Ciudad

Sobre el estelar segundo veintiuno

"Las tardes de los viernes de quincena la ciudad se siente como un globo lleno al que le siguen echando aire"

Por Héctor Torres | 29 de Junio, 2010

Y dibujaron su muñequito e´ tiza en la acera
Desorden Público

Una moto sube por la principal de Macaracuay esquivando los carros del canal rápido (1). Sobre ella, dos tipos viajan con sus trajes de invisibilidad: chaquetas, lentes oscuros y gorras. Es la segunda vez que pasan por la esquina del Centro Comercial, pero la gente no suele reparar en esos detalles.

Son las dos y cincuenta y cinco de la tarde de un viernes de quincena. La ciudad se siente como un globo lleno al que le siguen echando aire. La sensación que tendría un forastero es que la ciudad se prepara para la inminente llegada de una tempestad.

Hay que conocer esta ciudad para entender que nada es personal.

La moto con los invisibles baja de nuevo y vuelve a subir. El parrillero putea. Las señas recibidas son vagas y hay mucha gente en la calle. Las tardes de los viernes de quincena se dan las mejores pescas, pero no es para cualquier pescador. “Hay que tener bolas”, se ufanaba. Se supone que el pez (o, el pescao, como le dicen) ya debería estar saliendo del Centro Comercial. Descose la calle para armar en una misma persona las piezas sueltas recibidas por celular: gordito, moreno, alto, koala, franela azul y gorra de “los cerveceros de mibloque”.

Ese Conejo no es serio ni cuando está trabajando, le grita al compañero.

De pronto, entre la masa de gente, vio todas-las-piezas-reunidas apurando el paso hacia la parada, midiendo al metrobús que se va acercando. La moto subió hasta la redoma y se lanzó en bajada esquivando carros y peatones, hasta detenerse delante del metrobús, que terminaba de estacionarse con su elegante parsimonia de paquidermo cansado. El invisible que está de parrillero se baja y detecta al pescao a punto de subirse a la pecera. La cola estaba más o menos vacía. Una señora gorda, la víctima en cuestión, un viejo con aspecto de español y una muchacha morena con audífonos. Incorporándose a la escena, un tipo cuarentón y una nenita de unos diez años corrían para alcanzar el metrobús.

El parrillero se lanzó directo sobre el objetivo. El que manejaba quedó sobre la moto, listo para arrancar. No hubo necesidad de palabras. Con una pistola en la mano cualquiera se pone a revisar a otro sin andar con explicaciones. Comenzó una escena que todo caraqueño tiene aprendida para cuando le toque vivirla.

Está en los genes, como parte del kit de supervivencia.

El tipo buscó directo en el koala, en el bolsillo trasero izquierdo y en la media derecha del gordito. Tan abrumadora precisión le trajo a la mente la cara del cajero, con sus dientes de conejo. Coñuesumadre, murmuró para sí.

Todo se detuvo sin interrumpir el curso de esa escena. Todos miraban pero nadie estaba mirando. El viejo se encerró en su diario, la muchacha llevó la vista a donde estaba ese concierto de Oasis que salía de los audífonos, la señora clavó la mirada al piso con vehemencia y el cuarentón alcanzó a llegar a la parada y, al darse cuenta, abrazó a la niñita, tapándole la cara disimuladamente con las manos.

El resto del elenco hizo bien su rol de reparto. Todos (el conductor del metrobús, los pasajeros de los primeros asientos, la gente que caminaba por la acera) apuraron el paso, se volvieron ingrávidos, vaciaron de contenido sus pupilas, bordeando con sigilo el asunto.

Algo zumbaba en los oídos, alejando ese primer plano del resto de la escena, y sin embargo el rumor de la calle permanecía intacto en toda su composición: carros, cornetas, motos, sirenas, gente que sostenía remotas conversaciones… Todo seguía allí, en un murmullo pastoso, que se iba alejando, que iba perdiendo gravedad. Todo ese furor comprimido de viernes de quincena encontró su desahogo y estalló en una suma de mínimos orgasmos personales. La presión bajó y los que entendieron se asustaron y celebraron en secreto a la vez no haber sido los poseedores del número de ese sorteo.

La escena se siguió espesando, congelando, perdiendo vida, hasta detenerse en un fotograma, que pudo ser la instantánea que acompañaría la crónica del fin del mundo para alguien.

El gordito obedeció dócil. Sintió un frío que le apagaba las orejas. No sabía que tenía miedo pero sí sabía que no sentía rabia. No, por ahora. Sólo sentía ansiedad porque todo terminara pronto. El tipo se llevó el botín, le quitó el celular y la gorra por la sola costumbre de confundir a las víctimas, de malandrear, y caminó con aplomo en dirección a la moto.

Esa larga y repetida escena no duraría ni veinte segundos.

***

Y el tiempo cayó rodando sobre el estelar segundo veintiuno.

Resulta que el papá de la niñita era policía. La empujó hacia mí, que estaba delante de ellos, y yo la abracé duro porque sospeché qué venía. Dio dos pasos a un lado y, con las piernas abiertas y las manos agarrando duro su arma, les gritó con fuerza un ¡Quietos! que, por supuesto, los tipos ni pendiente. Ahí mismito los dejó fríos. ¡Qué bárbaro!

