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Actualidad

Alí, Mike Tyson, Oscar Wilde y el Inca Valero

Federico Vegas: la vida de los boxeadores como metáfora

Por Federico Vegas | 26 de Mayo, 2010
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Me apasiona tanto el boxeo que de niño soñaba con tener una nariz partida y esas cejas que los golpes van dejando lampiñas, protuberantes. Le tengo terror a una pelea callejera, especialmente si es de noche y la acera está mojada, pero en un ring, con guantes de 16 onzas, protector bucal y un réferi compasivo, podría haber sido bastante valiente.

El boxeo era una tradición familiar. Yo nací en el 50 y entre mis primeros recuerdos está Rocky Marciano avanzando sin dar tregua. Ya adolescente, había más gente en mi casa para ver una pelea que en un 24 de diciembre. A mi padre le dio una taquicardia en uno de los últimos combates de Lumumba Estaba. Sobraban los motivos: el espectáculo de aquel viejo boxeador criollo, campeón en el ocaso de los ocasos, que se mantenía en pie gracias a artimañas y piruetas, era en verdad un suplicio angustioso. Después de esa pelea, mi padre juró, mientras se medía la tensión, no ver más combates. No sería un juramento tan exigente: pronto Lumumba perdió el título y el boxeo comenzó a pasar de moda.

Hay dos historias que van de los inicios a la gloria de un boxeador. La primera me la contó Alberto Feo. Alberto compitió como nadador en las Olimpíadas de Roma. Era el menor de la delegación en edad y en tamaño. Su compañero de habitación resultó ser el más grande, un aparatoso semipesado que compensaba sus músculos de leñador con una mentalidad de niño. Alberto cuenta que su amigo estaba muy contento porque en el sorteo le había tocado “un negrito maricón” para su primer combate. Lo describió como un flaco que daba saltos por el ring mientras le colgaban los guantes.

Alberto era menor de edad y no pudo ir al Coliseo de Roma a ver pelear a su compatriota. Esa noche estuvo despierto en los dormitorios hasta que llegó la delegación venezolana. No vio en el grupo a su amigo y preguntó dónde estaba. Le dijeron que en el hospital con una fractura de mandíbula. Al día siguiente lo fue a visitar y lo encontró vendado como un doberman cuando le operan las orejas. Sólo podía tomar líquidos con un pitillo y explicó qué sucedió en el ring sin separar los dientes:

—El tipo estaba dando sus brinquitos y, cuando ya lo tenía bien medido, ¡zass!, le salió un golpe de suerte.

—¿Y cómo se llama el negro —preguntó Alberto.

—Algo así como Casio.

En la segunda historia ya Cassius Clay es Mohamed Alí y ha venido a Caracas como atracción en el ringside para la pelea entre George Foreman y Ken Norton. Cuentan que a Aldemaro Romero, el organizador del evento en el Poliedro, lo llamó la mafia para establecer cuántos rounds duraría la pelea. Aldemaro se negó a negociar y el combate duró sólo un par de rounds. Con una pelea tan corta, no hubo tiempo de pasar suficientes comerciales en la televisión y Aldemaro perdió muchísimo dinero.

El amigo que relata la segunda historia tenía alquilada una casa en el casco colonial de El Hatillo, y esa misma noche organizó una fiesta para ver la pelea. Invitó a la más bella de sus amigas, quien le dijo que no podría ir pues estaba encargada de las relaciones públicas de un evento de Aldemaro. A las once de la noche telefoneó la bella dama contando que el evento había terminado muy temprano y sí podría llegar a la fiesta. Pero había un problema:

—Me encargaron que me ocupara de Mohamed Alí. ¿Podría llevarlo a tu casa?

—¡Por supuesto! —exclamó mi amigo.

—Y perdona el abuso, pero también tendré que colear al que cuida a Alí.

—¿El hombre que cuida a Alí?…. ¡Mejor todavía!

Poco después llegó el trío al pueblo de El Hatillo. Cuenta mi amigo que Alí tenía la estampa de un héroe, “con el encanto de David y la fortaleza de Goliath”, pero, frente al George Foreman que acababa de comerse vivo a Ken Norton, ya Alí lucía como una leyenda del pasado.

