Domingos de ficción

Pontiac 59

Cuento de María Celina Núñez

Por María Celina Núñez | 20 de Junio, 2010

En aquella época Mario había llegado de NY a la casa de las puertas verdes. Mario descubrió el Pontiac 59. Abandonado como estaba en el garage, yo nunca le había prestado atención. Lo primero que hizo fue una montaña con toda la basura acumulada debajo del carro y la coronó con un cráneo de gato que encontró entre los desperdicios. Le hicimos un homenaje fúnebre al gato muerto. Encendimos velas a su alrededor y escuchamos The Cramberries, que, según él, habría complacido al gato.

Las llaves del carro estaban perdidas y, como pudimos, abrimos las puertas y nos sentamos a beber y a fumar en la noche iluminada por el poste de luz y las velas. Mario trató varias veces de romper con piedras el bombillo del poste para que sólo quedaran las estrellas y las velas pero nos tuvimos que conformar.

Escuchamos el cassette varias veces y, cada vez que sonaba Salvation, Mario brindaba por el alma del gato. Cada vez con más tragos, me había convencido de que debía estar en el cielo de los gatos esa criatura. Pero el cielo es uno solo, le dije. No, hay un cielo para cada especie pero tú y yo vamos a ir a parar al cielo de los gatos. No voy a soportar los maullidos, respondí. Sí los vas a soportar porque serán maullidos celestiales.

Los cauchos del carro estaban espichados y no pudimos pasear por Caracas como nos hubiera gustado.

Yo me pasé para el asiento de atrás a jugar a que él era mi chofer. Él aceptó siempre que estuviera dispuesta a jugar un juego de acertijos. Si yo ganaba, él se iba quitando la ropa y si perdía, me la quitaba yo.

Mario tiene una inteligencia extraordinaria. No supe responder ninguno y en menos de media hora estaba totalmente desnuda.

Entonces, para desquitarme, yo hice una apuesta: ¿cuánto duraría él adelante sabiéndome desnuda atrás? Dijo que tres vueltas del cassette. Yo dije tres canciones. Resistió hasta la quinta. Los dos habíamos perdido la apuesta y debíamos cumplir una penitencia. El tendría que desnudarse, decidí yo. Yo debía bailar desnuda ante el montículo del gato. Bailé Salvation con un cigarrillo en la mano hasta que él salio desnudo del carro y me dijo: “Ven, vamos a entrar, baila para mí”. “He estado bailando para ti. Pero esta noche la casa de las puertas verdes no se cierra. Esta noche la pasamos en el Pontiac”. Mario se sentó en el capó y yo bailé para él hasta que me abrazó y me besó. Entonces nos metimos en el asiento trasero e hicimos el amor. Y nos quedamos dormidos hasta que nos despertó la luz del sol. Recogimos la ropa y entramos corriendo a la casa para que nadie nos viera. Antes de cerrar la puerta los dos tuvimos el mismo impulso: recoger el cráneo del gato. Lo pusimos en la mesa del recibo y nos metimos en la cama a fumar antes de volver a dormir.