Hombre, que no fue así. La verdad es que el atracador se devolvía a la moto cuando se llevó el susto de su vida al ver que dos municipales le habían echado el guante a su compinche y a otro par de policías, que esperaban delante del metrobús, apuntándole con sus armas. Por mí, que los cuelguen por la polla.

Usted no pudo haber visto nada porque apenas vio esa pistolota metió la cabeza en el periódico. La verdad es que el muchacho no estaba solo. Cuando el malandro se le acercó con la pistola en la mano, se le vino por detrás el amigo del muchacho y le puso una pistola más grande en la nuca. El de la moto se fue sin esperar al compinche. Al hombre ese todavía le deben estar dando palos en la parada.

No, qué va. Yo los vi desde que llegaron. Se bajó el tipo con la pistola y calculé que el de la moto no estaría armado. Me entró una impotencia y, sin pensarlo, puse la palanca en drive y le metí chola a fondo al bús. Como el otro no esperaba ver al pana debajo de las ruedas, el gordito aprovechó y lo inmovilizó con una llave. Ahí mismo la gente se le tiró encima y le dieron hasta con los paraguas y las carteras.

***

Eran sabrosas todas las versiones. Todos, en su impotencia, se regalaron su fantasía de justicia, de redención ante tanto abuso. Pero la vida no es una película y al segundo veintiuno el tipo se montó en la moto y arrancaron.

Apenas se perdieron de vista por la principal hacia abajo, el volumen de la escena comenzó a subirse gradualmente. La gente volvió a su ritmo, a respirar y a comentar y a preguntar necedades. ¿Cuánto te tumbaron, chamo? ¿Les viste la cara? ¿La gorra era original? ¿Te guardaste el dinero frente al cajero? ¿Esos reales eran tuyos?

El gordito los miraba como quien despierta en Pekín. Como podía mirarlos el perro que bajaba por la acera, ajeno a Caracas y sus miserias. En el barullo de preguntas, en el creciente rumor de vida vuelta a su ritmo, comienzan a desfilar por su cabeza las primeras conclusiones. Ve lejos, como si fuese un borroso pasado, la fiesta que tenía esa noche. Ve lejos las birras y los cuentos del mundial. Le preocupa de forma creciente llegar a la oficina sin los siete mil bolívares que le mandaron a sacar. Y sin un tiro en una pierna, que es lo peor. Piensa en esto último y le parece tan sospechoso, que hasta él mismo duda de su inocencia. Piensa en el trámite del cuento, en la cara de los ingenieros y la de Jenny, la secretaria, cuando les cuente. Piensa en la nómina y en la mirada de los obreros.

Piensa, qué cagada, en la cara de culpable.

***

En el metrobús todo el mundo participa de las conversaciones del atraco. Todo el mundo, menos él. Él y el cuarentón que está con su niña y que se dedicó a taparle los ojos discretamente y hablarle de otras cosas. Cuando ya el tema comenzaba a morir en los pasajeros, el hombre le preguntó a la niña, que va callada viendo por la ventana con mirada melancólica. ¿Qué tienes, nena?

Que me da cosa con el muchacho, que tiene como ganas de llorar, respondió la nena.

***

Pero al rato, como casi todos los demás, cambió el tema.

*******

(1) Como ven, con sus ajustes de época, no ha perdido vigencia aquello de “Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha”

Héctor Torres  es autor, entre otras obras, del libro de crónicas "Caracas Muerde" (Ed. Punto Cero). Fundador y ex editor del portal Ficción Breve. Puedes leer más textos de Héctor en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @hectorres

Comentarios (19)

Julieta Buitrago
29 de Junio, 2010

Standing ovation para Mr. Torres… Fiel admiradora de su pluma…gracias por estos relatos J

miriam osorio
29 de Junio, 2010

Extrañaba los relatos de Hector Torres… mientras leo me doy cuenta que gran parte de mí, como el gordito, quería una herida, un fallecido, el malo muerto por el bueno…. eso hubiera sido más anecdótico y mejor para rumores, pero segurísima que todos los testigos contaron el cuento mucho más exagerado, con ese toque “amarillista” que llevamos todos por dentro aunque no lo creamos o queramos. Excelente.

Aníbal Girondo
29 de Junio, 2010

Caballero Héctor Torres, tienes la enorme virtud de hacer que los asuntos de una ciudad tan caótica como la nuestra cobre ante nuestros ojos un lado muy humano y cercano a la poesía misma. Esa manera de mirar y transformar el paisaje es propia de los mayores escritores y permíteme decirte, Héctor, que tú cuentas con esa maravillosa perspectiva. Por eso leerte es siempre una experiencia extraordinaria que hace más pura y real nuestra efímera existencia sobre el planeta y en este país nuestro. “Hay que conocer esta ciudad para entender que nada es personal.” Vaya frase para sintetizar lo que son nuestros andares y la relación con el entorno. Gracias por esta perla!!!

