Artes

El arte de no ceder

Marta Sosa reseña La última cena, de Alfredo Sainz Blanco

Por Joaquín Marta Sosa | 21 de Junio, 2010

Cada vez resulta menos frecuente encontrarnos con sorpresas admirables en el carrusel de la literatura de narración. Los tercos hechos de los últimos años, con alguna inesperada excepción, sólo nos muestran libros más o menos de encargo, sometidos al dictum de los gustos del mercado, es decir, de un hipotético lector que nadie conoce, y reincidentes en un menú temático cada vez más convencional, donde el paradigma de la novela negra o de suspense o policíaca lo rige todo. Insisto, hay casos que se desvían claramente de estas señas y lo hacen con sostenida calidad, pero no constituyen el “modelo literario”, digamos, de moda.

Con esos prejuicios por delante, abrimos La última cena, novela de Alfredo Sainz Blanco y damos con un texto que a medida que avanzamos por sus sendas va apasionándonos, tanto por sus atrevimientos como por su construcción, lenguaje e historia. Y esto es lo principal, como insistía Antonio Muñoz Molina en alguno de sus cursos, una novela que no cuente una historia es como una copa de vino que nunca tuvo vino, una pantomima, una falsificación. Esta novela, en primer lugar, cuenta una historia, que al comienzo parece que derivará por los caminos de la saga familiar, pero al final es mucho más que eso, es el relato de una tragedia que nunca termina de consumarse del todo, la de la familia Barbiam cuyos miembros van desapareciendo uno tras otro pero sin desaparecer jamás del todo, sometida a cercos y arruinamientos sin que por ello deje de mantenerse erguida, firmemente abrazada a sus raíces, sus paisajes, sus gustos, sus decisiones y hablas. No hay saga propiamente sino vida entreverada por felicidades y dolores, por angustias y fortalezas, sin nada de heroísmo de por medio. Sencillamente la vida se va enfrentando como aparece, como se puede, sin ánimo épico de ninguna especie. Es una familia más o menos acomodada, con gestos de cierto refinamiento y buen gusto, interesada en la música o en un honesto banquete vernáculo, por ejemplo. Pero que sigue siendo ella a pesar de los Comandos Revolucionarios y de las Instrucciones para Cambiar. Su épica, si es que así se la puede llamar, consiste en poner de lado el poder hasta donde puede, y en ese límite seguir siendo ella, sin claudicar a pesar de incertidumbres y temores.

La historia está situada en El Cayo, es decir, Cuba, como una manera de aludir a que los hechos que se narran y el sentido profundo de los mismos, pueden ocurrir en cualquier parte y suceder en cualquier tiempo, aunque el de esta novela parece situarse entre las décadas de los setenta y noventa del pasado siglo, ubicación temporal que deducimos de los diversos datos de la “situación revolucionaria” que van pespunteando la existencia cotidiana de los muy diversos y múltiples personajes que le dan aliento. Carmen, Daniel, Rebeca, Tomasa, Levedad, Aurora, Justo, Nayibe, así como los de un peso menor que, no obstante, paradójicamente, su importancia es grande en el curso de la historia (Zadoc, Ásthor, Sckopelos…). Destaco que el conjunto de los personajes, donde unos aparecen más que otros o con mayor nitidez y definición, o sabemos de ellos más que de otros, es, a su manera, coral. Quiero decir que todos son indispensables, que ninguno está de relleno o de paso en los acontecimientos. Son solistas de una definida masa coral. No en balde la música y la poesía cruzan de lado a lado esta novela. Y no se trata de una virtud menor.

En esta novela ocurre un sin fin de cosas, muchísimas y variadas. Desde las que se ubican en el mundo preurbano, o rural más o menos civilizado, hasta las que se despliegan en esa ciudad cuyo referente esencial es una decrépita residencia estudiantil universitaria, un sistema educativo que rebosa de convenciones y códigos que todos intentan evadir, unas bibliotecas vacías puesto que las han obligado a depositar el tesoro de sus libros en sótanos infectos, donde los estudiantes más listos proceden a apropiarse de los clásicos prohibidos por la impostura cultural, y los leen y releen y los pasan de mano en mano como una rebelión secreta. Esta es la historia que llamaríamos moderna, la que corre en paralelo con aquella que viene del fondo mestizo, religiosista, emigrante, caribeño, de hacendados, trabajadores y criados, de salones donde se preserva una cierta finura, decadente por momentos, pero libre en última instancia.