Despertamos al mediodía y nos quedamos en la cama. Yo me paré un momento a la cocina a buscar una Coca Cola para mí y una cerveza para Mario. Estábamos como nos gustaba: desnudos, fumando y bebiendo. Así pasábamos las horas los cuatro cuando ambos estábamos casados. Marcelo y Filomena bebían tanto como Mario. La única que no lo hacía era yo y ellos se burlaban de mis Coca Colas y mis pastillas. Porque yo en esa época vivía a punta de notas de Lexotanil. En las noches me ayudaban a dormir y en el día vencían la ansiedad que siempre me ha acompañado. Los cuatro compartíamos la cama, la habitación y la marihuana. Marcelo era un artista enrollando los tabacos. Era divertido oírlo en plena nota hablando sobre Rimbaud y yo sin poder seguirlo porque en mi mente se había abierto una ventana que me llevaba derechito a un cuadro de Frida Khalo. Pero lo mejor era cuando cantábamos juntos el Magnificat de Bach. Mario era músico de formación académica y se lo sabía perfectamente y nos lo había enseñado como cuando dirigía corales antes de dejar de trabajar para ser escritor y comenzar a vivir del dinero de su suegra. Porque Mario y Filomena no trabajaban. Marcelo y yo sí. Para ellos la vida era una rumba constante de borracheras y resacas. Mario era capaz de escribir borracho así como yo escribía con mis pastillas. Nos habíamos hecho amigos porque poco después de conocernos alguien propuso que formáramos un club de traductores. Mario traducía a Carver, Marcelo a autores brasileños y yo a Roger Mais. Estaba además Raúl que también traducía del portugués pero que con el tiempo perdió interés para todos nosotros y desapareció. Filomena no pertenecía al club porque Mario, que ya empezaba a cansarse del matrimonio, se lo había prohibido. Nos reuníamos en el bar El Pacífico de San Bernardino donde había como cinco televisores inservibles montados uno sobre otro y donde también dejaban en la mesa las botellas de cerveza que íbamos consumiendo y así sacaban la cuenta al final. Mario, aunque bebía cerveza, siempre se llevaba su carterita, lo cual es un decir porque se llevaba una botella de Cheminaud que yo escondía en mi bolso, pedía un vaso de agua y ahí se servía el cheminaud. Los cuatro éramos inseparables. Yo conocí a Marcelo en un breve encuentro a la entrada de la Cinemateca porque Raúl me lo presentó. De inmediato capté su acento chileno y le dije a Raúl que me hiciera una cita con él para entrevistarlo en una investigación sobre el habla de los países latinoamericanos en la que estaba trabajando. El día de la cita Marcelo no respondió casi nada y me decía avergonzado que no lograba recordar. Era curioso oír a ese chileno diciendo que no podía recordar modismos de su país. Yo interrumpí la entrevista y nos quedamos hablando y bebiendo. Al día siguiente me invitó a ir al cine pero yo dije que no podía. Había tenido esa noche un sueño erótico con él que ya he olvidado y algo en mí, instintivamente, me había dicho que con ese hombre nada. Desaparecí durante un mes. Cuando lo llamé me invitó a salir con unos amigos a un concierto y acepté. Los amigos eran Filomena y Mario. El concierto lo daba un grupo humorístico y Mario, que además de buen músico y buen escritor, era buen fotógrafo, se movía en la oscuridad de la sala tomando fotos del performance. De repente, en pleno concierto se oyó un estruendo: en medio de la oscuridad Mario se había apoyado en una cortina y había caído escenario abajo. La sala estalló en carcajadas y Filomena dijo “Ay, Mario”. Pero más nos reímos cuando emergió de la nada y siguió disparando la cámara como si tal cosa. Esa fue la primera vez que vi a Mario.

Mario dijo que había que comer. Su lema era que no se podía beber sin comer. El cocinaría como siempre. Una buena pasta, dijo. Lo que significaba que yo, como siempre, tendría que rayar la zanahoria. Pero primero otra cerveza y otra Coca Cola. Los cigarrillos estaban por acabarse. Quedaban exactamente uno para cada uno. En la casa de al lado tenían en el garage una venta de refrescos y chucherías. Allí vendían cigarrillos. ¿Quién los iría a comprar? Estábamos muy cómodos echados en la cama. Además, para salir había que vestirse. Mario dijo que él iría sin necesidad de vestirse demasiado. Agarró la bata de baño que Marcelo en la mudanza había dejado olvidada y se la puso. Se ató los zapatos de goma porque tú sabes que no hay nada más peligroso que se le enreden a uno las trenzas de los zapatos y salió así a la calle a las dos de la tarde. Vengo volando, dijo. Pero no llegaba. Al otro lado de la casa había un colegio y los niños habían salido de clases. Mario estuvo en ese tumulto pidiendo cigarrillos pero el vendedor estaba muy ocupado con los niños que no paraban de pedir cosas y que empezaron a reírse cuando vieron a ese señor en vestido y zapatos de goma. Mario, que no se deja vencer fácilmente pero que no soportó lo burla, decidió cruzar la calle hasta la licorería que estaba casi enfrente y consiguió los cigarrillos. Si quieres te afeito las piernas, mi amor, le gritó un borracho desde su esquina.