Atrás venía el guardaespaldas, un cubano pequeño y flacuchento de zapatos blancos, guayabera blanca y sombrero Panamá. Mi amigo no le quitaba los ojos de encima. Con el tercer trago le preguntó:

—¿Qué tipo de artes marciales practica usted?

—¿Artes marciales? Yo el único deporte que practico es ping pong.

—Pero… ¿usted no es el guardaespaldas de Mohamed Alí?

—No chico, yo lo que soy es el abogado.

Esa noche Alí la pasaría muy bien. Necesitaba recuperarse de su impresión ante el monstruo que lo esperaba si pretendía volver a ser campeón mundial. Tarde en la noche, la bella amiga le confesó al anfitrión que el boxeador la estaba pretendiendo, “y con bastante insistencia”. Mi amigo fue enfático:

—¡Ahora mismo y en mi cama! ¡Qué tremendo honor!

Lo que quedaba de fiesta se organizó en función de aquel coito memorable. Los pocos invitados que quedaban esperaron en el salón, como los cortesanos que aguardan a que un príncipe y una princesa consoliden la unión de dos reinos.

Ya con la primera luz de la madrugada, mi amigo llevaría al trío al hotel Tamanaco. El atleta iba con su amor en el asiento de atrás, cantando un espiritual que acompañaba dando palmadas con unas manos inmensas y felices.

Mi amigo asegura que aquel lance sería el inicio de la recuperación espiritual que permitiría a Alí vencer a Foreman en el inolvidable “Alí Bomayé” de Zaire. Ese combate fue tan mitológico, tan cinematográfico, que terminó siendo más final que principio. Alí no sólo ha sido el mejor en la historia del boxeo, también terminó siendo su enterrador.

De pronto, no había nadie con quien compartir mi pasión. Hablar de boxeo era de mal gusto, y ver una pelea podía ser tan íntimo y apartado como ver un porno. Voy a dar un ejemplo de mi soledad y desvaríos.

Una tarde había gente en mi casa. Fue un almuerzo que por el exceso de comida y vino, y un par de invitadas jungianas demasiado intensas, se puso más lloroso y socrático que alegre. Una de las dos damas decidió que tenía que invitar al único genio que la comprendía y le permitía desahogarse: León Febres Cordero. No se trata del expresidente de Ecuador, sino de un dramaturgo experto en Oscar Wilde y teatro griego que escribió un monólogo titulado El último minotauro. Personaje que tampoco es un minotauro, como se explica al inicio del monólogo:

Yo no soy un Minotauro, menos aún el Minotauro. Yo sólo me presto al juego, a hacer de, a pretender. Soy, ahora mismo, sobre este escenario, un burócrata cualquiera, un impostor.

Así como el anfitrión de El Hatillo quería conocer a Alí y a su protector, yo esperaba conocer y caerle en gracia al dramaturgo. Era en verdad un tipo exquisito que llegó, saludó y se sentó sin doblar jamás el torso. Tenía, como el abogado cubano, una marcada preferencia por la ropa blanca, pero con un aire más monacal que tropical. Lo noté algo indispuesto con el estado lamentable de aquel almuerzo convertido en histéricas confesiones femeninas. Fue entonces que, de todos los temas posibles, esgrimí el menos adecuado para la ocasión: hablé de boxeo.

Eran los tiempos sombríos de Mike Tyson, una máquina de lanzar uppercuts más letal que una sierra eléctrica, y lo más alejado que podía concebirse de la alegre poesía corporal de Mohamed Alí. Además venía de arrancarle con un mordisco media oreja a Evander Holyfield y escupirla en pleno ring. A partir de este acto de canibalismo comencé mi disertación frente al creador del minotauro burócrata:

—¿A ti no te parece que hay un cierto parecido entre Mike Tyson y Oscar Wilde?

