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La cambista de la Michigan

“…en inmensos bloques y por medio de mecanismos que funcionan admirablemente, se elevan a muchos metros sobre el nivel del suelo para dar entrada a dos o más cuerpos nuevos, este Chicago para dejar en el cerebro la impresión y el recuerdo de una Babel de las regiones frías.” Justo Sierra, En tierra yankee (1898)

Por Arturo Almandoz Marte | 24 de mayo, 2010

1. La espigada dama de color ha trabajado en el mismo bureau de change desde 1973, cuando desatada la crisis por el aumento del petróleo y la gasolina, sus parientes y colegas le advertían que era imposible encontrar un empleo dentro del codiciado Loop o a lo largo de la Milla Magnífica. Pero desde que hubo inmigrado de niña a Illinois, venida con sus familiares desde la chata Montgomery, como una actualizada versión negra de la Sister Carrie (1900) de Dreiser, Marlee había anhelado venir a trabajar en alguna de aquellas grandes avenidas erizadas de rascacielos que se cruzan con el río Chicago o desembocan en el lago Michigan. Complació a sus progenitores obteniendo un título en un college del nativo Alabama, en aquellos tardíos años hippies que parecían haber dejado atrás el clamor por los derechos civiles, cuyos logros enorgullecieran a la negra generación de sus padres, inflamada por el verbo profético y estentóreo del doctor King. Pero una vez graduada, la expectativa de Marlee era menos heroica y más materialista, cónsona con la de los Estados Unidos de los primeros yuppies en la era disco por despuntar.

Quería Marlee instalarse y trabajar en alguna de aquellas torres babélicas de corporaciones como la Boeing o la Standard Oil, o de bancos como el Chase Manhattan Bank, que asentados en fortunas amasadas con el trigo de las praderas y la sangre de los mataderos, habían ayudado a hacer de Estados Unidos la superpotencia de la segunda posguerra. Le fascinaba la idea de emplearse en alguno de los hoteles legendarios, como el Hilton, el Sheraton o el Marriott, en cuyos opulentos vestíbulos, con decorados modernistas o Art Deco, han sido filmados clásicos del Chicago del gansterismo, de Dick Tracy a The Untouchables. Pero en medio de aquella recesión que siguiera al aumento del combustible, no consiguió Marlee el alto empleo corporativo, aunque sí la localización deseada: una oficina de cambio adyacente a una sucursal bancaria, justo en la esquina en la que North Michigan Avenue comienza a bordear el parque Milenio y el Instituto de Arte de Chicago.

2. Para cuando Marlee comenzara a laborar en la casa de cambio, de nueve a cinco como millones de empleados, no era ya Chicago la Segunda Ciudad de los Estados Unidos, después de su archirival Nueva York, ya que Los Ángeles la había desplazado al tercer lugar en población y diversidad de servicios ofrecidos. No eran ya tiempos en que la base y el poderío económicos de las metrópolis fueran industriales, como lo habían sido desde mediados del siglo XIX, cuando aquella Ciudad del Viento había irrumpido como el Manchester de Norteamérica. Había sido con el auge del trigo que la convirtiera en el granero de los Grandes Lagos y de los ferrocarriles que la hicieran su mayor estación; tiempos sanguíneos de los mataderos que produjeran todo tipo de carne y embutido para aquella nación portentosa que buscaba articular el Atlántico con el Pacífico; tiempos dickensianos que recreara más tarde Upton Sinclair en The Jungle (1906), de los inmigrantes maltratados y del incesante trabajo infantil; de las factorías incontroladas que vertían sus desechos, a lo largo del río, hacia el pantano Chekagou o “cebolla salvaje”, como lo llamaban los indios por su olor, cuyas enhiestas y humeantes usinas propulsaron empero el Great Turnabout, cuando los Estados Unidos decidieran industrializarse, a diferencia de sus vecinos latinoamericanos, girando y capitalizando hacia adentro el mercado generado por la ocupación y urbanización de las vastas planicies del Midwest.

