí que estaba viviendo ahora en la misma jaula del león. Ante mi terror, sólo conocía la ciudad bajo sus faldas porque mis únicos recorridos eran en Metro y donde no había una estación tampoco llegaba yo. Un día, un amigo me animó a conocer que el león no es tan fiero como lo pintan… Y me dediqué a conocerla. Hoy me siento muy afortunada. Pero, sobre todo, siento la misma dicha que sentí hace unos meses cuando llevé a un par de compañeros de Letras de la universidad a comer ensalada de frutas, arepitas fritas aliñadas con nata y juguitos, sentados en unos puff, en el suelo de madera del Café Venezuela, mientras nos atendía el Sr. Homero y mirábamos “la iglesia de libro primario” que menciona Nazoa en su soneto.

Y aun, me falta llevarlos a conocer sitios sencillamente asombrosos como por ejemplo, a tomar café en un cusucho llamado “Un grito en El Silencio” ubicado frente a la Plaza O’Leary, en pleno corazón de El Silencio, precisamente… Es que es todo poema: al entrar en él, el grito que es El Silencio de afuera se convierte en el silencio que plena “El grito” por dentro.

Sí, Caracas “la nueva” tiene lo suyo, pero “la vieja” tiene magia en su centro.

Joaquin Benitez
19 de Julio, 2010

Muy buen articulo, nacido en la Candelaria y criado en el Este, he tenido sin embargo relaciones esporadicas con el centro de Caracas, desde hace unos 17, 18 años mi esposa y yo tratamos de agradar a quienes nos visitan de otros paises (parientes, compañeros de trabajo del exterior, estudiantes de intercambio),a recorridos rapidos y algo paranoicos, al centro. He decubierto que varios de estos visitantes manejan alguna información sobre el periodo de la independencia y les llama la atención visitar algunos hitos historicos que es posible encontrar en la Caracas de las esquinas. Este sabado 17, llevamos a una joven alemana, estudiante de intercambio e hicimos un recorrido que fue desde el Panteon (estacionamos cerca), hasta la iglesia de Sta Teresa y el teatro Nacional, en 3 horas vimos bastante y la muchacha creo supo disfrutar. El comentario del Metro Cable y del Calvario me parecen bien ilustrativos y desde ya lo incluimos en agenda para probarlos antes de arriesgarnos con terceros. Gracias el articulo

Rodrigo Blanco Calderón
19 de Julio, 2010

Gracias a todos por sus comentarios. Es agradable ver como se van desprendiendo otras historias urbanas.

abrazos a todos

Jaco
20 de Julio, 2010

Mi abuelo escribió maravillado, lo que vio en Caracas cuando la visitó por primera vez: “Es cierto lo de las Casas de techos rojos, la montaña El Avila es simplemente hermosa, su clima es envidiable y su gente es muy elegante”. Cuando pienso en esto, me cuesta creer. Es lamentable el descuido de la ciudad, porque tiene el potencial para ser una ciudad espectacular. Cuando mi paranoia lo permite, trato de fotografiarla… pero el detalle es que Caracas no es sólo el Municipio Chacao.

Epa Isidoro
20 de Julio, 2010

Es tan extraño, ver las opiniones de gente ajena al Centro de Caracas dando su punto de vista de esta area de Caracas-

iba a escribir sobre algunos errores en este escrito pero me conformo con decir, guao, que diferentes somos a estos personajes del Este y los que vienen de otras partes del pais y viven en su burbuja de cristal.

Adios. y respeten mi punto de vista. (no lo vallan a borrar criaturas del este, gracias )

Doña Mar
20 de Julio, 2010

Mantengo una relación cordial con el centro de Caracas. Hay cosas que solo se ven en el centro. Sus ofertas son ilimitadas. Sin embargo, a pesar de ser una persona de 58 años, confieso que hace solo una semana me dispuse a visistar El Calvario. Para mi, lo más grato fue admirar el Arco de la Federación. Una joya!

Becky
20 de Julio, 2010

Rodrigo, excelente tu escrito. A mí sí me gusta recorrer el centro de Caracas, aunque no lo haga con mucha frecuencia. A mí me impresiona cuando escucho a algún joven decir que sólo conoce hasta Plaza Venezuela. No lo concibo. Nunca he ido a El Calvario pero se me va la vista hacia allá cuando paso por ahi y pienso “algún día vendrás”. Como decía Billo: “…es que yo quiero tanto a MÍ CARACAS…”

Diego Baptista
20 de Julio, 2010

El caos en zonas de la ciudad como el centro de Caracas, no se debe a una diferencia de clases, “criaturas” y “personajes” como parece sugerir el señor del pseudónimo “Epa Isidoro”. Es simplemente un asunto de civismo. Civismo como cultura de comportamiento ciudadano, de respeto y apego a las reglas de convivencia social. Ojo: Yo vivo en el oeste de la ciudad. Pasé un cuarto de mi vida viviendo en Catia, donde tengo muchos familiares y he podido ver el decaimiento del comportamiento ciudadano en esa zona desde la década de los sesenta hasta hoy. El caos se debe (adicionalmente a la falta de civismo de los ciudadanos), a la permisividad de los gobiernos solo con fines electoreros. Fíjense qué gran diferencia cuando se controla el buhonerismo, en aquellas zonas que se convirtieron en algún momento en áreas tomadas por la anarquía. Ya se puede andar más tranquilo en el Centro, en Sabana Grande, en el boulevard de Catia, en la redoma de Petare, y eso se debe símplemente a que están controlando la buhoneria. Sin embargo, muy esporádicamente visito esos lugares porque mis actividades no tienen vínculo con esos sitios. A menos que sea un asunto de extrema necesidad, nadie circula por donde existan altas probabilidades de ser agredido. Eso se llama sentido común e instinto de conservación, simple y llanamente.

juan mendoza
21 de Julio, 2010

gracias, por compartir tan bonita reflexion sobre esta nuestra ciudad.

Valeria Verlezza
21 de Julio, 2010

Bonita reflexión Rodrigo, haré lo posible para que llegue a la mayor cantidad de personas posibles. Gracias

Diana
24 de Julio, 2010

Como nos duele nuestra ciudad. Y sin embargo, que poco hacemos los ciudadanos por ella, por devolverle su señorio y por convertirla en un sitio donde podamos vivir con dignidad. Recomiendo seguir el plan de alcalde Ledezma Caracas 2020. Plan para reconstruir a Caracas para el 2020.

Ricardo
26 de Julio, 2010

Hola Rodrigo…. Excelente tu texto.Me hiciste volver a observar con deleite la foto de Caracas de 1897 que te envié una vez por correo y en la cual se puede ver al costado derecho las escalinatas del calvario en su plenitud. Yo diría además con respecto a nuestra mala relación con el centro de la ciudad, que no ha sído sólo por la desidia de todos los gobiernos-incluyendo al actual, sino también que por nuestra mentalidad atrofiada por lo nuevo y moderno, haga siempre que veamos a los monumentos viejos como esqueletos urbanos y no como verdaderas obras arquitectonicas. La mayoría de nosotros los caraqueños, hemos sido educados para ver al centro tal cual como lo describes tú al principio del texto… y que ironía, creo que somos el único país del mundo que decidimos que el metro cuadrado del centro de nuestra ciudad valga menos que el este y el oeste.. En la mayoría de los paises es al revés.. El centro es lo mas cuidado, lo más venerado, lo que tiene mas valor Saludos y abrazos hermano Ricardo Pacheco

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