Fue un corrientazo. El dramaturgo nunca estuvo dispuesto a escuchar mi incipiente teoría. Simplemente puso cara de asco y pidió un taxi (parte de su encanto es que se negaba a manejar). Como el taxi tardaba en llegar estuvo mirando el techo con estoicismo mientras  yo lo atormentaba con mis primeros argumentos:

—Tanto Oscar Wilde como Mike Tyson violaron los códigos del octavo Marqués de Queensberry. Tyson por violar una de sus reglas del boxeo y Wilde por refocilarse pública y notoriamente con Lord Alfred Douglas, el hijo del Marqués.

Y otra semejanza:

—A Tyson le pagaban para que diera espectáculo con su violencia, hasta que la llevó a límites inaceptables con su mordisco. A Wilde le celebraban sus irreverencias, sus transgresiones, su exploración de los límites, hasta que los sobrepasó demandando al Marqués por haberlo acusado de ser un pervertido.

Apenas llegó el taxi, huyó el dramaturgo mientras su discípula dormía placidamente en un sofá, indiferente a mi humillación y confusión. Sentí que era un ordinario frente a las propuestas sublimes de aquel innovador de la tragedia griega y del arquetipo de un Minotauro ramplón.

Unos diez años después me llevé una redentora sorpresa al ver el documental titulado Tyson. Un hombre de 42 años llora al recordar a Cus D´Amato, el entrenador que lo sacó del reformatorio cuando tenía trece años, una madre prostituta, un padre desconocido y crisis de asma en las violentas calles del Bronx. Tyson cuenta que hizo cosas malas a varias mujeres, pero que nunca violó a Desiree Washington, la joven cuya denuncia lo llevó a la cárcel. El campeón tuvo una docena de mansiones, más de 130 automóviles lujosos y liquidó una fortuna de 300 millones de dólares. Después de narrar su vida termina diciendo:

—Es un milagro que haya llegado vivo a los 40,  pero fui viejo demasiado pronto y listo demasiado tarde.

Recordé una vez más mi intento de paralelismo, porque en 1897 Oscar Wilde ya había pasado dos años preso y también había perdido familia, fortuna y amigos. Al salir de la cárcel de Reading, escribió La Balada de Reading Gaol para denunciar a las cárceles inglesas y a todas las prisiones del mundo:

Cada prisión que los hombres construyen está hecha con los ladrillos de la vergüenza y cercada por barrotes, no sea que Cristo pueda observar cómo los hombres mutilan a sus hermanos.

Lo que no me esperaba es que al final del documental iba a aparecer el propio Tyson, “el campeón más brutal en la historia de los pesados, dentro y fuera del ring”, recitando con su tatuaje maorí en el rostro el final de la balada de Oscar Wilde:

Y todos matan lo que aman, que todos oigan esto; algunos lo hacen con mirada torva, otros con la palabra halagadora, el cobarde lo hace con un beso, ¡con la espada el valiente!

Después de la presentación del documental en Cannes, Mike le pregunta al reportero que lo está entrevistando:

—¿Sabías quién fue el amante de Wilde? —y él mismo agrega — El hijo del Marqués de Queensberry, el hombre que inventó las reglas del boxeo. ¿No te parece extraño?

Nada es extraño cuando lo precede una persistente premonición que permaneció latente por tantos años. Su persistencia se debió a la convicción de que los oficiantes de la violencia desarrollan una cierta sabiduría, sin duda peligrosa y cruel, pero llena de insólitas revelaciones, incluso poéticas. Llámese pirata, criminal, boxeador o militar.

El último boxeador cuya carrera seguí con pudorosa pasión se llamó Edwin Valero, alias “El Inca”. El tatuaje que le cubría todo el pecho era más narrativo que el dibujo maorí de Tyson. Parecía más bien una posible portada para el libro de Ana Teresa Torres, La herencia de la tribu. Era toda una historieta sobre el estado de la nación, o una ilustración a la frase de Rómulo Gallegos: Los venezolanos no sólo somos rebeldes a toda ley, deber o autoridad, sino también esclavos a toda fuerza e instrumento de toda tiranía.

Con fascinación y culpa vi a Valero pelear varias veces. Era implacable. Sé lo temibles que pueden ser los guerreros que pelean con los ojos tan abiertos, tan ávidos. Era su mirada la de un niño ante un juguete nuevo; pero era también la sanguinaria fijación del demonio de Tazmania.