Los oscuros tiempos y pecados originales de aquella Cartago fabril de 340 mil almas, purgados en parte con el bíblico incendio de 1871, que arrasó 118 kilómetros de calles y 17.500 edificaciones, habían dado paso a una metrópoli más luminosa y proteica, como honrando al fénix que la simboliza. Las fábricas y las viviendas comenzaron a verter sus desechos en los formidables desagües que, todavía a mediados del siglo XX, recorrería El fugitivo, como actualizando la mítica escena del París de Los miserables. A los pies de las pocas construcciones pétreas sobrevivientes, como la Torre del Agua y Estación de Bombeo al norte del río, el maderamen del ballon frame desapareció de los 60 mil nuevos edificios que fueron erigidos, en las dos décadas siguientes, con frenesí pasmoso, atalayados por el Rookery y otros de los primeros rascacielos con molduras de acero; apoyados en el manto rocoso superficial de la ciudad y con la ayuda de ascensores rudimentarios, crecieron como moles ciclópeas, concebidos algunos por Louis Henri Sullivan, William Le Baron Jenney y otros miembros de la escuela arquitectónica que haría axiomático y moderno aquel form follows function. Y desde entonces cambió no sólo el paisaje edilicio de las urbes norteamericanas, sino también la racionalidad toda de la arquitectura del siglo que se avecinaba.

Era un siglo que Chicago quiso recibir con las monumentales avenidas y parques del plan de Daniel Burnham y Edward Bennett, preludiado por la Exposición Colombina de 1893, con eclécticos pabellones de todos los estados de la Unión y las más de las naciones del orbe civilizado, incluyendo las rezagadas hermanastras al sur del río Bravo. Por allí desfilaron más de veintiún millones de visitantes que quedaban estupefactos, como en prefiguración decimonónica de Las Vegas, contemplando las réplicas de torres Eiffel, de conventos y cartujas mediterráneos y carabelas de Colón, y subiendo a la gigantesca rueda giratoria diseñada por Ferris, de más de 75 metros de diámetro. Pero esas muchedumbres querían también pasearse por las ostentosas tiendas por departamento cubiertas con bloques de pórfido y molduras de bronce; penetrar en las catedrales de la carne que los mataderos habían llegado a ser, con sus purpúreas capillas para la fabricación de embutidos y demás derivados de reses y puercos; los más de los bigotudos caballeros de levita o terno, tocados de chistera o bombín según su procedencia, querían descender a los cafés cantantes que combinaban prostibularias formas del vodevil con circenses espectáculos de siamesas danzantes y enanos goyescos. Algo persistía entonces del pecaminoso origen industrial y la diversión tabernaria que fascinaba a los viajeros de entre siglos, como lo comprobara Justo Sierra, el dilecto maestro del México porfirista, en su gira estadounidense de 1894, cuya parada en aquella “Babel de las regiones frías” resumiera el mito metropolitano de Chicago para el lector hispanoamericano.

3. Tenía asimismo Marlee la impresión de que, desde que llegara de muchacha en los sesenta al Black Belt, hasta que su familia se mudara a Bronzeville en los setenta, algo de la primacía perdida por Chicago era también cultural. Ya para entonces languidecía el embrujo que la otrora metrópoli del jazz ejerciera sobre el abuelo de Marlee en los míticos años treinta; para después hacerlo con su padre y millares de jóvenes negros de Alabama y Tennessee, quienes habían crecido tarareando los pegajosos blues grabados en los estudios de Memphis, mirando siempre a Chicago como meca para el éxito radial y comercial. También había pasado, de lo que recordaba Marlee de sus estudios universitarios, el apogeo y la prolongada influencia de la epónima escuela de sociología, que había hecho espacial, de manera pionera en las ciencias sociales, el análisis de la metrópoli de los roaring twenties, con toda su complejidad de inmigración y segregación socio-funcional. Porque, mutatis mutandis, si Hollywood y la literatura policial recrearían hasta el cansancio el violento clima atizado por el tráfico de licor en aquel mafioso Chicago de Al Capone y los gánsters, fueron Robert Park, Ernest Burguess y Louis Wirth los que descifraron aquel “mosaico de mundos sociales” para los estudios urbanos por venir.