Cuando Mario abrió la puerta yo accioné la cámara. Después nos reiríamos de aquella foto pegada en la pared del estudio que mostraba a un hombre de 1,80 de alto con una bata azul que le llegaba a las rodillas y unas cajas de cigarros en una mano y en la otra las llaves y una bolsa con cervezas y Coca Colas.

Yo guardé las bebidas en la nevera y nos instalamos nuevamente en la cama. Mario se quitó los zapatos pero se dejó la bata puesta. Qué buen gusto tiene Marcelo, decía. Esta bata es de la mejor calidad. Toca la tela. Te queda casi como una minifalda, Marcelo es más bajo que tú.

Yo encendí dos cigarrillos y le pasé uno a Mario. En eso sonó el teléfono. Atendí. Era Ana María y se la pasé a Mario. Yo no conocía a Ana María sino en fotos. Pero Mario había estado locamente enamorado de ella y el aguijón había dejado su huella. La llamada me molestó. Y sobre todo la alegría en la voz de Mario. Me arrellané en la cama, tomé un sorbo de Coca Cola y seguí fumando. Hacían una cita. Pero Ana María nunca había pasado de un par de besos con él. ¿Besos esta noche? ¿Y nuestra monogamia de vacaciones qué?

Decidí defenderme. Me levanté y puse el cassette de The cramberries a todo volumen. Pero Maríuska, no oigo nada. Y yo en el estudio. Mario viene. Maríuska no oigo nada, bájale el volumen. Vete a hablar a los teléfonos públicos de la esquina. Total: ya estás vestido. Baja la música por favor. No la bajo. Y agarré el reproductor. El lo desenchufó y fue al teléfono. Yo lo volví a enchufar y la música siguió.

Vi a Mario colgar el teléfono e ir al cuarto bravo. Al rato yo fui tras él a buscar cigarros y él me dijo: estos los compré yo. Si quieres fumar, sal a la calle. Bueno pero dame la bata. La bata es de Marcelo que es amigo mío y se la voy a llevar cuando vaya a verlo. La bata es de Marcelo que todavía es mi esposo. Y sabes que Marcelo no te quiere ver desde que se enteró de lo nuestro. Así que o me das una caja de cigarrillos o me das la bata. Se quitó la bata de mala gana y me la dio. Yo me puse los zapatos chinos y salí a la calle. Cuando abrí la puerta de regreso me aturdió un flash. Entonces nos echamos a reír. Mario agarró una de las flores que estaba en la mesa del cráneo de gato y me la dio. No voy a salir con Ana María. Me invitó y le dije que no podía porque hoy vamos a salir a bailar. Quítate los zapatos. Me los quité. Ven acá dijo halándome el lazo del cinturón y deshaciendo el nudo. Me quitó la bata y me abrazó. Yo me empiné como siempre que nos abrazábamos. Nos besamos y caminamos hasta la cama y nos echamos uno sobre el otro. Gata celosa. Le di puñetazos en el pecho. Y tú, cuando me llama Manuel. Ese Manuel es un bolsas. Bueno llevemos la fiesta en paz. Nos dimos un beso largo y acomodamos las almohadas para quedar sentados en la cama. Esto ya se calentó. Se fue con las dos latas tibias y volvió con dos heladas. Espérame, le dije. Preparé un plato grande de la vajilla de mi abuela y le puse jamón, queso, aceitunas y aceite de oliva por encima. Corté unas ruedas de pan y listo. Para el cuarto. Maravilla, Maríuska, Maravilla. Ya va siendo hora de comer. Son casi las cuatro. Cocinamos después. Hoy no se cocina, dice Mario. Eso sí es una maravilla dice Maríuska. Mario agarra una lonja de jamón, la enrolla y se la da a Maríuska en la boca para que muerda mientras él muerde por el otro lado. Se besan con sabor a aceite de oliva. Maríuska se mete un pedazo de queso en la boca y espera a que Mario venga por él. Las caras se van llenando de aceite de oliva. Mario dice que tiene una idea y se levanta. Voltéate. Maríuska obedece. Mario mete la mano mojada de aceite de oliva entre las piernas de ella y le acaricia en clítoris. Anda goza mi amor. Hazme gozar. Con la mano empapada en aceite le recorre toda la vulva y le mete los dedos en la vagina. Dame un orgasmo. Házmelo. Dame un orgasmo Maríuska. Házmelo. Dame rico y házmelo. Mario se acuesta sobre ella sin retirar la mano y le dice que le gusta. Eres la mujer más sabrosa del mundo. Hoy nos olvidamos de la cocina de allá afuera. Yo quiero tu cocina. Anda dame tu cangrejito. Y Maríuska gime y mueve las caderas. Dame más. Le mete la lengua en la oreja y le dice: cuando acabes me lo vas a mamar así bien rico con aceite. Este es el mejor aceite de oliva que yo he probado en mi vida. Ya casi, anda mi amor, ya casi, anda vente, casi, casi…. Mario siente a Mariuska temblando debajo de él. La toma por el pelo y le voltea la cabeza para besarla en la boca. Se muerden. Muérdeme duro Mario y Mario muerde hasta que Maríuska grita y se retira con una gota de sangre en el labio. Mario la lame. Te gusta el dolor, ¿no? Me encanta. Contigo todo me encanta. Te lo voy a mamar con sangre. No, hoy no, tengo una idea mejor y le acaricia el ano. Quiero tu culo. Chupártelo con el aceite y después metértelo. Maríuska se pone en cuatro patas y Mario le echa aceite en el ano, se lo restriega y le mete dos dedos. Maríuska dice rico, que me duela un poquito, así, así. Sodomízame. Mario respira cada vez más profundo. Se masturba un momento con el aceite y la penetra. Maríuska grita y él le dice te voy a hacer gritar más.