Una vez lo observé entrenando. Hacía sombra con unos golpes muy cortos. Parecían mínimas y frenéticas convulsiones en los brazos destinadas a ejercitar las fibras recónditas donde se escondía su arma secreta. ¿Quién podía acabar con el Inca? Dicen que el filipino Pacquiao, quien tiene la misma alegría salvaje y es quizás más fuerte y versátil. Ya jamás podrá vencerlo, sin embargo uno se pregunta: ¿qué diría Pacquiao si le proponen pelear con un hombre capaz de suicidarse con su propio bluejean?

Estos enfrentamientos imaginarios poco tienen que decirnos, pues ya sabemos qué fue lo que acabó con Valero: lo que amaba y los que lo amaban. Cuesta asimilar esta ecuación entre la destrucción y el amor, pero, para un boxeador, el contendor es la razón de su existencia, su única posibilidad de expresarse, de ser lo que es. De aquí parte la inmolación de Valero, a través de una seguidilla que pasaría por la hermana, la madre, el asesinato de su esposa y de su propio cuerpo. No hay en la historia del boxeo un final más dramático y aceleradamente previsible.

La falta de contención y límite es la peor trampa para un héroe. Al Inca lo enloqueció la servidumbre continua —incluso a sus excesos y agresiones— de una tribu que lo amaba porque gracias a él subsistía. Valero encarna este delirio con tanta eficiencia y exceso que empalaga usarlo de ejemplo. Es demasiado fácil, prolijo, lleno de parábolas vehementes. Pero no podemos, ante tanta profusión, dejar de revisar a fondo ese doloroso símbolo de nuestra gradual y creciente autodestrucción, presidida por un héroe al que se han rendido sus propios seguidores, celebrándole el que divierta a medio país destruyendo a la otra mitad, negándole la posibilidad de tener escala y perspectiva para comprender cuánto perdemos en ese enfrentamiento, y dejándolo sumirse en un terrible destino histórico: acabar con lo que se ama por querer poseerlo todo y para siempre.

Federico Vegas 

Comentarios (42)

Andrés Boersner
26 de Mayo, 2010

A pesar de que no mencionas a mi ídolo Betulio González y de que existen crónicas memorables sobre boxeo, (me vienen a la mente las de Norman Mailer, Bukowski o Gay Talese), la tuya me parece tan gráfica y vertiginosa como la de ellos. Yo también padecí las últimas peleas del abuelito Lumumba y he recordado cosas del buen boxeo de los años setenta. Para los que tuvimos como ídolos a mano e piedra Durán, Monzón, el Ñato Marcel, Miguel Canto o Betulio González, te exigimos un segundo round tan contundente como el que nos has regalado hoy. Una crónica y un relato de antología.

Héctor Mendoza
26 de Mayo, 2010

Este es un excelente texto. Usar el boxeo como metáfora de la vida es común. Pero usar la vida de los boxeadores como metáfora de la evolución de un país lo es mucho menos, quizás porque pocos países dan para tanto. “La falta de contención y límite es la peor trampa para un héroe.” Me llevo esa frase para la casa.

Diego Arroyo Gil
26 de Mayo, 2010

Maravilloso y escalofriante.

Al
26 de Mayo, 2010

Debo empezar por confesar dos pasiones que mis amigos verdes abominan: el boxeo y la tauromaquia. Pocas veces se trata al primero con un raciocinio tan claro y una prosa luminosa como la de Vegas. Establecer paralelismos ya es un reto pero hilarlos con el discurrir de cada anécdota incrementa la valía de este texto.