Pero de esas épocas gloriosas todavía quedaba, como en todas las grandes ciudades que respetan su patrimonio, muestras en las que podía Marlee recrearse cada día al acudir a la casa de cambio en la avenida Michigan. Frente a su trabajo contemplaba el Wrigley, construido para la compañía de chicle por Graham y sus socios, cuya mole de dos manzanas parece aligerarse con la soberbia torre inspirada en la Giralda de Sevilla; y en diagonal le quedaba la Tribune Tower inaugurada en 1922, con aquel ecléctico diseño del finlandés Saarinen que ganara el concurso convocado para construir “el edificio de oficinas más bello del mundo”. Pero había más que construcciones por contemplar: herederas de las glamorosas flappers de los Años Locos, a diario podía ver Marlee a acaudaladas damas descender de sus limusinas para entrar en los gimnasios al norte del río, que fueron de los primeros instalados para mujeres en los Estados Unidos; vienen muchas de ellas de los cotizados condominios diseñados en el prairie style, cuyo organicismo, por muy norteamericano que puede parecer, debe algo, según los entendidos, a las depuradas formas que viera el joven Frank Lloyd Wright en el pabellón japonés de la Exposición Colombina.

Y acaso más que los destronados rascacielos de Sears, invictos por cinco lustros como los más altos del mundo, están también para Marlee, como muestras del esplendor arquitectural de la ciudad modernista, las sobrias torres de la IBM y de la calle Wabash, construidas por el legendario Mies van der Rohe. Siempre sintió la cambista especial admiración por el otrora director de la Bauhaus, quizás porque estaba vivo y construyendo cuando llegara ella a Chicago, difundiendo todavía esa austera combinación de vidrio y acero, interpretada después en innumerables torres corporativas, como las del John Hanconck Center, que han hecho del estilo miesiano  otra hallmark de la Ciudad del Viento.

4. Después del 11 de septiembre de 2001 notó Marlee que, tal como lo pronosticara desde hacía mucho uno de sus jefes italianos, la tendencia cambiaria de largo plazo era hacia la baja de la divisa estadounidense dólar frente al euro y la libra esterlina, así como también con respecto a las divisas asiáticas. Vestida en su oscuro taller prêt-à-porter a lo Oleg Cassini, comprado quizás en la Macy’s de North Michigan Avenue, esa fue la tendencia que, con solvente tono de veterana cambista, me confirmó aquel soleado día de julio de 2008; entonces le compré algunos euros con dólares recién sacados de un cajero de Wacker Drive, cuando mi tarjeta de crédito no había sido todavía bloqueada por el banco, como consecuencia del control de divisas que es otro yugo de los venezolanos en el siglo XXI.

Al estallar el credit crunch en septiembre del mismo año, viendo el pánico desatado por el derrumbe de Leeman Brothers y otros emporios financieros de Wall Street, mucho me acordé de la breve conversación que sostuviera con Marlee, quien me había vaticinado que la crisis por venir sería muy parecida a la que vivieran sus abuelos en Alabama después del crac de 1929. También me dijo algo que después escuché en un reportaje de la BBC o NBC quizás: a diferencia de la archirrival Nueva York, o del Londres soberbio, cuyas grandezas se yerguen sobre sus vastos sectores financieros, Chicago estaba mejor preparada para salir de la recesión, porque el comercio y la industria tenían todavía mayor peso relativo en la economía urbana. No sé si la cambista de la Michigan era economista o fue su acendrado orgullo de Chicagoan que la llevó a tal vaticinio, pero pareciera que el pasado industrial de la otrora Segunda Ciudad ha jugado a favor del presente de la que ahora es tercera.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (6)

Franz Rísquez Clemente
25 de mayo, 2010

Estupendo recordatorio de los trasnochados trabajos de historia en la facultad. Quien puede olvidar una clase contada de esta manera? Así me enseño papá la historia de Venezuela… Gracias.

Arturo Almandoz
25 de mayo, 2010

Algo hay de historia urbana, Franz, en estas viajeras crónicas de las metrópolis que espero sigan interesándote. Gracias a ti por el comentario.

Glenda
26 de mayo, 2010

Maravillosa y muy especial manera de sumegirse en Chicago Bello, gracias

Arturo Almandoz
26 de mayo, 2010

De sumergirse en la metrópoli se trata, Glenda; gracias por su comentario.

Leopoldo Tablante
28 de mayo, 2010

Interesante reflexión sobre el auge y caída (gradual) de la urbe norteamericana. Creo que el 11/09 no sólo vaticinó la crisis financiera, sino, sobre todo, aceleró el desencanto frente al mito de esas grandes ciudades que, hasta hace poco, eran el principal punto de referencia simbólico de los viajeros del mundo. Agracedido por la lectura, L.

Arturo Almandoz
28 de mayo, 2010

Agradecido a ti, Leopoldo, por descubrir otro ángulo de la crónica y conectarlo con eventos que la trascienden.

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