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Huevos revueltos

Crónica sobre Cartagena y las elecciones en Colombia

Por Sasha Correa | 25 de mayo, 2010

El sol lo empapa todo. A tempranas horas de la mañana, la principal despensa de Cartagena hierve impúdica. Un olor a mango fermentado se mezcla con algo de plátano maduro en la entrada de aquél panal deforme. Caminos estrechos y agitados, levantados rústicamente sobre tierra mojada y retazos de cemento, surcan el imbricado laberinto en el que se reparten, entre vallenatos y cumbias, cientos de comerciantes bajo techos de zinc.

Hay que tener huevos para trabajar allí. Roberto González sí que los tiene. Frente a la laguna, por el lado de las ventas de pescado fresco, sortea la plaga sentado sobre las jaulas que encierran a sus animales, apoyando el pie derecho sobre una caja llena de plumas, babas y tripas.

El domingo será la primera vuelta de las elecciones en Colombia. En plena cuenta regresiva, y más allá de las encuestas, en el mercado de Bazurto la consigna por lo pronto es ir a votar ¿Por quién? Ni ellos mismos saben.

A Roberto esto no lo inquieta en lo más mínimo. Con aires de niño, se divierte rotando un par de huevos frescos entre sus dedos sin sospechar que justo entre huevos y gallinas parece jugarse el destino su país. Al menos así lo pone Álvaro Uribe. A pocos días de la primera vuelta electoral, y frente a la repentina avanzada del partido verde de Antanas Mockus, Uribe le pide a su gente no cambiar de gallina: “Ahí hay tres huevitos: el de la seguridad, el de la promoción de la inversión y el de la política social. Cuidémoslos. Si cambian de gallina, es muy posible que esos huevos, en lugar de sacar los pollitos, se engüaren”.

El vendedor se inclinará por Mockus muy a pesar de haberle ido siempre a Uribe, “Porque es el único que no tiene historial de corrupción y es bueno”. A él no le huele bien Santos: “Admiro mucho al señor Uribe. Ha hecho bastante. Gracias a él se puede viajar por el país sin miedo en la carretera. Pero a Santos, a ese señor yo honestamente no lo entiendo, no sé cómo es su relación con Uribe. Pero lo que menos entiendo, es por qué no dejaron que Uribe si era tan bueno.

Desde que tiene memoria Roberto frecuenta Bazurto: “Nací aquí prácticamente. Mis padres también vendían gallinas, pero en el antiguo mercado”, cuenta jugando con su lengua a llenar los vacíos de su desamoblada dentadura.

“Mira amor, este es un trabajo honrado al menos, con el que he podido pagarle los estudios a mis cinco hijos. ¿Sabes lo que es eso? No me quejo”

Los compradores desconfían del estado en el que se venden los pollos y gallinas; prefieren comprarlos vivos. Por eso a él le va bien. En caseríos y criaderos, compra gallinas por 10 mil pesos que vende luego por 13 mil. Cuando tiene suerte, logra salir de hasta 40 gallinas, entre las 4 de la mañana y las 4 de la tarde.

Los patacones que se asoman en el caldero de su vecino le abren el apetito. Recuerda que no ha desayunado. “Independiente del gobierno, aquí no se deja de pasar hambre”.

Voto corazón

Avanza el día y con él la temperatura. Un punzante olor a pescado frito se asoma hasta la boca del estómago para provocarlo y avivar las ganas de comer.

—Dice que va a acabar con la corrupción. Santos está claro, sabe que el gobierno, tal y como lo dejó Uribe, no puede seguir así —exclama en alto, desde su mostrador, un vendedor de legumbres.

—¿Pero cómo es eso? Tendrían que acabar con ellos mismos y nadie es tan estúpido como para acabar con uno mismo—contesta entre risas su vecino, un vendedor de patas de cochino.

—Pero si Uribe te da 200 mil pesos mensuales ¿de qué te vas a quejar? —replica el primero.

Al margen de la perorata, una joven repite una y otra vez su grito de guerra: “Minutos para hablar con el Chávez. Vendo minutos. 100 pesos por minuto para hablar con Chávez”. ¿Se animará alguien en Bazurto a escuchar el aló del parlanchín presidente?

Al costado de la chica, un librero informal con un ojo de vidrio se espanta los insectos de la cara. “Señorita ¿se ha puesto a meditar? ¡Debería! ¡Debería!”, espeta antipático con un ejemplar de Cómo hacer amigos en la mano.

Entre charcos de agua estancada, se planta el puesto de Azucena. Con su pañoleta y sus licras fucsia sale al frente diariamente para vender “de todo un poquitico”. Huevos sobre todo. Tiene 56 años y lamenta, a estas alturas de la vida, “andar todavía en esto”.