Carmen Romero
26 de Mayo, 2010

Excelente. Personalmente me quedo con el texto hasta el último párrafo dónde se refirió a Tyson, pues me resulta un poco más refrescante y sobre todo fascinante la comparación entre Wilde y Tyson. Situaciones precisas que se equiparan al estado en el cual se encuentra nuesto país sobran, y siempre habrá un texto dónde se toquen. El tema del “Inca” Valero es demasiado triste para mi gusto, no creo que me hagan falta más disertaciones sobre esos hechos. Sin embargo, como dje al principio, es una opinión muy personal, y repito, excelente texto, lo disfruté una barbaridad. ¡Saludos!

joaquin ortega
26 de Mayo, 2010

una maravilla de texto…l amirada de valero como Taz, es una imagen dificl de borrar

un abrazo hermano

Joaquin

Eduardo Mujica
27 de Mayo, 2010

Excelente artículo, muy ilustrativo para los que no somos expertos en el tema, además de poner de manifiesto muy acertadamente los resultados nefastos del culto a la personalidad . Felicitaciones

Sonia.
27 de Mayo, 2010

Felicitaciones. Excelente texto, lleno de sinceridad, de estupendo análisis, asociación de imagenes y de una tristeza que me llega como irremediable. Parece el exorcismo del fantasma que nos ocupa. Nos hace darnos cuenta de lo trágico de la heroicidad, porque es suicida y eso es lo que hace el héroe, su éxito lo abruma, lo ciega, lo convierte en el contenedor de todas las proyecciones de sus seguidores y la imposibilidad vital de esa contención lo lleva al suicidio. Al que intenta llevarnos nuestro trágico héroe presidente, ojala que esa parte de la población que no queremos ese camino logremos persuadir a la que lo aplaude. Esa intuición que tenia Federico Vegas de que Tayson y Oscar Wilde eran parecidos, le quedo corroborada por una “sincronicidad” concepto muy jungniano.

Francisco Suniaga
27 de Mayo, 2010

Excelente nota, Federico. Nos pasea por una realidad vigente desde los griegos: el drama en el deporte esta intrinsecamente mezclado con la vida, de los héroes y de quienes los seguimos.

oscar montenegro
27 de Mayo, 2010

Genialidad, erudición y sobre todo Punch hay en tu relato congratulaciones. Es sencillamente de vértigo Gracias

alexandre D. Buvat
27 de Mayo, 2010

¡¡¡Ufff!! Lo que menos me esperaba de una narración con ese título tan sugestivo por extraño, era esa magnifica exposición de inventiva y análisis íntimo sobre hechos de hombres- mitos sociales o de los grupos sociales que siempre retan hasta la burla a quien ose dudar de su genialidad con la fuerza o la palabra y donde uno, personaje secundario en la narración, pasa a ser un admirador de esos mitos, en contra de la mayor parte del campo de nuestras relaciones cotidianas, cada vez sumidas en nuevas mitologías, modas y personajes y espectáculos , distintas al boxeo. Es curioso el interés y empatía que pueden despertar personajes a los que se les señala como seres de la perversión, el salvajismo, el anti todo, que son triunfadores gracias a ese origen o estructura de personalidad precisamente. Pero ya ellos parece que van siendo los últimos gladiadores

Acianela Montes de Oca
27 de Mayo, 2010

Espléndido texto, de principio a fin. Me llevo el último párrafo como regalo. ¡Gracias!

Nasly
27 de Mayo, 2010

Federico: hoy tuve la suerte de conocerte y compartir una tertulia deliciosa contigo, en la que nos comentaste sobre este texto. Lo leo, y me veo ante la obligación de hacer esta “parada” (también en el sentido del griego actual de “metáfora” que aprendí con uno de tus lúcidos ensayos)sobre quienes somos, ojalá con la posibilidad de exorcizar esos complejos de libertadores, de hermana mayor y otros demonios, que nos acogota como país.Leo estas líneas y viendo como estableces paralelismos entre los comportamientos de boxeadores muy machos y escritores muy gay, se refuerza en mi la idea de que la vida discurre en círculos. Nunca me ha gustado el boxeo con su carga de tributo a la violencia y a la ferocidad que llevamos por dentro, porque me parece que, como otras fiestas, nos acerca al circo (del P.A.N. estamos cada vez más lejos). Pero cuando rematas con taurina elegancia (para usar un adjetivo de otra fiesta que tampoco me gusta), para enfrentarnos con tus reflexiones sobre cómo nuestros héroes son el reflejo de lo peor y no de lo mejor de nosotros mismos, me rindo ante la evidencia y me provoca aplaudirte de nuevo, por segunda vez en el mismo día. Bravo Federico!