Aníbal Girondo

http://lecturasprovocadas.blogspot.com/

Horacio Pietri
29 de Junio, 2010

Merece un aplauso Egregio sr. Torres; se ve todos los dias y por doquier la misma escena y con los puestos de los actores cambiados, la utileria…..esos veinte segundos, la vida se nos suspende a la manera de “Matrix”, el tiempo deja de existir para envolvernos en una vision de tunel que deseamos transitar velozmente, sin que nos maten, la menor perdida posible….y alrededor la gente es como background de comiquita: muda, inerme, impotente ante lo que sucede en primer plano..los veinte segundos mas largos de la vida, sin que se vuelvan muerte.!

Knhur Carrasquel
30 de Junio, 2010

Excelente retrato de nuestra ya enraizada costumbre de no vincularnos con los otros ciudadanos a los que les toca sufrir con más dureza nuestra ciudad. El caraqueño ya no se ocupa del vecino sino para regodearse en su desgracia o para ganar alguna relevancia entre su círculo cercano, muy triste.

DANIEL CHALBAUD LANGE
30 de Junio, 2010

Excelente. No conozco al autor pero, al comenzar a leer la narración percibía que oía la voz de Andrés Eloy Blanco.

Felicitaciones.

Jorge Gómez Jiménez
30 de Junio, 2010

Lo peor de todo es lo que no está dicho, pero que respira al fondo de la crónica como el monstruo que vive agazapado bajo la cama. Lo peor de todo es lo que no dice la tristeza momentánea de la niña (y el hecho malvado de que su tristeza sea momentánea) pero que está allí, monstruoso y cierto: que por mucha sensatez que derrochemos en el optimismo, esto va para peor.

Grande, Héctor, hermano, mi abrazo.

Giovani Mendoza
1 de Julio, 2010

Qué don del verbo tienes!!!!

Yamila
1 de Julio, 2010

Wao! que bueno! Felicitaciones Hector. Quede con ganas de leer más.

Ana Méndez
2 de Julio, 2010

Al fin Hector¡¡¡¡¡ aparecian en mi muro los enlaces de Prodavinci y no llegaba el tuyo…pero ya está aquí y lo acabo de leer con mucha atención… Gracias por tu escritura honesta.

ciudadanabcn
2 de Julio, 2010

Felicidades por el escrito, es muy bueno.

Gente, pero eso no es solo cosa de caraqueños, es así en todas las ciudades con tanta población, aquí en Barcelona (España) pasa lo mismo… las personas prefieren mirar hacía otro lado cuando las cosas se complican para el de al lado. Es triste, sí.

Adriana Villanueva
2 de Julio, 2010

Gran crónica Héctor, que lamentablemente se vive día a día en Caracas y que ya los caraqueños sentimos como parte de nuestra cotidianidad.

Ninoska
2 de Julio, 2010

Excelente, como siempre retratando de una forma fresca la realidad de nuestra ciudad.

Roberto
4 de Julio, 2010

Genial crónica de nuestros tiempos, @hectorres. La ficción que uno se crea, las suposiciones detectivescas, todo eso forma parte esencial del ritual del atraco: un rasgo que ya está instalado en nuestra idiosincrasia. Excelente.

Héctor Torres
6 de Julio, 2010

Como siempre, agradezco enormemente a todos la lectura y los comentarios. A veces me parece que Caracas deberia ser otra cosa, que nuestras vidas podrían ser un poco más apacibles. Pero el desear otra vida para nuestra Caracas no impide buscar los registros estéticos de esta realidad que nos agobia. Creo que no se trata de acostumbrarnos a esta violencia como sí de experimentar con el material de la cotidianidad para producir literatura, que es lo que intento. Un afectuoso saludo a todos.

Anabel Rodríguez
7 de Julio, 2010

Como dice Beckett en Esperando a Godot hablando de la visión de los muertos de una guerra, a los que comparaba con hoja secas caídas: el problema es que uno se acostumbra. Lo que me gustó más del relato es cómo ese acostumbrarse está humanizado y de algún modo entiendo esta especie de letargo en la que los caraqueños nos hemos sumido.

honus wagner
15 de Octubre, 2010

porque dice:”Hay que conocer esta ciudad para entender que nada es personal.” eso es totalmente falso, y su contrario es lo q tiene jodido a este pais. aki lo personal esta por sobre todas las cosas, lo personal en venezuela esta por encima de la ley, la justicia, los negocios, la poliyica, la cultura, la delincuencia, los estudios, las universidades , todo y todos los venezolanos anteponen la relacion personal por encima de las cosas y esta ciudad, caracas, es asi superhyperrecontra personal

beatriz
15 de Octubre, 2010

aki? poliyica? superhyperrecontra?? diccionario honus-espanol, espanol-honus?

manuel marrufo
18 de Noviembre, 2010

Lo peor es que no pasó nada, todo el mundo siguió su vida como si nada. Y esa, una anécdota más que contar, incluso para el mismo gordito que resultó ser víctima y protagonista de la escena…

O cambiamos como sociedad o nos comemos unos a otros…

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.