“¿No crees tú, mija, que luego de toda una vida trabajando duro, manteniendo a mis hijos, lo mínimo sería que el Estado me ayudara con algo? Los políticos sólo se ocupan de sus campañas. Esta vez ni siquiera pasaron por aquí. Lo poco que he visto es por la televisión”, comenta ordenando los cartones de huevo.

La política está lejos de quitarle el sueño. Todo lo contrario. La aburre profundamente. Sólo porque se considera una mujer responsable saldrá a votar. “Nunca vendería mi voto”, afirma con desgano. Pero no ha escogido. No se atreve a especular siquiera. Confía en que su corazón y Dios le indicarán qué marcar en la tarjeta cuando la tenga enfrente.

“Total, me toca seguir sudándomela igualito, gane el que gane”, reclama con firmeza.

—Ahora la gente se enferma más que antes y se muere más rápido ¿sabías? —lanza el vendedor de legumbres.

Ah pues, qué mentiroso. ¿Y toda la medicina moderna qué? —responde el de las patas de cochino.

—¿Aja y quién tiene para pagar esa medicina moderna? Ni tú ni yo. Que yo sepa ¿no?

Voto por favor

En los márgenes del mercado, la casa color barbie de Rosalena Orosco parece un sauna. Lo único que refresca allí es el olor a pan, ese que viene saliendo recién hecho del horno. Cada vez que abren su puerta, el vapor es mayor. Cero ventiladores.

A Bazurto llegó Rosalena buscando ropa que pudiera vender en su pueblo, en Santa Catalina. Pero conoció en Cartagena a Alfredo, el panadero, y se casó con él. Y aunque viven allí desde hace 15 años, la casa de paredes tan corroídas como rosadas sigue siendo alquilada. Allí el hogar y el negocio ocupan un mismo espacio. La frontera entre un lado y el otro la marcan apenas un cartón de huevos y un pote de margarina sobre una mesa destartalada de madera.

Su esposo decidió ganar algo adicional como camionero. Desde entonces, es Rosalena quien lleva las riendas de la panadería Pan Contacto.

Vende diariamente alrededor de 80 paquetes con seis panes: “La cosa ha bajado mucho. Es culpa del mango, creo, no sé. Estamos en temporada y un mango cuesta más o menos lo mismo que un pan”, explica dejando en evidencia las únicas elecciones que importan aquí, esas a las que se someten los comerciantes de Bazurto a diario. En ellas, cada producto es candidato a la compra. A punta de ofertas, combos y atributos de temporada libran la reñida contienda.

Si se le pregunta a Rosalena por otras las elecciones, las presidenciales, se queda sin palabras. Se pone nerviosa y hasta le da pena no saber qué decir. Pero sale del paso asomando que a lo mejor alguien como Noemí sería interesante por ser mujer: “Pero no sé, no sé, de verdad. Siempre voto, pero lo que hago es que le doy mi voto a alguien que me lo pida como favor. Mi hermana siempre me lo pide y se lo regalo”.

De a ratos se ocupa de las tortas: de chocolate y vainilla. Pero sin meter demasiado sus manos en la masa. El que sí las mete por entero es Eduardo Cedrón. Desde hace 13 años es quien monta desde las 6 de la mañana los panes.

Está justo terminando de hacer la masa dulce: 12 libras de harina, 3 de azúcar, 1 de sal y 6 huevos. En la mesa estira diestro la masa con pequeños cilindros de metal. Les da la forma que quiere, pica en trozos y coloca sobre bandejas.

“Mi sueño era ser futbolista, pero no llegué y me tocó resolverme con esto. Sé que pude haber sido más que un panadero. Ya con 50 años es imposible, no hay futuro para mí”, confiesa en tono amargo explicando que se hace 20 años de Medellín a Cartagena buscando trabajo.

Hasta las cinco de la tarde se mantiene activo, erguido y de pie. “Creerás que es fácil, pero hay que estar concentrado, sino el pan no te sale”, indica el moreno todo salpicado de harina: desde las sandalias hasta los lentes.

Ningún gobierno ha resuelto sus problemas de vivienda y alimentación. Ni espera que lo hagan. Los frutos del sudor de su frente le bastan, aunque lamenta no tener pensión ni seguro médico: “La vida es así. Y los que sueñan con presidentes redentores están fritos porque si uno no trabaja, no levanta la comidita”.

A las urnas irá sin falta. Él si sabe lo que quiere. Empollará sus huevos, sin dudar, en la gallina que le deja Uribe. “Solo Santos puede garantizar la seguridad de este país”.

El enjambre que trazan los comerciantes parece inabarcable. Allí venden de todo. Menos moscas: esas son gratuitas y, al igual que el calor, alcanzan para todos.

Sasha Correa 

Comentarios (1)

Federico
23 de junio, 2010

Una deliciosa manera, con imágenes y olores, de entrar a las elecciones colombianas.

Muy buen texto

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