Raul Abzueta
27 de Mayo, 2010

Hace años en un articulo en El Nacional en defensa de su pasión por la tauromaquía Carlos Villalba decía “Y si Ud no comprende como se puede matar lo que se ama, o se le paso Wilde o leyó a Shakespeare en vano” hoy leyendo a federico me vino a la mente, recordando la delgada linea que une una cosa con otra, frente al heroe que destruye y reduce cuanta falta hace el viejo Mandela con sus guardaespaldas obligados a sonreir y a trabajar juntos.

Alfredo Meza
27 de Mayo, 2010

El último párrafo tiene una idea de esas que bien valen un epígrafe: “La falta de contención y límite es la peor trampa para un héroe”

Julieta
27 de Mayo, 2010

Detesto el boxeo, ha de ser porque no lo entiendo, pero este relato es tan fascinante, que me quedé con un gustito por el tema… gracias

Sandra
28 de Mayo, 2010

Buenìsimo, làstima que posiblemente los que rodean al presidente chàvez no lean este tipo de artìculos,que llaman (por lo menos a mì) a ser centrados, a no dejarse embaucar en ningùn campo de la vida por los halagos. Chàvez perdiò el centro hace tiempo…y nadie parece presto a hacerle ver la realidad,(seguro que solo por propias conveniencias.)

Diana Rísquez
28 de Mayo, 2010

Federico,¡Maravilloso relato!Todavía me estoy riendo porque doy fé de la intensidad trágica de las junguianas, estoy segura de la reacción de León Febres, pero creo que esta fué mas que todo porque diste en el blanco, es decir, lo noqueaste, para seguir el argot boxístico. me conmueven, pero no tengo taxi para salir corriendo:” Y todos matan lo que aman, que todos oigan esto; algunos lo hacen con mirada torva, otros con la palabra halagadora, el cobarde lo hace con un beso, ¡con la espada el valiente!”, e inmediatamente me golpean las torvas miradas del Inca y Hugo, matando ambos a su “amada” mujer.

Armando Coll
28 de Mayo, 2010

Relato y reflexión, anécdota divertida y trágico final devenido ensayo. Nunca me interesó el boxeo. Nunca supe mucho de ese infortunado peleador. Ahora lo veo en youtube en pleno combate. No hay duda: era letal.

Sydney Perdomo
28 de Mayo, 2010

¡Fascinante el poder de la comparación entre estas dos personalidades! Soy flamante admiradora de Oscar Wilde. Y debo decir que a pesar de sus actitudes de rebelión, (que para mi más bien era un acto extraordinariamente genuino de hacerse destacar y cambiar los paragones cotidianos) el tipo era y sigue siendo una guía presente en la literatura inglesa; aun, de este lado del continente lo es, aún cuando nuestra línea literaria guarda ciertas diferencias. la frase que más me agrada de el es: “El secreto de la existencia son los placeres” y es otra frase apegada a su comparación ya que tanto Wilde como Tyson disfrutaron de esa gloria por mucho. ;)

¡Genial artículo!

Saludos y mis respetos sinceros. :)

José Alberto Medina Molero
29 de Mayo, 2010

Una crónica fascinante y disfrutable, aún con lo que tiene de terrible la belleza de este primitivo “deporte”. Alí, el más lúcido, más equilibrado, Tyson y sobre todo Valero, perturbados en su psique. Wilde, genial y provocador , de seguro jamás pensó que años después la metáfora de sus acciones cobraría vida a través de la despiadada y refleja actitud de estos púgiles. Lo sórdido y ancestral de lo que ocurre en el ensogado y lo triste y deshumanizado de lo que se convierte en expectación para muchos.

Erikutxa
30 de Mayo, 2010

Excelente, delicioso leerlo! Profunda reflexión, llena de alma y compasión.

Luis Indriago
30 de Mayo, 2010

Nunca he seguido el boxeo. Lo considero un acto de barbarie así como algunos consideran tales las corridas de toros. Este relato logró mantenerme en él hasta su línea final -justamente- a pesar de mi disgusto por el boxeo. Allí está su valor.

