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Artes

Lady in Black

Un relato de Israel Centeno sobre Andrés Escobar, el autogol y su fatal consecuencia

Por Israel Centeno | 4 de Julio, 2010
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Pido un trago de Caldas con cocacola y desestimo con un gesto los improperios de Pichita Karina. Se pierde algo más que una apuesta cuando la pierna débil baila sola. —¡La caballerosidad y los huevos! –me grita. No jugó mi zurda. Al menos no pensé en la jugada. La adversidad es una ejecución inapelable.

Recuerdo cuando di el remate de cabeza en el amistoso de Wembley, el balón dejó una estela curva sobre los defensas mientras el guardametas alzaba sus manos hacia el palo equivocado. Los hooligans se quedaron sin voz en las barras, marcharon por las calles del pueblo con sus estandartes. Más tarde devastarían el pub Boat Arms y saldrían a reventarle la madre y los huesos a los negros y a los indios de los suburbios. También hubo disparos al aire en las comunas de Medellín. En los bares del Envigado se brindaba por El Caballero. —Muy berraco, el hijo de puta. Me han dicho que no salga de la casa. Que no juegue dominó con los amigos.

—La cagaste. Todos saben cómo se jura en Medellín. Y me han dicho que me la han jurado sobre un puñado de cruces. Otro ron con cocacola. A la voz de Pichita Karina se suma la de Manuel Cabezón y la del Turco Truco. Me emputan los paisas.

Mientras yo alzaba la Copa Libertadores de América buscaba un punto diminuto en las tribunas. Una sonrisa presentida. Unos ojos luminosos. Fabiola estaba entre la gente de la barra, tensaba uno de los extremos de la tela tricolor: hacían bomba y la elevaban sobre sus cabezas. Ella era la gloria amortajada tras el lienzo. Se lanzó al campo, dibujó una estela impecable que la diferenció de los otros, cruzó la media cancha y tomó mi vida. La perdí en Atlanta. —No solo pierde lo berraco, sino también la hembra –suelta el Turco Truco. Repito mis gestos, quiebro la muñeca, les pinto una paloma. Me sobrecojo en la mesa. Los demás le hacen coro al Turco y me sabe a mierda. Siempre me he jugado la vida en la grama, no me la van a cobrar ahora sobre el cemento.

—¿Cuánto te pagaron? Para mí era habitual estar sembrado en un estadio y ser vapuleado por cien mil gargantas. Uno se acostumbra. Nunca sentí miedo, ni me confundieron los malabares de las piernas del delantero contrario. Hice lo correcto frente a un jugador que busca centrar la pelota. No hay mala suerte. Un hombre cumple con su rol. Me sobrepuse a la tensión que se ovala sobre una cancha. Al silencio que rompe el grito como una navaja. Al grito que corta el silencio como un bisturí. La atmósfera es un arma blanca que tasajea en forma de cuadrícula todo el campo. El delantero se adentra en mi área, cuadro mi jugada, un tercero se posiciona, el portero sale a marcar, me siento parte de una coreografía perfecta. Sé lo que vendrá: la finta, el quiebre de caderas, el gambito, pase al tercero, el chute. El balón exhala su trayectoria angular y hace gol. Pero no, porque estoy allí para trastocar la danza. Sin pensarlo, me deslizo sobre el campo. No dudo, miro a la multitud por un segundo. Fabiola trajeada de negro con la bandera tricolor pintada en ambos pómulos, se proyecta en un haz de luz, es una película. Voy contra la brisa, la luz es un negro absoluto, es Fabiola. Centrado el balón, me abro como una bailarina, deslizo mi pierna sobre la grama y le doy con el taco. He debido botar el cuero, ha debido hacer córner. Le robo la heroicidad al delantero del equipo contrario. Autogol. Los galos siempre han creído que el cielo puede venirse abajo y aplastar a los hombres. La niebla se confunde con el humo de los cigarrillos, entra al bar por los resquicios de las ventanas. Afuera la lluvia cubre el pavimento. Detonan los casquillos de la noche. Todavía hay quien sostiene que continúo siendo El Caballero. Nadie me va a quitar lo bailado. —Precisamente –acota Pichita Karina, su voz se superpone a las del Turco Truco y Manuel Cabezón. Las hojas de las puertas del bar entrechocan, al cerrar producen golpes sofocados, Fabiola se abre paso, lleva un sobretodo negro, hay majestad en ella, no viene sola, escucho el halar de carros de las armas, se corren, las balas se acuestan en las recámaras, ella es la delantero que ha cruzado media cancha y la centra, las sombras que le hacen flanco chutan. Saltan los casquillos y huele a pólvora. Me echa encima el sudario tricolor.

***

Fotografía: La tercera.com

Israel Centeno 

Comentarios (3)

José Ramírez
5 de Julio, 2010

Hace unos días, en el marco de un conversatorio fotográfico, se discutía sobre lo efectivo qu puede ser presentar la violencia a través del símbolo, en lugar de optar por el enfoque documental de registrar la realidad. El símbolo para ser más eficaz para movilizarnos psíquicamente y físicamente.

El fútbol, por su simplicidad, su concresión, nos brinda una capacidad de proyección inigualable: es un gran símbolo y allí el autogol (sobre todo ese autogol) es una alta traición, que se paga…

Soberbio Israel.

Sofía A.
5 de Julio, 2010

Aunque era muy jóven, me dolió profundamente la muerte de Escobar. Un autogol nunca será lo mismo después de él. Gracias por este relato.

Rubén Machaen
5 de Julio, 2010

Estoy de acuerdo con Sofía A. Tanto para los colombianos (futbolistas o no) como para el resto del mundo, desde la muerte de Andrés Escobar, el autogol goza de otro significado y otras consecuencias. Si bien la Colombia de aquellos tiempos no es la misma que la de hoy, la violencia sigue siendo una constante en Latinoamérica. El fútbol, como la violencia, desatan pasiones. Gran relato. Saludos.

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