Ahora están abrazados, besándose sudorosos con los corazones aún acelerados y la respiración jadeante. Mario dice eres una maravilla. Maríuska lo besa y le dice ya oscureció. Él enciende dos cigarrillos y le pasa uno a ella. Voy por un trago (se refiere al ron que siempre toma de noche, seco) y por una Coca Cola para ti.

¿Recuerdas aquella vez que anotamos en una servilleta en un bar las cosas que unían a las parejas y los dos pusimos en primer lugar el sexo? Sí y después tú perdiste la servilleta. Te empeñaste en llevártela para NY. En aquella época yo me moría por acostarme contigo pero era imposible. Quién iba a decir que esto iba a pasar entre nosotros. Bueno, Mario, nuestros matrimonios se fueron a la basura y eso era lo que nos separaba. Voy a buscar una hoja de la computadora dice Mario. Maldición, no encuentro una maldita pluma. No te enrolles, trae los lápices de dibujo. Genial. Mario llegó con una mirada a lo Leonardo Da Vinci. Este día tiene que dejar una huella, te voy a dibujar. Maríuska se incorporó en la cama. De perfil, dijo él. Así con el cabello tan corto pareces un muchacho. Así, no te muevas. El cigarro, ahora el cigarro. Chúpalo con ganas. ¿Lo chupo como una mujer o como un muchacho? Gran pregunta, bella. ¿En qué estabas pensando cuando te cogía? En que por momentos te hubiera gustado que fuera un varón. Entonces chupa como un varón. Hoy sodomicé a un muchacho. Después tenemos que pensar qué vamos a hacer con el cráneo del gato. Ya sé, dijo Mariuska. El que sea más fuerte a la hora de la separación, se lo queda como un trofeo. Genial, bella. Pero no vamos a pensar en el final. Hoy hacemos el amor, bebemos, comemos, fumamos, bailamos y nos queremos, todo con un poco de felicidad. ¿Y no vamos a bailar? Mañana. Hoy pasamos de nuevo la noche en el Pontiac.

María Celina Núñez 

Comentarios (3)

Julieta Buitrago
20 de Junio, 2010

Gracias por ese paseo “on the wild side”… muy bukowski!!! Me encantó J

adalberto caballero
20 de Junio, 2010

Excelente cuento. Hacía tiempo no sabíamos nada de María Celina Núñez. Nos alegra que haya estado trabajando en la oscuridad. Gran narradora de bajo perfil.

graciela bonnet
7 de Julio, 2010

Me encanta esta escritora (y buena amiga). Y si, aunque no esté publicando sé que no ha dejado de escribir nunca.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.