Luis Indriago
30 de Mayo, 2010

Agrego algo al comentario de Alfredo Meza sobre el último párrafo: Valdrá la pena retomarlo cuando pase esta etapa histórica y entonces, con una simple sustitución de las palabras “Inca” y “Valero” por cualesquiera de las que puedan tomarse de una lista protocolar oficial, se explique mucho que lo ocurrido.

María Salas
31 de Mayo, 2010

Mi infancia fue parecida a tu adolescencia, supe del boxeo gracias a las tertulias en mi casa organizadas por mi padre (boxeador amateur) con varios tíos, todo un aprendizaje boxístico. Muy buen relato, como siempre. MARIPILI

Samuel González
1 de Junio, 2010

Simplemente excelente. El párrafo final, levantado sobre los paralelismos heroe deportivo-Chávez, enfrentamiento-Gobierno, boxeo-autodestrucción, cuadrilátero-país, son tremendamente significativos. No se puede dejar pasar, además, ese “se destruye lo que se ama” como práctica inherente a la dinámica boxística… El héroe “que divierte” a costa de abar con la mitad de un país… con la mitad de todo. Saludos

Pedro I Sosa
1 de Junio, 2010

Federico te felicito!! Aunque no me extraña pues procuro leer lo que escribes.

Z. Abel Rodríguez
1 de Junio, 2010

No encuentro un buen adjetivo que me sirva para celebrar este trabajo de Vegas. Sólo diré que desde “ring side”, con los ajos bien abiertos y en ascuas, no me perdí ni un solo “round”. El último minuto antes de la campana es de antología. Felicitaciones a Vegas y a Prodavinci por reconciliarnos con la crónica-literatura. Felicito también a quienes comentaron antes: pura clase y bastante y justificada generosidad. Dado su inteligente discurso subliminal, a propósito de la coyuntura que padecemos, debería ser difundido a un espectro mayor de lectores. Yo lo enviaré a todos los que pueda por correo. Saludos.

Atilano Nunez Calcano
2 de Junio, 2010

Apreciado Federico: Definitivamente escribir un ensayo como el que nos has brindado no es cuestion de solo escribir bien, es tener el don de hilar, relacionar y agregar el aderezo poetico a tan bien llevado relato. Sinceramente te felicito por ese maravilloso regalo que ZDios te ha dado.

sandra betancourt
4 de Junio, 2010

Saludos Federico Vegas, aprovecho este medio para decirle que su libro Falke lo he buscado en todas las librerìas de Barquisimeto donde vivo y me dicen que està agotado a nivel nacional,¿es cierto?,lo quiero leer…me puede informar si va a lanzar otra ediciòn o si le queda alguno por ahì para compràrselo :D , es broma…gracias si responde.Suerte.

Lucy Paez
5 de Junio, 2010

Excelente! Fue un viaje en mi identidad nacional, gracias a una narrativa que hace integrarte deliciosamente con el autor. Mi reconocimiento por recordarnos la condición humana y esta en la acción de los venezolanos amarnos cristicamente y construir el país que merecemos.

Elvis Blanco-Duno
9 de Junio, 2010

Excelente texto, Don Federico. Todavía quedan amantes del boxeo puro…

Candido Perez
8 de Julio, 2010

Creo que las comparaciones entre Edwin Valero con Alí y Estaba son exageradas. Aquellos fueron boxeadores, con un depurado estilo como elemento principal, pegada de aporreadores, sin tener el punch no nockout fulminante, aunque en algunos casos lo hicieron, pero Tyson y Valero fueron un par de “tira golpes”. Creo que el boxeo es algo más que lanzar puños, es hacerlo con gracia y con fuerza. Es saber minar al contrario y cuando tocarlo para que caiga. Cierto que la mayoría de los boxeadores tienen vidas rayanas en lo sórdido, pero creo que Amilcar Brusa (entrenador de Monzón) tuvo razón, cuando le preguntaron dónde buscaba a los peleadores, y respondió que donde hubiese probeza y rabia por estar en esa condición