Así, esta historia moderna es la de la resistencia a un poder que “quería hacernos mejores y sólo nos hizo infelices”. Es el mundo de la generación joven que se escabulle de los dogmas, que utiliza los intersticios que inevitablemente se abren en el obeso cuerpo de un oficialismo rutinario, burocrático, sólo interesado en que no lo desplacen, permanentemente asustado ante esa posibilidad, por lo cual un sonido, un murmullo que le parezca inusual lo pone cómicamente en pie de guerra.

Es la eterna historia que Marx pasó por alto o entendió mal. En verdad, la superestructura está configurada por los guardianes de un orden devenido en represivo y reaccionario, levantado piedra a piedra en nombre del “mar de la felicidad” para distribuir miserabilismo. Mas por debajo de ella va cundiendo una auténtica estructura, la de la vida real de los ciudadanos reales, que socava la hegemonía efectiva de un ideologismo cuya cesta revienta de fracasos. Dos sociedades, pues, la del poder (“república aérea” como la llamaría Bolívar) y la cotidiana, que se levanta en brazos de las penurias y de las alegrías de la gente. La primera condenada a perecer. La segunda condenada a resistir e imponerse.

La narración fluye con tiempos y lugares que se interpenetran y compenetran, que son distintos y son los mismos. Los personajes desaparecen y reaparecen, mueren y resucitan, se decantan por la diáspora pero nunca, en verdad, han dejado de estar y de poblar habitaciones, despachos, pasillos, cenas, conversas, de los lugares habituales. En fin, una novela cuyo síntoma más poderoso de realidad es que ésta se nutre enormemente de intangibles, fantasías, fantasmagorías, mundos paralelos que, en ciertos recodos, sufren una inflexión y se encuentran. Novela que no deja de ser intensamente carnal en los deseos enunciados, pensados, realizados de hombres y mujeres. Novela que es nostálgica por lo que fue y hasta por lo que pudo ser, al mismo tiempo que nos hace evidente que a la vida de la gente, a sus sueños y ansias, no hay ejército ni imposición que logre retorcerle el cuello, que la acalle. Mandarán, sí, pero jamás obtienen rendiciones. De allí que el argumento final de ese poder autoritario es el de ir a toda velocidad en el interior de los vidrios ahumados que adornan de sombra a los carros blindados de los jefes que todavía no han caído en desgracia, por calles donde renquea un autobús, escorado porque cada una de sus cuatro ruedas tiene un diámetro distinto.

Subrayo otra virtud en La última cena. Su lenguaje tiene la levedad y transparencia de un vuelo o del correr de una fuente (metáfora recurrente en la historia), carece de pesadez, y probablemente gracias a esta característica consigue fascinar al lector, mantenerlo en vilo, con toda su atención siguiendo la danza plural de estos personajes y de sus destinos. Novela de ficción y ficticia, de verdad y realidad, al punto de que el autor nos pone en conocimiento de las severas amenazas que uno de los personajes, el tercer sobreviviente, le he hecho llegar mediante mensajes perentorios. Pero el autor corre el riesgo y publica la novela (¿la historia?) sin tocarnos con el morboso anuncio de que “está basada en hechos reales”, información que suele ser el prólogo de una digestión imposible para el lector, en tanto que esta, alimentada de la irrealidad de hechos reales y de la realidad de hechos irreales tiene la contundencia de un grito en el alma. Memorable, en este sentido, su capitulo final.

¿Cómo se puede poner un país entero en tan pocas páginas sin mencionarlo nunca? Lo dicho, a veces, cuando menos te lo esperas, te cae en las manos una novela que termina produciendo resonancias incalculables, donde la imaginación no es irreal ni ficticia, aunque sí de ficción (la célebre “verdad de la mentiras” de que nos habla Vargas Llosa), y por ello te convence, una vez más, de que, a pesar de su pesada realidad todos los gobiernos pasan mientras, pese a su tejido imaginario, en apariencia frágil, algunas novelas quedan. La última cena de Alfredo Sainz Blanco no sé si lo será, pero merece ser una de ellas por lo que tiene de fascinante e inequívoco aviso para navegantes, tejido con sus raptos de oscuridad y claridad con una escritura que semeja la lámpara de un faro.

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Alfredo Sainz Blanco
La última cena
Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2010

Joaquín Marta Sosa 

Comentarios (1)

Felix Castellanos
26 de Junio, 2010

Asomarme a la gráfica y enjundiosa reseña que nos entrega Joaquín Marta Sosa de la novela La última cena, de Alfredo Sainz Blanco, ha despertado en mí no ya el deseo sino mucha ansiedad por tenerla delante y solazarme con la apasionante historia que nos narra y que también nos envuelve.

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