Juan Alberto Ramírez
27 de Agosto, 2010

MAGNIFICO viejo amigo

zulaima
17 de Septiembre, 2010

Nunca me ha llamado la atencion el boxeo, pero estre a esta paguina por accidente y note la foto y el titulo, e inmediatamente lo lei completo, visto de esta manera me llamo tanto la atencion, la explicacion y la comparacion..lo voy a reenviar y compartir, es por demas excelente su contenido…Mil gracias.

stralisara
17 de Septiembre, 2010

Circunstancialmente me topé con éste ensayo….decidí leerlo con mucho escepticismo, confieso. Pero desde el primer párrafo fui secuestrado por el resto del escrito como nunca me había ocurrido desde que leí las primeras lineas de Cien años de Soledad, o cuando leí por primera vez Aguirre la ira de Dios. De principio a fin es un escrito alucinante, devorador, tierno y desgarrador a la vez. Mil felicitaciones. Quisiera conocer de libros y ensayos escritos por Usted. Gracias

Elisa
17 de Octubre, 2010

Excelente. Jamás he entendido qué puede gustar del boxeo, y más de una vez me levanté del sofá cuando mi papá lo ponía en el televisor. Pero de la atracción por el título a quedar encantada con el escrito hubo apenas un paso. “La falta de contención y límite es la peor trampa para un héroe.” Esa, junto con las citas, es contundente como un KO.

Ana Francisca
17 de Octubre, 2010

Excelente…!!!

Enrique Zuleta
22 de Octubre, 2010

Mi pasion, mi deseo, mi meta !THE BOX! verdaderamente valioso tu analisis, cuento tan solo con 18 años y practico el deporte, el boxeo es para mi algo inexplicable y sueño con llegar lejos y se que lo are con cristo de mi lado y dios guiandome! EXCELENTE TU HISTORIA DE SIN DUDA DIOSES DE ESTA DISCIPLINA! DIOS LOS BENDIGA A TODOS! ¡AMEN!

María Eugenia
2 de Enero, 2011

Gracias por otro de tus buenos escritos sobre tema tan poco usual en una revista fina como ésta. Estoy suscrita a boxeando.com

http://www.boxeando.com/

revista en la que tienen corresponsales españoles, mexicanos, y de varios países hispanos pero no de Venezuela. Me la leo desde que uno de mis estudiantes nos habló en clase sobre boxeo y todo el mundo sabía más que yo (cosa que me pasa frecuentemente en muchos temas).

No me gusta mucho el boxeo pero como mi “novio” era boxeador pues me tuve que calar varias peleas hasta que aprendí a apreciar el arte de estos atletas. Vamos de vez en cuando al cine a ver cosas como The Fighter, con Mark Walberg, que me pareció muy buena, porque a las peleas va él solo. Me hace sufrir el ver una pelea, así que me tengo que conformar con verla en el gimnasio, excepto cuando son muchachas las que boxean, porque mi hija ya anda hablando paja de que, como estudió un poquito de karate pues ahora va a boxear. Me espanta que le vayan a dar un golpe y termine como la chica de la peli de Eastwood (Hilary Swank). En el diario donde trabajé en L.A. trajeron a De la Hoya y Fernando “el feroz” Vargas. Me tomé fotos con el segundo. Fue mi primer acercamiento al boxeo. Nunca más lo vimos. El muchacho duró poco, porque le cayó el mujerero y le sacaron la fuerza.

Cesar Figueroa
2 de Enero, 2011

muy pero muy buen texto, en extremo diaria yo, pero solo tengo un pero, que siempre son una Negatividad, para algunos; creer que la otra mitad no hace nada para su autodestrucción, es ser ingenuo, claro para mi, yo creo, que lo que de verdad se acaba es ese gris que nadie quiere y menos los venezolanos, el gris de la objetividad y la imparcialidad, pero bueno, eso no le quita el merito a este texto.

María Eugenia
2 de Enero, 2011

Un texto clásico pese al tema; lo tratas de una manera elegante y conmovedora a la vez, extraña combinación; ojalá algún día escribas más sobre el fin trágico de algunos boxeadores, yo recuerdo el de Urtaín, el peso pesado que se lanzó al vacío en su último “round”.

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